LA APARICIÓN DEL CABALLERO ÁGUILA


Ocurre que es una tarde de pieles ardiendo. Una tarde en la Ciudad, caminas sobre la banqueta de Río Churubusco, no te la crees que hay un río entubado, neta no te crees el calor, la desesperación en los neumáticos, el pavimento evaporando sudores celestiales.

El camión de Izazaga te deja cerca de Pino Suárez, cruzas el puente, el mercado, caminas un rato y llegas al Centro, cuando llegues ahí te espantarás al ver tu sombra reflejada en una piedra obscura del Templo Mayor.

-Pero… si me lo reduces a tres días por la mañana, sólo me dejas… o sea… pocos días…
-Sí, pero… trabajas, y no puedes otros días, yo no puedo faltar esos días…
-Sí… me lo complicas…¿sabes cuándo hay menos gente?… es que… no…no quiero formarme…no…
-No sé, supongo esta semana no habrá gente…
-Es que no… no…

Tienes hambre. También estás molesto. La plática de ese par no te preocupa mucho. Ellos ni te miran, intentan resolverse, ni te pelan. Bajas del Izazaga, caminas, subes el puente… El dolor de estómago, no es dolor, son nervios, caminas. Al llegar a Templo Mayor escuchas un aleteo discreto, se convierte en zumbido, sientes que tu cuerpo se eleva, lento, liviano…

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