Category Archives: TSF Recomienda

SACRIFICIOS | ESPERAR


Nos van a dar unos quinientos pesos, yo me tengo que esperar porque vivo lejos y no me da tiempo de llegar tan temprano, la mayoría así le haremos, nos vamos a quedar a dormir afuera de la Municipalidad, vamos a montar un refugio, Avelino llevará los trastes para preparar algo caliente, Elías prefirió traer el café porque no tenía mucho dinero para cooperar para el agua o los panes, el café que trai es bastante bueno, nos mantiene platicones, lo cosechan en su pueblo, Elías se vino a trabaja por acá porque quería aprender primeros auxilios, después le platicaron de la brigada y al final se anexó a la cuadrilla, cuando bebemos su café nos compartimos las historias que cada quien sabe, muchos conocen la de Nanahuatzin; Bibian no conocía la historia del hombre del monte, la aparición, el del machete, no nos creía cuando le dijimos que ahí donde está el café internet ahí estaba la casa, si vas en la noche se escuchan varios golpes, susurros molestos, el rechinar del metal. Ojalá Elías traiga suficiente café, yo me encargué de montar el refugio, colgar algunas lonas, poner sobre el suelo varios plásticos, conseguir la leña para la fogata.

Nos dijeron que van a venir unos muchachos, nada más tenemos que estar pendientes y esperarlos, no podemos andar tan uniformados, vamos a esperar aquí afuera hasta que vengan, por eso me traje mi esta chamarrota y el pantalón de mezclilla, se pone bueno el frío pero tenemos que esperar, a mí me caen bien unos pesos de más, así recupero lo que gasté para montar el refugio, no fue mucho porque varias cosas las tenía en la casa pero tuve que conseguir la lona, si no vamos a sufrir el frío. Espero poder dormir, la verdad sí voy a extrañar mi colchón, pero nomás es una noche, eso espero; a veces cuando el teniente cree que es prudente hacemos guardia igual aquí afuera, nomás que en esas veces si nos dejan entrar al edificio al baño, o tomar un café, esta vez no, dizque porque tenemos que darle seguridad a la plaza, al baño sí nos van a dejar pasar, más porque hay varias mujeres en la cuadrilla, pero nos dijeron que de a uno por uno. La verdad yo no le veo mucho peligro, no es que vaya a venir un comando armado, nos dijeron que son unos muchachos que vienen de la capital, la verdad no creo que nos hagan sentir inseguros, pero pues como dice Elías, hay que obedecer al bueno y hay que darle de comer a la lombriz. Elías no quería venir, me lo dijo el otro día en la fiesta, ahí en el baile, me dijo que el teniente ya se estaba pasando, que qué eran esas ideas de mandarnos a dormir a la calle, ahí en la plaza, si cada uno de nosotros tenía su casa, su estufa para tomar un café bastante caliente, no le gustaba la idea de dormir fuera de casa, a veces le entraba la melancolía y extrañaba a su esposa, los días que hacemos guardia en la plaza, Elías acostumbra llevar su guitarra, se sabe varias canciones de tríos y sones, ojalá hoy la traiga pa’ cantar algunas de las más bonitas, la verdad me gusta cómo canta el Elías, su voz te va haciendo olvidar el frío, me preocupan los alimentos, espero que los demás compañeros sí cumplan porque nada más andar tomando café y jalándole al cigarro me provoca puros ardores, ojalá sí traigan algo de comer, la Bibian nos prometió unos panes de su pueblo, no me acuerdo si ya los he probado, pero de cualquier manera pan en esas condiciones es pan, y pues luego como el teniente no nos dijo bien bien cuánto tiempo vamos a estar aquí haciendo guardia, sólo espero que nos pague lo que nos dijo porque la última vez, cuando los maestros hicieron su manifestación, se tardó varios días en pagarnos y eso que estuvimos dos días haciendo la guardia, aguantando los insultos de las personas, me acuerdo que en esa ocasión Bibian se desmayó del hambre, al teniente se le había olvidado mandarnos de comer y nosotros pasamos una tarde esperando la comida, ya en la noche mandamos a Moreno por unos guisados con Mariel y lo bueno que la mujer nos fió aquella vez porque ninguno de los de la guardia traíamos para la comida, nos confiamos, pero pues hoy parece que sí nos van a traer atole y unos tamales, al menos eso dijo el teniente que todavía no se ha ido, antes de que se vaya le vamos a decir que no se le olvide la comida.

¿Que si estamos organizados? No, cómo vamos a estarlo si nos la pasamos todo el día caminando, o aquí nomás parados en la Municipalidad esperando bajo el sol, comiendo pura saliva, pocas veces nos vemos todos juntos y cuando nos vemos en los bailes o en las fiestas se nos olvida el uniforme, la verdad ni queremos estar organizados, la gente nos respeta cuando vamos caminando por las calles, algunos nos saludan, otros nada más aprietan los labios; a mi mujer no le gusta cuando me toca quedarme de guardia, se queda sola con los hijos y después tiene que despertarse bien temprano para ir a lavar ropa, los hijos se quedan en la casa y eso a mi mujer le apura bastante. Espero que vengan pronto los estudiantes porque le digo que el teniente dijo que iban a venir pero no cuándo ni cuántos días, ojalá no arrecie el frío porque a esperar con el ánimo y los huesos entumidos nada más no nos acostumbramos.


