UN VIAJE INTERESPACIAL EN EL DELOREAN!.

fuck-you-too

Por: Rodrigo Flores/ Teco.

Después de unos buenos viajes en las montañas chiapanecas, el Delorean está de vuelta para invitarles un pasaje, de esos acá auditivos, con el afamado fotógrafo Glen E. Friedman; este carnal ha disparado su cámara para perpetuar a varios grandes de la tabla y de la música. Así que ya saben, están invitados a subirse al Delorean, entra aquí.

Mientras, les dejo unas imágenes de este valedor que visualizan este viaje melódico en el Delorean, además de los enlaces al sitio del buen Glen. www.burningflags.com y de www.boingboing,net. Buenos sitios en donde toparán una entrevista que le realizó su canal en YouTube, y más cosas interesantes de este compadre.

EL DÍA DEL SOL.

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De: Yetnalesi Mendieta

Se te detuvo el corazón un domingo al medio día.

Se me detuvo el corazón con tu aliento apresurado.

Domingo…domingo

-que nunca venga un domingo-

que desaparezca el día del calendario,

que se olviden las flores en domingo.

Que se vistan de luto los niños,

que no se oigan las campanas,

que no se rieguen los campos,

que no canten las aves,

que no vuelen las palomas.

…porque moriste un domingo

y yo no vivo desde entonces…

Porque me dejaste pariendo a tus hijos un domingo

y se me secó el agua de la boca.

Fue un domingo con el sol en mi cabeza,

con tu aliento en mis oídos,

con tu corazón en mi pecho

muriendo.

Desde aquel domingo,

-domingo lúgubre y maldito-

no dejo de llorar,

no dejo de sentir que muero,

no dejo de odiar los días que se llaman domingo.

Que nunca sea domingo,

que no regrese el domingo

a esta tierra.

Que se extingan para siempre las estrellas,

que mueran de sed los árboles,

que el agua de los ríos sea veneno.

Que nadie tenga hijos, nunca, un domingo,

que no se diga el amor al sol de un domingo,

que muera yo –como tú-

muy pronto

al medio día de un domingo.

TÚ.

tsf-tu

De: Omar Luengo/ Mandril.

A Norma Verónica

Durante mucho tiempo he sentido estar navegando erráticamente en la inmensidad oceánica.  Mi barco, golpeado por la tempestad, está pintado y hecho de arte. Del arte que lleva por dentro. Esto lo mantiene a flote.

He buscado tierra firme. Muchas veces con una oxidada brújula. Es por eso, que mi peor error ha sido desconfiar de mi intuición. Por momentos, mis pasiones han nublado mi cielo estrellado. En ocasiones, es demasiado tarde para un cielo despejado, pues perdidos estamos.

La alborada se acerca y mis pestañas no han podido acariciarse aún. Tantas cosas pasando por mi mente, me abruman. Miro alrededor y me siento solo. En medio del huracán, tranquilo deseo estar. El aire azota la aurora. Yo sólo observo.

La jornada es difícil hoy. El agua se agita y la vida marina no reacciona ante la marea. El vigía cuida, pero, ¿Quién cuida de él? El día no termina y las olas nunca paran. El atardecer incendia el manto celeste. Yo te diviso al horizonte y apunto el catalejo hacia ti, para verte.

Te veo. Miro en tus ojos y busco en ellos la humedad con la que calmas la sed de los míos. Rodeo tu playa con mis brazos, intentando memorizar tus rincones, pues temo olvidarlos. Doy un profundo respiro y sigo el rastro perfumado de ti. Contengo la respiración por segundos. Tu aroma llena mis pulmones de oxígeno grave y limpia los restos del aire veterano dentro de mí. Me refresca y renueva.

Exhalo… Exhalo y el humo interior sale por mi nariz. Un efecto narcótico prorrumpe. Me llenas de paz. Inhalo de tu fragancia e inyectas vitalidad en mí. Mis piernas dejan de temblar y toman su firmeza habitual. Bebo un poco más de ti, del agua dulce de tus ojos. Tomo tu mano y siento encallar mi naufragio. Aprietas mi mano y anclas mis sentimientos a ti.

Cuando pregunto por tu día, tú respondes y salvas el mío. Cuando tú preguntas, yo, mudo contesto, ¡Cuánto te quiero!

