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LOS ESPÍRITUS EN LA CIUDAD


…cada minuto es uno menos…. yo me quiero enamorar….¿señora, tiene fuego?…

El quejido de su existencia le obligó a moverse. La Ciudad se mojaba y sus entrañas se carcajeaban. Intentó apresurar el paso pero sería un cansancio absurdo, el agua, la lluvia, retrasa las actividades humanas, el cotidiano de una Ciudad ansiosa de movimiento, una Ciudad que sería capaz de arañar, morder y lastimar si deja de moverse, si presiente calma, parsimonia en el dormir de sus habitantes, la Ciudad necesita de la prisa humana, del escándalo, de las voces internas y externas, de la infatigable maldad humana, la Ciudad necesita… #notesalves.

Sentado junto a una mujer embarazada ensució sus pensamientos con varias frivolidades, egoísmos tremendos, el metro aceleraba hasta el límite, el conductor sintió un calambre en el pecho, cerca del corazón, las luces del túnel se apagaban desordenadas, algunos tubos de tono morado se encendían a ritmo intermitente, la mujer embarazada creó en la mente la imagen de la nonata, María José, no le gustaba el nombre pero la gustaba la posibilidad de que le llamaran Marijó, así le diría apenas saliera de ella, de su cuerpo, así le llamaría en su primer respiro, en su echada a perder, en su llegada al infierno, al maldito infierno. El conductor del metro comenzó a sentirse mareado, la nausea le invadió cuando recordó sus deudas y las quincenas retrasadas, escuchó dos voces cerca de su oído cuando las llantas del metro comenzaron a rechinar. Una veloz máquina anaranjada atravesó Balderas sin abrir las puertas, la visión del conductor se llenó de obscuridad, de mucho miedo, de un desconcierto aterrador, la velocidad de sus latidos aumentó hasta dejarle tumbado en su pequeño espacio de trabajo. Los pasajeros reaccionaron con ojos grandes, miradas extraviadas en el desconcierto, la mujer embarazada se sacó los audífonos de los oídos, acarició con ambas manos su vientre a reventar. El conductor quiso reaccionar, las sombras risueñas a su alrededor no se lo permitieron, justo antes de irse, las voces le dijeron en secreto unas palabras…

Tus dones, tu sombra, de bruja…se queman en la hoguera… y tu canción y tus ganas de cantar…ahhh… perdida en el fuego.

INDEPENDENCIA

La lluvia. Un hombre de ojos infames, extraviados. Una mujer sentada junto a una bolsa de plástico llena de basura. Una mujer tremenda. Luces de semáforos. Una canción tropical, una salsa interminable, del fin de las ansias… un trompo de pastor, una mujer luciendo una chamarra deportiva, una pareja debajo de un paraguas; tres personas, una de ellas fuera del paraguas, una fila de indigentes dormitando, balbuseando poemas a la Ciudad.

huracanes que llevan las olas… así de fuertes somos….

Charcos en mi mente, en mis preguntas arrogantes, en mis torrenciales reclamos, la Ciudad añorando los soles de verano, espantada por las nubes ensimismadas y sus llantos depresivos, sus melancólicas gotas de olvido, de olvidarse, de irse yendo, de caminar y andar entre los charcos en el suelo, en el cielo, en la mente, los charcos, los pensamientos en nubarrones, la Ciudad lloviendo, la Ciudad agua y noche, de noche cuando las sombras se hacen más tenues, se  confunden con las paredes, se filtran en las grietas de los edificios, seducen las respiraciones. Supe llegar, espantado, aún con la velocidad en mis sienes, en mis músculos tensos, supe llegar bajo las e pa e pedra eu fin de camino son las aguas de marzo, pero estamos en julio, así, entre el lloriqueo de nuestro cielo, llegué, la fila de personas aguardaba y eso parecía alegrar a varias nubes que comenzaron a disiparse, a irse a quejar a un rincón de la Latino. Llegó, así, tremenda, intensa, terrorífica, asustada, la maldita primavera. Llegó, al Pasagüero. Le revisaron la mochila, le tentaron el cuerpo, entró y se dedicó a escuchar la música atrapada en ese lugar de techos bajitos, musculosas columnas y gente rozándose los cuerpos, derritiéndose en besos, en caricias medio perdidas. Revisó la zona, los cuerpos generaban una intensa obscuridad, la banda sonaba en el escenario, cuatro sujetos dándole potencia a las bocinas, una iluminación de galaxias insensatas, borrachitas, enervadonas, las personas, hombres, mujeres y diversidad, respiraban elogios a la perdición, al irse un rato entre la música, en el roncanroleo de las sombras, de las malditas, inquietas sombras. La cámara fotográfica se apoderó de él, de su cuerpo, sus venas y pensamiento, de su vista, las imágenes atravesaron excitadas el lente de la cámara reflex digital.

… Y a mí… se me derrite la manteca esperando…

APOLO


Se convertía en una forma melancólica, en un andar ahumado, de complicaciones, una apariencia de la existencia humana, una broma, una indecente carcajada; sonaba en su mente una canción, Rituel, lágrimas del cielo caían intrépidas sobre su cerebro alocado, obscuro, sonso, torpe, distraído.

– “Ésta va para los que vienen pachecos”…

Antes de aventarse una de las frases más sosas de la noche, la banda se había tendido  con varios temas del rock, del andar entre suelos movedizos, en los tiempos de la luna, la banda ejecutaba rolas, los asistentes al evento gozaban la dotación de sonidos y ruidajos de los instrumentos, la batería percutiendo vibras intensas, la guitarra aliviando algunas agolpadas memorias del rencor, el bajo, el bajo condecorándose como el rey del frescao.

