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SACRIFICIOS | SACRIFICIO

No soy yo ni lo que quiero ser, esto es lo que soy, soy un momento, una perdición, una estricta herrumbre, una manera de sentirme insatisfecho, de estarme reclamando el existir para después sonreírme y darme palmadas, para ser tan hipócrita conmigo, con mis… tan perdido en mis reconocimientos, en mis insatisfacciones, en mi manera de no saberme humano, de perderme en este mundo que me consume mientras le consumo.

La libreta en donde escribe Chema es regalo de un amigo, se la dio nada más porque sí, un lindo obsequio, Chema agradeció con un abrazo el presente de color amarillo, escribió algunas frases en las primeras hojas y la reservó para pensamientos más especiales, Chema se cuestionaba si en algún momento tendría esos pensamientos especiales. Ahora escribe. La pluma deja marcas de Chema, el maestro de intercambio suda al escribir, al hacer cualquier actividad, al hablar, al emitir un sonido interno cuando varios recuerdos se licúan en su mente, suda y mancha la camisa azul, una de las tres que tiene del mismo tono. Prefiere escuchar música cuando garabatea con pensamientos la libreta. Chema siente el dub en sus oídos, las bocinas de la computadora le comparten un sonido bastante fiel, la grabación la hizo el mismo amigo de la libreta, una selección de trescientas canciones en un cd; esa noche insertó el disco en la computadora, dejó que la máquina reconociera el contenido, presionó el botón de reproducir, el dub comenzó a sonar en la habitación, Chema insistía en la necesidad de una ventana al exterior, las paredes blancas, los pilares pintados de verde agua le presionaban el cerebro en sus días de resaca, de malhumor, el cuarto presionaba sus ideas, entonces escribía. Cinco párrafos y se levantaba al baño, que se encontraba a unos metros de la cama. La habitación la había conseguido buscando en el periódico sin saber mucho de los alrededores, cinco días después de llegar compró el diario del lugar y buscó habitaciones en renta. Antes de comprar el periódico preguntó a la señora de la tienda si no sabía de algún sitio disponible, la señora dijo que ella rentaba un cuarto por dos mil pesos. El gesto de Chema transmitió la información necesaria, la señora de la tienda le dijo al recién llegado que checara el diario y hablara por teléfono, que se apresurara porque ya iban a llegar los de la presa y ocupaban la mayoría de las viviendas. Buscó. Cuando leyó el anuncio sonrió y se animó de inmediato, habló, la voz tenía el acento local, las palabras fluían por los oídos de Chema recargado en la cabina del teléfono público. Después compraría un celular para comunicarse. La mujer que contestó le dio la información: cuarto independiente, un baño, regadera, agua, luz, treinta y cinco metros cuadrados, seiscientos pesos.

El cuarto se encontraba cerca de la preparatoria. El cuarto tiene dos ventanas pero no dan a un exterior, una de ellas separa la habitación de un árbol y de un breve espacio en donde se juntan los frutos que caen, en esa zotehuela impedida, le dijeron a Chema meses después, se manifestaba una presencia.

Chema detiene la escritura, baja al volumen de la computadora, el dub balbucea cadencioso en las paredes de sus oídos, hay una lámpara en la habitación, también un foco ahorrador en el techo, dos luces para los nervios de Chema. En la noche la lámpara ilumina poco, sólo la enciende cuando tiene ganas de escribir. Trata de evitar algún recuerdo para no perderse y sigue en la escritura, la música le provoca un corto circuito mental que cuando está dispuesto termina por arrojar a las hojas de la libreta, la música le viene bien hasta para no recordar en esos momentos. Vuelve a bajar el volumen, no puede evitarlo, un recuerdo le llega traicionero por la espalda, fue la noche cuando Genoveva le contó de la presencia extraña afuera de su ventana. Dos focos para su nerviosismo, para su estado de alerta repentino, traidor. Siente algo en su cuerpo, él dirá que sintió a un furioso chimpancé subir por su cuerpo de manera súbita, un tlacuache enojado enterrado sus garras invisible en su piel. La ventana tenía una ventaja para los exquisitos: dejaba entrar un poco de la luz reflejada por Colyoxauhqui; en las noches el pequeño espacio ocupado por el árbol en donde se manifestaba la presencia se llenaba de una iluminación blancuzca, el encierro del árbol se convertía en una graciosa manifestación de la humanidad, de sus contradicciones. Chema deja las cortinas abiertas cuando tiene ganas de observar esa luz y dejarse observar por el árbol; en noches de cansancio y perdición de la cordura prefería correr las cortinas vino tinto. La música entrometida en los nervios de Chema. La mirada del joven en la ventana, no es el árbol, tampoco esa luz rebotando entre las paredes, bañando el árbol, no es el polvo revolcándose travieso entre el aire, Chema está asustado, ha visto la manifestación de una presencia.

