MENSAJE


El hombre de mugrosas canas mastica varias palabras poco entendibles. Amanece en la Ciudad. El hombre de barba cana y también mugrosa mira la pantalla que avisa en cuánto tiempo llegará el siguiente metrobús, con sus manos obscuras sostiene un par de bolsas negras para la basura, de las grandes. El hombre sigue masticando palabras. En avenida Insurgentes el sol se esconde detrás de los edificios. Adentro del andén las personas se sorprenden al mirar al hombre sentado en la banca de metal resguardado por sus bolsas, ahí, balbuceando, entreteniendo el instante, despidiendo un fuerte olor a humedad, a noches de calle, a penetrante orín.

Otro hombre vestido de traje obscuro, corbata azul y camisa blanca, desliza el dedo índice sobre su celular mientras espera al transporte rojo. Un hombre más abre el periódico y lee la nota de un asesinato en el entronque de unas tenebrosas calles en una colonia en donde aún no se ha pavimentado. El metrobús tardará en llegar a la estación. Las personas en el andén esperarán sin saber la razón exacta de la tardanza. Una mujer de tacones altos, minifalda, actitud maniaca en los ojos, revisa su teléfono móvil, checa las actualizaciones de una red virtual, mira varias fotos, lee un mensaje que le llegó en la madrugada y no quiso leer, era un número desconocido y decía algo como esto:

No te preocupes. Nadie lo sabrá. El minotauro está cerca, no te apures, te vas a enterar cuando sientas su respiración, cerquita, en la noche….3:47a.m.??

Terminó de leer el mensaje, su gesto tomó otras intenciones, arrugó el ceño, elevó sus bellas narinas, su imaginación se descontroló, percibió un olor agrio cerca de su ser, buscó a su alrededor, el hombre de mugrosas canas le miraba, la mujer intentó quitar su vista del hombre, no pudo, no pudo durante cinco segundos; el hombre sonreía, sonreía y ella sintió un temblor cerca del cuello, arriba de la espalda. El hombre abrió la boca, tremenda, los ojos se le hicieron gigantes y así, pasmado, en ese gesto petrificado, permaneció por unos segundos más, después, emitió un gritó horrible, se levantó de la banca de metal con las bolsas negras en sus manos, dio media vuelta y brincó hacia el asfalto, se fue gritando, mucho, dando pasos grandes, fuertes, de atrabancado animal.

Las personas aún se recuperaban del susto provocado por el grito. La mujer que había leído el mensaje se mordió un labio, cerró un párpado y se lo frotó con el puño derecho, guardó el celular dentro de su saco beige, esperó el metrobús… llegó, se abrieron las puertas, ella estiró la pierna izquierda para entrar al camión, entró, las puertas se cerraron y ella pensó en una antigua criatura al ritmo del acelerar alocado de la máquina de tonos rojizos.


HJS

 

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