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ENSUEÑO PROLETARIO | 2

Hipnosis

En esta Ciudad las nubes observan, husmean arrogantes, están atentas a la velocidad de los andantes que aniquilan desesperaciones esparcidas en la cueva de sus misterios; en esta Ciudad las nubes espían los paisajes grises, el concreto, las casas, las azoteas, la basura, las mesas, las construcciones, los segundos pisos, las muchas gentes, los terceros pisos, las familias grandes, las familiotas acomodadas en construcciones que quieren tocar el cielo. En esta Ciudad la gente se da besos en el metro, se muerden los labios, se miran intentando desaparecer del instante. En esta Ciudad te observan con desconfianza en el transporte público; en esta Ciudad la gente se duerme por los desvelos, por su andar y andar y respirar y respirar; en esta Ciudad se atropellan cuerpos y veladoras les cuidan el sueño infinito; en esta Ciudad viajan réplicas gigantes de santos que ayudan en las causas perdidas, en esta Ciudad se disfrazan de ése santo.

Desvelado, turbio del pensamiento, ausente de cualquier entorno, metido en mí, en mis insatisfacciones, mis tenebrosas manías, torpe, #torpeando, idiota de mí, debo despertar, debo despertar de un sueño tétrico, de una terrible historia de mala fantasía, debo desaparecerme así, insomne, sin arrepentirme, debo despertarme de esta vida, de #estavidona locuaz, no entiendo mi entorno hasta las trancas de concreto, no entiendo mi entorno, no me entiendo, no me atisbo. Las manos aferradas a los tubos, los rostros buscando algo de aire, un poco de viento caliente, porque no hay otro, es esa bruma que se embarra en los cabellos peinados y los despeinados.

Insoportable, la sangre me recorre el cuerpo a un ritmo que intimida, no lo pensé pero me azota la cabeza, las palabras; la Ciudad me revuelve el estómago de manera innecesaria, vaya desequilibrio, no puedo dormir, percibo el calor de la gente, evito mirarles pero no puedo, sus acciones mi incitan al husmeo, sus gestos matutinos, sus mañas, sus detalles y sus arrabaleros comportamientos.

El hombre sin ojos golpea el vaso de plástico en el bastón, suena el metal y le conduce por el vagón, suenan también sus murmullos, su canto de ciego; el hombre camina lento, sus píes se arrastran, también su cansancio.

¿No sé a qué huele? Es un aroma penetrante, aún no me llega el tufo pero lo percibo en los gestos de la personas más cercanas al ser:

-!Hijos de puta! ¡Hijos de puta! ¡Déjenme en paz! ¡En paz!… ¡No! ¡A la verga!

Tirado en el suelo del vagón, estirando las piernas, acostado, odia al mundo y con su odio construye una capa antihumanos, nadie se acerca, escuchamos sus desesperados alaridos, su rencor ancestral, su mugrosa coherencia.

Intento no dormir pero quiero hacerlo, intento no perderme y lo hago, los párpados me pesan, más que ayer, me pesan mucho, es complicado intentar mantenerse despierto, la desesperación, el hartazgo arrulla, invita a dormir, dejarse ir en el ensueño…

– ¿¡Por qué voy a moverme!?
– Por favor levántate, no puedes ir así…
– ¡¿Por qué voy a movermeeeeeeeeeeeeeeeee?!
– Sólo levántate…

El policía se acomoda la boina roja, se calza el chaleco antibalas, sopesa la carga, sopesa sus nervios, los calma, los maniata, deja el aviso y baja del vagón, toma con dos dedos el silbato negro, emite un sonido parecido a un grito, después de algunos murmullos, de espera, de citadina espera, la tripa anaranjada cierra las puertas y avanza.

Los vidrios de las ventanas: los reflejos, el mirarse y reiterarse, evadirse, encontrarse ahí, en uno mismo, tan de la rutina, de ir a trabajar, buscarse la vida y ganársela con alguna buena actitud, una de las divertidas, mirarse y mirar a los demás, ahí, de vidrio y luces, de Ciudad cruzando el retrato falso de nuestra vida cotidiana, ahí, repitiendo nuestros movimientos.

