12/08/2021

THE SPACE FARM

ComunidadAudiovisual

MUTEK 2014 | A/VISIONS-2: PERFORMÁTICA

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DOS VISIONES

Sale, se confunde entre el abrazo de la noche. En la estación del metro Chabacano un reloj digital le lloriquea las diecinueve horas con cuarenta minutos a la Avenida Tlalpan.

Dos hombres de estatura mediana van retando al viento con su caminar dentro del vagón, los dos hombres usan gabardinas negras afelpadas que no son de su talla, al ser más grandes, los hombres imponen, asustan, la iluminación del vagón teme mostrarse, sus rostros sonríen un segundo y se vuelven mueca terrible, gesto pasmado, las enormes gabardinas esconden dos caras morenas hundidas en la mugre, cuatro órbitas oculares flotan en esos espacios cambiantes, rostros en donde también se crea la ciudad, se guarda. Los dos hombres caminan de un lado a otro, el metro avanza, penetra otra vez a la urbe y ésta le deja oler sus cavidades, huele a corrupción, a descontento. Desciende en Metro Allende. En las escaleras, mientras con un movimiento de nariz sube un poco de mucosa, una ráfaga precipitada de viento sacude sus pestañas, voltea, su reflejo trata de cuchichearle bromas detrás de los aparadores de lentes. Avanza, sale a Tacuba, las máquinas charlan algo tensas, camina apresurado hasta llegar, con varios minutos guardados en el bolsillo, al Teatro de la Ciudad. Se sacude la pena, algo de vergüenza, recuerda al par de hombres, más que hombres, una gruesa pared borracha dentro del metro. Se acerca a una luz.

PERFORMÁTICA

Se entrega al Teatro de la Ciudad, un pasillo le habla, le dice por dónde ir, una escalera vestida de alfombra roja le sopla un elixir pasional, sigue por el pasillo, entra al palco, la madera se trata el estrés con baños de luces tenues. Dan la primera llamada. Las butacas son ocupadas por aquellos que antes tomaban cerveza en el recibidor del Teatro. La segunda llamada. La piel de los barandales del palco suda una extraña viscosidad morada. Presiente la tercera llamada, sólo él y la duela escuchan este intento de diálogo:

¿De dónde salieron tantos? / No sé, ya ves / ¿Y ahora dónde estás? / En una revista…

Es jueves, aún no dan respuesta de los desaparecidos, los cuarenta y tres. Eso lo sabe él, ignora si lo saben en el lugar, si lo sabe la voz cuando anuncia la tercera llamada, cuando recomienda apagar los celulares. La obscuridad arrebata de un soplido las luces, dos sujetos caminan sobre el escenario, una manta detrás de ellos y sus máquinas que ahora hablan, los dedos y las manos combinan el sonido y crean el ambiente, las imágenes licuan los pensamientos y los sirven con salsa de espinas y crema de flor de calabaza. Los sonidos e imágenes de Oneohtrix Point Never y Nate Boyce buscan envolver las atenciones de las y los presentes. Casi atrapados: un apagón. Par de abucheos sustituidos por aplausos, algunos minutos de incertidumbre, el Teatro respira nervioso, varias personas salen al baño. Se van las luces, comienza de nuevo la charla de los sonidos con los humanos.

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Vibra el teatro, se pierde en sus voces de noche. Se va. La pantalla recibe imágenes amorfas, cambiantes, seres azulosos que aparecen entre la penumbra cuando se está a dos segundos de quedarse dormido, las visiones son maniobradas desde las computadoras, dentro del Teatro y sus años, sus emputecidos recuerdos perfumados con éxtasis y sudor de bailes sin pudor, más de un baile, más de un sonido mantiene en su memoria esta Señora de asientos rojos, palcos y acabados de madera atrapando un tiempo, un estilo, los sonidos siguen, las miradas se mantienen atentas, un sujeto de gorra verde se frota las manos en las plateas; una chica, en las galerías, observa los detalles del techo, se confunden los tiempos, la chica regresa la vista al escenario, que desde arriba da temor, provoca sensaciones de vértigo, a ella le viene bien esa sensación.

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Un profundo respiro de la noche.

Él espera el siguiente acto, se encienden las luces de sala, la gente sale, una chica de falda roja hasta los tobillos hace sonar los tacones de sus zapatos, al andar, lo mira y le dedica un sonrisa mortal, de medusa, de aniquilar guardias, partir escudos de un sablazo, la sonrisa mortal rebanó en dos el rostro de él; la falda se movía leve, la tela murmuraba con el viento del teatro y esperaba ansiosa tocar los muslos de la mujer. La espera. De entre las butacas un viento templado le dijo a un hombre que necesitaba ir al baño, el hombre obedeció, el viento le acompañó, en el pasillo la falda roja volvía de la dimensión en donde se había escondido por minutos, el hombre con ganas de ir al sanitario, al encontrar con la mirada la tela ondulándose cínica, volvió por dos segundos a un vago recuerdo y luego siguió su camino, sus pantalones de pana negra le acompañaron. En el sanitario, frente al espejo, mientras el agua fría cae sobre sus manos, recuerda una rosa en medio del caos, algunos objetos, un fondo viscoso.

