LOS ESPÍRITUS

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Se parece a un gato negro sobre la pared… Lo dijo cerca de sus oídos, cuando lo escuchó sintió el nervio repentino en el páncreas, emitió una sonrisa, se congregó la mayor cantidad de insulina en sus venas, su mirada comenzó a irse a negros, escuchó el ritmo lento de una guitarra. Su cuerpo quedó tendido en el suelo, era un lince herido, hipnotizado.

“Quita esa música, no me gusta, me asusta, me atrae malos pensamientos y ya sabes cómo se me pone el corazón cuando pienso así, medio anaranjado”. Cerró la puerta, se tiró en el colchón que le recibió con cariño, el cuerpo extendido, miró el techo, la música comenzó a extraviarle, frente a él se aparecieron los pensamientos anaranjados, evitó cualquier movimiento, cuando se está en esas circunstancias es mejor quedarse quieto, permitir que el silencio decida, está en juego el seguir en este mundo o perderse y desaparecer, irse de la mente. El tiempo pasa lento para mí, el sonido tembloroso de la guitarra se introdujo en su cerebro, se sintió hipnotizado.

Las nubes juegan divertidas, las aves sienten un zumbido en el cerebro y pierden el equilibrio, dentro de una habitación dos personas nadan entre sueños púrpuras.

Despertaron.

Devastaron la noche con sus urgencias de vida. Las gotas de agua expresaban su timidez al desperdigarse mínimas en el asfalto de una oscura Ciudad. Palabrearon el momento, varios charcos disfrutaban su breve existir, la noche bravuconeaba con los autos, con sus emisiones grisáceas, de nuevo, otra vez, una cicatriz, un pensamiento imborrable, una exagerada historia repetida un montón de veces. Sobre la avenida perecían los alaridos de los automotores, los caminantes seguían inventándose en frases, creando su presente en ese conversar sombrío. Entre sustantivos y verbos llegaron a la estación del metro, en la taquilla una sonrisa pintada de rojo les esperaba, pagaron: la moneda con la piedra del sol al centro, dos boletos se deslizaron en la cuenca de la ventanilla, los insertaron al revés en la máquina, atravesaron los torniquetes, tres carcajadas despabilaron al policía recargado en la puerta metálica de la entrada, se acomodó el uniforme, se frotó los párpados y miró su teléfono celular, faltaba poco para el relevo, su primo le había escrito un par de mensajes que no leería hasta que se despojara del uniforme. Los caminantes esperaron el tren en la estación, construyeron su instante entre silencios, parloteo de autos y el regurgitar estomacal de una Ciudad evanescente, desesperada.

Las puertas del vagón se abrieron y una canción azotaba los oídos de los usuarios desparramados en las bancas metálicas, dos corpulentos hombres entonaban sinceridades parecidas a un tema de rock urbano, después, con la voz aún más tenebrosa explicaban las razones de su canto, agradecían se les regalara alguna moneda, un alimento, una bebida. El tren avanzó, las pieles de las personas se abrillantaban, las energías encerradas provocaban un calor tropical, las ventanas escurrían humanidad, el vagón se llenó de una electricidad curiosa cuando descendió a los sótanos de la Ciudad, a sus pasados, sus sangres antiguas, sus desconocidas anécdotas, una voz avisó el nombre de la siguiente estación, ambos se pusieron de píe, invirtieron su instante en dos suspiros, se devolvieron un par de miradas incoherentes, revisaron su cuerpo sobre los vidrios de las puertas, las luces les lastimaron las pupilas, los recuerdos, los pensamientos tontos, uno de ellos comenzó a silbar, provocó varios movimientos en su cuerpo, en su piel, a su acompañante se le erizaron los vellos detrás del cuello, ambos respiraron su entorno, los perfumes, los gases, los alientos, los miasmas de la Ciudad, de la fantasmagórica Ciudad de los escombros, las puertas se abrieron, en las bocinas de las pantallas colgadas en el andén se escuchaba valiente un rocanrol de intenciones inquietantes.

Lo venían siguiendo, sospechó de una presencia extraña al cruzar la calle, la ciudad olía a gotas de melancolía, la contaminación se escurría hacia las coladeras. El hombre de la moto escondía su rostro bajo el casco rojo, la mica obscura impedía saber de quién se trataba, aceleraba lento, acechando el objetivo, de pronto se detenía en las esquinas, metía las manos en su chamarra de cuero, bajaba un píe al suelo y observaba a los autos rebasarle, aceleraba cuando el objetivo estaba a distancia prudente, de ser descubierto no habría remedió, aceleraría, se acercaría, respiraría agitado, pupilas gigantescas, manos apretadas, la moto encendida, un gritillo, al escapar y acelerar recordaría las palabras de su tía y sus pensamientos anaranjados.