He visto la manifestación de una presencia, así le dice Genoveva, así le dice la gente del lugar… Estoy viendo una presencia pero no me aterra del todo, no sé por qué le dicen presencia, no puedo evitar sentirme asustado, me es complicado escribir, quisiera estar atento a los movimientos de la presencia, pero también quiero escribir lo que siento y lo que veo, siento un tlacuache furioso subiendo por mi cuerpo, encajando sus garras en mi piel hasta llegar a mi cabeza y quedar ahí parado, presionando, arañando mi cráneo. La presencia está en la ventana. Respiro lento para que parezca que estoy inmóvil. No sé si sabe que estoy aquí, no sé qué es.. Preferiría no verla, prefería no estar mirando lo que veo, no puedo cerrar los ojos, son diez tlacuaches los que suben furiosos por mi cuerpo, es el sonido de los animales subiendo, arañando, peleando entre ellos, la presencia no se mueve y preferiría no verla, los ojos no pueden mirar otra cosa, los párpados no obedecen, mejor no sentirse vivo, mejor no respirar, no es un buen momento para estos pensamientos, preferiría no ver lo que veo, se me encoge el cuerpo, un frío intenso, la presencia y un ruido escarbando en mis oídos, pateando mis tímpanos, un ruido destrozando mis memorias, atravesando mi cerebro de manera veloz, lanzando granadas, la presencia más cerca, no puedo evitarla, la ventana, la presencia, es, por qué…

Al siguiente día el profesor de intercambio debía asistir a una junta del comité y a una clase a las cuatro de la tarde proyectaría una película. Despertó, sin bañarse fue a la preparatoria, los profesores adjuntos, nuevos o de intercambio se encargaban de preparar el café en las juntas, Chema se vistió con torpeza, tomó la película para la clase, varios folders con hojas fotocopiadas, lecturas para revisar, descolgó el portafolios café del perchero, guardó los objetos recolectados, se dio cuenta que traía al revés el suéter, con la etiqueta por fuera, se lo quitó lo volteó y se lo enfundó de nuevo, caminó hacia el frigobar, al abrirlo rechinó con las intenciones de días pasados, tomó un trozo de queso manchego, lo masticó, se acercó al mueble de madera utilizado como alacena, tomó una rebanada de pan integral, mordió un pedazo, tragó el queso, luego el pan; del frigobar extrajo una jarra de vidrio: medio litro de leche, terminó de masticar, tragó todos los alimentos, miró al techo, su barrera, su contención, su verdugo, miró la jarra y dio un trago al lácteo, salivó, sus ojos se humectaron en exceso, alivió su prisa, otro trago y guardó la jarra en el frigobar, buscó en el ropero la chaqueta de mezclilla, se amarró al cuello la corbata guinda que ya tenía hecho el nudo; entró al baño y se cepilló los dientes, escupió en el lavabo, enjabonó sus manos y frotó su rostro con desesperación; el espejo rectangular colgando de un hilo pegado con silicona en la parte posterior le recomendaba apresurarse, frotó la piel del rostro con las yemas de los dedos, acercó la cara al lavabo, le sorprendió un recuerdo, una imagen, un susto, se secó con la toalla azul colgada en el toallero, sintió su piel fresca, el aire le enfriaba la carne, con los párpados cerrados, el rostro dentro de la toalla frotada por sus manos, recordó la noche previa, una descarga eléctrica en su estómago, bajó la toalla, abrió los párpados, se miró al espejo, comenzó a recordar. Aún se le hacía tarde.

