ENSUEÑO PROLETARIO | 3

Lento parpadeo

Un silencio de palabras en el vagón, segundos para mirarnos, nos espiamos, insistimos en enviar nuestra atención a otro ser; el ventilador refresca nuestras cabezas, se oye un rumor, la música que sale de varios audífonos: sonidos que envían a su escucha a otras atmósferas, a sus vivencias más añoradas… un grupo de personas se carcajea, el metro rechina, el viento en los oídos, un zumbido criminal.

Sopor en el ambiente, cada vez que el metro abre sus puertas entran personas con ganas de acomodarse en un espacio adecuado, en donde aislarse pueda ser una oportunidad. Un vaho tremendo se respira, un olorsillo capaz de provocar cosquillas en el sistema respiratorio.

Sentadas, las personas duermen, se escabullen del momento, se van a divagar en las imágenes más desesperadas de su mente, se extravían, se dan un chance y se dejan ir, se los exige la jornada laboral… párpados cerrados, gestos atrapando miedos, preocupaciones y fobias, cuerpos que no se mueven, que viajan en otras dimensiones, manos quietas, glúteos recargados en la banca, cabeza: pera de box, moviéndose sin sentido, sin fuerza, dejándose ir en la inercia, músculos relajados pero alertas. La gente se despabila, se truenan los nervios. El rumor, la vida, el trabajo, los pendientes, los teléfonos móviles en las manos, las virtuales maneras para distraer el trayecto, el andar melodramático de esta Ciudad. En la calle, una ambulancia avanza y grita despavorida.

No me la creo. Pero sí, es un hombre degollado con la cabeza aún colgando de su cuello, el encabezado es igual de tremendo, el señor de gorra verde hojea el diario, se detiene en una noticia sangrienta; oteo en la página y sigo sin creerla: tres cuerpos desnudos tirados en un camellón polvoriento, el señor hojea de nuevo, intento leer un poco de la información, algo, un dato, algunas frases que me inviten a pensar que es mentira, una puesta en escena, que la sangre es… agua con tintura (cobarde de mí, cobarde de mis entrañas, cobarde de tu cotidiano). No me la creo pero me aferro a las páginas del señor, me aferro.

La Ciudad, la rabiosa Ciudad… sus ritmos, sus tecnologías, sus pequeños espacios para estar menos que solo, para estar en compañía de los desamparados, de los santificados, de los pecadores y los no bautizados, de los castos y los no tan puros.

– Entonces… ¿por dónde vives? (los dedos de la mujer se deslizan sobre el celular, dentro de la pantalla una figurita de colores se mueve y forma una línea del mismo tono, una explosión de felicidad dentro del teléfono, la mujer sigue con la labor de hacer estallar líneas de figuras de colores)

– Vivo por Tlahuac… Paso del Conejo…
– Ya… entonces… sí te queda algo lejos…
– No, no tanto… No tanto…
– ¿De ahí tomas un micro?
– No, caminando, en serio está cerca…

Otra señora entrecierra los párpados, escucha un eco a miles de kilómetros de sus pensamientos, oye el andar del metro sobre las vías, se toma la barbilla, sentada con las piernas cruzadas consigue algo de alivio, a su costado, un niño esconde el rostro bajo la visera de su gorra de minions. Tengo que transbordar, cambiar la ruta, ir a otra línea, debo caminar, andar entre pasillos; vamos concentrados, acostumbrados al camino, somos una enorme fila, gigantesco flujo de seres, pensamientos, energías, emociones; se cruzan las miradas, se evaden y se sigue caminando… ¿una sonrisa?, tal vez, tal vez.

A dos manos, toda una #profesional, la mujer del localito de dulces, aguas y tortas, me despacha una alegría de amaranto; con el flujo urgente llegan más personas y compran algo para el camino. Agradezco y sigo el caudal humano, este tiempo subterráneo, esta ingravidez de la soledad, este no querer detener el paso porque te pisan, este andar insaciable.


HJS… leve leve, baja baja, TSF Comuna Espacial, Auuuuuuu!

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