¿Qué son qué quieren? ¿Cómo se salen de mí, cómo no están? No las quiero aquí, que se vayan las voces, que se vayan , que desaparezcan, que dejen de atormentar mi noche, mis ganas de querer estar en esta masa, entre esta bola de cuerpos acalorados, de vibraciones corporales, de vida y vida, risas de la seducción, de la satisfacción, risas para ellas, para ellos, risas para no complicarse, para no tentarse tontos en los aires borrachos. El suelo es pegajoso, decido moverme y atacarme con preguntas en otro sitio, en otro espacio, con mis titubeantes palabras. Acaba la banda, los últimos acordes los da su desesperación, sus perdiciones, se van, la gente intenta moverse, la gente intenta quedarse en sus lugares, y algunos, los afortunados, los perdidos, extraviados, se besan, se besan cuando las voces conversan, gritan, incitan movimientos, la pista de baile late, la iluminación apenas deja ver los gestos de las personas, chocan sus rostros, chocan sus vidas, bailan sin saber que todo esto es un paso más, un pestañeo de una tontería, de un jueguito humano. La gente camina, ya no hay más espacio, el sudor se apodera de los cuellos, de las frentes, escurren insatisfacciones, escurren chismes, palabras, babas, la vida se les va, se les va tremenducha la existencia, se les va en respiraciones, en falsas alarmas de la soledad. Las bocinas del lugar suenas poderosas, nos aquilina, nos retan, nos juegan una buena treta.



LOS ESPÍRITUS

Estaban dentro de un cuarto, los vi. Estoy seguro. Me distraje un poco, después ya no estaban. Se apagaron algunas luces, alguien fumaba un cigarrillo y el humo se dispersaba en la casona de piedras malhumoradas.

¿Qué hago aquí? ¿A qué vine?… Alguien se repite de manera consciente mientras la espera le pica las piernas.

Aunque el cielo se vuelva obscuro, va a girar y girar, aunque los niños se mueran en tu puerta, va a girar y girar, aunque tu abuela junte cartones, va a girar y girar.

Los instrumentos hicieron su trabajo, ya no era mi cuerpo, estaba tensado de una cuerda en donde las irrealidades y la posibilidad de no estar en este sitio, eran dos muy buenas razones para balancearse, titubear, coquetear… la banda acoplaba sus lamentos, sus penas, sus emociones, las estrellaba en nuestros cuerpos, en mi piel de un momento, en mi estar ridículo… la música se apasionaba con nuestros oídos, la manía crecía en algunas gargantas que gritaban acaloradas, gritos, gritos, muchos gritos !AAAAHHHH!!!! ¡¡¡UUUHHHHHH!! ¡¡¡YEEEEE!!! La guitarra seguía la tonada para esclavizarnos, dejarnos ahí, enlelados, en las notas, en la vocesilla aguda, la tonada, y no daban tregua, una trás otra las canciones cambiaban el humor, el ánimo del lugar, éramos un divertido paseo por las calles de la melancolía acompañados de blues, grasa en las guitarras, percusiones sudadas, arrepentimientos en los gestos, reclamos al presente desde nuestros pasados de baile enervado…






Los Espíritus

….y parece aburrido…mirar y mirar…  y mirar tanto tiempo… la gente pasar… con la nariz mojada y la paranoia de perro viejo…

¡Fiuf! ¡Wa! ¡Wo! Cuánta emoción en las venas, cuántas ganas de contener el canto, de apretar los dientes, de mover y no dejar de mover los píes, dejar que las pantorrillas recientan el impulso, la molestia, dejarlas ser, dejarlas deschongarse, dejarlas bailar y lo harán hasta que un redoble mañoso diga basta.

Canciones del Gratitud, del Agua Ardiente… rolas enloquecedoras y del freneticao; El Gato sonó, sonó así traidorsón, acá, medio ya estuvo suave, vamos a perdernos, ya estuvo suave, vamos a darle al rock, a la grasa en las cuerdas, al resonar del odiado presente, de los disparos en la cabeza, del pum paz cuaz, un poco de rock, vamos a darle al tumba’o, vamos a darle que estos tipos no paran y entre rolas se hacen los chistosos… Sonó el Blues, sonó y en la noche éramos sombra… sonó para aliviarnos, para ayudarnos a sacudir el insomnio…


“Doce años de solfeo tirados a la basura…” (los monitores comienzan a fallar).

“¡Esa contractura le va a durar un mes!”…(una fan, arriesgada, temeraria, poco atinada, con muy poco estilo, #equis, sube al escenario, resbala y cae, cae de espalda, se levanta y ríe… le da un beso a Maxi… (puto Maxi… tú no, el otro, el que nos metió santo golazo para eliminarnos del mundial de Sudáfrica 2010….:( oIo).

“Nos está costando mucho trabajo tocar, no tenemos monitores, los escuchamos más a ustedes que a nosotros, pero vamos a dar nuestro mejor esfuerzo… (después de eso la noche fue mágica, bailamos, el sudor deseaba salir de nuestros cuerpos, pensamos en el fin del mundo, en el inicio de los tiempos, sonaron nuestras tristezas, reímos, levantamos los ojos un instante y luego nos perdimos, idiotas, en la música, en las ondas del estar ahí).

…el pibe mira al hombre y le aguanta la mirada, apretados en un subte, ay cómo aguantan la mirada. El pasaje sale el doble y ninguno dijo nada, hay demoras en el subte, ellos se aguantan la mirada…

¡Espíritusespíritusespíritusespíritus…! El grito de la gente… Manos levantadas, manos en busca de la salvación… hipócritas, sólo querían más sonidos, más sensaciones, más canciones, más letras para recordar, para armar uno que otro instante, para dedicárselo a una persona ausente…

Sudando, buscando remedios para salir de este presente, sudando, el rostro es una playa, sudando, bailando, azotando los píes en el suelo, mirando a la gente tambalearse, sonreír, entonando palabras de una canción de guitarras grasosas.


