SACRIFICIOS | DESAPARECER


I.

Sientes que el mundo te come. Ángel se ve aún más humano delante del paisaje, el río obscuro es obligado a resplandecer cuando una línea brillante del gran astro le dice que despierte, que es buena hora para saludar a los amigos. El Cañón le da fuerza al perfil de Ángel, es él y las paredes de la gran falla, del monumento natural, epitafio de lo desastroso. Varias nubes atraviesan la mente de Ángel, ahora sonríe y el aire condensado se mueve lento, el viento decide quedarse a escuchar sus palabras, es una manía esa del viento, una idea trasnochadora, una tentación incomparable; las palabras de Ángel son cadencia, pero también son las líneas trazando el paisaje, las rocas majestuosas, el río tranquilo, reflexionando tiempos remotos, aguas amansadas por imponentes paredes de concreto, la humanidad sabiéndose débil ante las consecuencias de una naturaleza en busca de su destino movimiento, concreto en donde se guarda la voz de Ángel. Un grito en el lugar, dos gritos, tres y otro más ejecutado por el perico, el Cañón se reía del coro, los llamados en decibeles altos buscaban a Paco. Paco remaba acariciando al río, acicalándolo, peinando a su niña de cinco años, consintiéndola, el río recibía las caricias y devolvía la tarea con un breve empujón, la lancha avanzaba, el ruido leve de su paso acarició las orejas de Ángel, pidió permiso al sol y entrecerró los ojos para buscar a Paco. Paco: perdido en una sonrisa. Ángel buscó al hombre, pero no iba a gastar más gritos, se repuso frente al barandal, el río dejó de suspirar para el momento, el sol no dejó de molestar.
– Sí pues, esperen cuando caiga la luna llena y verán, esto se ve grandioso. Cuando cae la luna llena no hace falta ninguna otra luz. Sí pues, esos días son los valiosos, me quedo aquí afuera hasta que me agarra el sueño, o hasta que los méndigos moscos me comen las piernas. Sí pues, si nada más espero esas noches para sentarme tantito y respirar lo mismo que respira el cañón, sentir la paciencia del agua, sí pues, el agua nomás está esperando, esperando deveras, tranquila, me contagia, me dice que debo esperar. Sí pues, no tengo otro remedio, o bueno sí, pero esos son más difíciles de encontrar…. Como les digo, cuando estás aquí a las tres, cuatro de la mañana, sientes que el mundo te come, si miras para adelante la obscuridad se lo traga todo, el río habla con alguna estrella, se escuchan los susurros, se alcanza a sentir una brisa, el cielo se convierte en una gran boca que comienza a comerte si no cierras los ojos, pero aunque los cierres el cuerpo no deja de sentir una temperatura baja, un cosquilleo en las piernas, en la cabeza. Me ha pasado varias veces, no me molesta, no me da miedo pero sé que el mundo me está comiendo poco a poco, en esas madrugadas no vengo a pensar, vengo a sentir la mordida de la noche, las picaduras de las estrellas más rojas.

¡Ah…! Si éste y yo no nos llevamos. La mano en esa pierna decía lo contrario. Pierna de Á., mano de Mariel, mano gruesa y calma, de tomar decisiones precisas en momentos inesperados, de encender el motor del carro a las dos cuarenta siete de la madrugada y salir a buscar a su padre, acelerar en el camino insultado con piedras y obscuridad, volver a girar la llave para arranca el viejo auto por quinta vez entre la bocanada de terror en donde la magia de una llamada le había puesto, una artimaña de su valentía, de ser una mujer capaz de mirar al reloj sin miedo, retándole, estableciendo una contienda invisible, una inagotable batalla. Se miran cuando Paco se acerca al muelle. Mariel y Á., recuerdan más de un una situación al mirarse de frente, al saberse platicando tema íntimos, acariciados por los tabiques de la casa, por las tejas del restaurante, Mariel platica y moldea sus anécdotas como escultura de barro, la conversación se hace tridimensional en sus palabras, entre su saliva, Á., la mira con respeto, algo perdido, buscando varios motivos para no reclamarle haberle dejado solo aquella vez en la lancha, sobre el río, Mariel en la isla con alguien, la lancha atada al muelle de madera, la tarde en colores rojizos, los vientos susurrándole calma al pequeño Á., que ahora se acuerda del momento, pero no puede reclamarlo, no sabe, no conoce el lenguaje para poder recriminar a Mariel esa situación.


Mariel ignora algo. Á. guarda el secreto detrás de la lengua, en un sitio de su boca en donde las palabras son retenidas por la vergüenza, por el temor.

– Mmm, la luna llena, ¡pura perdedera de tiempo! Nomás lo ven ahí todo quieto sin poner atención a nada, no se le puede molestar al señor porque mmm, pero pura perdedera de tiempo, dice que está pensando, pero puro ocio y tontería debe estar pensado, se ríe porque es cierto, nomás míralo…

Está sonriendo, Mariel también sonríe cuando habla, es un gesto amable, las palabras se reciben con mayor facilidad, se acaricia la cabeza, busca la mirada de Á., y cuando la encuentra un tanto resentida, le sonríe, Mariel no encuentra por el momento algún remordimiento, algo qué reclamarse, piensa y si puede lo dice cuando conversa, en su labor diaria, sus acciones han sido para salir, para despertar y no reclamarle al astro su brillante presencia. Á., le regresa la sonrisa, es gracioso el tono de Mariel cuando platica de él, eso le provoca risa, su capacidad de ser chistosa al contar cualquier tema, de engatusar la atención para esperar el siguiente comentario, la mueca precisa, las manos imitando a otra persona, eso provocaba la risa de Á., la mujer acaricia la pierna del hombre, le da un par de palmadas, cayeron las hojas de un árbol de mangos sembrado en la isla vecina, dos monos caminaban entre las ramas buscando alimentos.