Belafonte Sensacional
Belafonte Sensacional

El policía le dijo que estaba a la vuelta, se sintió aliviado cuando vio los destellos azules y rojos impactados en las paredes del puente, ubicó al hombre de la moto esperando en la esquina, bajo el semáforo, se apresuró, dio la vuelta y corrió hasta el lugar, en la entrada dos hombres le recibieron sorprendidos por su acelerada llegada, le cobraron su cuota, de espaldas catearon su cuerpo, con los nervios quemando los bordes de sus labios entró al bodegón, se acercó a la barra, se ubicó en un sitio arrinconado desde donde podría ver a todas las personas que entraban, las luces se apagaron, los primeros sonidos de Belafonte Sensacional le atravesaron la mente que ilusa se perdió entre luces y palabras.

Seis hombres ejecutando música en el escenario, apoderados de una energía de sábados embriagantes, seis músicos y la trompeta envía su sonido, acecha los oídos de los presentes, las guitarras electrifican las palabras que precisan hacerse presentes en una situación como ésta, en una narración del disparate, del dispárate, del hacerte añicos, los seis hombres arrastraban sus piernas en el escenario, arrastraban sus palabras, sus intransigentes bailes, sus bamboleos del tremendísimo esfuerzo, una armónica sonaba para no dejar perder el ritmo, para mantener a la banda en la atmósfera, el baterista se envalentonaba y sacrificaba sus malestares en cada golpe, la voz de la banda atestiguaba hincada cerca del bombo, escuchaba el andar sin vergüenza de la canción, la voz se acerca al micrófono y susurra algún éxito de los noventas, un no me trates no, no me trates de engañar, Belafonte toma el micrófono para reclamarle su paciencia, ¿a quién te has comido esta noche, a un atufado Rockdrigo, a un trabado cantante folk de barrios bajos, a un travieso saltimbanqui atrapado en la estocada de una fumarola preciosa? La banda se persigue en el escenario, se extravían en sus sonidos, chocan al hacerse música, se despiden en una noche de insanos y oprobiosos actos humanos.

Se escondió detrás de una pareja, platicaban de un hombre en moto, de su llegada en metro, de la cena: Ay, no sé, creo que fui algo indiscreto al llevar esta playera al bufete/¿por qué? / Mírala, es Bruce Lee, bueno tiene gafas, mejor, así no parece/ Pero, ¿de dónde era Bruce Lee?/ No sé, ¿norteamericano?/ No lo sé, déjame buscarlo… / No creo que sea chino/ Sí, es gringo, de Chinatown/ (risas de ambos)/ Bueno, menos mal, sospecho que no se dieron cuenta, además qué bueno que fue bufete, así no escupen en mi comida /¿eso crees? / (risa de ambos otra vez).

No lo vio entrar y salió a fumar mientras comenzaba la otra banda, no lo perseguirían hasta ahí, no entrarían, salió y un par de lámparas le dejaron ciego por un momento, apresuró su pasó, entrecerró los párpados, llevó su mano hacia el rostro para impedir el paso de la luz, se tropezó con un tope de concreto, tambaleó y salió ileso del pasillo, en la zona de fumar encendió un cigarrillo, su sombra le dijo secretos ahumados cuando miró al hombre del casco sentado sobre la moto esperando en la avenida. ¿Qué miraba el hombre, qué veían sus ojos bajo el caso?, ¿cómo saberlo? Sí lo sabemos, está mirando a las personas, sabe que dentro del lugar está el objetivo, sabe que hay un par de salidas y desde donde está vigila ambas, no está nervioso, piensa en los vientos, en las casualidades, dentro del casco tararea una canción, sus labios delgados deletrean, l-o-s-o-j-o-s-n-e-g-r-o-s-d-e-p-e-r-r-o-v-i-e-j-o, una canción de una banda argentina, aprieta en puños las manos dentro de la chaqueta obscura.

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Los Espíritus

Maxi Prietto, Santi Moraes, Miguel Mactas, Martin Ferbat y Barrey llegan al lugar, sus camisas amplias decoradas con figuras y manchas de colores se pasean en la noche citadina, ambos, el de la moto y el del cigarrillo en la boca, chaqueta de mezclilla y playera obscura, los conocen, los han visto antes, han escuchado sus lamentos, han danzado en sus canciones, han sido sus canciones, han nacido en ellas, en los requintos cosquilleándole las indolencias a los planetas, escucha las sirenas cantándole, te vamos a matar, susurra una persona al ver a los músicos llegar, dos mujeres se acercan a ellos, se toman una foto, la suben a unas redes sociales, sus amigas le dan me gusta, Nora, la novia de una de ellas estará amargándose la vida en un sábado, al ver la foto le subirá el volumen a una canción, esta vez una de pop, un golpeteo monótono de sintetizador la mandará a dormir.