Lo echaron del bar, La mina de huesos, Las Sirenas… la música descalabrando el instante, los techos bajos del sitio conteniendo el baile del buen andar, el baile del embrujo, de la completa perdición… Negro chico, las voces raspaban las paredes del cerebro, daban ganas de moverse de un lado a otro, de estar tambaleando el cuerpo, intentar llegar a un sitio, alguna habitación escondida en donde las luces de las lunas te invitan a recostarte y gozar de un silencio estelar…. ¿Qué tal cuando sonó Las Sirenas? La rola se fue armando, así, leve, levesita, leveando, para mantenernos en un baile sensualón, de tocarse, de acariciarse, de decirse esas cosas en el oído, de darse un beso a lo fisgónmorbosón, con todas las de la ley; recibir también unos besuaves, así, a lo ¡guéshoooou! Sonaban las sirenas, las guitarras en lo suyo, la rola, la rola contándonos una tragedia, una tragedia que merecía ser bailada con esa intención, con esas ganas… ¡te vamos a matar!


El hombre vio un cementerio, en donde el perro vio una mina de huesos, !ERA EN EL MISMO LUGAR!

Hartos de tanto, de tanto baile, de tanta invención de la cadencia, hartos de sus malestares, fueron tragándose la noche, fueron necios, fueron muy necias, fueron la decadencia del aburrimiento, comenzó a sonar Noches de Verano, nos sentimos de esa manera, de esa, ésa, esa única, de agustao, así, tranquilos, la rola comenzaba y la melodía se acoplaba a nuestro bienestar, comenzamos a sentir la noche en nuestras cabezas, otra vez, así, el cuerpo obedeciendo no sé qué órdenes, éramos ahí, como queríamos estar, yo me sentía tan solo, con un muerto en el placard… las voces también ahí, con nosotros, no se iban no se van las voces de tremenda arrogancia, de monstruoso encantamiento…  para ser bueno hay que hacer el mal pero a escondidas…. El último baile, el último reflejo de la incoherencia en esa noche… Acabó y nuestros cuerpos eran absolutamente otros, distintos, ajenos, las voces, los sonidos se apoderaron de nosotros, de ellas, de ellos, nos fuimos y no habría exorcismo que nos sacara esos espíritus del fondo de nuestra sangrienta humanidad…

…donde está la luna se junta el cielo negro con el negro del mar, te estaré esperando, luna llena…

Francisco I. Madero era observada por la Torre Latinoamericana que tarareaba You master is calling you de Pink Turns Blue, unas nubes tristeaban a ritmo de la tonada. La Ciudad se embellecía con el andar embriagado de sus caminantes y sus palabras de encantos taciturnos.

“El quejido de su existencia le obligó a moverse… el quejido de su existencia le obligó a moverse”… Repitió estas palabras en voz alta mientras caía, su rostro rebotaría en el suelo del vagón; la mujer embarazada sujetaba su panza con ambas manos, dos señores, algo vagabundos, algo insensatos, mudos de tanto secreto guardado, asustaron el gesto y abrieron los ojos para dejar entrar un poquito de muerte. El conductor del metro sintió también el quejido de su existencia, algo dentro de su cuerpo se rompió… si alguien le hubiera preguntado ¿qué escuchaste antes de eso… de lo que te pasó… ya sabes…? Él, habría contestado: el trabajo dignifica… eso dice mi patrón… Habría agregado que era la misma voz que le acechaba por las mañanas en el desayuno, en la cena y cuando entraba al bar, mientras bebía una de sus dos palomas. Las personas en el vagón percibieron una temperatura distinta cuando el tren aceleró más, y más y más, era el último tren, era el último y tenía alguna prisa, algunas ganas de irse, los espíritus se apoderaron de la noche, de los controles de esa máquina, el tren aceleró, los pasajeros presintieron el peligro; querer desaparecer es una de las sensaciones que suelen martillar el cerebro en situaciones así, hubo gritos, algo de desconcierto, algún hábil grabó con su celular el momento: luces encendiendo y apagándose, quejidos de metal, de ser humano, de ya nos fuimos, de no saber qué pasa… y pasó…

El tren se detuvo con violencia, la mujer embarazada estaba en el suelo, el hombre del quejido en la existencia se había movido, la acercó a su cuerpo, así, tirados en el suelo, abrazados, protegiendo el vientre, esperaron el desaparecer, ella le dijo algo, pero no se escuchaba nada, esperaron… El tren frenó, feo, lastimoso, las personas en el suelo rebotaban contra los tubos de metal. Más gritos, mucha, muchísima obscuridad. Adentro del túnel se oían varios sonidos de la incomprensible desazón terrenal, quejidos del sacrificio humano. El conductor tirado en su pequeño espacio de trabajo. El tren en el túnel. Los pasajeros extraviados en alguna explicación incomprensible. Una señora de setenta años con una herida en la frente y la boca llena de sangre le dijo a quien tenía a su lado, ahí, tirados en el suelo del vagón, esperando ayuda: “yo los oí, eran ellos, los oí, llegaron, estuvieron aquí…”.

 

DOS VECES AGUAS

La noche quiso provocar la inquisición en sus venas.

La moto aceleraba a cincuenta kilómetros por hora, el suelo, resbaloso, nos miraba burlón, ansiaba nuestros cuerpos tirados en el pavimento. La mano de mi compañero apretaba el manubrio y aceleraba sin precipitarse sobre avenida Insurgentes. Llegaríamos tarde, lo sabíamos, pero ya teníamos el infierno dentro de nosotros, nuestras lenguas estaban adormiladas, las nubes avanzaban coreando alguna canción de rock progresivo. La moto aceleró a sesenta kilómetros; en las estaciones del metrobus la gente trabajadora se llenaba de bilis el cuerpo mientras esperaba el siguiente camión, alguna mujer revisaba su bolso y tomaba su celular para revisar los últimos mensajes, un hombre escuchaba en sus audífonos una entrevista con un músico de la banda británica; otro sujeto checaba sus redes virtuales y despejaba la mirada contando coches negros. Los automovilistas recargaban sus codos en los bordes de sus ventanas, desperdiciaban su tiempo observando al conductor de al lado, a las personas que brincaban charcos, a las otras que los pisaban y se llenaban de lodo las suelas de los zapatos.