II.
Ángel se levanta de la mesa, atrás queda el río, los peces comiendo los desperdicios tirados por los turistas, Ángel camina, rechinan las tablas debajo de él, debajo de las tablas el agua se mantiene calma, la cadencia de sus movimientos acompañan sus pasos cuando él se siente más seguro, un poco más separado de su Mariel, más que el día anterior. Ángel agita su camisa para escurrir varios chorritos de sudor, camina y saluda con la mirada a los conocidos sentados en las mesas, recargando sus codos en los manteles repletos de flores y colores alegres, las personas le regresan el saludo, Ángel hace temblar sus pupilas verdosas cuando se aparece Julián, lo mira morder un pedazo de tortilla frita, la imagen se refleja en el verde dentro de los ojos de Ángel, saluda a Boni, a la señora de la cocina y sigue su paso sin detenerse, observa el río y le dedica varios pensamientos, treinta peces brincan alborotados, salen de la superficie y vuelven azotando su ser en las aguas mansas barnizadas con una capa fina de tonos oro, Ángel camina con la imagen del dorado sobre el río, sonríe, avanza hasta el perchero colocado en la pared y descuelga una sudadera oscura, se pone la prenda y mete las manos en sus bolsillos, sigue su camino, mira a la Vieja, el verde en las cuencas de Ángel se difumina, mueve el rostro y esconde un malestar en el páncreas, veloces sus parpadeos, su respiración de tan trepidante atropella sus pensamientos, recupera la calma cuando está por salir del lugar, aparta la mirada de la Vieja, baja la cabeza, cuenta sus pasos sin importar el orden: ocho, diez, once, uno, catorce, dos, ocho, cuatro, dos, uno, uno, dos, tres, ocho, diez, diez, diez. Caminó sin saber del sonido de los insectos pegados a las ramas de los arbustos, no supo de su canto del atardecer. El río se untaba una luz morada sobre sus colores anaranjados. Once, tres, doce, catorce, diez, diez, diez…

Inés. Su rostro sonriéndole a la luz azulosa que dominaba las tardes en la plaza del lugar. Inés detrás de una señora, sosteniendo una bolsa tejida con hilos de diversos colores, Inés y sus vestidos largos, corte a los hombros, la piel acaramelada, sus tonos tabaco y jamaica triturada, una rojiza melanina escondiéndose en su satinado exterior. Inés sin voz, con la mirada en las manos de los vendedores, frutas arrojadas a un recipiente de plástico, Inés y su voz piden una medida, mejor dos porque la señora le secretea tres palabras. Inés sin su nombre: una mujer en la plaza bajo las obscuras lonas sostenidas por tubos metálicos, una mujer y su aroma entre los olores de las verduras, de los filetes de atún recién rebanados, las vísceras del pescado, la piel del cerdo emanando humos al ser introducida en el aceite, el chicharrón crujiente goteando manteca. La mujer y la palma de su mano cuando la dama de canas y mandil azul le unta un poco de guacamole. La lengua de la mujer y el sabor del aguacate molido, el limón, el perejil, la sal, un trozo de cebolla. Inés pagando el kilo de papas, de zanahorias, el medio de limón, el cuarto de hongos, los tres pesos de ejotes, la lechuga y los tres jitomates.

Diez, cuatro, nueve, trece, ocho, ochenta, dos, diez, diez, diez. Ángel sale del restaurante, dos árboles se mueven molestos por la insistencia de un viento arrepentido que busca esconderse entre su follaje, Ángel camina por el empedrado siguiendo el surco hecho por el agua en los meses de lluvia. Flotando llegan aromas del río a su nariz ancha, respira, los pulmones se atascan de ese olor combinación de sal, escamas de mojarra y combustible. El muchacho moreno ha dejado de contar sus pasos, ahora mira al suelo, observa sus tenis deportivos, el pantalón de mezclilla recibido en navidad durante el intercambio sorpresa, recuerda que esa sudadera se la regaló su tía de la Ciudad, la misma mujer a quien el corte de cabello de Ángel le parecía coqueto, coqueta era esa palabra, el muchacho de cabello corto y tonos castaños sonrió al recordar a su tía riéndose al regalarle la palabra, al interactuar con él más de dos minutos, el muchacho se sentía solo, pero no lo estaba, eran sus ganas de recriminarle a su familia sus malos humores, sus peleas diarias por el trabajo, por la falta de agua, el mal genio de Boni, el misterio en la mirada de la Vieja. Observa una ráfaga de viento entre el polvo, la vereda le averda las imágenes que tiene en la cabeza, las historias que se está contando, los diálogos que está repitiendo, las escenas de su vida, las más molestas; decide imaginar un momento a solas con Mariel, piensa que no debería estar pensando en eso; se acuerda de la última ocasión en la cima del Cañón, en la parte más elevada, extraviado en sus palpitaciones, atento a los pasos de Inés, a su cuerpo recargado en un árbol, dos líneas delgadas de luz dorada cruzaban su cuerpo; Inés camina, esquiva una roca, brinca desde otra, se ensucia de tierra los pantalones, lodo en sus tenis. Ángel llega a la penúltima casa que delimita el lugar, las luces están embarrando de amarillo el rostro de Jonás: recarga su cabeza larga en el alféizar de la pequeña ventana, la silueta es de ochenta años, huele a estofado de pulpo, a humo de canela quemada; cuando la silueta emite algún sonido por la noche, un silbido, un grito sin pena, una palabreja, las nubes se alejan, dos estrellas refulgen hasta arder, tres astros se acercan lentos a la superficie de la tierra y se mueven a una distancia prudente, el cielo toma licuado de moras y espeso observa las explosiones y la iluminación, Jonás llena sus ojos de luz, acerca sus pensamientos a la Coyolxauhqui.