Aquí estamos, en estos instantes de espera… la espera, el perderse en la respiración, el saberse en un estado de pausa, momentánea espera…


HJS… tirando un poquitito de flou, de aquí palllá…

ENSUEÑO PROLETARIO 1

Bostezo

El sol afuera, el sol en mi piel, en las paredes grafiteadas, en esas firmas y formas de colores, en esas huellas de identidad, rastros de un grito de aquí estoy, aquí andamos. La calle me dice que está mugrosa, los dos chicos fuman el gallo antes de ir a la jornada, se me hace agua la boca y sigo mi camino, algunas aves emiten un sonido feliz y se cagan a dos centímetros de mi andar, una patrulla pasa y da el rondín matutino, un reguetón #atascado se confunde con el motor de los vigías, avanzan varios metros, los patrulleros sonríen al escuchar una salsa romántica compartida por las ventanas abiertas de un departamento de interés social.

Caminar y desesperar el pensamiento, abotagarlo de imágenes, de preocupaciones, de #malviajes, de querer precipitarse y correr lo más rápido que se pueda #tortuga… caminar y llegar al metro, saber que la máquina te llevará de paseo, a tu lugar, a tu sitio.

En la taquilla, la mujer te recibe con una sonrisa, en su escritorio hay un poco de fruta en un vaso, una cosmetiquera y su teléfono celular, ríe mientras depositas tu billete y le dices que recargue veinte pesos a tu tarjeta, #esdeprecavidos; la mujer señala con el dedo índice la pantalla, tus veinte pesos fueron depositados. La policía espera recargada en el último torniquete, en donde con su tarjeta mágica deja pasar gratis a los ancianos y algunos jóvenes que muestran una identificación. La policía mira hacia la calle, bosteza y pocas, muy pocas veces, saluda a los viajantes.

Subir escaleras eléctricas otorga una sensación de calma, de pasmo momentáneo, claro, si decides ir de lado derecho, porque de lado izquierdo la prisa manda y hay que subir escalón tras escalón.

Rechina el metro. Abordo. La mujer se maquilla, esconde sus manías, sus juegos con el tiempo, se aplica un poco de corrector, algo de sombra, lo esparce con las yemas de sus dedos… las huellas, las #marcasmiamor, las bellas lineas de la vida desaparecen con el aplicador; obscurece sus párpados, el tono es lindo, algo violeta, sus ojos esconden aún más misterios, una María Félix de nuevo tiempo, así, #castigadora; después, un labial intenso y la mañana se siente aturdida, encerrada en este vagón con tremenda situación.

En el reflejo de las ventanas las personas pueden encontrarse, desconocerse en el mirarse tan idénticos, tan del otro lado, de películas de misterio, de serie de internet, ahí, en ese otro mundo tan similar, a veces opaco, grasoso, a veces más limpio; otra dimensión tan cerca de nosotros, ahí, los viajeros del tiempo…

Un grupo de policías espera en el anden del metro, las puertas del vagón se mantienen abiertas más de lo habitual, #hueva, un par de policías, los del silbato, anuncian la llegada del metro que avanza en dirección contraria; la gente duerme en las bancas del vagón que ya cierra sus puertas, los policías se quedan ahí, disfrutando la vida, arranca el coso éste… la gente también lee: El llano en llamas, edición de bolsillo, pero la gente también se duerme cuando lee, el hombre que va a un costado de la lectora le quita el libro que sujeta con ambas manos, lo guarda en su mochila y abraza a la mujer que fue hipnotizada por la Muerte Mágica de Rulfo. A mi costado otra mujer sujeta con seguridad un libro de pasta dura roja, en las hojas que lee se encuentra el subtítulo El océano índico. Se detiene el metro. Se abren las puertas. Una persona que entra se muerde las uñas. Otra, sujeta en la mano un libro de Isabel Allende. Me hundo en los arrebatos de esta Ciudad.


HJS… callejero y fisgosón, dice la banda…

LOS ESPÍRITUS EN LA CIUDAD


…cada minuto es uno menos…. yo me quiero enamorar….¿señora, tiene fuego?…

El quejido de su existencia le obligó a moverse. La Ciudad se mojaba y sus entrañas se carcajeaban. Intentó apresurar el paso pero sería un cansancio absurdo, el agua, la lluvia, retrasa las actividades humanas, el cotidiano de una Ciudad ansiosa de movimiento, una Ciudad que sería capaz de arañar, morder y lastimar si deja de moverse, si presiente calma, parsimonia en el dormir de sus habitantes, la Ciudad necesita de la prisa humana, del escándalo, de las voces internas y externas, de la infatigable maldad humana, la Ciudad necesita… #notesalves.