-Bomba, bamba, bemba, bento, benso, bensa, bobo, babel, basto, bababa, bebet, bebento bolbenso, bebado, borben, benbor, bebebe, bababa, bebeb, babeante, babeante…

Sus palabras intentaban alcanzar los ritmos de la noche, el motor de los autos, los pensamientos de los citadinos, palabras desconectadas, arriba de la moto las letras se confundían en su cerebro, las no palabras le decían que el momento se inventaba a cada de segundo y de una buena vez, el casco le estorbaba, él quería expandirse, llegar más allá, lejos, mucho, hasta el lado oscuro de los planetas, hasta la inconmensurable distracción de las palabras, hasta su no existencia. La moto, ansiosa, mordió sus engranes y aceleró, bajaron el puente de Tlalpan, ya estaban en Río Churubusco, la avenida se convirtió en un espacio en donde sus intrigas se perdieron, miraron el cielo; la luna, chusca, les envió dos besos húmedos, ellos los recibieron, la moto les dijo vamos que se hace tarde.

Salí del metro expulsado por mis ganas de respirar, la estación Pino Suárez recolectaba gritos, murmullos, pláticas emotivas, traté de acelerar mis pasos pero los cuerpos frente a mí me lo impedían, me fumé los perfumes de dos mujeres peinadas muy en cola de caballo, sus bocas entintadas de rojo, imaginé que era sangre, imaginé un beso sangriento y subí las escaleras, llovía, poco, pero llovía, nada incómodo, respiré algo de calle y los granaderos ya esperaban formados sobre Izazaga, los escudos de acrílico reproducían el brillo de los faroles, los hombres y mujeres uniformados miraban a quienes deseaban entrar, a las y los fanáticos con ganas de estar cerca, lo más posible. Grandes camiones impedían el paso por Pino Suárez, por Veinte de Noviembre, “ya no dejan pasar”, “está cerrado”, “que dicen los policías que ya hubo desmadre, por eso no dejan pasar”, traté de no hacer caso al palabrerío de las personas que esperaban frente a los policías, busqué uno, dos, tres atajos, la música estaba a quince minutos de comenzar, varios gritos de emoción, de nervios, de regaño, en las bocinas una cantaleta intentaba arruinar la diversión, “el gobierno de la ciudad informa que la plaza está llena a su máxima capacidad, se les invita a disfrutar el concierto en las pantallas ubicadas en los alrededores…” No acepté la invitación y empujé hacia adelante, las nubes quisieron mojarnos y lo hicieron. Continue reading DOS VECES AGUAS

LOS ESPÍRITUS

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Se parece a un gato negro sobre la pared… Lo dijo cerca de sus oídos, cuando lo escuchó sintió el nervio repentino en el páncreas, emitió una sonrisa, se congregó la mayor cantidad de insulina en sus venas, su mirada comenzó a irse a negros, escuchó el ritmo lento de una guitarra. Su cuerpo quedó tendido en el suelo, era un lince herido, hipnotizado.

“Quita esa música, no me gusta, me asusta, me atrae malos pensamientos y ya sabes cómo se me pone el corazón cuando pienso así, medio anaranjado”. Cerró la puerta, se tiró en el colchón que le recibió con cariño, el cuerpo extendido, miró el techo, la música comenzó a extraviarle, frente a él se aparecieron los pensamientos anaranjados, evitó cualquier movimiento, cuando se está en esas circunstancias es mejor quedarse quieto, permitir que el silencio decida, está en juego el seguir en este mundo o perderse y desaparecer, irse de la mente. El tiempo pasa lento para mí, el sonido tembloroso de la guitarra se introdujo en su cerebro, se sintió hipnotizado.

Las nubes juegan divertidas, las aves sienten un zumbido en el cerebro y pierden el equilibrio, dentro de una habitación dos personas nadan entre sueños púrpuras.

Despertaron. Continue reading LOS ESPÍRITUS

(A)NRMAL

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Entramos

Fue fácil.

-¿Hacia dónde se dirigen jóvenes?

Les dijo y ustedes le contestaron alguna tontería, la noche les estaba alcanzando, sintieron nervios, se acordaron del militar en la puerta cargando su pesada metralleta. Se regresaron para pensarlo mejor. Eran seis y se fueron desintegrando. A dos les dijeron que por ahí no era. La misión se complicaba cuando la obscuridad se ponía sus ropajes de hielo.

– Es por allá jóvenes… buenas noches.

No les dijo buenas noches, pero vamos a imaginarlo. Repasaron la situación, un par de vistazos y por la penumbra de alientos boscosos entraron a la escena llena de luces, guitarrazos, gritos y perfumes que les encandilaron hacia otro planeta. Para entrar cada uno tomó rumbos diferentes, estaban desubicados pero el lugar no era muy grande, en algún momento se encontrarán, estrecharán la mano y extenderán esa sonrisa malvada, ese pacto extraño de Mefisto, pero aún no se encuentran, la música les atrapará, el ruidero tomará sus cerebros como un cubo de rubik.

Yo no estuve, pero los observé a todo instante, miré su caminar, me hipnoticé en sus palabras, se perdían en sus laberintos, la noche los engañó y estaban dando pasos lentos, cuidadosos. Sus corazones rebotaban de tanta música, las bocinas les afectaban la más mínima partícula.

Después la orden fue perderse, en uno, en las miradas de los demás, en las estrellas, en el viento frío en la garganta. Tres los escenarios. Por el momento seguiremos a uno de ellos, el otro está extraviado, disfrutando su éxito con una cerveza artesanal de cien pesos en la mano. El otro, el de la sudadera obscura camina revisando sus pasos, la noche y la temerosa iluminación de las estrellas no dan confianza al andar entre cuerpos; llega a un escenario, envía algunos mensajes de wats, la señal se satura pero espera le lleguen a su coleguilla, el cielo apenas se envenena con azul escurridizo, su pensamiento murmurante le dice que camine entre la gente, choque con las personas y llegue hasta adelante, cerca del escenario; dos hombres se molestan por la actitud de hacerse lugar con movimientos bruscos de hombros. Alguien graba con su celular, nuestro compañero se atrapa en la música y agacha la cabeza; está por concluir la canción que tiene hipnotizado al guitarrista en un desmán, el bajista gira en el escenario, un olor a ajo en el ambiente, los cuerpos sudorosos, las melenas agitándose, San Pedro el Cortez

– Valiendo madre

Susurra nuestro compañero, la música le tiene sujeto de los nervios, aún no sabe el nombre de la banda, pero en dos segundos aparece en las pantallas; los músicos son de Tijuana, se han presentado en diferentes ediciones del Festival, gozan de las historias psicodélicas, del grito en la voz, sus sonidos animan a un par de estrellas, una luna apenas abre los párpados, San Pedro el Cortez intenta despertarle, el compañero mira el satélite y compensa su nerviosismo. La música de Tijuana suena en las bocinas con ganas de reventar; y a los músicos les revienta o algo similar, el vocalista se desnuda, se cubre con una bandera, los instrumentos vuelan, el rock se divierte cuando el sol duerme.