Ángel mira a Jonás encuadrado en su ventana de bordes anchos, le regala un movimiento con la cabeza, el hombre en la silueta es estatua, Ángel mete la mano derecha al bolsillo de su pantalón, siente las llaves, después mete la mano izquierda en su otro bolsillo, agarra su celular, lo mira sin dejar de caminar, deja atrás la silueta, en la pantalla del teléfono realiza una figura con la yema de los dedos para quitar el candado, después revisa sus aplicaciones y no tiene mensajes, desliza su dedo por la pantalla, escoge el reproductor de música, mueve el índice sobre la superficie del celular, elige una canción, comienza con unos timbales, después una batería, la voz de una mujer se derrite en los audífonos, sube el volumen, guarda su celular en un bolso de la sudadera, las hojas de los árboles sudan restos de algún astro explotado, la galaxia sopla sobre su ser para aliviar el calor.

Muerde la uña de su dedo índice, arrastra el paso, los tenis se raspan, se desgastan al ritmo de los ánimos lentos de Ángel, anda por la tierra, del bolso de la sudadera extrae un pan relleno de jamón envuelto en papel gris, había preparado el bocado justo antes de sentarse a platicar con nosotros, el bolillo aún estaba caliente, lo tomó cuando el bollero exponía cuatro docenas en el tablón obscuro de la cocina, el jamón era de pierna de pavo, del que vendían en la tienda de la esquina, a Mariel le gustaba comprar ahí porque la señora de la tienda le hacía la plática, también porque se pasaba un poco de rebanadas gruesas que nunca cobraría como extra. Ángel dio un mordisco, aún crujía el bolillo, tuvo tiempo de untar algo de aderezo de chipotle, un poco, ahora siente en su paladar el sabor del picante, los aderezos los preparaba la Vieja y su ayudante; el jamón se entierra en un diente del joven que no detiene su andar, el polvo se mantiene manso escuchando varias cuentos del suelo, de la superficie pisada con desgano por Ángel, varios zanates relatan obscuras historias, las nubes se acercan a escuchar y se colocan sus cobijas azuladas, los ojos del joven se llenan de verdor, respira la vegetación, los perfumes de las plantas se quedan apelmazados en su cerebro, animan historias, el joven envuelve el bocado mordido, lo guarda en la bolsa de la sudadera, mastica y detiene la tarea para sonreírle a dos mujeres que caminan por la vereda, ellas le sonríen, él sigue masticando, camina lento, las plantas a su alrededor crecen sin prisa, los ojos del joven miran hacia arriba, el cuerpo no se detiene, la boca sigue masticando los últimos pedazos, los brazos colgados: péndulos cómplices del caminar borroso del joven. Sus labios ofrecen las últimas moronas a la boca, Ángel mira el azul obscuro arrastrado por tres pájaros grises con su aleteo, los pensamientos del joven se quedan atrapados en una telaraña viscosa tejida entre dos troncos macizos. Los árboles se estremecen al sentir un roce altanero del viento, Ángel está fuera de su lugar, en las fronteras con el poblado vecino, mira hacia delante, la tarde se ha conseguido varios tonos morados y los combinó con el rosa, al joven le extraña el color anaranjado, una línea delgada pintando varias nubes alargadas, la música continua en los audífonos, ninguna alerta de mensaje, hasta el momento él está en una de sus caminatas cotidianas, el camino se hace amplio, dos anuncios verdes aparecen frente a él, lee sus letras blancas aunque ya conoce su ruta, la carretera de polvo holgazán se partirá a cincuenta metros, una y griega se formará, los pasos arrastrados tomarán el lado izquierdo, el del anuncio con el nombre más corto, varios árboles de frondoso follaje y flores púrpura le regalarán una entrada seductora, respirará las últimas fragancias del verdor, arriesgará su camino, millones de hojas le absorberán.

