12/08/2021

THE SPACE FARM

ComunidadAudiovisual

EL BAILE DE LA MUJER

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Salimos de la ciudad y a nuestro alrededor habitaba una calma maloliente, las nubes formaban montañas: los horizontes se acurrucaban entre el viento algodonoso, las caricias de los ventarrones cálidos motivaban erupciones en los volcanes de denso vapor. La carretera se hace amplia, el D.F. se siente lejano y qué bueno. Hay una sensación en mi rostro, como si caminaran decenas de hormigas sobre él y a su paso dejaran un veneno invisible, paralizante. La mujer nos ha traído, nos arrastra porque se nos escondió el miércoles pasado, nos seduce hasta llevarnos a terrenos ajenos, no tan lejanos, pero sí ajenos. Me pareció ver caer una gota de sudor de una mejilla del sol, al descender se convertía en materia gaseosa. El silencio dentro del automóvil nos convirtió en fantasmas citadinos; extraviados por las calles del centro de Texcoco, buscábamos a su antiguo tlatoani, Nezahualcóyotl.

When the music’s over, Turn out the lights |
The Doors

El motor se apagó, sobre la calle De Nezahualcóyotl nos dijeron que estaría La Femme, olvidé decir un detalle: durante el camino las nubes, esas formas gaseosas que nos rodeaban, nos ponían en el sitio de lo infinito, lo inagotable, nos situaban en las preguntas irrelevantes de la circunferencia de la tierra, lo amplio del espacio, lo denso de los olores, la velocidad de los aromas, danzaban al ritmo de Antitaxi. Escuché un quedo portazo, dos compañer@s abandonaron el auto, el Doppler descansa frente a nosotros. Salimos del coche, la noche nos da respiración boca a boca. Un suspiro y dejamos entrar todos los demonios de la hierba quemada, la noche era la mujer más apasionada, nos invitó tragos cargados, besó nuestros labios y llenó de humo nuestras bocas tan sólo para rasguñar nuestras entrañas. Se apoderó de nuestras motivaciones, sí, La Femme sucedería, lo haría esa noche, en ese lugar.

TEX CO CÓ

Debatimos. Entonces llegamos a una conclusión algo retorcida: estábamos frente al escenario por haber comprado una botella, daba lo mismo, en pocos minutos nuestro alrededor estará habitado por gente y sus gritos, sus alborotos, por la chaparrita que bailaba sin soltar el barandal por temor a volar de la emoción, por la chica del vestido a rayas agitando una botella vacía, misma en donde rebotarían los sonidos de La Femme. Pero aún faltan minutos para ese momento.

Freak Rockers tocan temas originales. Los vemos desde abajo. El lugar tiene dos pisos, en el primero está la banda, el baterista emociona al redoblar una y otra vez, estamos ansios@s de la mujer, estábamos desde antes de llegar, desde el viaje en la nave con l@s coleg@s. La banda está por terminar, sólo presenciamos un par de temas, Texcoco nos atrapó entre sus atajos, sus casonas ahora dispuestas a invitar un trago y escuchar palabras sabor coctel bien servido. Y estamos en Texcoco, nos sienta bien no saber las coordenadas, al menos a mí me pone estúpidamente alerta: desconozco casi todo a mi alrededor, la pandilla me es familiar, pero lo demás no es el cotidiano, es otro, diverso, otro a una hora de otro espacio, de otra ciudad, me percibo en este lugar que no es donde repito mis días, es otro, el viento ajetrea nuestras neuronas, pregunto si es Ian Curtis el que está en la barda, me dicen que no, pero digo sí. Seguimos aquí, Freak Rockers han terminado, el bajista emocionó al acercarse al barandal y mostrar su ataque al instrumento, suena extraño pero así fue; la voz de una mujer se escapaba por las puertas del lugar, nosotros estamos por comprar una botella.