– ¿Cómo se llama la banda?

La persona que le contestó se miraba hermosa debajo de las luces rosadas, el compañero agradeció la información y siguió su camino sin rumbo alguno, se perdió en sus pensamientos, en sus pasos, en los murmullos de la gente. Reaccionó y buscó en su bolsillo, revisó su celular, los mensajes aún no tenían respuesta, antes de guardar el teléfono hizo una llamada. Después de cinco tonos contestaron:

– ¿Bueno?
– (mucho ruido) ¡Bueno, bueno, wey, estamos en donde se oye la música, adelante, del lado izquierdo!
– ¿Bueno?¿Wey, dónde estás, en dónde se oye la música? (La música se oía en cualquier sitio, en sus cerebros, en el ambiente)
– Wey, estamos en donde se oye el reven, del lado derecho, por la consola
– Wey, ¿están en Folläkzoid?

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Dense

Sigamos al otro tipo. Está meneándose con ritmo lento, se deja llevar por la música insistente, por el bajo en ida y vuelta, la batería reventando en la carpa, con él está otro colega, el que recibió la llamada y tiene una mochila gris en su espalda. Se ríen. Los dos disfrutan del momento, de los alrededores, de los calores y sus pies moviéndose en esa superficie de plástico, delante de ellos los rectángulos obscuros les envían música con intenciones nobles, de conminarlos al viaje cósmico, al estar ahí, entre ellos.

– ¡Wey, ey!

No los oye. Le gritan al otro compañero que los busca, pero va perdido, la música le tensa las pupilas, le araña la mente; una mano le toma el hombro derecho, se detiene.

– Wey, te estamos gritando.
– Estoy perdido, pero chido, vamos, a huevo.

Fueron, se encontraron con el otro tipo, el de camisa de cuadros y cejas dispuestas a la maldad; los tres escucharon más que música, se atrofiaron de vivencias, de ideas, de cuentos, se creyeron en verdad estar ahí, en un concierto, entre la gente, agitando sus corazones, provocando a su sangre, moviendo las piernas, reventando adentro, muy adentro de ellos, pensando en el aire y en el contacto con su cabello.

– Wey, márcale a ese vato, ¿ya entró?
– La neta quién sabe…

No se antojaba platicar, los manotazos de la música les impedían pensar, recibían cachetadas de rock, de posibilidades para cegarse y entregarse a los ruidos, a los murmullos de la gente perdida, tan extraviada como ellos, con los ojos en otro sitio, en otro planeta, en las irresistibles imágenes provocadas por el viento enmusicado. Sus oídos se tranquilizaron, las canciones les seguían provocando risas, celebración de la noche. Y fue la noche la culpable de sus desfachatadas miradas, de sus secretos. Delante de ellos dos mujeres encienden el contenido de una pipa, el humo condensa diversiones, exploraciones internas, música, mucha música.

– Deja le marco
– Vas… que esas morras saquen las tres

No las sacaron. Las mujeres sólo expulsaban humo y ruido muy parecido a las carcajadas, estaban ilesas del aburrimiento citadino, se encontraban obnubiladas por sus intensas ganas de insertarse en el ambiente provocado por la música.

– Que ya entró, está más adelante, cerca de las bocinas, del lado derecho
– (música a su alrededor) No te escucho wey, pero vamos a donde digas

Caminaron arrebatando olores a las y los presentes. Un hombre de un metro con ochenta bebía de un solo trago el vaso de cerveza, sus amigas le celebraron la audacia. Los tres caballeros empujaban cuerpos de manera acariciante, buscaban a sus nuevos cómplices que estaban cerca de las bocinas, reventándose los tímpanos.

– ¡Ey wey!

El grito pudo escucharse durante una pausa hecha por la banda. El otro compañero giró la cabeza y sonrió, le dijo algo a su chava, la chava, la mujer con quien iba, con quien compartía los pasos danzantes, los olores psicotrópicos. Föllakzoid interpretó la última canción. Los que antes eran tres se convirtieron en cinco, escucharon ebrios de felicidad la última tonada, la última cabalgata espacial de los chilenos. No se resistieron, dejaron a su mente fluir, le permitieron perderse, extraviarse en sus imágenes más recónditas.

– Van, dense…

Se dieron. La música se cansó, los cinco se miraban y de sus pupilas escurría complicidad, sintieron debajo de sus píes el calor de la tierra entera, caminaron provocando nubes de polvo.

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Perdido en la molécula

Volaron, dejaron de caminar, sus palabras les invitaban risas, se miraron en la noche, debajo de las estrellas sacudiéndose un poco de inmensidad, se miraron entre las luces de colores, se escucharon poco porque la música se apoderaba de los oídos, del cuerpo. Avanzaron entre la gente, tuvieron tiempo de morderse las preocupaciones, de pensar en el pasado, en las imágenes de un tiempo en que fueron absolutamente nada, un tiempo en donde no eran y ya no son, recuerdos provocados por el viento, la obscuridad, se miraron e hicieron sonreír a la luna.