III.
No tengo otra opción, a veces se me pone rejego. Detrás de ella el cañón con sus facciones verdes; nubes soñadoras tranquilizaban las ideas, el río hablaba quedito acariciado por la luz de un astro inquieto. Mariel detenía sus palabras en la lengua por unos segundos, trataba de contarnos algún secreto, Mariel era un secreto parlante, un contenedor de incógnitas, de palabras guardadas, de culpas y remordimientos de la gente del restaurante, de Boni descansando los huesos en la mecedora, arrepintiéndose de su pasado, relatando historias a una Mariel de ojos quietos; las palabras de Boni eran conservadas por la mujer en la silla de madera con el delantal azul amarrado de forma tímida detrás del cuello, las manos rozaban su rostro cuando sentía que Boni exageraba en sus cuentos y sólo quería atención, las palabras del viejo solían ser crueles, acomodado en la mecedora buscaba la mirada de tonos cambiantes de Mariel, el viejo aprovechaba los momentos con la mujer para mirarle el rostro y conservar en sus pupilas el color de su piel bañada por una capa de ámbar obscuro, Boni procuraba no hacer evidente su admiración, prefería platicar sus reproches, Mariel escuchaba. Escuchaba a la Vieja mientras preparaban la comida para los trabajadores, Mariel recargada en el tablón obscuro de brazos cruzados, sin el delantal puesto, la luz azul coloreando la madrugada, la Vieja confesando sus insatisfacciones, esquivando varias lágrimas para no dejar de ser la Vieja, quejándose de los olores del lugar, de la cebolla picada a medias, los vasos con una mancha, los jitomates aplastándose en las cajas, las puertas del refrigerador abiertas, el pescado echándose a perder, los gritos de la Vieja, de la mujer, los oídos de Mariel recibiendo los sonidos, la canción quejosa interpretada por una voz antaña, el aceite hirviendo en el sartén, el agua evaporándose en la olla de peltre, las hornillas calentando los tabiques, tiznando la rústica estufa, el fuego anaranjado alrededor de las cacerolas, la Vieja platicando uno de sus tantos sufrimientos, de sus tantas maneras de saberse fuerte y no perderse para salir adelante, para estar ahí; cuántas veces tuvo que ir fuera del pueblo, al lugar de una palabra, a perderse entre las hojas de flores violetas, cuántas veces caminó ese pasillo de aromas dulces, empalagosas sensaciones en el cuerpo; sin embargo era un sitio para estar ahí y seguir caminando, mareada, con el sonsonete de los insectos golpeando su corazón, acelerando su sangre consciente del siguiente acontecimiento, los demonios en su cabeza, las invenciones de otra historia, otro espacio, el rocío de las flores, el aroma, la caricia de terciopelo en la piel. Mariel cortando en cubos pequeños el jitomate, exprimiendo limones en un recipiente de metal, la Vieja y sus recuerdos del pueblo vecino, Mariel parpadea lento, agacha la cabeza, deja el cuchillo sobre la tabla y respira el perfume del que habla la Vieja.

Ángel inhala lo más lento posible, cuenta las exhalaciones, se concentran en mantener por dos segundos el aire avioletado del ambiente, la sangre del joven está en su actitud más arriesgada: río queriendo alcanzar apresurado la luna llena, Ángel va en busca de una mujer que vive detrás de las rocas, detrás de la presa. Andar por el camino de flores violetas le parece cada vez más pesado, el cansancio se apodera de sus pensamientos, de sus energías, preferiría sentarse a esperar un momento, Ángel mira hacia el suelo sin detener su paso, observa a un animal dormido, respirando a ritmos lentos, con los párpados cerrados, un animal de cuatro patas, Ángel dirá que era un caballo, su respiración le pide pausa, en la garganta se le atora un dulce sabor, no es molesto, sólo le propone irse a dormir, el joven sabe que son pocos metros para ver las primeras luces, con los dedos de la mano derecha se talla los párpados, camina esforzando las inhalaciones, exhala con mayor precaución, el aire del lugar obliga a querer tenerlo en el cuerpo, se hace peligrosa la tarea de respirar, el joven se acuerda de la música, lento, casi torpe, se acomoda los audífonos, consigue presionar el botón de reproducir, suena generosa una canción de bajo sexto tenebroso.

A Inés le gritaron asesina en la calle, ella giró el rostro molesta, aunque días después pensó que no debió voltear porque ella no era una asesina, no tendría que obedecer a esa palabra; cuando volteó observó al dueño del grito, le dedicó tres segundos de mirada fija y se marchó. Le gritaron asesina porque en el periódico local se publicó una falsa noticia: Poca Madre: Ahogado, mutilado por su progenitora. La foto de Inés dentro del ministerio público estaba colocada al final de la nota. Inés llegó al pueblo vecino después de la época de desesperación en la Ciudad. Inés no buscaría desmentir la noticia, el día que llegó a su departamento la escena estaba dispuesta, su cerebro sentiría una severa mordida en la parte frontal, no soportaría la luz, la sangre en la tina, la bañera, la tensión invadiendo el cuerpo de la mujer, sus labios partiéndose hasta la sangre, los dientes queriendo reventar al crujir unos con otros, la época de la desesperación y sus escrúpulos corruptos hicieron de la escena el trucaje perfecto para enviar un mensaje a los habitantes, la época de la desesperación necesitaba castigos ejemplares, Inés desmayó después de mirar el cuadro de la realidad que jamás olvidará, algún oficial de Seguridad la esposó, dos hombres le tomaron fotografías, siguieron la escena, la foto que tomó Rolando se publicó en el diario y se puso a disposición en las agencias de información, el editor del diario local del pueblo vecino eligió la foto en donde Inés tiene el gesto de espanto que aún conserva en el rostro, las grises ojeras, el cabello castaño amarrado en cola de caballo, el vestido largo, los labios cincelando seductores gestos. Esa historia sólo la conoce la persona del grito, ha perseguido a la mujer hasta el pueblo vecino, Inés caminó aquel día con los músculos de sus piernas estirándose hasta provocar dolor, la persona dueña del grito fue arrestada, dos puñetazos en la cara, sangre escurriendo de ambos orificios nasales, el ser identificado como un extranjero problemático fue expulsado de inmediato, se le dejó ante el camino de flores violetas. Inés no quiere recordar ese momento, cuando su máscara fue arañada, en la acuarela de su rostro habían escupido líquido corrosivo, Inés lloró después del grito, ardían sus zonas lagrimales, siguió su camino.