DRN

SACRIFICIOS | SECRETO

Mmm Ángel… piensas que no me doy cuenta, algo tienes, lo escondes en tus movimientos torpes, en tu mirada cobarde, en la carne pegada a tus huesos, tas todo flaco, me doy cuenta, me doy cuenta de tus escapadas, de tus malos humores. Pero te conozco, sé hacia dónde vas, te voy a seguir, sé a dónde vas, la Vieja me lo dijo, sé que vas con esa mujer, he leído tus cuadernos, no me engañas Ángel, no me engañas.


DRN

SACRIFICIOS | DOS PLANETAS

Afuera del túnel. Es en serio. Me contaron. Entras al túnel, de venida volteas a tu izquierda y ahí está el altar que pusieron. El señor me dijo que como a las once de la noche, o ya cuando está muy obscuro en la carretera, antes de entrar al túnel, una mujer bastante atractiva hace la parada, en ese momento ya no tienes salida, pues si te detienes y le ayudas… casi siempre pide un aventón, está contigo unos momentos, miras el camino, quieres verla de nuevo y ya no está, observas el retrovisor y se aparece una calavera, muchos choferes chocan, otros sufren algún espasmo de muerte, al señor que me lo contó se lo habían testificado varios colegas de la ruta de transporte, algunos también cuentan que el radiotransmisor emite señales extrañas, gruñidos de horror, luego se enteran de algo trágico cerca del túnel o en los cuarenta kilómetros siguientes. Si no te detienes y aceleras, pocos metros adelante el auto fallará, sentirás que tu corazón late acelerado, la vista se nublará, las nubes descenderán a ritmo cauteloso, una mancha obscura se acercará a tu coche, cerca del parabrisas explotará un grito, los choferes suelen frenar, no es instinto, los músculos se paralizan, los automovilistas que aceleran pierden el camino, caen al barranco, dejan sus últimos suspiros en el aire. El grito no es la razón de la parálisis, es la imagen, benditos los ciegos en ese momento, no es espantosa, es terrible, es mala, hipócrita, es una imagen que no se desea ver, es un impacto a tus sensaciones, son tus peores pensamientos, todos tus reproches, tus depresiones en una imagen, abarca todo tu momento, inunda tus pupilas, te hace paralizarte de forma mortal.

– Cuando le conté esto a Paco me dijo que estaba medio chiflado, me dijo que él había pasado por ahí varias ocasiones y nunca había visto ni experimentado nada, que puro cuento. Pero Paco me estaba mintiendo o exageraba sus verdades. Boni me contó que Paco había ido por esos rumbos sólo dos veces, se la pasaba aquí, remando, cuidando las mojarras, perdiéndose entre los dos montes

– Pues yo sí he visto el altar.

A Higinio no le pesaba el machete, eran las nubes sobre su cabeza, las tormentas preparándose a llegar. Tampoco pesan los maderos en su espalda enredados con varias telas atadas a su frente. Su cuello soporta varios kilogramos de naturaleza, el frío del viento le promete descanso, su hogar está a diez kilómetros de la salida al río, por la vereda sin pavimentar. Las nubes suelen reposar su gripa en el monte en donde las puertas rechinan de frío, las sillas tiemblan y crujen los esqueletos de todo ser viviente. Las corrientes de vientos suelen ser calmas pero lastiman la piel, el aire raspa la garganta, los pulmones se quejan y expulsan mucosidad fría. Higinio tapió la casa con dos capas de madera, afuera colocó gruesas placas de aluminio, las fijó con más de trescientos clavos gruesos de cabeza plana. El techo lo construyó una mañana de anaranjados bríos, las nubes redondas cruzaban el horizonte, buen momento para armar una estructura de madera afianzada con tubos y vigas anchas; la casa de un piso era muy similar a una pequeña capilla con el techo inclinado, el agua resbalaba lenta por los dos grandes bloques de lámina. Higinio construyó con sus manos una chimenea de ladrillos la misma mañana de anaranjados sonidos. El frío suele darle la bienvenida a su cuerpo de un metro setenta de estatura, a su cabello despeinado, sus ojos inundados de miel, los labios soportando el bigote, los pómulos rosados, la nariz, una pequeña cereza salida del refrigerador. Carga y no le pesa la madera, no le pesa el machete atado a su cintura; camina, alcanza a mirar sus tenis, su pantalón gris, su camisa blanca, dos botones transparentes, un cordón enredado en su cuerpo, su bolsa de tela; una gota de frío, de viento y nube, de agua queriendo ser hielo cae sobre su párpado. Las nubes acarician el pavimento, se acaba la carretera, comienza el camino de piedras. Una bolita de tierra se cuela en el zapato derecho de Higinio, él ha sentido una molestia en la planta de su píe, no se detendrá porque comienza a descender la temperatura. Los árboles entonan una armonía amable, el hombre camina sin querer detenerse, se sostiene de sus respiraciones, del viento girando en su interior, el hombre reconoce varios árboles del entorno, árboles que no sirven para hacer arder una fogata, árboles tristes, de follaje obscuro y hojas de tonos guindas, Higinio camina esquivando varios charcos, cuando no tiene remedio acelera el paso, algunas gotas de lodo manchan su calzado, los pantalones obscuros. Respira, los árboles despiden un aroma ahumado, a incienso quemado en los interiores de esa tierra, los árboles se encargaban de esparcir el perfume, Higinio estaba acostumbrado al olor, su olfato se distraía con las esporas dulces, su respiración se deleitaba y le impedía la fatiga cuando la pendiente era más inclinada. El hombre arrastra los pies porque ha visto su casa, comienza a soltar el cuerpo, se destensa, se procura algún pensamiento alegre, una gota de agua en una hoja, una lombriz en la tierra, una guayaba, Higinio piensa en el fruto, recuerda su bolso, respira y trata de aspirar el humor de la fruta, lo hace, apresura el paso, desata las telas de su cabeza, recarga el haz de maderos sobre unas piedras, agacha su cuerpo unos centímetros para aflojar aún más las telas, logra zafarlas y su frente se siente liberada. Las nubes que pasan respiran lento el incienso forestal, Higinio abre la puerta con un empujón delicado de su mano derecha, entra a la casa, da dos pasos, tose con fuerza, la luz que entra por las ventanas de la casa ilumina de un azul amable la vivienda. El hombre se acerca a la mesa de madera, se rasca el hombro, jala una silla con la mano izquierda mientras busca la guayaba en su bolso, la encuentra y se sienta, los astros se mueven y provocan una delgada línea de luz que se refleja en la mesa.