La noche disipa dudas, se dispone a bailar.

Dos personas encerradas en un triángulo de tela blanca disparan sonidos, reciben luces. Sus cuerpos son reflejados sobre una cara del triángulo que pocas veces se mantiene obscuro. Un proyector detrás, otro adelante. Luces acuchillando los tres lados de esa misteriosa tela. Su cerebro comenzó a sentirse diferente, la música llenaba el Teatro y lo cambiaba en cada parpadeo.

No deberías estar aquí. Deja de joder. No deberías estar aquí, tratando de moverte, sentado en esta silla de madera. Deja de joder. No deberías estar aquí cuando afuera miles y miles de injusticias, sabes que afuera es la vida real, las seis de la mañana en el metro, en la fila para subir a la combi, el aeropuerto intercambiando vidas, las seis y media en el hangar de algún milloneta, las siete en la respiración de la ciudad, las ocho en su tos que desespera, las nueve en los comerciantes gritando la primera palabra, las tres en alguna fonda y un restaurante con cata de vinos, en el buffete de chinos, las cuatro cuando otro maldito oxo abre. Deja de joder.

Nonotak no se detiene, su presentación no da treguas, aparenta apagones pero son sólo eso, instantes sin luz premeditados para incitar a querer ver más, escuchar más. El Teatro de la Ciudad pasa de un instante a otro mientras los dos arriba del escenario tratan de dar un ritmo diverso a la ocasión. Se expanden las atmósferas sonoras, permiten al espacio ser más que un contenedor, las dimensiones posibles se mezclan. Es la arquitectura musical de Takami Nakamoto acompañada de las luces ideadas por Noemi Schipfer, destellos capaces de inquietar los sentidos y proponerles otro lugar, los flashazos, en su rapidez, nos hacen estar en un espacio que no es el mismo, que deja de ser teatro, está a las órdenes de las luces y su música. Los sonidos nos introducen en las profundidades, los cuerpos en el escenario, rayos lumínicos desorbitando los ojos nos mantienen presentes, varias personas gritan, se emocionan, otros no quieren estar sentados, el Esperanza Iris no merece solemnidad en este instante, requiere un contagioso beso, enfermo de ansia, de baile. De entre las primeras filas un cuchicheo es destrozado por un rayo de luz repentino, dos mujeres guardan silencio y esperan el efecto de algún químico en su sangre; detrás de ellas un señor de sonrisa petrificada y cabello plateado reposa sus años en la butaca y viaja años luz de ese teatro. Obscuridad y el descenso luminoso termina.

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La noche, quejosa, supo escuchar los secretos del espacio.

Las inquietudes se distraen con los hombres montando el escenario para la llegada de las máquinas y los cuerpos conducidos por Daito Manabe + Motoi Ishibashi + Satoshi Horii + Satoru Higa + Mikko. Brazos robóticos. El escenario en silencio.

Es tarde. No intentes moverte. No puedes. Mando yo, es mi situación, decido que nos quedemos, así tienes tiempo para pensar, pensar en un cuerpo, pensar en una piel, pensar en una estúpida canción en inglés. Así tienes tiempo para pensar en otro cuerpo, en una voz. Así tienes tiempo, porque yo decido, de sentirte absolutamente insignificante en la galaxia, así tienes tiempo compa, camarada mío, de expulsarte de la tierra y subir más allá de tu cabeza, confundirte entre las pinturas del teatro, sus retocados acabados de siglos pasados, así tienes tiempo de saberte en este tiempo atrapado, así tienes tiempo, compa, amigo, de que te exploten, una, dos, tres neuronas antes de la tercera llamada.

Las mujeres mueven cubos, además, mueven sus cuerpos, la música acompaña la danza, los brazos mecánicos se alteran y de vez en cuando escupen fluorescencias verdes, en los cubos la iluminación y los proyectores crean otros ambientes, sobre los cuerpos, o, mejor, los cuerpos se confunden entre colores vivos, vida ésa aparente de los robots. Bichos electrónicos vuelan, las bailarinas los siguen, se siguen en un cortejo del siglo veintiuno, cachetada virtual, cuerpos y máquinas sobre el escenario y el espectador atento, otros detrás del smartfon, y otros más, no sé qué con los otros más. Las luces derraman sensualidad, los cuerpos se agrupan, se hacen forma, gran cuerpo.

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La noche encendió el último cigarrillo, las nubes flotaban tranquilas, soñaban con grandes retablos de pinceladas gruesas: dos gigantescas gabardinas obscuras simulaban una obscuridad inmensa.

Por Gallo.