Ángel mueve sus dedos al ritmo de la canción, aún respira la dulzura, parpadea, frente a él la primera casa; la neblina morada comienza a desaparecer, el joven avanza para no tener la tentación de regresar, camina sin saludar a los vecinos, varios reconocen al forajido, Sara, Esther, acostadas en las hamacas a la entrada de la casa gris, compartían un gesto para darse por enteradas del recién llegado. Al caminar, Ángel procuraba confundirse con los habitantes, la sombra constante del pueblo vecino le permitía andar como un paisano más, conocía las calles, los vericuetos. Al pueblo vecino le obscurecía el abrazo de la presa, era fácil saber de la llegada de un ajeno, Ángel estaba expuesto, aún con los audífonos puestos dejaba sus pasos por el lado derecho del camino, escuchaba la canción, escuchaba también sus recuerdos, las palabras, la situación en que se ha metido, la toma de decisiones, el horror de sentirse en una encrucijada, el joven se tira en el precipicio de su pensamiento, nada entre las imágenes más frescas de su cerebro, afuera de él la espalda de la presa, las casas blancas, techos largos, focos de luces ambarinas en las puertas, faroles lamiendo el polvo, las piedras del camino, las nubes observando curiosas, entrometidas, detrás de ellas un azul en donde la galaxia se confundía con ese mundo, con esa porción de obscuridad, ese fondo en toda taza de café.

Ángel empuja la puerta de madera, el restaurante se abre, las imaginaciones del joven se postran en una situación policroma, los cuadros acomodados en las diversas paredes azulonas le llevaban a otros lugares, camina dentro del lugar, se acerca a la barra, saluda al hombre detrás de ella, el hombre le responde mirándolo a los ojos.– Deberías irte, no tienes qué hacer aquí, a la gente de por aquí no le agradas– Algún día, algún día dejaré de venir, usté sabe qué día y no sé por qué quiere asustarme, sé muy bien lo mal visto que soy aquí… pero ni eso detiene mi andar, usté sabe a lo que vengo, no tengo por qué estarlo discutiendo, usté sabe en dónde estoy en esta historia, usté y nadie más lo sabe, usté me dijo ese día, ¿no se acuerda?, me dijo con sus mismos bigotes, con la misma mirada de no creerme, que mirará bien adentro de mí… lo hice… sin saber cómo…– ¡Ya vas a empezar con esas cosas de nuevo! No vas a convencerme con tus cosas muchacho, despierta, no debes estar aquí, lo que yo diga son idioteces, no deberías estarlas tomando como cosa seria– Estoy aquí…–…
– No me voy hasta darme cuenta, hasta saber de qué se trata esto, de todas esas imágenes que veo…– Puras tonterías, puras tonterías, nomás te imaginas, nomás lo que ves en las noches de sueño profundo, puras mentiras… no te las creas muchacho, vete y no vuelvas…

El café servido durante la plática tardaba en enfriarse, Ángel bebía lento de la taza azul, el hombre del restaurante daba sorbos a un té de buganvilia y limón, su mirada se llenaba de rencor, sus palabras intentaban engañar al muchacho, deseaban desviarlo de su camino, de lo que Ángel había construido como su destino. El hombre estaba detrás de la barra, el cuerpo del joven se acomodaba para moverse poco durante la charla, presentía un abismo en las palabras del hombre.
– No muchacho, no te hagas tontas ideas, no creas todo lo que piensas, no te pierdas en todas tus babosadas.

El hombre encendió la radio para desesperar un poco al silencio en los labios de Ángel. El aparato emitía una canción desconsolada, la voz sufría por algún amor, por un hombre indeciso, por una manía extraña de querer amar la distancia.

– Mmm… ya estás como la canción, nomás divagando pura tristeza, pura tontería… ya no vengas muchacho, ya no vengas, este pueblo no te necesita

– No vengo porque me necesiten, no me importa el pueblo, usté lo sabe, no importa la gente, usté sabe que tengo que estar ahí, tengo que verla partir, tengo que esperarla, usté sabe que van a volver por ella, lo sabe, usté me lo dijo, acuérdese, ¿no se acuerda?