– ¿Pues tú cómo sabes de la aparición?¿Cuánto sabes o qué?

– Me dijeron varios detalles, cuando me los contaron en mi casa parecía que había pasado un sismo, traté de no sentirme mal, respiré y pensé que esas eran invenciones nomás, pero yo le creía a Paco, a sus ojos y su voz de lobo; cuando Boni me dijo que Paco había ido dos veces se sentó rígido, levantó la espalda, parpadeó un par de veces para enfocarme mejor, tenía unas ganas tremendas de romper con una mentira, Boni tampoco creía, preguntaba mucho, como tú, hasta que se supone vio la aparición, nomás dicen que la vio, el viejo no quiere contar nada

– Eso sí no te lo creo…

– No me lo creas, no necesitas creerlo, nadie necesita creerlo, paciencia amigo, paciencia, porque nada más se aparece de esa manera, en ese lugar, en cualquier instante giramos el rostro porque sentimos un cosquilleo extraño en nuestro hombro y ahí está… no te creas amigo, yo sé que no me crees, pero mira, te digo que sí se aparece de alguna forma y nos damos cuenta, pero dudamos mucho de nosotros mismos mi amigo, a veces no creemos nuestras visiones nomás porque alguien más no las creyó, si ya se apareció pues se mira y ya después se sabrá qué se hace, pero nomás no necesitamos que todos nos crean, no lo necesitamos.

No está muerto. Sentado. La madera de la silla es una superficie cómoda para sus huesos blandos. Acaricia con la palma de sus manos la guayaba, las yemas de sus dedos se deslizan sobre la superficie de la fruta, muerde, lento, mantiene la fruta frente a su cara, la huele, da otra mordida tranquila, mastica con calma, observa el movimiento de la luz sobre la mesa, escucha caer varias ramas sobre el techo de su hogar, muerde el fruto con paciencia, sus muelas destrozan los pequeños huesos de la triturada guayaba, el sabor áspero se queda en su lengua, traga los pedazos masticados, muerde por última vez sin tragar la punta, mastica con calma, escucha el crujir de unas ramas, le recuerdan el ladrido de un perro. Recarga el antebrazo en la mesa, respira lento y trata de no enviar mucho frío a sus pulmones, acaricia sus cabellos, la iluminación del exterior cede, el hombre mira en la mesa para encontrar la pequeña caja de fósforos… enciende una vela que pinta de castaño su melena desesperada.

– A ver… muéstrame las fotos, ¡déjame verlas! ¿De quién es ese perro que ladra?

– Quién sabe de quién es ese méndigo chucho, ¿cuáles fotos?

– Las que dices viste y guardaste en tu celular para enseñárselas a no sé qué viejo…

– ¿Cuáles fotos pues?… no sé de qué me hablas…

– Ya pues notehagas, si me dijiste que había una nota y un reportaje de la aparición, que habían venido los de la tele y tú saliste y le mandaste un saludo a mi mamá…

– Sí pues, pero eso no importa, eso ya tiene tiempo…

– ¿Pero las tienes o no? ¿Existen o no?

– Pues búscalo ahorita en tu celular…

– No tengo red, préstame el tuyo…

APARECIDA PROVOCA CHOQUES
En un poblado cercano a las nubes las persona aseguran tener encuentro recurrentes con una aparición, una nebulosa forma femenina atrae a cualquier conductor en un punto determinada de la carretera. Basta con mirarla para tener el destino escrito. Son más de cien casos lo que reconoce el Teniente del Departamento Policiaco del lugar. Son varias las personas encerradas por trastornos mentales en el hospital de la zona.

– A ver ya presta… se me hace que esto es falso, no dice bien los datos, inventa… pura invención

– ¿Y las fotos?

– Ya te dije que no hay fotos ni nada, lo del programa de televisión eso sí es cierto, vinieron las cámaras y todo, nos entrevistaron a varios, la Vieja seguro tiene un casete, a ella se le entregaban ese tipo de cosas

– ¿Cómo ese tipo de cosas?

– Fotos, grabaciones, recuerdos, noticias en donde aparecía el lugar; pero mira ya, alcánzame el periódico, anda, lánzamelo y deja ese teléfono

– Espera, aquí dice que hay fotos… y un video…

– Puras invenciones… Robó, violó y embarazó a una de sus fans, ¡las mismas noticias! Aburrido… ¿ya viste esto?

– ¡En serio! ¿Qué es?

– ¡Un tatuaje!

– Ya sé, pero qué es, qué figura, qué motivos…

– Dos ojos simulados por dos planetas que en sus iris tiene tres pequeñas galaxias…

– ¿En serio…?

– En serio, se me ocurrió luego de escuchar una canción de Los Planetas, te canto algo: cuando no te puedas mantener en pie y ya no te quede nada por beber, pero ya tiene tiempo que lo hice, no me dolió mucho

– ¿Qué tiene que ver la canción con el tatuaje?

