11/28/2020

THE SPACE FARM

ComunidadAudiovisual

AQUÍ ESPANTAN: SONIDO GALLO NEGRO EN EL CLUB ATLÁNTICO

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Ya nunca sabe muy bien qué día es, cada uno es terriblemente parecido al anterior, y al que sigue. Es de noche, de eso está segura, desde la ventana puede mirar la luna, las paredes de esa casa se han ido deteriorando, hay un hueco en una de ellas, justo frente a su ventana, las plantas se asoman a este hoyo sin cristal que la mantiene atrapada en un tiempo que ya no es.

Las siluetas empiezan a llegar, otra vez, se juntan frente a la pared raída, son espíritus, flotan rozándose unos con otros, se empujan, a veces se mueven como una ola inmensa, sube la marea de cuerpos. La música empezará pronto, como cada día. Las nubes cubren el cielo, ralas pero constantes, iluminadas por la luz de la calle que ella no ha visto en años. La casa está en la Zona Rosa, ella mira pasar miles de cuerpos desde su ventana, algunos se sientan tranquilos, otros gritan emocionados; y hoy, el patio central de su casa en Amberes se he convertido en un salón de baile donde el límite de los cuerpos apretados se confunde, se anula y los espíritus flotan moviéndose al ritmo de la cumbia sicodélica de Sonido Gallo Negro.

Estoy entrando a este patio rodeado de paredes altas, algunas mesas en las orillas y la naturaleza haciéndose presente, enredaderas que se aferran al concreto. Somos un chingo, no alcanzo a ver cuántos ni parada de puntitas, pero se siente, la sensación es intensa, parece que no cabe ni una chela más y el mesero sigue llevando cartones a un lugar al que ya no llega mi mirada. Algunos se rinden, se retiran del lugar, vamos a explotar, eso siento cuando en el “pasillo” por el que no cabría un esqueleto pasan dos personas a empujones… Vamos a explotar. Lo que queda es moverse, quitarse del paso que te asfixia, seguir la luz, así que nos evaporamos, nos lanzamos con fuerza hacia enfrente, llegamos hasta el escenario ¿a un lado de la bocina?, sí a un lado de la bocina, ni modo. Si miras hacia arriba ves los restos de la casa, los del muro, la luz de la luna convierte una pared vieja en un misterio.

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Empieza el baile y ya sentimos nuestro espíritu desprenderse, liberarse de entre el músculo y el hueso, si miras alrededor verás las ánimas moverse a ritmo cumbianchero, con los ojos cerrados y las manos hacia arriba, como queriendo volar. Se ven sus esqueletos. Se proyectan los muertos en los muros, esto es una fiesta.

Ella nos mira desde la ventana que está en la esquina rodeada de hojas, la que más alumbra la luna, la que está entre esas nubes azul rey, está mirando hacia el muro donde se proyectan esqueletos, demonios, mira a las calaveras tocando, los está escuchando, no baila. No sé describir bien el gesto que tiene, es sorpresa, es terror, nos mira elevándonos. Somos fantasmas ante sus ojos, estamos en trance.

En varios momentos no sé de mí, desaparezco en una espiral de calaveras, de colores brillantes, de patrones infinitos, tengo los ojos cerrados y mis manos y pies se mueven sin que yo dé ninguna orden, no me siguen, no estoy pensando. La música se mete entre mis uñas, es electricidad, miro los dedos moviéndose en el sintetizador, las palmas golpeando con fuerza las congas, la piel curtida del bongó. Las manos hipnotizando al theremín. Las baquetas. El aire atravesando la flauta. Estamos en trance, pedimos más. Los esqueletos regresan al escenario, nos advierten que la cosa sigue, que hay mucho más. Sonido Gallo Negro nos golpea fuerte, nos arrastra, nos controla, durante dos horas somos suyos, nos rendimos ante su sicodelia, estamos hipnotizados, más bien poseídos.

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Levanto la vista, ella está sonriendo, la música la atraviesa, hay fragmentos, ondas llegan hasta la ventana y la mueven, aun así no baila, nos mira divertida, sabe del hechizo, se enteró del sortilegio, es cómplice. Nosotros somos los fantasmas, flotando en las notas, inconscientes, el escenario se vacía, y nosotros poco a poco nos desvanecemos, desaparecemos.

Vámonos, que aquí espantan.

Por Aura Mendoza

2015