La radio estaba cerca del hombre que sudaba por el encerrado calor del restaurante. Las manchas en las bisagras de su camisa blanca reclamaban algo de aire fresco, el hombre se desabrochó el cinturón, las palabras de Ángel le provocaban incomodidad, sabía de lo que hablaba el muchacho, se sentía responsable de su constante viaje al pueblo, pero no podía permitir su regreso, sus ojos cafés se amargaban al querer convencerlo, detrás del bigote canoso guardaba preocupación y temor, atrapaba las palabras con sus delicadas manos dedicadas a la cosecha del grano de café; las orejas aún servían para rebotar las palabras de Ángel, para convertirlas en misiles que explotaban dentro de su cerebro.
– No, Ángel, no me acuerdo y no quiero acordarme de tus tonterías, de todas tus invenciones… bebe ya ese café que se hace tarde y están por llegar los trabajadores.

El muchacho no terminó el café, dio un sorbo breve y dejó la taza sobre la barra, sus ojos embadurnados de miel observaban cierta traición en las palabras del hombre. Se despidieron esperando no volver a tener una conversación en esos tonos, el hombre deseaba no volver a ver al muchacho, no ahí, en el pueblo vecino. Se despidieron con las miradas.

Ángel cerró la puerta del café y caminó bajo la sombra del lugar. Dos nubes intentaron distraerle de la conversación, las personas a su alrededor secreteaban infamias al ver al muchacho que caminaba y sentía a la vida despedazarle sus esperanzas, pero él estaba consciente de las esperanzas nulas, no se trataba de esperanza, la historia estaba contada y él creía tener una labor, un fin en ella. Un paso tras otro y al muchacho la vida le caía en la cabeza. Bajo las sombras el calor desesperaba, Ángel se limpiaba el sudor con la manga de la sudadera. Él sabía que ella le necesitaba para algo, él debía estar ahí, ella no podía seguir sin él, no debía seguir sin él, Ángel lo sabía, o creía saberlo. Dudaba si ese mismo instante era parte de su sueño, si el presente era sólo una porción de sus imaginaciones, dudó estar vivo, dudó de sus respiraciones, dudó de la vida en que se creía atrapado, se frotó los párpados, el sudor estaba por entrarle a los globos oculares, se limpió el agua salada de las mejillas, movió la cabeza y decía que no, se decía que no, él debía estar ahí, caminando, pensando en las dimensiones en donde podía habitar. Caminó cuando los recuerdos de aquel sueño le envolvieron las neuronas.

Era él y el hombre del café dentro de una cueva. La obscuridad les acariciaba la piel. El hombre de los bigotes canos le decía un secreto, Ángel se esforzaba para escucharlo. Varios perros ladraban en la lejanía, una luna inmensa respiraba precipitada, dos aves congelaban la calma con sus cantos, la arrogancia del cielo le decía que no debían sufrir. Van a venir por ella, susurraba el hombre del bigote van a venir por ella, el muchacho, que no era él, era una combinación de zorro, de zarigüeya, de extraño ser de la noche, se esforzaba para oír las palabras del hombre, van a venir por ella, y el cielo, la luna, las estrellas, sobre todo las estrellas, repetían una a una las palabras, insistían para que el muchacho, el ser de la noche, no las olvidará, van a ve nir por ella, van-a-ve-nir. No entendía, trataba pero no podía comprender qué quería decir con eso, quién vendrá, de quién habla, de qué se trata todo esto. Ángel se dio cuenta de que no era él, él estaba en otro sitio, quizás en la galaxia observando la situación, escuchando las palabras del hombre.

Él me lo dijo, lo olvida, no quiere acordarse, tiene miedo de que las tierras vuelvan a estar tan secas como en los días en que no existía la presa, tiene miedo de que este lugar desaparezca en la sombra, se lo coman los gusanos, tiene terror de las aves negras, las traicioneras, pero no se acuerda, él me lo dijo casi como advertencia, casi como obligación, sus ojos me lo dijeron, sus ojos exprimiendo sudor, me lo dijo aquella noche pero no quiere acordarse, quiere confundirme con eso de mis tonterías, de mis sueños, pero son más que sueños, él me lo dijo, fueron sus palabras, tiene miedo de que aquí no exista más cosecha, que las plantas se mueran, que quede todo muerto como en los días de la obscura tristeza, tiene miedo de eso, de la tristeza en su piel, en los ojos de las señores, en el sabor de su café, tiene miedo de que ella ya no despierte más o que un día no esté, pero cómo no va a estar, cómo no va a regresar si yo estaré, ella sabe que yo estaré ahí para esperarla, para verla partir y sentir el frío en las plantas de los pies. Él no lo sabe, se lo he dicho pero no quiere creerme, es como si el mundo te comiera, no quieres estar ahí, quieres dejar de existir cuando ella se va, cuando emite ese sonido lento, rasposo, es como si el mundo te comiera la existencia, como si te sacara el aliento a la fuerza para aventarlo por ahí, y nadie quiere creerlo, nadie quiere sentir eso, porque saben lo que es, lo han visto en los gestos de los conductores arrumbados en sus asientos, estrellados en los parabrisas, tienen miedo de eso, de quedarse congelados en el terror.