Sentado junto a una mujer embarazada ensució sus pensamientos con varias frivolidades, egoísmos tremendos, el metro aceleraba hasta el límite, el conductor sintió un calambre en el pecho, cerca del corazón, las luces del túnel se apagaban desordenadas, algunos tubos de tono morado se encendían a ritmo intermitente, la mujer embarazada creó en la mente la imagen de la nonata, María José, no le gustaba el nombre pero la gustaba la posibilidad de que le llamaran Marijó, así le diría apenas saliera de ella, de su cuerpo, así le llamaría en su primer respiro, en su echada a perder, en su llegada al infierno, al maldito infierno. El conductor del metro comenzó a sentirse mareado, la nausea le invadió cuando recordó sus deudas y las quincenas retrasadas, escuchó dos voces cerca de su oído cuando las llantas del metro comenzaron a rechinar. Una veloz máquina anaranjada atravesó Balderas sin abrir las puertas, la visión del conductor se llenó de obscuridad, de mucho miedo, de un desconcierto aterrador, la velocidad de sus latidos aumentó hasta dejarle tumbado en su pequeño espacio de trabajo. Los pasajeros reaccionaron con ojos grandes, miradas extraviadas en el desconcierto, la mujer embarazada se sacó los audífonos de los oídos, acarició con ambas manos su vientre a reventar. El conductor quiso reaccionar, las sombras risueñas a su alrededor no se lo permitieron, justo antes de irse, las voces le dijeron en secreto unas palabras…

Tus dones, tu sombra, de bruja…se queman en la hoguera… y tu canción y tus ganas de cantar…ahhh… perdida en el fuego.

INDEPENDENCIA

La lluvia. Un hombre de ojos infames, extraviados. Una mujer sentada junto a una bolsa de plástico llena de basura. Una mujer tremenda. Luces de semáforos. Una canción tropical, una salsa interminable, del fin de las ansias… un trompo de pastor, una mujer luciendo una chamarra deportiva, una pareja debajo de un paraguas; tres personas, una de ellas fuera del paraguas, una fila de indigentes dormitando, balbuseando poemas a la Ciudad.

huracanes que llevan las olas… así de fuertes somos….

Charcos en mi mente, en mis preguntas arrogantes, en mis torrenciales reclamos, la Ciudad añorando los soles de verano, espantada por las nubes ensimismadas y sus llantos depresivos, sus melancólicas gotas de olvido, de olvidarse, de irse yendo, de caminar y andar entre los charcos en el suelo, en el cielo, en la mente, los charcos, los pensamientos en nubarrones, la Ciudad lloviendo, la Ciudad agua y noche, de noche cuando las sombras se hacen más tenues, se  confunden con las paredes, se filtran en las grietas de los edificios, seducen las respiraciones. Supe llegar, espantado, aún con la velocidad en mis sienes, en mis músculos tensos, supe llegar bajo las e pa e pedra eu fin de camino son las aguas de marzo, pero estamos en julio, así, entre el lloriqueo de nuestro cielo, llegué, la fila de personas aguardaba y eso parecía alegrar a varias nubes que comenzaron a disiparse, a irse a quejar a un rincón de la Latino. Llegó, así, tremenda, intensa, terrorífica, asustada, la maldita primavera. Llegó, al Pasagüero. Le revisaron la mochila, le tentaron el cuerpo, entró y se dedicó a escuchar la música atrapada en ese lugar de techos bajitos, musculosas columnas y gente rozándose los cuerpos, derritiéndose en besos, en caricias medio perdidas. Revisó la zona, los cuerpos generaban una intensa obscuridad, la banda sonaba en el escenario, cuatro sujetos dándole potencia a las bocinas, una iluminación de galaxias insensatas, borrachitas, enervadonas, las personas, hombres, mujeres y diversidad, respiraban elogios a la perdición, al irse un rato entre la música, en el roncanroleo de las sombras, de las malditas, inquietas sombras. La cámara fotográfica se apoderó de él, de su cuerpo, sus venas y pensamiento, de su vista, las imágenes atravesaron excitadas el lente de la cámara reflex digital.

