DOS VECES AGUAS

La noche quiso provocar la inquisición en sus venas.

La moto aceleraba a cincuenta kilómetros por hora, el suelo, resbaloso, nos miraba burlón, ansiaba nuestros cuerpos tirados en el pavimento. La mano de mi compañero apretaba el manubrio y aceleraba sin precipitarse sobre avenida Insurgentes. Llegaríamos tarde, lo sabíamos, pero ya teníamos el infierno dentro de nosotros, nuestras lenguas estaban adormiladas, las nubes avanzaban coreando alguna canción de rock progresivo. La moto aceleró a sesenta kilómetros; en las estaciones del metrobus la gente trabajadora se llenaba de bilis el cuerpo mientras esperaba el siguiente camión, alguna mujer revisaba su bolso y tomaba su celular para revisar los últimos mensajes, un hombre escuchaba en sus audífonos una entrevista con un músico de la banda británica; otro sujeto checaba sus redes virtuales y despejaba la mirada contando coches negros. Los automovilistas recargaban sus codos en los bordes de sus ventanas, desperdiciaban su tiempo observando al conductor de al lado, a las personas que brincaban charcos, a las otras que los pisaban y se llenaban de lodo las suelas de los zapatos.

-Bomba, bamba, bemba, bento, benso, bensa, bobo, babel, basto, bababa, bebet, bebento bolbenso, bebado, borben, benbor, bebebe, bababa, bebeb, babeante, babeante…

Sus palabras intentaban alcanzar los ritmos de la noche, el motor de los autos, los pensamientos de los citadinos, palabras desconectadas, arriba de la moto las letras se confundían en su cerebro, las no palabras le decían que el momento se inventaba a cada de segundo y de una buena vez, el casco le estorbaba, él quería expandirse, llegar más allá, lejos, mucho, hasta el lado oscuro de los planetas, hasta la inconmensurable distracción de las palabras, hasta su no existencia. La moto, ansiosa, mordió sus engranes y aceleró, bajaron el puente de Tlalpan, ya estaban en Río Churubusco, la avenida se convirtió en un espacio en donde sus intrigas se perdieron, miraron el cielo; la luna, chusca, les envió dos besos húmedos, ellos los recibieron, la moto les dijo vamos que se hace tarde.

Salí del metro expulsado por mis ganas de respirar, la estación Pino Suárez recolectaba gritos, murmullos, pláticas emotivas, traté de acelerar mis pasos pero los cuerpos frente a mí me lo impedían, me fumé los perfumes de dos mujeres peinadas muy en cola de caballo, sus bocas entintadas de rojo, imaginé que era sangre, imaginé un beso sangriento y subí las escaleras, llovía, poco, pero llovía, nada incómodo, respiré algo de calle y los granaderos ya esperaban formados sobre Izazaga, los escudos de acrílico reproducían el brillo de los faroles, los hombres y mujeres uniformados miraban a quienes deseaban entrar, a las y los fanáticos con ganas de estar cerca, lo más posible. Grandes camiones impedían el paso por Pino Suárez, por Veinte de Noviembre, “ya no dejan pasar”, “está cerrado”, “que dicen los policías que ya hubo desmadre, por eso no dejan pasar”, traté de no hacer caso al palabrerío de las personas que esperaban frente a los policías, busqué uno, dos, tres atajos, la música estaba a quince minutos de comenzar, varios gritos de emoción, de nervios, de regaño, en las bocinas una cantaleta intentaba arruinar la diversión, “el gobierno de la ciudad informa que la plaza está llena a su máxima capacidad, se les invita a disfrutar el concierto en las pantallas ubicadas en los alrededores…” No acepté la invitación y empujé hacia adelante, las nubes quisieron mojarnos y lo hicieron.

-Bobo, bibo, bipo, bepe, boni, benu, benbe, bobion, banbe, banbo, benbibamba, bembibombo, bembo, bambobo, bombobo, bubian, bianbe, bababa…

El policía no les dejó tomar el retorno, cuando la moto aceleró y también sus pulmones un instinto les hizo gritar, ¡Peña, Mancera, la misma chingadera!, la motorizada arrancó miedosa, buscaron algún lugar en donde estacionarse, el biciclo motorizado esperó en una banqueta, cerca de un poste dos hombres la cuidarían, los otros dos buscaron un lugar para resguardar sus pertenencias, bebieron de cuatro sorbos una caguama e intentaron correr.