Entró a la preparatoria, cinco alumnos recargados en la pared recibían la luz morada del amanecer, caminó apresurado, saludó al conserje, al velador, a la señora del aseo, sus pasos en el suelo de losa rosada rechinaban, apenas se acordó de ponerse calcetines, aceleró el ritmo de sus pisadas, pasó por los salones de ventanas alargadas, herrería y puertas azul marino, iluminación blanca, tímida ante las irradiaciones del astro luminoso, apresuró su andar por los pasillos, llegó a una puerta, entró, saludó a la secretaria, dejó su portafolios sobre el escritorio, que se le olvidaría al salir de la escuela, abrió la alacena, tomó una bolsa de café, se acercó a la cocina: un pasillo con una estufa, microondas y varios muebles, en una gaveta estaba la cafetera grande de filtro, para la junta se necesitaría bastante líquido, la sala tenía aire acondicionado, enfriaba los cuerpos, bajaba la temperatura de la sangre, el café mantenía a los asistentes con buena temperatura, el café del lugar amargaba las penas, aliviaba las dudas, prometía buenos momentos futuros. Llenó la cafetera con el agua de la llave. La conectó, dejó hervir el agua, quitó la tapa del cilindro metálico, cinco litros de agua, introdujo el filtro con diez cucharadas de café molido regular, los humos del agua acariciaron los granos del café, Chema puso la tapa, dejó hervir. Los amaneceres en el lugar se distraían con el volar de las aves verdes, el cielo de a poco compartía sus luces brillantes, los muebles de la coordinación de profesores rejuvenecían al saberse tocados por la luz, el olor del café provocaba comentarios, moldeaba sonrisas en las personas que llegaban y escribían su nombre en un cuaderno colocado por la secretaria después de la llegada de Chema. El profesor de Computo se acomodó la chaqueta de nylon color vino, Chema le ofreció un poco de café, el profesor aceptó y saludó.
– Qué hubo Chema ¿cómo estuvo la fiesta? ¿Pocas flores o muchas? ¿Estuviste despierto hasta tarde?– Qué pasó Ulloa, buenas, nada de fiesta, escuché el relajo, los cohetes y el griterío a la media noche, pero estuve en casa desde que salimos de aquí, me quedé escuchando un poco de música y bebí una cerveza para celebrar por el día…
– En el centro sí se puso canijo mano– los labios bien contorneados por una línea rosada se acercaban a la bebida obscura, el profesor Ulloa prefería mirar al techo, o alguna parte del cuerpo de Chema, pero a los ojos evitaba acercar su curiosidad– pues canijo de padre pues, la música se mantuvo a píe, la banda hasta las seis, siete, nomás amaneció y se escuchó el último chirrido de una trompeta, después puro silencio… pero suerte la nuestra que nos toca junta…
– Suerte la nuestra, Ulloa, pero pues aprovechemos para enterarnos de cómo va la situación de las modificaciones– ¿Enterarnos? Sabemos lo que sabemos, ¿a poco quieres ampliar tu sentido auditivo para saber cuán agudo es el tema?
– Algo así…– Si todos van a venir desmañanados, llegamos por la lista, si no, ni llegábamos.

La puerta de la coordinación rechina cautelosa, entran los profesores de lenguas y de literatura; los últimos en llegar son el prefecto y los profesores de física y matemáticas. Cada uno toma una de las tazas de café dispuestas en una mesa de madera.

Estamos por presenciar una junta del comité de evaluación, se revisarán diversos aspectos del programa de estudios y las modificaciones a partir del movimiento de la comisión de maestros y el documento en donde exponían sus demandas al gobierno del estado; los miembros del comité no tienen relaciones muy íntimas, prefieren someterse a los comportamientos propios de un compañero de trabajo, en juntas previas han expresado desconfianzas o evidenciado malas interpretaciones, las reuniones se invaden de tensión, a las discusiones les motiva el ánimo de proteger su escuela, su labor como profesores, su aportación para el lugar y también intereses personales. Atl, se llama el profesor de lenguas; Ulloa prefería ser llamado así en sus clases de cómputo y en las calles; a Ramón sus padres lo bautizaron en la fiesta del equinoccio, su nombre conmemora al padre de su madre, Ramón comparte con sus alumnos y alumnas lecturas latinoamericanas en la clase de literatura; Ernesto prefería el silencio, su labor de prefecto requería cierta distancia con sus colegas; Constantino eligió las matemáticas aunque el tractor de su viejo le esperaba todas las mañanas en el campo; Juan Pablo trataba de no reclamarle a su madre el nombre, más en un ambiente tan poco aliado a las textos católicos. Alguno de ellos caminó en la peregrinación de la fiesta de las flores, otros dos asistieron a los espectáculos en el teatro del lugar, unos más sólo fueron a la misa para acompañar a sus abuelas, les parecía atractivo el evento; el prefecto, igual que Chema, se quedó en casa, pero Ernesto decidió hornear un pollo con vegetales en una salsa de quesos que el olfato de su esposa agradeció. Ernesto y su mujer mordieron algo de pan en el comedor, platicaron de lo necesario que era pintar esas paredes, el verde ya no les gustaba, les traía malos recuerdos, se asomaron a la ventana para ver el desfile y la peregrinación, Ernesto, y lo cuento porque justo en este momento es lo que piensa, besó a su mujer, la desnudó, se acostaron en el sillón, sentían el alcohol en sus movimientos, en sus miradas confusas, se atrevieron a dejar las ventanas abiertas, los gritos de las personas se confundían con los ruidos de la pareja penetrándose, dejándose entrar en lo más húmedo de su ser, se sintieron viscosos, se dejaron ir en las energías de las personas, en su paseo de máscaras, en sus cantos, en sus imágenes de animales extravagantes; Ernesto recuerda a su mujer y sonríe, quisiera mantenerse en ese pensamiento por más tiempo, algún sonido de sus compañeros le interrumpe y da un sorbo de café.