Hoy, es mañana. Elevo mis velas y la angustia por las nuevas condiciones climáticas abordan. Comienzo a navegar y espero. Desespero deseando encontrar una vez más tu ribera. Vuelvo a esperar, contemplo el paisaje marítimo y entre ilusiones comprendo que mi perdido galeón, siempre encuentra el camino a ti. Porque  eres mi tierra firme. Por eso, Tú.

CRÓNICA, LOS CAMPESINOS! EN MÉXICO.

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De: ¡Pòlvora! Mièrcoles.

A tu ausencia.

… cuando de pronto el cansancio me alcanzó, y rendido, comencé a recordar…

Era irrevocable. Noche de marzo, calurosa, de inviernos locos. No podía quejarme más de lo normal: tránsito despiadado, claxons sonando con furia, furia corriendo por la sangre de los automovilistas; viernes, viernes y todos queriendo salir de sí, de su rutina: y todos atrapados en una hilera luminosa, ruidosa. Viernes de marzo, Los Campesinos!, por primera vez en México se presentarían en el Lunario.

Ninguna complicación para llegar, las quejas quedaban atrás. Adelante, un tumulto de gente, olor a perfumes dulces y maderas finas; cabezas con peinados relamidos y chongos suntuosos; atuendos de tonos oscuros y vestidos sensuales; alrededor del Auditorio Nacional, los vendedores ambulantes gritando: lleve la playera del concierto, la gira de Luis Miguel, eme pe tres, discografía completa de Luis Miguel. Hube de atravesar entre gentes con acceso en mano para poder llegar al sitio que indicaba mi boleto. Mientras, riendo, me preguntaba, ¿Cómo competir ante tales bombazos del gran monstruo de la mafia musical?… ni siquiera duró tres segundos en mí la duda. Pero seguí riendo con bastante alegría sólo de percatarme la disimulada audiencia que esperaba afuera del Lunario. Para mí, era algo absurdo detenerme y aguardar al intemperie: no había a quién o qué esperar… adentro del sitio, todo permanecía calmo.

Dos pantallas a los costados del escenario, repitiendo una y otra vez la publicidad y el logotipo del INDI O Fest. Me iba quedando más claro en dónde me encontraba. Poca gente ocupando el mediano espacio del Lunario. Ocho menos quince de la noche. Mi boleto guardado en la bolsa de la gabardina. Frente a mí los meseros, porque había meseros, repetían el mismo recorrido: barra- mesas- barra. La luz que daba al público, encendida. Y las cervezas se volvían rastros de embriaguez.

Charlas mezclándose en el espacio. Entre los segundos, el cansancio que provoca esperar nos invitaba a sentarnos en el suelo, mientras, en el escenario, hombres de Música colocaban sus instrumentos, sospechosamente Jóvenes y Sexys. Los que pudieron reconocerlos lanzaron un grito, los demás trataban de distraerse con cualquier cosa.

Luces del Público apagándose con suavidad, señal de que algo iba a comenzar, señal de que la gente, por cualquier motivo, iba a gritar… y gritaba, y un sonido de diminuto acordeón, casi juguete, se escuchaba en el lugar. Una canción más desde el tono femenino de la mujer con vestido negro, de franja roja dividiéndola en dos y sus cabellos anaranjados en una explosión de júbilo: nosotros somos, bueno él y yo, somos Jóvenes y Sexys… ¿los demás quiénes eran? Invitados, amigos especiales tocando la guitarra, las percusiones y el teclado.

Los de Juventud Sexual tocaron y de a poco la gente coreaba. Un último tema y la algarabía jovial paró, aplausos de los asistentes que a breves tiempos llenaban el espacio cercano al escenario.

Luces de Público encendidas, esta vez, sin suavidad. Y distraerse se volvía necesario.

Muy levemente escuchaba unas voces que debieron ser gritos entre el murmullo: él la jalaba por el brazo, ella evadía. Él gritaba, buscaba el rostro de ella. Ella luchaba, escondía su faz. El se hartó, se va. Ella duda. Lo sigue entre la gente.