Caminé hasta Isabel La Católica, tenía muchas ideas encontradas, los atajos estaban cruzados, la gente buscaba el mejor sitio para observar algo, una luz, las pantallas; a muchos les bastaba con escuchar, recibir una ráfaga de viento envuelta en los sonidos de Waters y su banda. Un árbol intentaba no doblarse cuando un hombre de botas negras y vestimenta de mezclilla escalaba su tronco para subir a la marquesina de un centro comercial en donde la gente ya se acomodaba con intenciones de gozar el show un poco más arriba. Comenzó a llover, los granaderos aguantaban empujones detrás de sus escudos, se hizo un espacio entre la masa de gente, un ser salió corriendo con ganas de estrellarse en los granaderos y crear una abertura, un pórtico hacia los sonidos del ex Pink Floyd y su banda: las coristas, artistas visuales y equipo técnico capaz de convocar a miles de personas al Zócalo de la Ciudad. Se creó la puerta a la otra dimensión, más hombres dejaban ir su cuerpo en contra de los granaderos, el portal se hacía más amplio, algunos uniformados soltaban golpes con los escudos, los asistentes se defendían con patadas, derechazos y echaban a correr hacia adelante, hasta el siguiente tapón de gente. Cientos de personas empujábamos, algunas se cayeron, ¡Cuidado con los caídos! Alguien gritó, se hizo una barrera de cuerpos para cubrir a las personas en el suelo, la gente que venía a mis espaldas seguía empujando, buscando alguna ranura para estar más cerca. Llegué hasta Uruguay y de inmediato me dio el patadón de la rica ganya, no había centímetros de distancia entras las personas a mi alrededor y yo, nos escuchábamos, nos sentíamos, nos olíamos, a veces olernos era la más fétida experiencia del mundo, el concierto de Roger Water parecía el lugar más indicado para dejar ir el cuerpo y convertirlo en gases traseros, ronquidos del aquello. Las nubes llegaron haciendo ruidos y tirando fluidos, desde donde estaba una pantalla nos comunicaba un concierto en pedazos, además, un concierto con algunos segundos de retraso, observábamos un concierto que alguien había visto segundos antes, la música viajaba con mayor cadencia y las y los asistentes tratábamos de digerirla toda, guardarla por unos instantes y dejarla ir entre los vientos fríos y mojados de la noche. Roger Waters y su banda comenzaron el concierto, los gritos de las personas nos dieron indicios de los hechos, las primeras notas nos llegaron lentas, lo demás fueron gritos de hombres, de mujeres, chiflidos, la bandota coreando la canción, el role, los humos, la cadencia de la felicidad, el cuerpo a cuerpo y el roce a veces incómodo, ahí, en el evento gratuito, en el masivo en inglés, en el rock y la historia, las leyendas medio mal humoradas, ahí, recetándonos un poco de música del siglo pasado. Dominados por los sonidos nos convertimos en los testigos de nuestros pensamientos, sonaba Speak to me en esta ciudad tan burlona… El bajo comenzó a mostrarse, el músico presionaba las notas precisas, las memorias, la bandota en la calle esperaba las primeras palabras para gritarlas, lo hicieron: Breathe.

– Señor no puede fumar eso…
– essss okei…
– Señor por favor apáguelo…
– essssssss, ya voy…
– Señor, por favor…
– essssss estás viendo y no vessssss…
– Señor no puede…
– esssssssssssssss, ya… voy…
– Señor, por favor, no se puede…
– esssssssssssssshhhhhhhhhh…. Yaaaaaaa… chido, ya… es que no ma….
– Gracias señor…