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Tex co co, parece que les divertía decirlo, entre nosotros bromeamos sobre el Tex cocó de La Femme, decían Tex cocó cuando terminaban una canción, cuando comenzaban otra, una voz color rosa, sabor a tutsi pop saludaba a los presentes, era Clémence Quélennec dentro de una peluca azul, un detalle que la convertía en otra persona en este otro sitio. Pero La Femme apenas suben al escenario, conectan sus instrumentos, los cables ya estaban listos, la batería estaba casi armada, sólo ajustaban algunos platillos, la tarola, cargaban estuches largos, los dejaban en el suelo, los abrían y de ellos sacaban sus sintetizadores, otros la guitarra, el bajo, un yembe. En la pantalla las animaciones hacían perdidizos varios de nuestros pensamientos; las pruebas de voz daban vida a La Femme, la guitarra sonaba y perseguía una rola de Iggy Pop que el dj dejaba ir a manera de no te entumas, la batería seguro sonaría bien, más a esa distancia, pero al baterista no le habían avisado que ya estábamos en Texcoco, su faz en reflexión permanente hipnotizaba a más de uno en el sitio, sus manos actuaban en contra de otras partes de su cuerpo. Más volumen a la voz, menos, alguna luz se apagó, supongo, o alguien dio la señal, la gente emitió un grito, varios instrumentos sonaban, ruidos, alguna atmósfera extraña, de pronto en brevísimo espasmo, Lucas Nunez le pegaba al sintetizador rojo, el sujeto de la peluca rosa y la chaqueta, de hazme el favor, color roja, incitaba a la emoción, golpeaba con ritmo, creaba un sonido ajeno al producido por sus manos, un sonido amplificado, electrónico, azotando en nuestras pieles, no lo recuerdo, realmente lo creo porque no existe, pero me esfuerzo, el ritmo llamaba a Amour Dans Le Motu, estoy casi seguro, La Femme sonaba en Texcoco.

UN AMOR TROPICAL

Entonces no es él. Quiere que la música le afecte de una manera muy severa, quiere que atente contra todos sus recuerdos, sus vivencias; los oídos no le bastan para tener lo necesario, golpea una de sus manos contra la otra, sus ojos intentan atrapar un extraño ruido, una nota, una palabra dicha por los franceses. No sé si él o alguno de ellos recuerda el orden exacto de las canciones, conocen varias, han escuchado más de una vez esa, precisamente esa canción, Sur la Planche, no pueden contener sus voces en los pulmones, de aire hacen grito, ese aire se hace de los demás, alguno de ellos se da cuenta de un detalle, de lo sencillo de la música, de lo poderoso de la música, una mujer y cinco hombres pulsando las teclas, azotando las baquetas, pisando el pedal, tocado el acorde (in)correcto y ellos y los otros ahí, escuchando las canciones conocidas, observando, sintiendo el acto en vivo de la banda, su música, lo ensayado hasta el cansancio. Hoy se les ve cansados, a ellos no, a La Femme, es la música, es hacer música y viajar y conocer lugares, Paris-México les juega su broma, pero La Femme también es bromista e interpreta Si un Jour. A él le afectan los sonidos más que en otro instante, le pican las piernas, la sensación sube al cuello y llega a los hombros; las manos no quieren moverse, se mantienen en puño, en tensión.

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Cierra los párpados, It’s time to wake up. El sonido de La Femme le pinta colores a la obscuridad, sus voces comparten soledad, están tranquilos, como si volvieran a casa, alguna casa y la noche les invadiera con sus secretillos, esos que dan confianza. La música alivia sus ímpetus, se miran entre ellos, se encuentran en ese lugar desconocido, La Femme los atrapa, la voz de Clémence Quélennec, Sacha Got, el sonido repetitivo, la tonada que no se quiere ir. Alguno de ellos recuerda la balada electro Nous Étions Deux, la danza corta. Abre los párpados, en el escenario algunos han perdido sus pelucas, chamarras. El sudor hace a La Femme aún más sexy, sus palabras de tan incomprensibles se hacen tenebrosa duda, los integrantes de la banda se mueven por el escenario, cambian de instrumentos, los vocalistas atrapan con sus movimientos, se alejan del micrófono mientras danzan perdidos en su tiempo, sus miradas no dejan de compartir cierta obscuridad, están aquí y en otro lado, en la música tal vez. Ellos siguen bailando, las canciones les punzan cada una de sus neuronas; los vocalistas se arrebatan el micrófono, improvisan sus bailes, los contagian, provocan una danza mientras la voz parece regañar, dar órdenes en Packshot, es imposible no moverse, tienes que moverte, tienen que moverse y lo hacen como si esa canción fuera el motivo de su viaje, se olvidan poco a poco de cualquier idea de espacio o geografía, están, como los demás, en el lugar, en la música, en el baile, en el deseo de estar así durante mucho tiempo.