– No mucho, sólo me acuerdo que cuando pensé qué quería tatuarme estaba escuchando esa canción y yo estaba justo así, sin poder mantenerme en píe, es algo tonto lo sé pero así paso, además siempre quise un tatuaje como ese, algo relacionado con los planetas o algo así

– Pues está curioso, no me haría un tatuaje, todavía no tengo nada pa’ mostrar

– Está bien, yo tampoco quería pero cuando estaba escuchando la canción, la imagen apareció en mi cabeza, después una noche desperté y lo primero que hice al abrir los ojos fue acordarme de esa imagen, la tenía enfrente de mí en medio de la oscuridad, y ya me lo hice la siguiente tarde, en la Ciudad

– ¿Se tardaron mucho tiempo en hacerlo?

– No mucho, no me acuerdo, bueno, me acuerdo que llegué de día y salí de noche.

Pensaba en moverse e ir a escribir una palabra en la ventana empañada, Higinio gira su cara sobre la mesa, no siente el brazo izquierdo, levanta la cabeza, después el cuerpo, la extremidad entumida, la sangre empieza a llegar a esa parte de su cuerpo, siente hormigas, miles, millones de hormigas mordiendo su brazo, no quiere moverlo pero la sensación le motiva a ejecutar ligeros brincos, se levanta de la silla y procura no girar el brazo, realiza sus movimientos de manera lenta entre los tonos azulados de su casa, entumido también de pensamientos se acuesta en el colchón, la base de madera cruje al sentir su peso, una ventana procura la iluminación, el habitante consideraba necesaria esa abertura, desde el otro extremo del colchón jala dos gruesas mantas y se cobija el cuerpo entero, escucha sus últimas respiraciones, siente el frío en sus pulmones, la iluminación cambiante vigila el cuerpo debajo de las cobijas.

– Se me hace que no sabes…

– Te digo que sí, pero yo no sé para qué quieres saber esto, ya, son historias que cuenta la gente y ya pues, nomás, no hay más

– Pero, pues las historias así como de apariciones no tiene mucho sentido, ¿no? Entonces habrá otras razones para que los conductores choquen, o ¿de dónde tantas muertes, tantas desbarrancados?

–…

– Te digo que está raro mano, la verdad está raro, y luego tú con tus cuentos de que lo tienes y no lo tienes, de que sabes y no sabes, estás como confundido

– Sí pues, yo creo eso.

Se despierta cuando escucha voces en el interior de su cerebro, inhala con fuerza mientras gira su cuerpo en el colchón, de nuevo reconoce el lugar en donde se encuentra, la mesa de madera, la vela, la ventana, los árboles afuera. Agarra con ambas manos las cobijas y las hace a un lado, se mira y recuerda que está vestido, con los tenis puestos; con los dedos rígidos se talla las cuencas de los ojos , bosteza y emite un sonido cavernoso, se sacude algunos espantos, enreda sus manos en su melena. Mira la sombra de un árbol que se dibuja en el suelo de su hogar, levanta su torso, se sienta sobre el colchón, busca una razón para moverse, recuerda las voces en sus sueños, también el ladrido del perro, otea dentro de su casa, busca un mueble de madera, una pequeña alacena, agita su respiración, pisa el suelo con los tenis, empuja hacia atrás las gruesas mantas, recarga sus brazos en el colchón y levanta su cuerpo, camina a paso de recién resucitado, atraviesa la sombra del árbol, recarga su mano derecha en la silla, se acerca a un rincón del hogar, a un costado de la chimenea encuentra el mueble de madera, abre una de sus puertas, en ese rincón de la casa no hay mucha iluminación, Higinio se mueve entre el cobijo de la oscuridad, se escucha el chocar de varios objetos de vidrio, el cerrar de la puerta, los pasos arrastrados del hombre, en su mano un pequeño vaso de vidrio, en la otra una botella de líquido rojizo, mueve la lengua dentro de su boca, desde su garganta surgen varios sonidos gatunos, ronroneos emitidos desde la insatisfacción, coloca el envase de vidrio en la mesa, también el vaso, de píe le quita el tapón de corcho a la botella, llena el vaso hasta el borde, antes de beberlo demanda silencio a su cuerpo, acerca su mano a la mesa, sostiene el vaso, lo lleva a sus labios, bebe un buen trago, lo mantiene en la boca por unos segundos, debajo de la lengua, enjuaga sus dientes, después lleva el líquido a la garganta, cuando se confunde con los jugos del estómago, Higinio siente el martilleo del despertar en su cerebro, da unos cuantos pasos para acercarse a la ventana, observa el follaje de los árboles, las ramas y las hojas cayendo vencidas por los vientos juguetones de la tarde, el hombre vuelve a la mesa, postra su cuerpo en la silla, llena el vaso de líquido rojizo.

– Sí fueron ellos, por eso se aparece ahí, cerca de la caseta, donde están los de uniforme, te digo que sí, que por eso se manifiesta ahí, ¿te has preguntado quién es la gente que ha muerto?

– No, eso sí no… ¿Pero esa es otra aparición?, ¿En la caseta?

– Sí es otra ahí en la caseta y sí pues, te digo que ellos fueron, o estaban ahí, o algo hicieron, ellos participaron, hubo algo muy raro ese día, no, no fue un día normal, ¿sabes por qué no existe ese reportaje?

– ¿Por qué?

– Porque no quieren que se vea…

– ¿Cómo?