… Y a mí… se me derrite la manteca esperando…

APOLO


Se convertía en una forma melancólica, en un andar ahumado, de complicaciones, una apariencia de la existencia humana, una broma, una indecente carcajada; sonaba en su mente una canción, Rituel, lágrimas del cielo caían intrépidas sobre su cerebro alocado, obscuro, sonso, torpe, distraído.

– “Ésta va para los que vienen pachecos”…

Antes de aventarse una de las frases más sosas de la noche, la banda se había tendido  con varios temas del rock, del andar entre suelos movedizos, en los tiempos de la luna, la banda ejecutaba rolas, los asistentes al evento gozaban la dotación de sonidos y ruidajos de los instrumentos, la batería percutiendo vibras intensas, la guitarra aliviando algunas agolpadas memorias del rencor, el bajo, el bajo condecorándose como el rey del frescao.

¿Qué son qué quieren? ¿Cómo se salen de mí, cómo no están? No las quiero aquí, que se vayan las voces, que se vayan , que desaparezcan, que dejen de atormentar mi noche, mis ganas de querer estar en esta masa, entre esta bola de cuerpos acalorados, de vibraciones corporales, de vida y vida, risas de la seducción, de la satisfacción, risas para ellas, para ellos, risas para no complicarse, para no tentarse tontos en los aires borrachos. El suelo es pegajoso, decido moverme y atacarme con preguntas en otro sitio, en otro espacio, con mis titubeantes palabras. Acaba la banda, los últimos acordes los da su desesperación, sus perdiciones, se van, la gente intenta moverse, la gente intenta quedarse en sus lugares, y algunos, los afortunados, los perdidos, extraviados, se besan, se besan cuando las voces conversan, gritan, incitan movimientos, la pista de baile late, la iluminación apenas deja ver los gestos de las personas, chocan sus rostros, chocan sus vidas, bailan sin saber que todo esto es un paso más, un pestañeo de una tontería, de un jueguito humano. La gente camina, ya no hay más espacio, el sudor se apodera de los cuellos, de las frentes, escurren insatisfacciones, escurren chismes, palabras, babas, la vida se les va, se les va tremenducha la existencia, se les va en respiraciones, en falsas alarmas de la soledad. Las bocinas del lugar suenas poderosas, nos aquilina, nos retan, nos juegan una buena treta.



LOS ESPÍRITUS

Estaban dentro de un cuarto, los vi. Estoy seguro. Me distraje un poco, después ya no estaban. Se apagaron algunas luces, alguien fumaba un cigarrillo y el humo se dispersaba en la casona de piedras malhumoradas.

¿Qué hago aquí? ¿A qué vine?… Alguien se repite de manera consciente mientras la espera le pica las piernas.

Aunque el cielo se vuelva obscuro, va a girar y girar, aunque los niños se mueran en tu puerta, va a girar y girar, aunque tu abuela junte cartones, va a girar y girar.

Los instrumentos hicieron su trabajo, ya no era mi cuerpo, estaba tensado de una cuerda en donde las irrealidades y la posibilidad de no estar en este sitio, eran dos muy buenas razones para balancearse, titubear, coquetear… la banda acoplaba sus lamentos, sus penas, sus emociones, las estrellaba en nuestros cuerpos, en mi piel de un momento, en mi estar ridículo… la música se apasionaba con nuestros oídos, la manía crecía en algunas gargantas que gritaban acaloradas, gritos, gritos, muchos gritos !AAAAHHHH!!!! ¡¡¡UUUHHHHHH!! ¡¡¡YEEEEE!!! La guitarra seguía la tonada para esclavizarnos, dejarnos ahí, enlelados, en las notas, en la vocesilla aguda, la tonada, y no daban tregua, una trás otra las canciones cambiaban el humor, el ánimo del lugar, éramos un divertido paseo por las calles de la melancolía acompañados de blues, grasa en las guitarras, percusiones sudadas, arrepentimientos en los gestos, reclamos al presente desde nuestros pasados de baile enervado…






Los Espíritus

….y parece aburrido…mirar y mirar…  y mirar tanto tiempo… la gente pasar… con la nariz mojada y la paranoia de perro viejo…

¡Fiuf! ¡Wa! ¡Wo! Cuánta emoción en las venas, cuántas ganas de contener el canto, de apretar los dientes, de mover y no dejar de mover los píes, dejar que las pantorrillas recientan el impulso, la molestia, dejarlas ser, dejarlas deschongarse, dejarlas bailar y lo harán hasta que un redoble mañoso diga basta.