Fumó muy lento, parpadeaba al mismo ritmo que movía el cigarrillo en los temerosos labios, se sintió muerto, los segundos a su alrededor se aceleraron, la noche se confesó culpable a carcajadas, se le salieron las lágrimas de felicidad, atrevido entorno, noche de posibles vidas, de posibles muertes, torbellinos de peligro, el humo en su cerebro, en las partes más escondidas, las remotas cavernas de los olvidos, el humo en sus pulmones, tosió cuando se percató que muchas personas fumaban a su alrededor, entre la bruma perdió de vista al hombre de la moto; estúpido, entró al lugar, el tiempo se había quebrantado, Los Espíritus estaban arriba del escenario, pedían un poco de volumen para la voz, se apresuró y se escondió entre la gente, la música comenzó cuando, nervioso, movió sus pies con las intenciones de arrastrarlos en cada canción hasta desaparecer entre el baile.

Beben de hidalgo el mezcal, conservan la cerveza para el rock, se acercan al escenario en la tercera canción, la banda había tocado La mina de huesos, la gente se aglutinaba en la pista de baile, las guitarras estrellaban los sonidos en sus mentes desobedientes, en su entrega, el lugar se trastornaba, se convertía en una sesión de llamamiento, de aquí estamos, ¿ustedes están?, aquí estamos en la vida, frágiles, aquí estamos moviéndonos, vivos en la música, en las canciones y sus historias, las percusiones agitan el baile, beben un poco de cerveza y se acercan al escenario, entre las primeras filas de gente estrellan accidentalmente sus cuerpos con otros cuerpos, que también se dejan ir, una mujer entrecierra los párpados, baila en cámara lenta y le cuenta veleidades peligrosas al bajista de la banda, la canción aumenta las llamas, el baile en la pista se hace intenso, el fuego de la tierra en las plantas de los píes, varios gritos del público para escupir la euforia, para reclamarle a la banda esa pérdida del pudor, esa ansia de movimiento, ese reír y ser carcajada, ese burlarse de la noche, de los chinos y de Bruce Lee. Cuando uno de ellos miró entrar a un hombre con un casco de motociclista en la mano sonaba El gato, una presencia obscura se apoderó de sus cuerpos, una respiración profunda de miedo, para evadir el terrible instante sacudieron sus huesos con un baile a lo Elvis, se confundieron con un agresivo Michael Jackson, una eufórica Angélica María, encontraron los ritmos de ese rock atascado, guitarroso, perdido en una galaxia infame. Perro viejo, Las Sirenas, Negro chico, Jesús rima con cruz, fueron sonando, los cuellos en vaivén, los bailes en corto, la tranquilidad de otros tantos, Lo echaron del bar y cerca del hombre con el casco, recargado en una columna de concreto, una mujer se exaltaba perdida en algún emocionante motivo, la seguridad atesoró con fuerza bruta su brazo y la despidió del lugar por unos momentos, otra mujer, de rasgos fantasmagóricos gritó: ¡la echaron del bar! Le echada regresó recargada de fuerza a reclamar su sitio, a empujones llegó al borde del escenario, de un brinco subió y se echó encima de un integrante de la banda, segundos de desconcierto, la mujer reclamaba, la seguridad de nuevo en acción, la mujer abajo, la banda por terminar la canción, la guitarra azul rechinando de confusión, extraviando su voz, sus historias de alucín. El hombre arrastraba los píes. La voz le rompió las memorias, le golpeó las tolerancias, escondido entre la gente esperaba el momento más sombrío, más turbio, los cuerpos a su alrededor se convirtieron en las más mansas apariciones, las que esperan para arrebatar el alma. Las camisas de colores, formas y manchas se movían de un lado a otro en el escenario, se manchaban de sudor, las personas velando la veracidad de ese cuento por explotar, en la persecución, en la vida transcurriendo tan tibia, tan, tan danzando con la posibilidad de un estallido, de un desaparecer.

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Un apagón repentino, diez segundos, silbidos.

El hombre del casco mueve su cabeza, busca a alguien, tiene el gesto preocupado, la luz roja crea sombras debajo de sus arrugas, sus facciones saben que se ha ido, sus pupilas no entienden cómo fue, no pudo correr, mira hacia la salida, mira hacia el escenario, en la barra, fueron diez segundos, estuvo atento, diez segundos no pudieron bastarle, los músicos recobraron el ritmo con Las cortinas, ahora él se supo en peligro, su cometido se revertía, los segundos eran para él un recuerdo, un sano recuerdo, de los que se conservan para hacer más emotiva la partida, escuchó Noches de verano cerca de las personas, no tenía explicación para el evento, no quería precipitarse, la banda le invitaba al trance, se entregó aunque a su tía no le gustara la música, aunque su sangre no habría de renovarse más, al ser interrogado no tendría respuesta, acaso sólo podría decir que fueron vencidos, otra vez, por Los espíritus.

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– ¿Tú lo sentiste?
– ¿Qué?
– Eso… el vientaso, cuando se fue la luz, como un grito así rápido, algo intenso, yo digo que hasta se vio una luz, así, rápido
– ¿Cuándo?, ¿en el concierto?
– Sí, cuando se fue la luz te digo, cuando estaban cantando Vamos a la luna, en serio raro…
– ¿Cómo?
– Así, como si algo se hubiera ido, así, como si hubiera sido succionado por una boca inmensa.

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