– Compañeros, les invito a pasar a la sala para iniciar la reunión, agradecemos a Chema por el tema del café – la voz de Ernesto tiene efectos sobre los demás, los profesores entran a la sala, la secretaria, Elvia, vestida de falta amplia hasta las rodillas y entallada en la cadera, blusa amarillo claro: un canario siguiendo con la mirada los movimientos de los profesores.

Chema entró al final, encendió los ventiladores, el calor comenzó a revolverse en la sala, abrieron las ventanas, las cortinas, los brillos de la mañana se refractaban en el vidrio de la mesa rectangular, los profesores cogieron una silla y reposaron su cansancio de fiesta, murmuraban algunas experiencias, los resultados de la lotería, las noticias del diario local. En cada junta cambiaban los encargados de la moderación, esta vez Ulloa y Ramón se encargarían de llevar el orden del día, Atl se encargaría de elaborar la minuta. Los profesores se acomodaban delante de la mesa, colocaban sus libretas, bolígrafos, lápices, algún folleto, el diario local, un ejemplar de poemas de José Revueltas.– Compañeros– la voz de Ulloa resentía los gritos de la noche anterior, le gustaba provocar a los hombres disfrazados, también a los muchachos que cargaban los instrumentos musicales– buenos días compañeros, me da gusto que se hayan puesto en píe, sé que es un día complicado pero algunos teníamos que cubrir estos pendientes– Así es compañeros– al ser el segundo en hablarle al grupo, Ramón relajaba los nervios, el profesor prefería refugiarse en las palabras escritas, en los textos, en la literatura, la oratoria no estaba de su lado– entonces, continuamos con los pendientes, pero primero repasamos los puntos a discutir, esperamos que sea una sesión de dos horas, después podemos ir a desayunar, si quieren al mercado o si gustan cada quien por su lado– el también cronista del pueblo es reconocido por saber en dónde se condimenta más sabrosa la comida, son pocos los lugares, pero en días de fiesta, o diversos días de plaza, muchos lugareños preparan alimentos, la llegada de los trabajadores de la presa también ha motivado el comercio de comida, las recetas suelen aumentar de calidad en la búsqueda diaria de clientes, Ramón acostumbra compartir sus descubrimientos con sus compañeros, en esta ocasión estaba pensando en un estofado de res y verduras en caldo de guajillo, lo preparan en el restaurante que está cerca del arco– compañero Atl, puedes compartirnos los puntos de la orden del día por favor
– Buenos días compañeros, como primer punto está el pendiente de la semana pasada: la colecta de libros para la biblioteca y el concurso de poesía, como segundo punto, la discusión con respecto a la marcha que se hará a la Ciudad, tercer punto, la discusión del plan de estudio, la modificación a la currícula y planteamiento de postura frente a la modificación, cuarto punto, temas varios, esos son los temas compañeros– Atl emite sonidos nacidos en una tibia caverna, lee una hoja, subraya con un bolígrafo negro las palabras postura y modificación, escribe en el borde derecho de la hoja discutir el rol del nuevo
– Bien compañeros, nos enviaron un correo electrónico, escriben de la Ciudad, de la Universidad, que quieren donar libros en respuesta a la petición que se hizo el mes pasado, entonces llegará una caravana de universitarios el día primero del siguiente mes, vienen en un camión escolar, nos pidieron alojamiento o algún lugar para establecerse con el camión, ¿se sabe cuántas personas y cuánto días estarán en el pueblo compañero Atl?
– En el correo no especifican, sólo escribieron que de quince a veinte personas, se quedarán dos días, durante la tarde del primer día nos pidieron un auditorio para dar unas palabras y presentarse, también nos pidieron que estuvieran varios de nosotros en una sesión abierta