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Sin embargo se respiraba obscuridad, Sacha Got aplazaba el solo de Anti-taxi, el tema invita a tomar el autobús, la banda se apasiona en sus instrumentos, Clémence se pierde en la superficie de un pandero multicolor, Sam Lefevre se esconde detrás de sus compañeros pero el bajo no deja de combatir. Ya están en la declaración, en los ritmos tropicales de La Femme. Detrás de los tres teclados la vida parecía insoportable, casi irrelevante, detrás de los sintetizadores olía a desencanto pero la música discutía con los rostros serios, implacablemente serios, La Femme, la femme, vinieron a encontrarte y tú aquí, seria, exquisita, golpeando tus instrumentos para decir Welcome America, esta mujer parece detestar la vida pero la hará bailar toda la noche, el movimiento es su refugio, su instante preferido en esta velada, bailan. Alguno de ellos grita justo cuando acaba la canción.

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La Femme se despedía pero regresaba y les mostraba sus uñas tentaculares. Aparecía otra vez ante ellos el motivo de su visita, la música les hacía estar en ese lugar, de verdad estar, habitar, hacer, pensar, conscientes de estar ahí, con los demás, los demás abajo armando el baile del empujón, los de arriba sentados en sus mesas, bebiendo satisfacción, besando en colores morados; se daban cuenta de la música, del ambiente creado por los sintetizadores, por la batería, el bajo, la guitarra, el theremín, pandero, a sus oídos llegaron las voces y su egoísmo descendió hasta los infiernos, La Femme lo hechizaba y estúpido lo dejaba en un prado en donde los ecos quemaban la piel. Ellos seguían con tod@s, emitiendo sonidos para hacerse parte de esa fiesta de baile, La Femme danza y a ellos no se les van a olvidar esos movimientos tan esclavos de otros ritmos compañeros de la música, dos músicas suceden en el escenario, el cuerpo y el sonido, el contagio se produce de inmediato. Regresó La Femme. No supieron qué canciones eran. Bailaron como si fuera la primera, como si volvieran a estar de nuevo ahí, se estaban repitiendo pero con más energías, con más ganas de ser en este espacio.

Vous allez mourir
J’ai dit la vérité
La vérité

Aún las voces les seguían recitando maldades. El concierto terminaba. Un cigarrillo afuera del lugar. Sonrisas y miradas cansadas. Uno de ellos recuerda que a unos kilómetros de Texcoco en San Andrés Chiautla se realiza un simulacro de la Batalla de 5 de Mayo en donde los Zacapoaxtlas y el Ejército comandado por Ignacio Zaragoza se enfrentaron con el ejército Francés, que fue vencido, termina y ahora elabora la imagen de Nezahualcóyotl bailando los ritmos de esa mujer: una tormenta que viene a romper el silencio.

La noche les comenzó a contar secretos. El universo estaba espiándolos mientras ejecutaba el bostezo más profundo y obscuro de la jornada. La penumbra descendió, varias galaxias descansaban, otras apenas despertaban, lo supieron porque se los dijo el viento de la carretera. Escucharon una canción, el motor aceleraba, la penumbra abría paso a quienes habían sido sentenciados por la mirada eléctrica de una mujer de pinta francesa y voz tropical.

Por Gallo | Fotos TSF.