Una cerveza más en su cuerpo. Los labios resistían el sabor intenso del líquido, la panza hacia ruidos de león, de leopardo esperando hambriento. Avanzaron más hasta encontrar su lugar, su espacio adecuado. Deerhunter empezaba su set, hombres y mujeres se acercaban al escenario, comprendían mejor los sonidos a pocos metros del armatoste de metal, entre las pieles, los alientos y el humo denso. Comenzaron a sentir un rubor en las mejillas, una sensación de no estar ahí, de no pertenecer a su cuerpo, de entrar en otro tiempo en donde los pensamientos se aceleraban hasta provocar un fuego interno, no se preocuparon por las palabras de la gente a su alrededor, sus pláticas, los vasos en las manos, las piernas pivoteando entretenidas, no les importó el reclamo de su vida, de su mente, decidieron quedarse juntos hasta agotar la energía, hasta convertirse en un cuerpo deforme, articulado por sus pensamientos, sus chistes, su humor y las miradas inauditas, profundas.

– ¿We, cómo se llama esa canción?
– Nothing ever happened…

En realidad el tipo de la sudadera negra le contestó otra cosa al sujeto de la mochila, le dijo mal el título, estaba pensando en el último astro de la galaxia, en la infinita depresión de los planetas, pero no importaba la equivocación, las guitarras les estaban llevando por vericuetos de paredes viscosas, entraban a un mundo de ruido y respiraciones agitadas, constantes. La música no paraba cuando algo nefasto sucedió a su alrededor. Un golpe en el costado de la chava, otra mujer le decía algo acerca de su bolso, segundos después la chava se dio cuenta que no tenía su celular, su novio, compañero de los otros tres, intentó llamar al número, intentó poder ayudar pero la penumbra había hecho su trabajo y les confundió, les engañó, pensaron que era un lugar seguro, cordial, que entre ellos no podía pasar algo fuera de lo común, que golpeara su instante con violencia y cobardía. Ahí, bajo los brillos de la vía láctea, entre la gente gritando, apretando los dientes, comenzó a parecerles normal el despojo, las ganas de fastidiar de algunas personas, el afán de molestar de manera horrenda el momento, se comenzaron a atrapara en los así es, te hubieras puesto trucha, más viva; sin mayor reflexión sintieron que la noche quería ser intensa y deseaba quitarles más de un cuento rosa de su cabeza. La chava se supo violentada sin violencia, un azul obscuro se apoderaba del paisaje, Deerhunter estaban derrochando sus ganas de roquear, la chava intentó por unos segundos olvidar el hecho tan desconcertante, su novio y los compañeros no entendían con plenitud lo que había acontecido, comenzaron a sentirse observados, vigilados. Una estrella explotó, incandescente comenzó a caer un polvo brillante, los cinco miraron hacia el cielo y la fulgurante muerte de un astro les entró a los ojos, parpadearon con calma, se sintieron renovados, caminaron atascados de brillo, de galaxia, pretendiendo querer olvidar un instante amargo.

Entonces les parece normal un golpe en el costado de nuestro cuerpo, les parece normal que una mujer nos diga algo y se vaya como una aparición, como un encuentro con algún mal viaje, con el ruido incesante de la noche, les parece normal sentirse despojados de sus cosas, de la materia que somos, de su frivolidad que les cuesta trabajo conseguir, es tan normal revisar el bolso y después de sentir el golpe ver a la mujer, percibir escalofríos, les parece normal, y es lo más horrible, sentir ese intimidante rencor, esas ganas de hacer algo pero no poder hacerlo, no saber cómo actuar, ganas de cerrar los párpados y pensar que algo pudieron hacer, que tal vez fue su culpa, o la de su distracción, cuando en realidad no lo es, no lo es, pero parece que en este maldito mundo hay que estar precavidos, alertas, a cada segundo alertas de alguien que quiera fastidiar, quiera moler sus ganas de estar bien, despreocupados, confiados de la gente, les parece de lo más normal saberse robados.

– Na mames, no está se me perdió, aquí lo traía
– Búscalo, ¿te echamos la luz?
– Mejor échame de menos
– Solito te pones
– Para tu goce

Buscaban un flavio, habían perdido las ganas de encontrar el celular. El flavio tampoco estaba pero se había extraviado por la poca pericia de quien lo tenía guardado. Sin mucha certeza recorrió los últimos instantes previos, se acordó de la cerveza, de su cartera saliendo del bolso, del billete… el flavio debió caerse al sacar el dinero.

– Espérense, ahorita vuelvo

La luna observaba risueña. El sujeto de sudadera negra caminó puesto hasta el puesto de cervezas, abrió bien los párpados, debajo de un zapato estaba el tesoro, el flavio, las ganas de perderse, de olvidar, lo recogió con una sonrisa, la luna le gritó algunas bobadas. Se acercó a los otros cuatro, buscó algo de fuego y se encendieron. Deerhunter agotaba sus energías, la gente aplaudía, una mujer coqueteaba con el aire, con las brillos mágicos del ambiente; un sujeto se quitaba sus gafas, torpe, las dejó caer al suelo, más de cientos de zapatos y tenis pisaron los anteojos, el sujeto se dijo estúpido y sonrió, no tenía ganas de tristeza, eran sus gafas, era la música en un sábado nocturno, era el manto azul sobre sus pensamiento, era la destreza nocturna y sus estrategias para perder a la gente, para confundir sus ideas, sus convenciones, sus insatisfacciones. Deerhunter calló. Con ganas de despedazar infortunios comenzó el ruidaso que quería enterrar algunos espíritus extraños en la profundidad densa de la música.

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Entiérrate sin morir

A Place to Bury Strangers atormenta el cerebro, demasiados golpes al cráneo, a las ideas, la bruma frente a ellos, los guitarrazos, el instrumento en el aire, quedarse inmóvil era la orden del cuerpo, la cabeza comenzó a sentir fuertes mensajes del más allá, en el silencio de su cuerpo se escucharon torrenciales palabras

– ¿Y entonces qué hago aquí y para qué? La gente me mira sin saberme, sin sentirme, la gente me mira con el miedo de marzo, con las ganas de odiar a un fantasma, de desaparecer ¿Pero en realidad la gente me mira? La gente no mira, no se detiene, simplemente busca motivos en donde extraviar sus ojos, en donde posar el mareo de sus neuronas, la gente no sabe en qué pienso, no me observa, no tiene ganas y eso me parece absolutamente deseable, deseo ser invisible, ser arrastrado por el viento, dejarme elevar más allá de la estratósfera y darle un beso en los labios a la luna. Luna en donde me pierdo, en donde insisto que la vida existe, que somos algo más que cuerpo, somos algo más que palabras, que comportamientos, la luna me regresa el beso y coqueta pasea su lengua por mis labios, me enciendo, excitado trato de escuchar el ruido de A Place, los vientos me descienden amables, estoy de nuevo en la tierra y la gente sigue sin ojos, sin ganas de percibirse aquí.