Canciones del Gratitud, del Agua Ardiente… rolas enloquecedoras y del freneticao; El Gato sonó, sonó así traidorsón, acá, medio ya estuvo suave, vamos a perdernos, ya estuvo suave, vamos a darle al rock, a la grasa en las cuerdas, al resonar del odiado presente, de los disparos en la cabeza, del pum paz cuaz, un poco de rock, vamos a darle al tumba’o, vamos a darle que estos tipos no paran y entre rolas se hacen los chistosos… Sonó el Blues, sonó y en la noche éramos sombra… sonó para aliviarnos, para ayudarnos a sacudir el insomnio…


“Doce años de solfeo tirados a la basura…” (los monitores comienzan a fallar).

“¡Esa contractura le va a durar un mes!”…(una fan, arriesgada, temeraria, poco atinada, con muy poco estilo, #equis, sube al escenario, resbala y cae, cae de espalda, se levanta y ríe… le da un beso a Maxi… (puto Maxi… tú no, el otro, el que nos metió santo golazo para eliminarnos del mundial de Sudáfrica 2010….:( oIo).

“Nos está costando mucho trabajo tocar, no tenemos monitores, los escuchamos más a ustedes que a nosotros, pero vamos a dar nuestro mejor esfuerzo… (después de eso la noche fue mágica, bailamos, el sudor deseaba salir de nuestros cuerpos, pensamos en el fin del mundo, en el inicio de los tiempos, sonaron nuestras tristezas, reímos, levantamos los ojos un instante y luego nos perdimos, idiotas, en la música, en las ondas del estar ahí).

…el pibe mira al hombre y le aguanta la mirada, apretados en un subte, ay cómo aguantan la mirada. El pasaje sale el doble y ninguno dijo nada, hay demoras en el subte, ellos se aguantan la mirada…

¡Espíritusespíritusespíritusespíritus…! El grito de la gente… Manos levantadas, manos en busca de la salvación… hipócritas, sólo querían más sonidos, más sensaciones, más canciones, más letras para recordar, para armar uno que otro instante, para dedicárselo a una persona ausente…

Sudando, buscando remedios para salir de este presente, sudando, el rostro es una playa, sudando, bailando, azotando los píes en el suelo, mirando a la gente tambalearse, sonreír, entonando palabras de una canción de guitarras grasosas.


Lo echaron del bar, La mina de huesos, Las Sirenas… la música descalabrando el instante, los techos bajos del sitio conteniendo el baile del buen andar, el baile del embrujo, de la completa perdición… Negro chico, las voces raspaban las paredes del cerebro, daban ganas de moverse de un lado a otro, de estar tambaleando el cuerpo, intentar llegar a un sitio, alguna habitación escondida en donde las luces de las lunas te invitan a recostarte y gozar de un silencio estelar…. ¿Qué tal cuando sonó Las Sirenas? La rola se fue armando, así, leve, levesita, leveando, para mantenernos en un baile sensualón, de tocarse, de acariciarse, de decirse esas cosas en el oído, de darse un beso a lo fisgónmorbosón, con todas las de la ley; recibir también unos besuaves, así, a lo ¡guéshoooou! Sonaban las sirenas, las guitarras en lo suyo, la rola, la rola contándonos una tragedia, una tragedia que merecía ser bailada con esa intención, con esas ganas… ¡te vamos a matar!


El hombre vio un cementerio, en donde el perro vio una mina de huesos, !ERA EN EL MISMO LUGAR!

