12/08/2021

THE SPACE FARM

ComunidadAudiovisual

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Betsabé

Intento recordar su nombre mientras aún me recorre la sensación de no querer morir nunca, me sonrio de manera juguetona.

TINO

La entrada de casonas como ésta suele ser obscura,  se esconde algo o se protege un secreto. Pero una vez rebasada la entrada, ya en el patio, el sol deja su huella sobre las columnas ocre y las paredes rojizas. Más de cincuenta personas esperan el momento de la música, caminan por los pasillos, el sol me deja ver sus rostros, alguna insignia en su ropa, a mí, que estoy aún afuera leyendo “Casa Alvarado” en la fachada decorada con líneas y formas blancas, coloniales. La piedra me espera, respira lento, los autos dan caricias al adoquín de Francisco Sosa, en Coyoacán.

Justo cuando quiero pensar en la condición del jardín húmedo, el hombre de gafas tono café y celular tipo oxxo, me dice que el pasto está muy mojado como para dejar las cosas (mochila, morral, etcétera) en el suelo, luego se humedecen. Se sorprende por la cantidad de gente a tal hora del día, sus dedos se mueven de arriba a abajo mientras golpean la mochila que reposa en sus piernas. Me dice que hace no mucho vio a Tino en un concierto, dijo que se veía bien, que comenzó a tocar desde los quince años y todavía está, vigoroso. También me dijo que la Fonoteca es un buen lugar, que le dan buen trato a los discos que donas, que el acervo es interesante, él, Gafa Obscura Café, había llevado unos discos de un músico llamado Giacomo Franco, poco conocido, quién sabe. Me platica esto mientras espera a una amiga.

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La voz había dicho primera y segunda, en este momento dice que tercera llamada, Tino Contreras espera sentado en alguna silla de metal y plástico. Las Gafas, ahora más ahumadas, repiten la imagen del público que esperamos los primeros golpes rítmicos de aquel que escuchara sus primeros aullidos en Chihuahua, en los abriles de 1924. El evento se realiza gracias al esfuerzo de un gran equipo, dicen arriba del escenario, Tino Contreras se levanta, un hombre con nubes en el cabello le grita maestro y aplaude, emite un sonido fuerte que acompaña los pasos del celebrado. Las baquetas le son entregadas. Jaime Reyes se acerca al piano, Emmanuel Laboriel se asegura de no perder los graves en el bajo; Luis Calatayud sopla para asegurarse de estar en el tono; el “Ruso Calvo”- dice el maese Ti– es quien acompaña en las percusiones, y una Misteriosa mujer, allá, hace resonar algunos metales.

Un golpe a la batería, otro, dos, cuatro, y explotan los noventa años de Tino, tan vividos, tanto tiempo de música. Flamenco Jazz suena, frente a mí dos jóvenes, un hombre y una mujer, mueven sus cabezas mientras la canción se arma, los sonidos también le han afectado a un sujeto a mi derecha que agita su melena obscura, persigue los golpes en la batería, luego al piano, las cuerdas del bajo. En el lugar se escucha la música en equipo, se rescatan de alguna equivocación, o se provocan a la improvisación, el sentir la música, las notas, unas tras otras, para luego dejar ir un instante de perdición personal, la música del cuerpo, la voz, el aplauso se inmiscuyen entre los temas y las invenciones. Los músicos siguen al de gorro y gafa obscura, el hombre no se detiene, le motivan los sonidos de los niños jugando con una pelota en el jardín, le agitan los nervios las percusiones, no para, los temas se encadenan, se detienen en algún momento, Tino hace chistes y cuenta anécdotas, le habla a una segunda persona que son los músicos, somos el público, es ninguna materia en ese lugar, Tino dice que está haciendo tiempo porque sí es cansado, más cuando una noche antes tocaron hasta las dos de la mañana. Papaztrato provoca a más de un cuello, desde los primeros acordes el saxo acaloraba, así, tímido, o de pronto más combativo, los cuerpos piden más de Luis Calatayud y el sax, también el hombre detrás de la batería le grita a él y a otros tantos espíritus malvados en el lugar, entonces la danza se torna peligrosa, el saxofón nos mantiene en los bordes de un risco de vista paradisíaca, recupera un poco de aliento, se llega casi al silencio y algunos gritan, otras chiflan, Luis Calatayud revive los sonidos, los lleva a instantes más peligrosos. Los espíritus se van y sus travesuras nos tienen aplaudiendo con una sonrisa en el rostro.