– Pues así la situación compañeros– Ulloa proseguía con seriedad, le preocupaba el buen entendimiento en la junta, procuraba un ambiente fresco, los demás le acompañaban en su exposición– ¿existe alguna objeción, algo que agregar?– ¿Y sobré qué se hablará en el debate que quieren hacer los universitarios?– Constantino sintió una descarga repentina de energía en su cuerpo, piensa en la dosis de café, sospecha es la cafeína, en realidad no le apura, sabe controlar la taquicardia inusitada, se acomoda en la silla, respira consciente de hacerlo, abre los párpados un poco más, se limpia dos gotas de sudor apenas resbalando por su barbilla– no me parece mala la idea, pero me preocupan las malas interpretaciones, ya se sabe cuántas veces han venido a armar el teatro y pura pantalla, nada más levantan expectativas, no encontramos acuerdos compañeros, me preocupa
– Bien, pero los compañeros universitarios no están pidiendo un debate, lo exponen, cito textual del correo “una charla, una plática para conocernos y exponer nuestros puntos de vista frente a un presente que se percibe violento y preocupante en nuestro país”– Atl tiene varias hojas blancas cerca de sus codos, las preparó en la noche, antes de salir a la fiesta, al regresar en la madrugada les echó un vistazo y cerró el folder verde, en la mañana bebió un poco de agua, se levantó y revisó las hojas, era lo necesario para la junta
– Compañero Atl, me parece bien, se oye bien, pero ya veremos cuando lleguen, podemos evaluar al verlos, al observar sus intenciones, debemos ser precavidos– Constantino no mueve mucho las manos al hablar, a veces las entrelaza y las reposa sobre la mesa, sus ojos suelen tener bastante movimiento, cuando desata el círculo de energía formado por su cuerpo se talla la cuenca de los ojos con la palma de la mano, pero no deja de hablar, sus palabras se forman de una materia viscosa con olor a tabaco, sus compañeros le escuchan acariciar el viento con su voz
– Acompaño al profesor Constantino, me parece importante comenzar a protegernos, debemos saber las intenciones antes de abrirnos del todo, me sumo a la propuesta de evaluar– el prefecto Ernesto tiende a respaldar los comentarios de Constantino y Juan Pablo
– Entonces lo sometemos a votación– las voces de los hombres en la sala se confunden en un sí, Ulloa se acomoda en la silla– entonces votamos, ¿cuántos a favor de la evaluación propuesta por el profesor Constantino?– las cinco manos se alzaron a ritmos diversos, Ulloa contó y continuó con sus palabras– cinco a favor, ninguno en contra, entonces los compañeros universitarios llegan el día primero del siguiente mes por la madrugada, se acepta su donativo y se evalúa el plan de la mesa, ¿cómo evaluaremos y en dónde se quedarán?
– Los observamos y después platicamos con ellos, también nosotros hay que ser muy directos, la evaluación la llevaremos en nuestras mentes, pero si quieren compartamos las preocupaciones que tenemos, pero ya después vemos si reunimos a los alumnos y a gente del pueblo para una charla– Constantino dirige su mirada a cada uno de los presentes en la sala, pocos le devuelven el vistazo– el segundo tema, el alojamiento, puede ser en las bodegas de los talleres de mecánica, por el momento no hay material, o también en el llano en donde ponen los castillos
– Bien, bien, entonces es una buena propuesta la del alojamiento, podemos ver si no llueve ese día, de todas maneras el camión se puede quedar en el taller, me parece mejor lugar el taller, más discreto y estoy de acuerdo con el plan de evaluación, una plática previa es la mejor idea, hay que ser conscientes del viaje, puede ser una buena oportunidad para un diálogo con los estudiantes, también veámoslo por el lado académico– Ramón está pensando en hacer sesiones en los salones de usos múltiples, tienen ventiladores, son más amplios– De acuerdo compañeros, entonces pasamos al siguiente tema, o ¿alguna objeción?– el silencio acarició los pómulos de Ulloa– pasamos al siguiente punto
– El concurso de poesía compañeros– Atl deja de escribir la minuta para continuar con su exposición– a cada uno de ustedes se les entregó un folder con los poemas seleccionados, se acordó que el día quince de este mes nos compartirían su veredicto, como ustedes no son los únicos jurados les invitamos a que compartan este aviso con los demás integrantes del jurado, el día quince de este mes es la fecha límite porque el veinte es la premiación en la ceremonia de la presa