Confiscado nuestro ímpetu por los minutos que pasaban, cualquier señal que presagiara algo, algo, un evento, un acorde, nos ponía atentos, a todos, porque existe una extraña conexión entre los habitantes momentáneos de una algarabía situacional. Y la señal llegó. Entre gente, de nuevo, subiendo al escenario, acomodando(se), tratando de ser lo más cuidadoso posible…

En las pantallas, figuras de trazos infantiles y colores brillantes nos alivianaban la espera: HS… resplandeciendo y comenzamos a sospechar: Hello Seahorse, la luz desaparecía levemente. Tonos electrónicos se abrían paso entre la penumbra y de súbito, quizá por la emoción acumulada, el escenario se coloreó de tonos verdes. Cuatro personas arriba, moviéndose rítmicamente. La dama a cargo de las cuerdas vocales nos incitaba, nos ponía a tono y ella brincaba, agachaba la cabeza, en desparpajo agitaba sus cabellos naranjados. Canciones sucedieron entre aplausos y un sonido que se empeñaba en ser pésimo. Más cabezas cerca del escenario. Y Bestia, fue la canción con que hubieron de prender nuestras motivaciones. Escuchando la primer estrofa los recueros nos(me) llega(ste)ron. La canción fue coreada hasta satisfacer nuestra calidad de melancolicoides, y suspendidos en frecuencias piadosas nos manteníamos prendados a la sutil satisfacción de haber arraigado en nuestras entrañas un recuerdo-vivo, inamovible… Una canción más, y Hello Seahorse se despedía. Bajo una luz cenital se esparcía la última nota, dejándonos varados en una repentina emoción.

Ya la gente se confundía y no era gente, éramos público, uno, en singular, nos volvíamos unión por el mero hecho de estar en la misma acción.

Una misma acción: la de mantenernos atentos a cualquier suceso en esa sala de luces ambar, de barra grande, depósito de bebidas doradamente embriagadoras. Música desde las bocinas hacia nuestro latir. Calmos, ahora, todos calmos, esperando dentro de esa prorroga para nuesto ánimo.

No age, así, repentino, entre reververaciones de sonidos que encerraban el lugar en una burbuja de rocanroleras motivaciones. Bateria, guitarra, baterista, guitarrista ocupando el lugar bajo las luces, siendo rudeza, transmitièndola al público que ya brincaba y sudaba y los cabellos húmedos en el aire. Canciones breves, de sonidos punk, golpes contundentes de batería. Problemas técnicos para no variar en la rutina de la noche. Cuarenta y cinco minutos de brincos, de cabezas diciendo “no”, diciendo “sì” con fuerza. Eraser una de las canciones más coreadas: puños en al aire, gestos apretados, de ojos pequeños y arrugas en al frente, No age se mostraba pleno, con algunos gracias en un español averiado. Una última canción y de pronto, entre el río de gente, Randy Randall dejaba navegar su guitarra. Todos querían tocar tan preciado objeto, sensualidad de curvas, historias guardadas… unos instantes después, un minuto entre el público, y la guitarra regresaba a su dadivoso dueño sólo para tocar la canción final.

Encendidas la luces, justo era salir del precipitado ambiente creado cerca del escenario; los cuerpos caminaban hacia un sitio de menor bochorno y las consecuencias eran transpiradas hasta dejar marcas húmedas en las ropas.

A partir de ese momento, los minutos se abonaban a la cuenta ansiosa. Y la espera devino en sorpresa cuando de imprevisto y con gran naturalidad, Los Campesinos!, caminaban sobre el escenario acomodando sus instrumentos, jalando cables, comunicándose con los técnicos, platicando entre ellos. Se alargó el momento. Las complicaciones técnicas se manifestaban casi de manera necesaria. Más tiempo. Parecía todo listo. Los integrantes de la banda en el escenario. Sólo faltaba el ingrediente especial: las luces. Y no era momento aún. Uno a uno fueron retirándose después de probar sus micrófonos: batería, guitarras, teclado, bajo, voz principal, violín. Nadie frente a nosotros, y ahora, extrañamente, le gritábamos al espacio vacío, fascinante evocación.

Yo seguía ahí. Observaba. Trataba de no tomar apuntes. Memorizar, pero me fue imposible y entre la imposibilidad la oscuridad ya se apoderaba del lugar, las sensaciones se acumulaban en la barriga, en la manos queriéndose agitar en al aire. Y comenzaba:

Los Campesinos!, tomaban sus posiciones. Playeras de varios colores, de muchachos en día de campo; vestidos de tonos pastel, ajustados; mención especial para los shorts y el torso desnudo del baterista. Un sonidito extraño de sintetizador y la canción nos sonaba conocida, sentíamos estar en el sitio correcto: This is how you shell “hahaha, we destroyed the hopes and dreams of generation of faux-romantics”, sí, espero no errar, pero esa fue la primer canción y los pies ya bailaban. Una interpretación más y de acento raro, un buenas noches, muchas grazias, nosotros somos los Campesinos!, nos invitó a la danza alegre. Porque eso transmitían desde la primer tonada, alegría, jovialidad que ellos bailaban, todos desde su percepción de la noche, mostrándonos su particular manera de gozar la música, el evento. Parecían estar ensimismados, cantando y brincando alocadamente en el breve espacio que dejaban siete cuerpos, más los instrumentos, en el entarimado; acariciando la cuerdas de violín; moviéndose al ritmo de la guitarra, alcanzando los acordes correctos; presionando las teclas de un sintetizador pequeño; acomodándose con frecuencia en el banquillo frente a la batería; moviendo parsimoniosamente los dedos sobre las cuerdas del bajo; todos en su labor. Entonces una mirada bastaba para reflejar su compenetración, eran cómplices.

¡Y bárbara!, la demencia expresada por el vocalista de brincos y movimientos desenfrenados, de un lado a otro, siendo el líder, la energía a seguir. Gran parte de los presentes seguro dedicaban sus miradas a él. Gritando, desgarrándose en cada canción, en Death to Los Campesinos!, siendo maravillosa contraparte de la femenina voz que aderezaba la melodía y todos los integrantes detrás de sus micrófonos acompañando con desparpajo. Y ahí nosotros, todo movimiento. Acabada una canción, aplausos, y volvíamos a la conexión, Dont tell me to do the math(s), nos volvía a encender, no había tregua y no la queríamos, sentíamos la necesidad de seguir correspondiendo a los sonidos. Drop it do eyes, cerraba los ojos y la voz femenina me conducía por la pradera de la noche; párpados abiertos y seguíamos todos saltando en un suelo que nos pertenecía. El bajo nos invitaba a contonear los hombros, la batería ruidosa ya nos volvía temperamento. My year in lists: procuraba no cantar para no parecer errático, pero aún así los sonidos se escapaban de mi boca, one, two… las canciones pasaron. Los grandes éxitos se iban almacenando en la memoria,…And we exhale and roll our eyes in univision. Todos los instrumentos entrando en unísono por nuestros oídos… coreábamos: And we exhale and roll our eyes in univision, y ya acababa la canción.

No habìa ni que dudarlo. Seguro sería una de las últimas entregas. Y lo fue. Ánimo, energìa, fuerza, poder, palabras repetidas en esto que cuento se volvieron una cuando comenzamos a sospechar los acordes de la siguiente canciòn: You! Me! Dancing!, la cordura no tuvo espacio. El vocalista se introducía entre los abrazos del público, cantaba junto a ellos, y ellos le cargaban, lo elevaban y todos contentos, riendo, disfrutando el momento, its you, its me… ya éramos nadie, por un instante perdidos sin encontrar, todos ahí sin saberlo, me lo decian sus risas, los abrazos, los ojos brillando; manos arriba, brincos, brincos, frente en alto, cabellos de derecha a izquierda con gran rapidez; una canción para bailarse con enorme pasión, eràmos TÚ YO BAILANDO, BAILÁBAMOS, BAILAMOS…

Una canción más.

El público lo pedía.

Y hubo una canción más.

Me pareció la adecuada, la mejor para finalizar la noche campesina.

Sweet dreams, sweet cheeks.

Y los apluasos acompañaron el bajeo. Coros. Cantamos. Sudamos. Pretendíamos dejarnos plenos ahí, con esa última canción. One blink for yes. Two blinks for no, sweet dreams, sweet cheeks, we leave alone, One blink for yes. Two blinks for no, sweet dreams, sweet cheeks, we leave alone, One blink for yes. Two blinks for no, sweet dreams, sweet cheeks, we leave alone, One blink for yes. Two blinks for no, sweet dreams, sweet cheeks, we leave alone, One blink for yes. Two blinks for no, sweet dreams, sweet cheeks, we leave alone, One blink for yes. Two blinks for no, sweet dreams, sweet cheeks, we leave alone, One blink for yes. Two blinks for no, sweet dreams, sweet cheeks, we leave alone, One blink for yes. Two blinks for no, sweet dreams, sweet cheeks, we leave alone… lo último que escuchamos de Los Campesinos!, mientras se mostraban francos frente al escenario, arriba de las bocinas, con las manos alcanzando un poco de nuestro vaho que rondaba por el techo del lugar, gritando más allá de ellos y nosotros. La ALGARABÍA nos tomaba por sorpresa y de la música en aquella noche sólo quedaban rumores.

Noche.

Pasos lentos en el pavimento. Grillos cantando. Luna despertando.

… y de tanto recordar, cansado estoy.

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