– Sí pues… te digo que fueron ellos, es lo que yo sé, no tendría por qué mentirte, casi siempre son ellos, ¿no crees?, ¿no te parece muy raro que siempre desaparezcan de por la misma zona?, además lo que dijo el señor de la policía al programa de televisión y a los periodistas estuvo muy extraño

– Pero en otro lado también pasa que se desbarrancan los coches, ¿no?, que se mueren personas

– Sí pues, aquí en el lugar también pasa y casi siempre de la misma manera, está muy raro, ¿y has visto cómo son esas personas, los uniformados?, son muy serios, tienen un gesto engañoso, una mirada del color del lago, desde que llegaron los hombres de la presa los uniformados no se sienten cómodos, los de la presa van a los restaurantes o en los bailes se ponen muy confiados en las paredes y miran a las mujeres bailar, los uniformados se sienten celosos, también nosotros porque eso que lleguen de otro lado a querer cambiar nuestras maneras como que no lo vemos con mucha claridad, desde esos días los uniformados se ponen así con la cara de duda, sus ojos quieren petrificar a quien se atraviese ante ellos, mentira que han sido más de cien casos, esas son puras invenciones, exagera la gente, a mí se me hizo raro que el señor de la policía estuviera de acuerdo con que cien personas y más raro que le haya echado la culpa a las apariciones, si te digo que no es cualquier gente la que se ha desbarrancado, esas personas han participado en las plenarias, en las pláticas con los viejos, se han organizado, ¿los conoces?

– No pues no, no los conocí

– Así pues, pues qué mal que no los conociste, pero bueno, dicen que los uniformados tuvieron algo que ver

– ¿Y por eso anda ahí en la caseta?

– Sí pues, entonces por eso está ahí, a veces, no siempre, está ahí y está raro como tú dices, pero nada de eso se dice en las noticias, nomás vienen y dicen que una aparición, que los videos, pero eso al final pues qué, allá en otros lados la gente piensa que no existen las apariciones, pero dime, ¿qué no es raro aquí?, dímelo tú, pero no dicen lo otro, se quedan en la pura invención, en lo que otros cuentan y le dicen a la gente, pura invención… te digo, fueron ellos pero pues quién lo va a decir y quién lo va a creer si aquí hasta vemos apariciones

– No pues está muy raro, ¿por qué no se sabe?, ¿por qué no hay ni un reclamo?

– ¿Ni un reclamo…? Varias veces fuimos a la Municipalidad, seguimos con nuestros trámites, tratamos de informar a las personas, pero al parecer este poblado es muy chico y a veces medio revuelto, nos cansamos de vernos con los mismos rostros en cada reunión, en cada visita que hacíamos…

– Pero, ¿sí existe tal aparición?, ¿o es puro cuento, o es nada más una invención?

– Ya te dije que todo aquí es raro, así, sin sentido, podemos saber de una aparición y nos parece muy normal, pero también creemos que hay algo más pues, que somos carnita, somos personas y tenemos nuestras intenciones, si hay o no apariciones, pues que las haya, las hay pues, ¿pero eso cómo cambia las cosas?, ¿a ver dígame?

– No pues sí las cambia, las cambia mucho, pero a mí se me hace que tú no sabes tanto, por eso no me quieres decir si hay o no apariciones

– No me creas pues, no te voy a obligar, además tú eres el que viniste conmigo para saber, yo te cuento nada más lo que guardo acá en la cabeza, pero qué quieres que te diga, se escuchan ruidos, se ven sombras, ya te dije, si no es saliendo del túnel, es en la caseta, es una sombra, lo que más se ha visto es una sombra y el sonido de un metal arrastrándose, un rechinido terco

– ¿Un rechinido?

– Sí pues, imagínate el sonido de un cuchillo arrastrado por el suelo… ¿has escuchado cuando afilan un cuchillo en la carnicería?

– Sí

– Ahassí más o menos

– ¿Y qué tiene que ver un cuchillo?

– Oh pues, nada más te estoy diciendo lo que me contaron

El líquido de nuevo en la garganta de Higinio que no deja gota alguna dentro del vaso, toma la botella, sus movimientos encuentran un ritmo particular después de beber tres vasos del rojizo elixir, respira cada vez más recio, sus globos oculares se contagian del tono de la bebida, recarga su cuerpo en el respaldo de la silla, deja caer su cabeza hacia atrás, su cuello truena al estirarse, su rostro frente al techo, los sonidos del viento le aconsejan movimiento, el bosque, los árboles se comunican con él a susurros, se rasca el cuello, podría no moverse, podría quedarse ahí, en la silla, en esa porción de vida aislada de todo exterior, de alguna naturaleza ajena, Higinio siente los músculos pesados, dolores muy pasajeros y de los que no solía quejarse, bebió con más calma el último vaso, una quietud le invadía el cerebro, un constante murmullo de nubes en su cabeza, dio otro sorbo, otro más y con el último sintió las desesperadas ganas de salir de su hogar, era la última oportunidad para irse antes de volver a ser, de volver a estar en el mismo sitio, esperando. Se levantó de la silla, se acercó a la chimenea, a un costado estaba colgada de un clavo una chamarra de mezclilla con interior de borrega, Higinio se veía más robusto dentro de la chamarra, se acomodó dentro de ella, parpadeó lento, buscó una luz en donde colocar su mirada, la encontró estirada en el colchón, se acercó a la mesa, tapó la botella con el corcho y la tomó con la mano derecha, antes de salir de su casa se talló los párpados adormilados.

– ¿Tú has visto la sombra o escuchado eso de los metales arrastrándose?

