SACRIFICIOS | SÍGUEME

Nanahuatzin, pronuncian sus labios y no puedo dudar, no debo dudar, lo dice y es imposible no creerle, quiero creer, lo haré porque es un ser en quien tengo que creer, lo haré en cada encuentro que tengamos, creerle me hace estar en la tierra, encerrado en esta esfera que flota a ritmo insólito, por eso tengo que creerle, para no sentirme así, insólito a merced de cualquier mal cálculo de la galaxia, de lo desconocido, le creo para estar con alguien sin sentir estar perdido.

Somos de los colores más claros de la naturaleza, estamos iluminados en tonos dorados, una luz se difumina en nuestros rostros, el auto avanza, su voz me dice verdades en donde se sigue posando mi absoluta credulidad, corrompo toda maldad en mí cuando las luces decoran mis pupilas: lienzos de un mural de acuarelas interminables, me pierdo en el viento detrás de nuestros cabellos, entre ellos, tras de nosotros, queriendo alcanzar nuestras verdades, nuestras ardientes sinceridades, las montañas abajo, esnifando varias nubes grisáceas de azules escondidos, nuestras voces jugando con el viento, trotando en porciones de ensueños verdes, extraviándose entre vericuetos de altas rocas, la cima de una falla de la naturaleza, una inmensa pared manchada de vida, de secretos incontenibles.

Yo soy Nanahuatzin… por supuesto, debo creerlo, ¿cuál será mi castigo por hacerlo? La nave avanza sin prisa, las ramas acarician la carrocería, la niebla y el frío entran por las ventanas, a la altura de las nubes los secretos rondan queriendo ser contados. Aún envueltos en los abrazos neblinosos de la carretera comencé a sentir algo de fuego en mi estómago, prefiero seguir creyendo, mirar el entorno, estar seguro de que seguimos avanzando, perdiéndonos en sinceridades; dos habitantes caminan a paso lento para desaparecer entre la neblina, el auto sube entretenido con los vahos de los montes, los bordes del cañón. La carretera suda de frío. Sus palabras me dicen más verdades. Debajo de nosotros, entre los árboles, esperan tranquilas las aguas profundas, somos pequeños instantes ahí, nosotros, escuchándonos, contándonos lo poco comprobable, lo instantáneo, estamos ateridos a la perdición, encimados en una de muchas de nuestras capas, de nuestras dimensiones, somos una insignificancia, un pequeño auto viajando entre las grietas hechas por el hombre a una gigantesca falla de la naturaleza, un motorizado haciéndole cosquillas a la vida, la vida enorme. Estamos en nuestras verdades, rodeados de lo impredecible.

Sonríe para convertir el momento en tiempo sucediendo. Cuando el verde nos dijo silencio, entonces fuimos ojos, fuimos naturaleza en nuestros nervios, fuimos de nuevo insignificancia. Sonríe cuando bajamos por una curva. En un pueblo cercano una cerveza es bebida por el señor de gesto mudo, de esperanza muda, no eran gafas obscuras, eran sus ojos y la sombra de la noche debajo de ellos convirtiendo su rostro en una escena de terror, la cerveza fría, las nubes arriba, el señor de gesto mudo da un sorbo a la cerveza, nos mira sin moverse, sentado en la jardinera de la tienda de abarrotes.

Renacemos, el auto avanza, las nubes atrás, arriba el cañón siente las caricias de los neumáticos. Yo soy Nanahuatzin. Sonrío, me hago tiempo.

Acalorado, vuelvo a mi sitio, arriba, desde donde observo, desde la inmensidad en donde también soy vulnerable, soy el astro y no sé de mí más allá, de mis incandescentes posibilidades, más allá de mi luz no sé más. Soy el sacrificio, lo siento en mi estómago, en mis pulmones, me presiento ancestral. Soy tan frágil como los planetas y las estrellas a mi alrededor, me tardo en darme cuenta, me siento inmenso, con ganas de abrazar al Cañón, de lavarme la cara en las profundidades del río, dar un sorbo repleto de mojarras, extenderme en las nubes, acompañarlas en su metamorfosis eterna. Mi sacrificio debe ser disfrutado, me revuelvo en los cúmulos, me sé sacrificado, me siento sacrificado, estoy en la cima de un dolor, de una historia en donde no debió estar nadie, sólo yo, yo aquí con mis decisiones, con mis dolores de humano, mis mal formaciones, mi cuerpo de llagas, mi cuerpo entero ardiendo. Me acaricia una inseparable masa de cirrostratos, siento la humedad chocar contra mi cuerpo y desaparecer al instante, expelo un vapor caliente. La carretera se empina, el auto deja de acelerar, la máquina avanza, atrás van quedando las sombras, esperan, no desaparecen, atrapan a quien atraviese sus caminos, las sombras y las grandes nubes, las inmensas en donde la luz de los planetas se entretiene un poco, se detiene a mirar las diversas formas de los gases, las criaturas detrás de cada movimiento del viento. La máquina avanza. ¡Yo soy Nanahuatzin!

Tiemblo. Es un calor parecido al explotar de una estrella. Revienta cerca del corazón. Se dispersa por todo el cuerpo, está en los huesos, ahora en los músculos, llega a la piel, lo respiro, lo veo, es el calor o yo soy el calor, no lo sé, es una sensación de incandescencia, de irradiar hasta agotarse, expandirse en la luz. Miro hacia abajo, siento la necesidad de arrojarme al vacío. Una de sus verdades me convence de que no lo haga, de esperar, de aspirar más de mil veces el extracto de las nubes. Respiro leve. El calor descansa, brasa todo mi cuerpo. Ruge algo dentro de mí, no soy yo, no es hambre, no es ningún malestar, es el efecto de sus palabras en mí, escuchar y tragar aire. El auto avanza. Atrapados en una escena de colores difuminados buscando retratar el instante, más que el instante, las sensaciones de la escena, las vibraciones, los cuerpos, los objetos no importan mucho en esta escena, tampoco la fuerza en las miradas, importa el andar del tiempo, la pincelada acuosa, alargados brochazos, combinaciones de tonos hablando del instante, las sinceridades, la posibilidad de estar perdidos en uno mismo y buscar la retribución en el otro, una retribución que no es contrato, no es acuerdo, es colocarse en el instante, saberse con los pulmones trabajando. Me alcanza la galaxia, me toca de manera inusitada, me hace desaparecer, soy brillo, siento las llagas en mi piel, soy imperfecto, soy la verdad más imperfecta, la verdadera, sin fin, que se construye en cada avance de las estrellas, en cada palabra dicha, en el tiempo en donde somos, soy imperfecto, horroroso, siento el calor, aumenta, se intensifican las ganas de querer explotar, de ser brillo, resplandor, me alcanza la galaxia, alcanzo a decirle en cada avance de las estrellas, en el viento en donde somos, soy imperfecto, horroroso, siento el calor, aumenta, se intensifican las ganas de querer explotar, de ser brillo, resplandor, me alcanza la galaxia, alcanzo a decirle, yo soy Nanahuatzin. Me abandono. Soy presencia. Calor. Resplandor.

Sígueme, le dijo Nanahuatzin.


DRN

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