Respiré. En los periódicos del día habían dedicado una nota a la leyenda que aparecía en el cerdo volador durante el concierto, también se mencionaban las imágenes de Donald Trump y el letrero de Renuncia… Desde donde estaba no se miraba nada de eso, sólo la pantalla construyendo el concierto entre planos medios, amplios y tomas cerradas a los músicos. El morbo esperaría entre nosotros, le tocaba su dosis de música del desenfreno psicodélico. El descontento citadino encontraba un espacio para el desfogue, para recriminarle al mal gobierno su actuar, la plancha del Zócalo llena, un asesino sigiloso comenzó a sonar en las bocinas: Time. Se danzó de manera lenta, se intentó estar dentro de nuestros mismísimos corazones, se intentó escuchar el intrépido eco del bajo, viajamos, los asistentes seguían en la quemazón, en las palabras y los susurros… Money desordenó las trampas de la mente, la rola acudió poderosa a los oídos de los presentes, de los muchos ahí, escuchando, cubriéndose algunas embobadas gotas de lluvía bajo sus plásticos azules. Esquivando algunos hediondos manotazos del viento, se escuchó Us and them, el Zócalo entraba en otro lado, uno distinto, ni obscuro ni iluminado, en otro lado…

La música se perdió en los polvos de las galaxias, las imágenes frente a ellos les sacudían diversos pensamientos, los asistentes cantaban las canciones, el sonido envolvía y dejaba sentir un mundo extraño dentro del cuerpo, uno provocado por las tonadas construidas por Waters y compañía, por el músico y su historia. Sonaban los éxitos, la gente se apoderaba del lugar, el músico también lo hacía… un hombre desenfrenó sus ganas de danzar y se desparpajó en el pasillo, escuchaban Run Like Hell, las guitarras agudas provocaron recuerdos que no pudieron contenerse, se convirtieron en gritos, en energía, en danza, en cuerpo agitado por las vibraciones recibidas.

– ¡Maestro, eres un maestro Waters! ¡Adoro esta música!

Saxofones lamiendo el viento, platillos temblando a ritmo melodioso, guitarras amplificando las caricias de esas manos repitiendo acordes, voces deseando ser escuchadas, voces diciéndole a sus mentes qué pensar, llevándolas de la mano por sus conexiones más puras, más obscuras, voces para su arrepentimiento, para sus conmiseraciones de seres en dos piernas, voces y más voces, voces de mujer, voces de hombre, los sintetizadores y el teclado exasperando la emoción, exaltando el susto de saberse extraviados en esos sonidos. El escenario se convirtió en una fábrica, las imágenes conducían a la nostalgia, se incrustaban en partes recónditas de sus cerebros, buscaban qué memoria excitar.

Los dos bebieron los licores de la noche, respiraron los efluvios mágicos de los planetas, se les miraba perdidos, estaban en otras galaxias, en distintos espacios, ambos eran pasmo, eran calma y eran lo que eran, un par de sujetos atrapados en la música envolvente, ahí, entre la gente, de píe, queriendo escuchar el mínimo rasgueo de la guitarra, el roce de la baqueta con los tambores, la voz, la voz susurrante predicando añejas estrofas, palabras repetidas en un inglés cucho, mascado con salsa verde y chiles habaneros; Waters sofocaba sus miedos y compartía gallardía con los presentes, con esos dos perdidos en varias nebulosas fosforescentes. La pantalla presentaba una imagen giratoria, hipnotizaba, la fábrica se descomponía, el tiempo se enchuecaba, los dos ahí entre la gente sentía sus palpitaciones cerca de la sien, los párpados se negaban a cerrarse, el sintetizador les dijo secretos incómodos, sus oídos comenzaron a perderse en pensamientos morados, obscuros, de inicios de los tiempos, su humanidad se desvanecía, ellos eran su sangre y fluían a prisa furiosa por sus cuerpos, los sonidos les mantenían alerta, miraban los rostros de los asistentes y trataban de guarecerse en un pensamiento menos salvaje, porque Waters y su música los tenía en la porción más salvaje de su ser, la noche arriba, la luna brindando con un sol durmiente, ellos y sus piensos atorados en la fatalidad, el sintetizador en sus notas más agudas, más inquietantes, más imposibles para la calma… sálvalos, sálvalos Waters, no los dejes ahí, no los dejes perderse en ese sonido eléctrico, sálvalos con tus notas y palabras, sálvalos de ellos mismos, de su explosión, sálvalos de sus perdiciones, sálvalos…

No se salvaron, se perdieron en una dimensión de tintes brillantes, navegaron en el espacio sin mover mucho el cuerpo, la banda hacía sonar Have a cigar, un sujeto les invitó cerveza, bebieron con calma y aliviaron la sed. Descubrieron sus melancolías en los lamentos de Waters, escucharon Wish you were here, Pigs, Dogs, detrás de ellos las imágenes de D.T. (da cosa poner su nombre) y un mensaje antiimperialista.