Ángel camina recriminándole a los habitantes del pueblo vecino su cobardía, lleva las dos manos adentro de los bolsillos de su pantalón, arrastra los píes para generar una nube brumosa en donde pueda confundir su ser, pero no lo logra, la gente sigue sus pasos, saben que ese muchacho ya no debe andar por ahí, saben sus motivos. Pero Ángel no da marcha atrás, no se atemoriza porque él es el monstruo entre ellos, él es quien apacigua la sed de la tierra, y se siente egoísta, pesan sus pensamientos, le lastiman, el cuerpo del joven se mueve con disimulo entre la obscuridad del pueblo, trata de entender la incómoda situación, no encuentra una entramado lógico, no sabe en qué momento se supo caminando entre el polvo, dudando de esos mismos pasos, reviviendo un sueño, inventándose soluciones. Camina hasta encontrar la casa detrás de las dos rocas. Descendía la temperatura y los pulmones de Ángel le proponía una respiración lenta.


IV.
Una y otra vez, repeticiones, las mismas sensaciones, el silencio apretujando los labios de Ángel. La misma escena se repetiría, se repetirá para evitar las culpas, para encontrar varios motivos de sorpresa, para vivir en el secreto. Los brazos del joven le pesarán de la misma manera, sentirá las hormigas apresuradas dentro de su piel, se creerá dentro de un sueño. Ángel sabrá, además, los motivos de su andar, de su rostro sin gesto, de labios finos y nariz amplia, de cejas tupidas, se reconocerá en sus manos, en sus movimientos, en los sonidos en donde prefiere perderse y pensar en la luna. Llegará a la casa, la música en sus audífonos desaparecerá. Esperará encontrarla dormida, dará media vuelta para perderse en la vista del pueblo vecino, desde esa altura la panorámica se desvanecía entre las pupilas hasta formar una acuarela emborronada de diversos tonos de azul. Entrará a la casa y esperará hasta el último suspiro, la despedida del ensueño. Ángel se acercará a la habitación, empujará la puerta y ahí estará la mujer; con la mirada cansada ella asentará para que el joven pase el umbral, él le acercará una toalla, calentará una combinación de hierbas en la parrilla de dos hornillas conectada a un pequeño tanque de gas, el joven servirá el líquido en una taza, la mujer se levantará para beber la infusión, le devolverá la toalla escurriendo sudor, el silencio entre los dos será interrumpido por una breve tos de la mujer, Ángel ayudará a Inés a recostarse de nuevo, a respirar lento, a salirse de ella. De nuevo Coyolxauqui les soplará en el instante adecuado, un intenso calor en la habitación, un extraño amanecer en la noche, ahí, en la choza, la piel de la mujer se iluminará, Ángel saldrá de la habitación, mirará detrás de la puerta, respirará la misma sensación de pérdida, de no saberse en el lugar correcto, de querer salir de la choza y gritarse sus dudas, Ángel esperará hasta que esa luz incandescente desaparezca y se escuchen los murmullos, las voces de los muertos, de los asaltados por el destello, por la imagen espantosa, por la luz mortal, el cuerpo de la mujer quedará tendido en la cama, sin fuerza, blando, pálido, Ángel entrará a la habitación, un tenebroso abrazo de frío, los murmullos en las paredes; en el espejo del buró de Inés se reflejará una bruma y los rostros cambiantes de los desaparecidos, Ángel esperará sentado en la silla de mimbre colocada a un costado de la cama, las voces, las imágenes perturbadoras rondarán cerca de su cabeza, Inés no estará, no existirá ahí, en esa cama, el muchacho esperará el tiempo necesario, el suspiro, el último, de nuevo la tierra recibirá gotas de sangre, la mujer arrebatará la luz al humano, el sol se acordará de que existe un lado detrás del muro de concreto.

La radio en random cambia de estaciones a ritmo desquiciado. Mariel pretende no poner atención al aparato, acelera y el motor de la camioneta le responde. La mujer busca al muchacho que se ha perdido en un sueño, en una tontería. Mariel conduce tranquila, la Vieja le dijo el camino y ella conoce muy bien los alrededores. Presiona el acelerador y piensa en el muchacho, en sus ganas de perderse, de ser un cuerpo extraño siguiendo un sueño, un pensamiento podrido. Mariel presiona el embrague con calma, hace la maniobra adecuada para avanzar en tercera velocidad, la camioneta le responde sin reclamar, Mariel se mira en el espejo retrovisor, es ella y sus ganas de abrazar al muchacho, de decirle que deje de hacer lo que hace, son sus ojos sin lágrimas, esas las había gastado en el velorio de su padre el asesinado, el despojado, el arrebato de la tierra. Mariel no quiere recordar más de aquellos momentos, deja de mirarse, presiona el volante sin desesperación, acelera, el embrague le tiene en tercera velocidad, los sesenta kilómetros por hora impiden que las piedras del camino se incruste en las llantas, Mariel sabe la ruta, y aunque la desconociera sabría llegar, olería al muchacho, encontraría la manera de llegar, no se quedaría inmóvil, no frenaría, jamás daría media vuelta, no podría aguantar los pensamientos de reproche, de saber que pudo hacer algo. Acelera, baja el volumen de la radio, escucha las llantas arrastrarse en las piedras, acelera sin saber el rumbo, acelera, es el momento de hacerlo. La mujer no se siente parte de ninguna historia, es conmovida por sus impulsos, por la incomodidad del sudor en su frente, acelera porque debe hacerlo.