– Nomás un día escuché los metales, andaba por ahí cerca, por la caseta, ya iba para la casa, los días de jale camino desde donde me deja el camión, me gusta darme una desestresada, pero no me había tocado andar por ahí ya cuando se siente la noche, se me había pasado el camión de las cinco y media y esperé el de las seis que llegó un poco tarde, ya cuando llegamos a la altura de la caseta la noche estaba en el cielo, caminé tranquilo porque en esos días no se platicaba tanto del tema, andaba como a unos cincuenta metros de la caseta cuando sentí el sonido y como por instinto se me congelaron los tímpanos, sentí un zumbido en los oídos bastante extraño, seguí caminando algo mareado, no supe de dónde provenía el sonido, pensé que era alguien adentro de la caseta, seguí mi camino, ya después en la fiesta de las flores me encontré con Jácome en el restaurante del muelle, ahí me platicó lo de Higinio y lo de las sonidos quesque de un machete, pensé en los sonidos, recordé el sonido de un machete, Jácome fue el que me dijo que sonaba al afilador sacándole punta a los cuchillos con mucho odio, entonces ya supe que no habían sido ruidos de la caseta, Jácome me dijo lo de la sombra, también me contó lo del embarazo de su hermana

– ¿Está embarazada?

– Está

– No sabía

– Ya sabes. Entonces así supe que había sido la aparición

– ¿Pero qué te dijo Jácome de Higinio?

– ¿No te acuerdas de eso? Higinio, el señor del monte, ¿has pasado por la desviación que lleva al río?

– Sí

– La pasas y como a uno setenta kilómetros está otra entrada, por ahí se sube, pura terracería hasta la casa del hombre, no he ido, pero me contaron que él la hizo, por allá le dicen el lugar de las nubes que besan el monte, por eso el señor del monte

– ¿Pero qué con Higinio?

– En serio no sabes de él, ¿que no estabas acá cuando sucedió?

– Yo creo que no

– Dicen que Higinio los vio, dicen que el sabe de la aparición, o de la no aparición, a Higinio lo trastornaron una vez que fue a recoger la leña, pero eso fue después de que vio lo que dicen que vio, ese hombre pudo decirles a los periodistas la verdad, pero el teniente lo alcanzó y le dio un fuerte abrazo, a Higinio lo hicieron el señor del monte, lo mandaron a reflexionar, a pensar y platicar con los árboles

– ¿Eso te lo dijo Jácome, lo de Higinio? ¿Él sabía que Higinio había visto algo?

– Él me lo dijo

– Pero no te dijo qué vio Higinio, ¿no le preguntaste?

– No le pregunté pero sí me dijo algo que no entendí mucho y creo que me quedo así, sin entender, me dijo que una noche vio llegar a los uniformados en una camioneta, después lo vieron a él que iba caminando por ahí, arrastraba su machete porque venía de cortar la leña, los uniformados lo vieron, se le acercaron y lo llevaron con el teniente, el que salió en la tele, le preguntaron que ¿qué había visto?, que de qué se acordaba, Jácome ya no me dijo más porque eso fue lo que le dijeron, pero me contó que Higinio no salió de su casa durante una semana, después lo vieron rondando por la caseta, con los ojos hinchados y los labios secos, llevaba el machete amarrado a su cintura, iba por madera y regresaba a su casa

– ¿Le hicieron algo?

– No me quiso decir Jácome, no sabía, no sabía si Higinio había visto la aparición o si había visto alguna otra cosa en la camioneta de los uniformados.

No sabe cómo contarse la historia, Higinio suda con desesperación, sus poros expulsan líquido de sabores dulces, camina entre los árboles, pisa varias rocas, a varios kilómetros de distancia observa a un hombre caminar rumbo al río, podría ser una aparición, el hombre camina hacia la perdición, hacia su sacrificio, Higinio observa la silueta de la persona, da media vuelta, camina en sentido contrario, atraviesa una espesa maleza, varias ramas golpean su cuerpo, detienen su andar, destapa la botella y bebe del líquido rojizo, sus ojos permanecen en el mismo árbol por veinte segundos, Higinio continúa su camino, se atrapa en las formas de las hojas, en los sonidos de la vegetación, camina y bebe, mantiene un paso calmo, el camino por donde anda se hace menos complicado, el cielo le envía un par de nubes lloronas para que refresque el ánimo, el hombre respira el aroma de la tierra apenas húmeda, da otro trago grande a la bebida, sabe que camina, sabe que llegará a un sitio, a una casa, sabe que caminará, sonreirá al pensar en la luna, al querer alcanzarla con su paso trémulo, se sonreirá, respirará con desesperación al recodar a los dos hombres conversando de dos apariciones, Higinio confundirá su cabeza al tratar de contarse la historia, al tratar de explicarse lo que había visto, caminó, los árboles se terminaron, llegó al campo, alcanzó a reconocer la choza, dio un trago final a la botella, la llevó a la mano izquierda, caminó sin querer hacerlo, motivado por las ganas de explicarse, de saber en qué momento actuó para vivir en esa consecuencia de tonos carmín, caminó, el cansancio le golpeó las piernas, se cayó pero pudo recuperarse de inmediato, con la vista nublada siguió su andar, quería llegar a la choza, no lo hizo, a cien metros del expendio de jamaica estaban tres hombres bebiendo en jarrones de barro, miraron a Higinio, comprendieron su malestar cuando intentó saludarlos y de nuevo sus piernas fueron pateadas con furia por la embriaguez, cayó de cara al suelo, giró su cuerpo, se mantuvo tirado frente a los hombres, miraba el cielo, las nubes ahora más lejanas, intentó hablar, logró hacerlo, los ojos de Higinio no dejaban de ver el tono azul turquesa del cielo, su voz fue escuchada por los hombres que bebían a tragos largos el contenido de los jarros de barro.