[audio:http://www.blog.thespacefarm.com/wp-content/uploads/2014/09/02-Papaztrato.mp3]

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Miro a las espaldas agitarse, las corpulencias, las melenas obedecen al jazz, al ritmo cambiante, que busca escapar de ser él mismo, no repetirse; más gritos se acoplan a la música, los solos de Jaime Reyes son respetados casi hasta el final, las últimas notas, las que salvan de la asfixia, pellizcan los tímpanos, provocan el salpullido en la decencia y se grita, se aplaude. Tino Contreras se hace amplio a cada golpe en las membranas, las vibraciones de los platillos le devuelven energía, conexión extravagante, olores intensos deben rondar sobre esa batería, algo arde. Tinópolus nos da lecciones de griego, pues Contreras Tino, ha viajado, conoce los ruidos de otros sitios, sus creaciones suenan a más de un país. Luego va al teclado y, pesada la mano, pesado el tiempo, las teclas aguantan los dedos del que lleva el ritmo, lo motiva, el jazz surge como reclamo, como intención de hacer un poco diferente lo ensayado. Llegamos a la Sinfonía tarahumara en Jazz. Yumaré, el baile es solicitado, los asistentes merecemos un sábado cadencioso, las energías son compartidas y enviadas hacia el escenario con las manos, los brazos alzados, la música, las voces del público, los coros de dos mujeres en cantos rarámuris: Yulisa y Elisa Fuentes Bustillos, su pena, su cohibición, su voz que crece mientras el tiempo abona monedas a la música. El jazz se evapora, se combina con los olores de un sábado abismal, de perderse en sus minutos, sus sonidos, sus atajos al cotidiano. Cantamos, movemos las piernas, algunos con vergüenza, otras y otros en la música dejan ir sus penas.

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Fortino Contreras González

Mientras le entregan un reconocimiento al baterista, observo los vellos canosos en la barbilla de una mujer que sonríe por las ocurrencias verbales de Tinópolus. Detrás del escenario un hombre de camisa de color mamey grita, “¡La del Brazo fuerte!”, un señor entre el público sonríe, nos contagia. Dos golpes a la tarola, la batería recibe el ataque, la música sigue, delante de mí una pareja comienza el beso que durará hasta que Tino baje el ritmo, entonces los labios se reconocen, se reclaman varios temas, se hidratan para volver al jazz, a un día que emite los sonidos de las tres, una tarde rescatada por esta música inspirada en la existencia tarahumara, en sus tiempos, historias, sonidos. Somos aquí y en el espacio, la música nos invita a estar, ya oímos a Betsabé, y es la última, eso dicen. Varios asistentes comienzan a irse, se pierden la improvisación de My Way, la voz penetra cada uno de los poros de las piedras en la Fonoteca, varios canarios se animan a ser parte del coro, un redoble tan de años, tan de tantos tiempos tirando bataca tambor tarola platillos bombo percusión, el concierto termina, los aplausos ahora sí le ganan a la música, más aplausos, gritos, manos arriba, la venta de discos afuera.

[audio:http://www.blog.thespacefarm.com/wp-content/uploads/2014/09/10-Betsabe.mp3]

Tuve que encontrarte en Sábado Betsabé, te miré bailar, ahí, en el espacio, con lo invisible, me llevaste, me diste de tu aroma y ahora me escupes a la calle con los oídos repletos de jazz.


Gallo: corresponsal desde la casa en donde Octavio Paz vivió sus últimos días, y sitio de gozo, regocijo, calma y hongo sonoro.