Una bruma se apoderaba del entorno. En el escenario los músicos destrozaban la calma, danzaban entre el humo, se hacían figuras fantasmales, reventaban las discordias.

– No me pertenezco, no existo en este momento, soy frágil y liviano, me extiendo hasta desaparecer pero vuelvo, me reincorporo, no soy grito, no soy movimiento, simplemente soy una idea, éste pensamiento, no me pertenezco, no soy mi cuerpo, no soy la carne, estoy en las ráfagas de aire, en los árboles contoneándose para no aburrirse, no me soy, no me sé, sólo me percibo viajero, transitando entre tiempos y dimensiones, entre instantes que ya no fueron, soy más futuro que presente, soy más recuerdos no recordados, soy mis invenciones.

Las personas a su alrededor emocionaban a las nubes. Su compañero de camisa de cuadros gritaba para incorporarse en ese momento de potencia sonora, de bajos y baterías convirtiéndose en las indicaciones para llegar a una casona tétrica en donde esperaban los monstruos, las sombras. Bailaban, alardeaban, los brazos arriba, muy arriba, en el cielo, haciendo cosquillas a las traviesas estrellas.

– No soy el trabajo, el dinero, mis objetos, no soy mis satisfacciones, ni mis risas, no soy la música expulsada de la bocina, no soy el cuerpo de los hombres en el escenario, los instrumentos arrojados al aire, volando, emitiendo sonidos sin ser tocados, no soy este pensamiento, no habito mi mente, estoy fuera de mí.

Entonces Venus te miró, te entregaste a sus coqueterías, te dejaste llevar por los lentos parpadeos, por su brillo inconfundible, Venus te dijo ven y no fuiste, le reclamaste al planeta tierra tu mortalidad y Venus se reía de ti, de tus reproches, de tu mala sangre, de tu ansia humana. A place terminaba de enterrarte, te acordaste de un poema de Sabines, paletada tras paletada de bruma y te fuiste hundiendo hasta desaparecer, hasta no estar en ti, hasta no ser más que una concatenación de pensamientos.

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Lo atrapó

Fue su decisión. Se dejó arañar por los filamentos brillantes de la música. Tensó sus ideas, desnudó su mente, se aventó al fuego de sus torturas, de sus torpezas; comenzó a bailar con los beats repetidos del diyei, sintió rebotar sus pupilas, a su alrededor las personas también eran golpeadas por el instante, se destruían con cada cambio de ritmo, con las canciones torcidas. Cuando la luna se besaba con la madrugada la gente debajo de la carpa se extraviaba en sí misma apoyada por los intensos sonidos de sus maquinaciones mentales.

– (risas, música en altos decibeles) Míralo…
– Gacho… lo atrapó…
– Gacho…

Su cuerpo era de viento, o le pertenecía a otra entidad, no era él, se dejaban menear por la mínima provocación, el sonido más corto. Levantó su mirada hacia el escenario, buscó una luz verdadera en donde perder su vista, estaba harto de los focos artificiales, estaba desesperado de ver sólo artificialidad. Dos mujeres chocaron con su cuerpo y comenzaron a reírse, le enviaron unas miradas nocturnas que le decían no dejes de moverte, sigue bailando, no detengas el galope de tu corazón, las mujeres brillaban, le seguían mirando hasta que la misma música les hizo desaparecer, se internaron entre los cuerpos, se hicieron humo, desvanecieron sus carnes.

Siguió moviéndose. Un grupo de amigos fumaba un porro bastante robusto. El diyei le subía a los agudos para teletransportar a los presentes a una dimensión en donde los colores se derretían, las sonrisas eran malvadas, las voces: tenues poemas recitados por el espacio sideral. Chifló pretendiendo escapar del mareo de las voces en su mente, del frío de su cuerpo. Agitó las manos, se tocó el rostro, acarició su frente, sintió su cabello. Permitió que su cuerpo fuera un receptáculo de sensaciones.

Comenzó a odiarse. La culpa le comía el estómago, las alegrías. La culpa de estar ahí cuando el mundo se convulsiona, cuando la muerte es la sombra que recorre el planeta, una muerte terrible, traicionera, no una muerte ciclo natural, una muerte te callas o te mueres, una muerte amenaza, una muerte que desaparece y desespera, una muerte cómplice de los bajos escrúpulos, del odio a la humanidad, una muerte hipnotizada por el ansia del poder, una muerte engañada. Se odió y sintió el suspiro mortuorio detrás de su oreja, no se espantó, creyó merecerlo, sus latidos se apresuraron, se odió por su calma, por sentirse atrapado, por las sonrisas de las mujeres. Caminó hacia la música, chocó con los cuerpos, sintió las miradas extranjeras, aspiró los excesos de nuestros tiempos, la muerte le pellizcó las nalgas, se adentró más en la música, en la gente, en sus pensamientos, en la normalidad de su mundo a punto de perecer, de su mundo abrazado por un humo grisísimo, una penumbra que no le dejaba observar su instante para encontrar una certeza, se inmiscuyó en los sonidos, se hizo música, los astros prendados en la galaxia se reían con desfachatez, prestaban atención al momento. Giró en su eje, dio varias vueltas entre las personas, estaba perdido, cayó al suelo, se levantó y se hizo sonrisa, carcajadas de luna llena, de nubes perezosas, carcajadas en su interior, risas en su mente; se cansó de reír, un golpe en su cerebro y volvió a caer, su cuerpo comenzó a no responderle, le pedía calma, una tregua, se acomodó en el suelo, cerró los párpados; sentado, espero alguna señal de la noche, la música le reventaba los tímpanos, las piernas a su alrededor le golpeaban la espalda, hombres, mujeres y demás géneros bailoteaban. Cerró los ojos, le avasallaron los recuerdos.