– ¿Jácome? ¿Te lo dijo Jácome? ¿Pero cuándo lo viste, cuándo estuviste con él? ¿Él te dijo de los uniformados? ¿Jácome? ¿En serio? ¿En el túnel? ¿Dos ojos, dos planetas?


DRN

SACRIFICIOS | SÍGUEME

Nanahuatzin, pronuncian sus labios y no puedo dudar, no debo dudar, lo dice y es imposible no creerle, quiero creer, lo haré porque es un ser en quien tengo que creer, lo haré en cada encuentro que tengamos, creerle me hace estar en la tierra, encerrado en esta esfera que flota a ritmo insólito, por eso tengo que creerle, para no sentirme así, insólito a merced de cualquier mal cálculo de la galaxia, de lo desconocido, le creo para estar con alguien sin sentir estar perdido.

Somos de los colores más claros de la naturaleza, estamos iluminados en tonos dorados, una luz se difumina en nuestros rostros, el auto avanza, su voz me dice verdades en donde se sigue posando mi absoluta credulidad, corrompo toda maldad en mí cuando las luces decoran mis pupilas: lienzos de un mural de acuarelas interminables, me pierdo en el viento detrás de nuestros cabellos, entre ellos, tras de nosotros, queriendo alcanzar nuestras verdades, nuestras ardientes sinceridades, las montañas abajo, esnifando varias nubes grisáceas de azules escondidos, nuestras voces jugando con el viento, trotando en porciones de ensueños verdes, extraviándose entre vericuetos de altas rocas, la cima de una falla de la naturaleza, una inmensa pared manchada de vida, de secretos incontenibles.

Yo soy Nanahuatzin… por supuesto, debo creerlo, ¿cuál será mi castigo por hacerlo? La nave avanza sin prisa, las ramas acarician la carrocería, la niebla y el frío entran por las ventanas, a la altura de las nubes los secretos rondan queriendo ser contados. Aún envueltos en los abrazos neblinosos de la carretera comencé a sentir algo de fuego en mi estómago, prefiero seguir creyendo, mirar el entorno, estar seguro de que seguimos avanzando, perdiéndonos en sinceridades; dos habitantes caminan a paso lento para desaparecer entre la neblina, el auto sube entretenido con los vahos de los montes, los bordes del cañón. La carretera suda de frío. Sus palabras me dicen más verdades. Debajo de nosotros, entre los árboles, esperan tranquilas las aguas profundas, somos pequeños instantes ahí, nosotros, escuchándonos, contándonos lo poco comprobable, lo instantáneo, estamos ateridos a la perdición, encimados en una de muchas de nuestras capas, de nuestras dimensiones, somos una insignificancia, un pequeño auto viajando entre las grietas hechas por el hombre a una gigantesca falla de la naturaleza, un motorizado haciéndole cosquillas a la vida, la vida enorme. Estamos en nuestras verdades, rodeados de lo impredecible.

Sonríe para convertir el momento en tiempo sucediendo. Cuando el verde nos dijo silencio, entonces fuimos ojos, fuimos naturaleza en nuestros nervios, fuimos de nuevo insignificancia. Sonríe cuando bajamos por una curva. En un pueblo cercano una cerveza es bebida por el señor de gesto mudo, de esperanza muda, no eran gafas obscuras, eran sus ojos y la sombra de la noche debajo de ellos convirtiendo su rostro en una escena de terror, la cerveza fría, las nubes arriba, el señor de gesto mudo da un sorbo a la cerveza, nos mira sin moverse, sentado en la jardinera de la tienda de abarrotes.

Renacemos, el auto avanza, las nubes atrás, arriba el cañón siente las caricias de los neumáticos. Yo soy Nanahuatzin. Sonrío, me hago tiempo.

Acalorado, vuelvo a mi sitio, arriba, desde donde observo, desde la inmensidad en donde también soy vulnerable, soy el astro y no sé de mí más allá, de mis incandescentes posibilidades, más allá de mi luz no sé más. Soy el sacrificio, lo siento en mi estómago, en mis pulmones, me presiento ancestral. Soy tan frágil como los planetas y las estrellas a mi alrededor, me tardo en darme cuenta, me siento inmenso, con ganas de abrazar al Cañón, de lavarme la cara en las profundidades del río, dar un sorbo repleto de mojarras, extenderme en las nubes, acompañarlas en su metamorfosis eterna. Mi sacrificio debe ser disfrutado, me revuelvo en los cúmulos, me sé sacrificado, me siento sacrificado, estoy en la cima de un dolor, de una historia en donde no debió estar nadie, sólo yo, yo aquí con mis decisiones, con mis dolores de humano, mis mal formaciones, mi cuerpo de llagas, mi cuerpo entero ardiendo. Me acaricia una inseparable masa de cirrostratos, siento la humedad chocar contra mi cuerpo y desaparecer al instante, expelo un vapor caliente. La carretera se empina, el auto deja de acelerar, la máquina avanza, atrás van quedando las sombras, esperan, no desaparecen, atrapan a quien atraviese sus caminos, las sombras y las grandes nubes, las inmensas en donde la luz de los planetas se entretiene un poco, se detiene a mirar las diversas formas de los gases, las criaturas detrás de cada movimiento del viento. La máquina avanza. ¡Yo soy Nanahuatzin!