Acelera hasta alcanzar los setenta kilómetros por hora, pisa el embrague con rencor y lleva la palanca a cuarta velocidad, la noche no presta atención a los ruidos, no quiere presenciar la escena y guarda silencio, se esconde; los faros de la camioneta iluminan el camino, de pronto piedras, más piedras y mucho camino de terracería, la mujer acelera sin percibir la velocidad, acelera, pierde su camino, se desentiende de la geografía, de su ubicación, acelera, observa las piedras y acelera, entre polvo llega hasta la autopista del estado, sin percibirlo había avanzado cincuenta y siete kilómetros, la camioneta entra al asfalto de la carretera, las indicaciones confunden la visión de la mujer, acelera con mayor facilidad, conduce tensa, las dos manos en el volante, la noche en sus ventanas, los árboles, su respiración, el motor de la máquina, las señales en amarillo, las líneas resplandeciendo alguna imagen fantástica, acelera hasta los cien kilómetros, baja los ánimos del motor al entrar en la curva, los anuncios avisan que descienda su velocidad, se acalora al sentir su respiración, acelera, el aviso le indica un túnel a cincuenta kilómetros, acelera, abre sus párpados y piensa en varias imágenes de su pasado, un ruido le arrebata el pensamiento, una aparición repentina, una luz deslumbrante, un rostro sin forma, los huesos petrificados de Mariel, su cuerpo congelado, la luz ocupando su cerebro, el destello reventando sus neuronas, sus pulmones, sus pensamientos. La camioneta se desvía hasta el barranco, los vidrios revientan en miles de pequeños pedazos. La sangre de la mujer comenzó a gotear sobre la tierra. La luna observaba vaga y misteriosa

Mariel manejaba, el ser volátil le atrapó en un gesto, le congeló, le dejó petrificada.


V.
Nada más cuento lo que me dijeron. Me dice a mi regreso al pueblo, su voz trata de ser verdadera, lo es. Bebemos café corto, ella prefiere agregar un gustito de licor de avellana, su aliento me enamora, las mesas del café del pueblo no han dormido, el día de ayer la fiesta de las flores fue una escena de celebración a galope desbocado, varios vientos cansados se filtraban silenciosos por los callejones del centro, confeti, serpentinas, algunas máscaras de papel, figuras de animales grotescos tiradas en el suelo, coloreando las calles del pueblo. Me cuenta lo que le dijeron, yo quiero saber quién, por qué, cómo se le dijeron. Me dice que fue ese mismo día que yo estaba aquí, cuando usted vino y estaba con ellos platicando ahí, al pie del lago, cuando usted estaba diciendo puras cosas del atardecer y la luz en el lago, ese día fue, nomás se fueron ustedes… Bueno, pero eso no me lo dijeron, eso yo lo vi, yo estaba ahí ese día en el restaurante, yo los vi irse a todos y me quedé esperando ahí en la cocina, picando chiles y cebollas, lavando el pescando, asando las salsas. Dicen que la mujer nació en una madrugada de luz morada, que siempre llevaba una manifestación atrás, que le observaba, el muchacho debió sentirse atraído por el resplandor de sus ojos, o por su gesto de tristeza, nadie lo sabe. Bebí un poco de café, me mantenía contento, el viaje aún provocaba dolores en mi espalda, la madrugada y sus colores violetas intentaban provocarme el sueño, ella seguía hablando, en una pausa le pregunté quién le había dicho eso, me contestó que eso se sabía, entrecerré los párpados y estuve pensando en otra pregunta, ¿y él a qué iba, por qué iba? Eso no se sabe, nadie te lo dirá, es como si el muchacho se sintiera poseído, como si una voz le engarrotará la vida, nadie te lo dirá, eso sí es más que un secreto, algo que no se sabe, que es mejor no saber. Me rasqué la cabeza, subí las pestañas y un escalofrío me pellizco la entrepierna. La mujer no iba a poder hacer nada mijito, nada, así tenía que pasar, algún día debía terminar esa malicia de los astros, esa quejosa broma clavada en nuestros ojos… no mijito… nadie te lo dirá, nadie tendrá respuesta, ella tenía que ir por él, no le avisó a nadie, pero ella tenía que ir. Por tercera vez sorbe de la taza, el iris de sus ojos se confunde con el tono del líquido en el fondo del recipiente, el sabor etílico de la avellana le tuerce las palabras, su saliva se hace aún más dulce, el amanecer trata de acostumbrarse a sus movimientos de manos, un despertar extraviado en los morados de la madrugada, de algún extraño sueño volvía el astro dorado, el máximo, el inalcanzable. El muchacho se enteró después, lo leyó en una nota del periódico, se le hicieron conocidas las placas, de todas maneras nosotras nos enteramos ese día en la noche. Te digo que así tenía que ser pues. Y yo te digo nada más lo que me contaron, el muchacho se enteró y se quedó dormido en el camino de las flores, dicen que lo encontraron tiempo después, todavía respirando pero ido. No, joven, no quiera saber más, llega usted tarde, pero llega en buen momento, la cosecha se puso chula en el pueblo vecino y ahora sí le puedo preparar un guisado de verduras para que despierte, para que se le olviden sus dolores del viaje. No, si Mariel no podía hacer nada. Dejé que su aliento me perturbara la calma, me desespere al no entender y sentí la mordida del mundo en mis venas. Eso sí, namás le digo lo que me contaron.


DRN

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