– ¿Qué pedo we, te estamos buscando desde hace un rato? Levántate
– Chale, perdón we, me atrapó
– ¿Qué?
– Nada, nada… sólo me atrapó
– Vámonos, ya nos esperan los demás…

Los esperaban, se encontraron de nuevo frente a la noche, frente a sus malos hábitos, frente a sus rencorosas ganas de hacerles perder la mente. Caminaron sobre la banqueta, siguiendo las órdenes de los militares. Caminaron y en sus rostros una sonrisa cantaba la canción más cínica, más combativa, más burlona. Caminaron perdiéndose en sus palabras, en su calidad de humanos, en sus ganas de sentirse anormales por un segundo. Aún se escuchaba el eco de la música…

– Ah, no mames, qué pedo con esa música
– (risas) Na mames, chale, sí está dos dos acá…
-Seguro es un éxito en el dansflor
– Sí y ustedes atrás mientras la banda le pegaba duro al meneo…
– ¡¡¡¡Yah!!!!
– Eso sí…

Escupidos por la manía de una noche perversa caminaron hasta encontrarse perdidos en la velocidad de sus pensamientos; un golpazo de viento citadino les ruborizó los pómulos. Silenciosos subieron las escaleras del puente, dieron pasos firmes, observaron los autos debajo de ellos, sintieron el smog en sus narices. Respiraron lento rogando a sus cuerpos un poco de anormalidad.

AQUÍ ESPANTAN: SONIDO GALLO NEGRO EN EL CLUB ATLÁNTICO

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Ya nunca sabe muy bien qué día es, cada uno es terriblemente parecido al anterior, y al que sigue. Es de noche, de eso está segura, desde la ventana puede mirar la luna, las paredes de esa casa se han ido deteriorando, hay un hueco en una de ellas, justo frente a su ventana, las plantas se asoman a este hoyo sin cristal que la mantiene atrapada en un tiempo que ya no es.

Las siluetas empiezan a llegar, otra vez, se juntan frente a la pared raída, son espíritus, flotan rozándose unos con otros, se empujan, a veces se mueven como una ola inmensa, sube la marea de cuerpos. La música empezará pronto, como cada día. Las nubes cubren el cielo, ralas pero constantes, iluminadas por la luz de la calle que ella no ha visto en años. La casa está en la Zona Rosa, ella mira pasar miles de cuerpos desde su ventana, algunos se sientan tranquilos, otros gritan emocionados; y hoy, el patio central de su casa en Amberes se he convertido en un salón de baile donde el límite de los cuerpos apretados se confunde, se anula y los espíritus flotan moviéndose al ritmo de la cumbia sicodélica de Sonido Gallo Negro.

Estoy entrando a este patio rodeado de paredes altas, algunas mesas en las orillas y la naturaleza haciéndose presente, enredaderas que se aferran al concreto. Somos un chingo, no alcanzo a ver cuántos ni parada de puntitas, pero se siente, la sensación es intensa, parece que no cabe ni una chela más y el mesero sigue llevando cartones a un lugar al que ya no llega mi mirada. Algunos se rinden, se retiran del lugar, vamos a explotar, eso siento cuando en el “pasillo” por el que no cabría un esqueleto pasan dos personas a empujones… Vamos a explotar. Lo que queda es moverse, quitarse del paso que te asfixia, seguir la luz, así que nos evaporamos, nos lanzamos con fuerza hacia enfrente, llegamos hasta el escenario ¿a un lado de la bocina?, sí a un lado de la bocina, ni modo. Si miras hacia arriba ves los restos de la casa, los del muro, la luz de la luna convierte una pared vieja en un misterio.

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Empieza el baile y ya sentimos nuestro espíritu desprenderse, liberarse de entre el músculo y el hueso, si miras alrededor verás las ánimas moverse a ritmo cumbianchero, con los ojos cerrados y las manos hacia arriba, como queriendo volar. Se ven sus esqueletos. Se proyectan los muertos en los muros, esto es una fiesta.

Ella nos mira desde la ventana que está en la esquina rodeada de hojas, la que más alumbra la luna, la que está entre esas nubes azul rey, está mirando hacia el muro donde se proyectan esqueletos, demonios, mira a las calaveras tocando, los está escuchando, no baila. No sé describir bien el gesto que tiene, es sorpresa, es terror, nos mira elevándonos. Somos fantasmas ante sus ojos, estamos en trance.

En varios momentos no sé de mí, desaparezco en una espiral de calaveras, de colores brillantes, de patrones infinitos, tengo los ojos cerrados y mis manos y pies se mueven sin que yo dé ninguna orden, no me siguen, no estoy pensando. La música se mete entre mis uñas, es electricidad, miro los dedos moviéndose en el sintetizador, las palmas golpeando con fuerza las congas, la piel curtida del bongó. Las manos hipnotizando al theremín. Las baquetas. El aire atravesando la flauta. Estamos en trance, pedimos más. Los esqueletos regresan al escenario, nos advierten que la cosa sigue, que hay mucho más. Sonido Gallo Negro nos golpea fuerte, nos arrastra, nos controla, durante dos horas somos suyos, nos rendimos ante su sicodelia, estamos hipnotizados, más bien poseídos.

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Levanto la vista, ella está sonriendo, la música la atraviesa, hay fragmentos, ondas llegan hasta la ventana y la mueven, aun así no baila, nos mira divertida, sabe del hechizo, se enteró del sortilegio, es cómplice. Nosotros somos los fantasmas, flotando en las notas, inconscientes, el escenario se vacía, y nosotros poco a poco nos desvanecemos, desaparecemos.

Vámonos, que aquí espantan.

Por Aura Mendoza

2015