Tiemblo. Es un calor parecido al explotar de una estrella. Revienta cerca del corazón. Se dispersa por todo el cuerpo, está en los huesos, ahora en los músculos, llega a la piel, lo respiro, lo veo, es el calor o yo soy el calor, no lo sé, es una sensación de incandescencia, de irradiar hasta agotarse, expandirse en la luz. Miro hacia abajo, siento la necesidad de arrojarme al vacío. Una de sus verdades me convence de que no lo haga, de esperar, de aspirar más de mil veces el extracto de las nubes. Respiro leve. El calor descansa, brasa todo mi cuerpo. Ruge algo dentro de mí, no soy yo, no es hambre, no es ningún malestar, es el efecto de sus palabras en mí, escuchar y tragar aire. El auto avanza. Atrapados en una escena de colores difuminados buscando retratar el instante, más que el instante, las sensaciones de la escena, las vibraciones, los cuerpos, los objetos no importan mucho en esta escena, tampoco la fuerza en las miradas, importa el andar del tiempo, la pincelada acuosa, alargados brochazos, combinaciones de tonos hablando del instante, las sinceridades, la posibilidad de estar perdidos en uno mismo y buscar la retribución en el otro, una retribución que no es contrato, no es acuerdo, es colocarse en el instante, saberse con los pulmones trabajando. Me alcanza la galaxia, me toca de manera inusitada, me hace desaparecer, soy brillo, siento las llagas en mi piel, soy imperfecto, soy la verdad más imperfecta, la verdadera, sin fin, que se construye en cada avance de las estrellas, en cada palabra dicha, en el tiempo en donde somos, soy imperfecto, horroroso, siento el calor, aumenta, se intensifican las ganas de querer explotar, de ser brillo, resplandor, me alcanza la galaxia, alcanzo a decirle en cada avance de las estrellas, en el viento en donde somos, soy imperfecto, horroroso, siento el calor, aumenta, se intensifican las ganas de querer explotar, de ser brillo, resplandor, me alcanza la galaxia, alcanzo a decirle, yo soy Nanahuatzin. Me abandono. Soy presencia. Calor. Resplandor.

Sígueme, le dijo Nanahuatzin.


DRN

ENSUEÑO PROLETARIO 1

Bostezo

El sol afuera, el sol en mi piel, en las paredes grafiteadas, en esas firmas y formas de colores, en esas huellas de identidad, rastros de un grito de aquí estoy, aquí andamos. La calle me dice que está mugrosa, los dos chicos fuman el gallo antes de ir a la jornada, se me hace agua la boca y sigo mi camino, algunas aves emiten un sonido feliz y se cagan a dos centímetros de mi andar, una patrulla pasa y da el rondín matutino, un reguetón #atascado se confunde con el motor de los vigías, avanzan varios metros, los patrulleros sonríen al escuchar una salsa romántica compartida por las ventanas abiertas de un departamento de interés social.

Caminar y desesperar el pensamiento, abotagarlo de imágenes, de preocupaciones, de #malviajes, de querer precipitarse y correr lo más rápido que se pueda #tortuga… caminar y llegar al metro, saber que la máquina te llevará de paseo, a tu lugar, a tu sitio.

En la taquilla, la mujer te recibe con una sonrisa, en su escritorio hay un poco de fruta en un vaso, una cosmetiquera y su teléfono celular, ríe mientras depositas tu billete y le dices que recargue veinte pesos a tu tarjeta, #esdeprecavidos; la mujer señala con el dedo índice la pantalla, tus veinte pesos fueron depositados. La policía espera recargada en el último torniquete, en donde con su tarjeta mágica deja pasar gratis a los ancianos y algunos jóvenes que muestran una identificación. La policía mira hacia la calle, bosteza y pocas, muy pocas veces, saluda a los viajantes.

Subir escaleras eléctricas otorga una sensación de calma, de pasmo momentáneo, claro, si decides ir de lado derecho, porque de lado izquierdo la prisa manda y hay que subir escalón tras escalón.

Rechina el metro. Abordo. La mujer se maquilla, esconde sus manías, sus juegos con el tiempo, se aplica un poco de corrector, algo de sombra, lo esparce con las yemas de sus dedos… las huellas, las #marcasmiamor, las bellas lineas de la vida desaparecen con el aplicador; obscurece sus párpados, el tono es lindo, algo violeta, sus ojos esconden aún más misterios, una María Félix de nuevo tiempo, así, #castigadora; después, un labial intenso y la mañana se siente aturdida, encerrada en este vagón con tremenda situación.

En el reflejo de las ventanas las personas pueden encontrarse, desconocerse en el mirarse tan idénticos, tan del otro lado, de películas de misterio, de serie de internet, ahí, en ese otro mundo tan similar, a veces opaco, grasoso, a veces más limpio; otra dimensión tan cerca de nosotros, ahí, los viajeros del tiempo…

Un grupo de policías espera en el anden del metro, las puertas del vagón se mantienen abiertas más de lo habitual, #hueva, un par de policías, los del silbato, anuncian la llegada del metro que avanza en dirección contraria; la gente duerme en las bancas del vagón que ya cierra sus puertas, los policías se quedan ahí, disfrutando la vida, arranca el coso éste… la gente también lee: El llano en llamas, edición de bolsillo, pero la gente también se duerme cuando lee, el hombre que va a un costado de la lectora le quita el libro que sujeta con ambas manos, lo guarda en su mochila y abraza a la mujer que fue hipnotizada por la Muerte Mágica de Rulfo. A mi costado otra mujer sujeta con seguridad un libro de pasta dura roja, en las hojas que lee se encuentra el subtítulo El océano índico. Se detiene el metro. Se abren las puertas. Una persona que entra se muerde las uñas. Otra, sujeta en la mano un libro de Isabel Allende. Me hundo en los arrebatos de esta Ciudad.


HJS… callejero y fisgosón, dice la banda…