Hartos de tanto, de tanto baile, de tanta invención de la cadencia, hartos de sus malestares, fueron tragándose la noche, fueron necios, fueron muy necias, fueron la decadencia del aburrimiento, comenzó a sonar Noches de Verano, nos sentimos de esa manera, de esa, ésa, esa única, de agustao, así, tranquilos, la rola comenzaba y la melodía se acoplaba a nuestro bienestar, comenzamos a sentir la noche en nuestras cabezas, otra vez, así, el cuerpo obedeciendo no sé qué órdenes, éramos ahí, como queríamos estar, yo me sentía tan solo, con un muerto en el placard… las voces también ahí, con nosotros, no se iban no se van las voces de tremenda arrogancia, de monstruoso encantamiento…  para ser bueno hay que hacer el mal pero a escondidas…. El último baile, el último reflejo de la incoherencia en esa noche… Acabó y nuestros cuerpos eran absolutamente otros, distintos, ajenos, las voces, los sonidos se apoderaron de nosotros, de ellas, de ellos, nos fuimos y no habría exorcismo que nos sacara esos espíritus del fondo de nuestra sangrienta humanidad…

…donde está la luna se junta el cielo negro con el negro del mar, te estaré esperando, luna llena…

Francisco I. Madero era observada por la Torre Latinoamericana que tarareaba You master is calling you de Pink Turns Blue, unas nubes tristeaban a ritmo de la tonada. La Ciudad se embellecía con el andar embriagado de sus caminantes y sus palabras de encantos taciturnos.

“El quejido de su existencia le obligó a moverse… el quejido de su existencia le obligó a moverse”… Repitió estas palabras en voz alta mientras caía, su rostro rebotaría en el suelo del vagón; la mujer embarazada sujetaba su panza con ambas manos, dos señores, algo vagabundos, algo insensatos, mudos de tanto secreto guardado, asustaron el gesto y abrieron los ojos para dejar entrar un poquito de muerte. El conductor del metro sintió también el quejido de su existencia, algo dentro de su cuerpo se rompió… si alguien le hubiera preguntado ¿qué escuchaste antes de eso… de lo que te pasó… ya sabes…? Él, habría contestado: el trabajo dignifica… eso dice mi patrón… Habría agregado que era la misma voz que le acechaba por las mañanas en el desayuno, en la cena y cuando entraba al bar, mientras bebía una de sus dos palomas. Las personas en el vagón percibieron una temperatura distinta cuando el tren aceleró más, y más y más, era el último tren, era el último y tenía alguna prisa, algunas ganas de irse, los espíritus se apoderaron de la noche, de los controles de esa máquina, el tren aceleró, los pasajeros presintieron el peligro; querer desaparecer es una de las sensaciones que suelen martillar el cerebro en situaciones así, hubo gritos, algo de desconcierto, algún hábil grabó con su celular el momento: luces encendiendo y apagándose, quejidos de metal, de ser humano, de ya nos fuimos, de no saber qué pasa… y pasó…

El tren se detuvo con violencia, la mujer embarazada estaba en el suelo, el hombre del quejido en la existencia se había movido, la acercó a su cuerpo, así, tirados en el suelo, abrazados, protegiendo el vientre, esperaron el desaparecer, ella le dijo algo, pero no se escuchaba nada, esperaron… El tren frenó, feo, lastimoso, las personas en el suelo rebotaban contra los tubos de metal. Más gritos, mucha, muchísima obscuridad. Adentro del túnel se oían varios sonidos de la incomprensible desazón terrenal, quejidos del sacrificio humano. El conductor tirado en su pequeño espacio de trabajo. El tren en el túnel. Los pasajeros extraviados en alguna explicación incomprensible. Una señora de setenta años con una herida en la frente y la boca llena de sangre le dijo a quien tenía a su lado, ahí, tirados en el suelo del vagón, esperando ayuda: “yo los oí, eran ellos, los oí, llegaron, estuvieron aquí…”.

 

DOS VECES AGUAS

La noche quiso provocar la inquisición en sus venas.

La moto aceleraba a cincuenta kilómetros por hora, el suelo, resbaloso, nos miraba burlón, ansiaba nuestros cuerpos tirados en el pavimento. La mano de mi compañero apretaba el manubrio y aceleraba sin precipitarse sobre avenida Insurgentes. Llegaríamos tarde, lo sabíamos, pero ya teníamos el infierno dentro de nosotros, nuestras lenguas estaban adormiladas, las nubes avanzaban coreando alguna canción de rock progresivo. La moto aceleró a sesenta kilómetros; en las estaciones del metrobus la gente trabajadora se llenaba de bilis el cuerpo mientras esperaba el siguiente camión, alguna mujer revisaba su bolso y tomaba su celular para revisar los últimos mensajes, un hombre escuchaba en sus audífonos una entrevista con un músico de la banda británica; otro sujeto checaba sus redes virtuales y despejaba la mirada contando coches negros. Los automovilistas recargaban sus codos en los bordes de sus ventanas, desperdiciaban su tiempo observando al conductor de al lado, a las personas que brincaban charcos, a las otras que los pisaban y se llenaban de lodo las suelas de los zapatos.