Desapareció el tiempo cuando Roger se acercó al micrófono, los músicos le acompañaron, un rasgueo de guitarra, un golpe en la tarola, la voces de las mujeres galácticas, el hombre de cabellos largos canto algo, el tiempo fue ahuyentado y una línea en sus mentes los llevó a vivir tiempos futuros que ahora son pasado y vuelven a ser presente_______________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________ Cesó la lluvia, las personas se unieron en un grito: ¡Fuera Peña, Fuera Peña, Fuera Peña! Los gritos provenían de varias épocas, de distintas coordenadas del espacio, la desesperación, el hartazgo se vestía de rock y trataba de ser contagiosa, fuera el mal gobierno, fuera la impaciencia, fuera la desesperación, fuera ellos, nosotros, él, fuera todo el tiempo, fuera las letras, el entendimiento, fuera esta crónica, fuera fuera… fuera aún de sus cuerpos, un triángulo de potentes luces les atrapó, se sintieron en el portal, en el de su destino, estuvieron a una decisión del viento de quedarse ahí, en el lado obscuro.

Volví. Los cuerpos embelesados, atarantados por la música del flaco británico y su banda rufianesca, las pantallas me seguían contando otro concierto, los vientos descendían su velocidad para escuchar la música que se expandía en las calles del Centro. Atorado en algún pensamiento sucio, necio y desesperado escuché las canciones, repetí algunas estrofas en el inglés colonisante, el Zócalo se llenaba de mensajes rabiosos, las más de doscientas mil personas acomodadas en pequeñas porciones de pavimento se dejaban motivar por los gritos de Waters, por sus gestos moldeados en frío concreto.

Los acordes del bajo golpeaban duro su cerebro, sus cuerpos se dislocaban, las imágenes ocupaban sus pupilas, los colores, la fábrica, las fotos, los efectos y las frases se impregnaban en el momento, los asistentes grababan con cámaras y celulares a los músicos, los videos de la pantalla; R. Waters se acercaba al flanco izquierdo del escenario y las personas se amontonaban para verle cerca, para notar su extraño andar, para mirar su tiempo, su experiencia, el músico, vestido de negro, con el cabello cano, la plata sideral en las sienes, micrófono en mano coreaba Confortably Numb, regresaba al centro del escenario, los asistentes  confiaban en su calma y volvían a sus lugares, coreando, gritando frases de la canción. Se quedaban con los ecos de los gritos que rebotaban en las paredes de su cerebro. Trataron de no dejarse fluir en la noche. Se prendieron las luces, los músicos en el centro, ellos dejándose ir, salvándose de esa noche tremenda.

Hoy llueve, mucho, llueve intenso, golpeteo malvado, palabras de la inconsciencia de los vientos fríos. Habitamos este mundo repleto de sonidos que no se repiten. Cuando a ellos la noche les alcanzó Waters terminaba su concierto. La oscuridad trataba de no apabullarlos con sus cantos desesperados, con sus vientos de catarro necio. Cuando a ellos les alcanzó la noche la ciudad se confundió, se convirtió en un rompecabezas, en una malsana película filmada con retazos de filme comprado en tianguis de segunda mano. Cuando les alcanzó la noche no tuvieron ganas de volver a casa, no tuvieron ganas de hacerse humanos de nuevo, cuando les alcanzó la noche la moto aceleró, las piernas dieron pasos veloces… cuando se acordaron de ellos, cuando la noche les recordó quiénes eran, de dónde venían y hacia dónde debían perderse, comenzaron a cantar el coro de una canción aguerrida: We don’t need no education /We don’t need no thought control/ No dark sarcasm in the classroom. Cuando la noche los alcanzó no corrieron, no se espantaron, se encontraron atrapados en un pensamiento colgado de la estrella más colorada.

– Bomba… bebo, beda, bodo, bedi, bombo, beba, bod, beideo, bebodo, bedoa, bolodimai…

Llovía. Llovía. Tanto que las palabras se escurrían en el cerebro. La moto aceleró, mucho, tanto, entre la lluvia. Desaparecieron.

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