-Bomba, bamba, bemba, bento, benso, bensa, bobo, babel, basto, bababa, bebet, bebento bolbenso, bebado, borben, benbor, bebebe, bababa, bebeb, babeante, babeante…

Sus palabras intentaban alcanzar los ritmos de la noche, el motor de los autos, los pensamientos de los citadinos, palabras desconectadas, arriba de la moto las letras se confundían en su cerebro, las no palabras le decían que el momento se inventaba a cada de segundo y de una buena vez, el casco le estorbaba, él quería expandirse, llegar más allá, lejos, mucho, hasta el lado oscuro de los planetas, hasta la inconmensurable distracción de las palabras, hasta su no existencia. La moto, ansiosa, mordió sus engranes y aceleró, bajaron el puente de Tlalpan, ya estaban en Río Churubusco, la avenida se convirtió en un espacio en donde sus intrigas se perdieron, miraron el cielo; la luna, chusca, les envió dos besos húmedos, ellos los recibieron, la moto les dijo vamos que se hace tarde.

Salí del metro expulsado por mis ganas de respirar, la estación Pino Suárez recolectaba gritos, murmullos, pláticas emotivas, traté de acelerar mis pasos pero los cuerpos frente a mí me lo impedían, me fumé los perfumes de dos mujeres peinadas muy en cola de caballo, sus bocas entintadas de rojo, imaginé que era sangre, imaginé un beso sangriento y subí las escaleras, llovía, poco, pero llovía, nada incómodo, respiré algo de calle y los granaderos ya esperaban formados sobre Izazaga, los escudos de acrílico reproducían el brillo de los faroles, los hombres y mujeres uniformados miraban a quienes deseaban entrar, a las y los fanáticos con ganas de estar cerca, lo más posible. Grandes camiones impedían el paso por Pino Suárez, por Veinte de Noviembre, “ya no dejan pasar”, “está cerrado”, “que dicen los policías que ya hubo desmadre, por eso no dejan pasar”, traté de no hacer caso al palabrerío de las personas que esperaban frente a los policías, busqué uno, dos, tres atajos, la música estaba a quince minutos de comenzar, varios gritos de emoción, de nervios, de regaño, en las bocinas una cantaleta intentaba arruinar la diversión, “el gobierno de la ciudad informa que la plaza está llena a su máxima capacidad, se les invita a disfrutar el concierto en las pantallas ubicadas en los alrededores…” No acepté la invitación y empujé hacia adelante, las nubes quisieron mojarnos y lo hicieron. Continue reading DOS VECES AGUAS

LOS ESPÍRITUS

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Se parece a un gato negro sobre la pared… Lo dijo cerca de sus oídos, cuando lo escuchó sintió el nervio repentino en el páncreas, emitió una sonrisa, se congregó la mayor cantidad de insulina en sus venas, su mirada comenzó a irse a negros, escuchó el ritmo lento de una guitarra. Su cuerpo quedó tendido en el suelo, era un lince herido, hipnotizado.

“Quita esa música, no me gusta, me asusta, me atrae malos pensamientos y ya sabes cómo se me pone el corazón cuando pienso así, medio anaranjado”. Cerró la puerta, se tiró en el colchón que le recibió con cariño, el cuerpo extendido, miró el techo, la música comenzó a extraviarle, frente a él se aparecieron los pensamientos anaranjados, evitó cualquier movimiento, cuando se está en esas circunstancias es mejor quedarse quieto, permitir que el silencio decida, está en juego el seguir en este mundo o perderse y desaparecer, irse de la mente. El tiempo pasa lento para mí, el sonido tembloroso de la guitarra se introdujo en su cerebro, se sintió hipnotizado.

Las nubes juegan divertidas, las aves sienten un zumbido en el cerebro y pierden el equilibrio, dentro de una habitación dos personas nadan entre sueños púrpuras.

Despertaron. Continue reading LOS ESPÍRITUS