– Bendito momento– la sonrisa de Juan Pablo sulfuraba malicia, apenas ejercitaba sus labios, el desvelo le tenía atrapado, el burdel le arrebató otra vida, una más, la dejó por ahí tirada, estuvo a dos segundos de sueño de no venir, una eternidad– Así es compañeros– un momento de distracción, risas, comentarios cortos, Atl quería recuperar la atención de sus colegas, lo hizo leyendo en voz alta un poema del concurso– “Muerto. Golpe de desesperación, contracción de las neuronas/ nubes sobre los ojos, esplendor de la madrugada/ desaparecer, volver a no ser, convertirse en la bruma, en la intranquilidad/ bruma, baile de obscuridad, bruma de nosotros, bruma hasta desaparecer, bruma/ nubes sobre la mente, nubes pretendiendo alcanzar al supremo. Muerto, desaparecer.”– Atl dejó la hoja sobre la mesa, se talló los ojos con la mano derecha, una mosca avisaba su presencia, intentaba salir de la sala, los maestros repasaban el poema en sus mentes, Atl mostró una sonrisa, sabía que los había enganchado con la lectura, se sentía satisfecho de haber elegido ése y no otro poema
– Gracias por la lectura compañero, ¿cuál es el nombre del poema? – Ramón trataba de no mostrar la fatiga en sus ojos, escuchó el incesante aleteo de la mosca, el bicho chocaba contra la ventana, el profesor de literatura dejó que el insecto se desesperara lo suficiente para después levantarse de la silla y abrir la ventana
– “Desaparecer” compañero, fue escrito por alguien de octavo cuatrimestre, todos los poemas están firmados con seudónimo, se les pide a quienes formarán parte del jurado que expliquen sus razones una vez tenga a sus elegidos– ¿Alguna duda o pregunta compañeros?– es la voz de Ulloa, son sus palabras queriendo volver al silencio del sueño, a las respiraciones tranquilas y su cuerpo sobre el colchón; sus compañeros no tuvieron objeción, dentro de la sala se mantenían sentados, con los codos sobre la mesa, las manos proveyendo de café a la boca, los maestros necesitaban más cafeína, necesitan al sol en sus pupilas, un baño fresco en las aguas del río, un caldo de Mariel acompañada de una cerveza helada– si no hay dudas compañeros, proseguimos con la reunión, pero sí les pedimos que envíen a la brevedad sus resultados así como sus razones. El siguiente punto es la marcha a la Ciudad, nos queda discutir si saldremos con la caravana del pueblo, o nos vamos en nuestro camión; también quiero agregar que algunos alumnos de octavo se acercaron al profesor Ramón para preguntar cómo sería, hay interés por parte de la comunidad pero el compañero tiene más información sobre eso – Ulloa miró a Ramón y con la mano abierta le invitó a que siguiera con los pormenores
– Gracias compañero, pues sí, hace una semana al terminar la clase varios alumnos y alumnas se acercaron para preguntar quién podría incluirse en la caravana, si podían sumarse al evento, algunos confirmaron que tenían el permiso de sus padres y que en todo caso nos harían llegar una carta. Por el momento no se planteó la participación del alumnado, pero el interés de las y los muchachos nos hace repensar su participación, nosotros no los contemplamos, pero ellos quieren ser incluidos, además están bastante informados y saben las complicaciones que pueden tener las modificaciones al plan de estudios– Ramón deformó su rostro hasta obtener una mueca irrisoria, sus compañeros también elevaron las cejas, del exterior provenía una música de ritmo calmo; Elvia había sintonizado la estación de radio local en una grabadora que reproducía discos compactos y casetes, a la mujer le interesaba escuchar las noticias, pero decidió esperar a que acabara la canción para buscar el noticiero matutino, Ramón hizo la mueca después de reconocer la canción, era Amanecí entre tus brazos, Elvia silbaba a ritmo de la voz de la mujer que interpretaba el tema, la secretaria intentaba buscar en su cerebro varias imágenes de la noche anterior, el torso de Román, las flores anaranjadas sobre su mesa, las palabras de Román, sus ojos de sorprendente brillo, la botella de aguardiente, el filete de pescado, la crema de hierba santa, las rosquillas de nata y el café al final de la cena, la fiesta afuera, la temperatura en sus párpados, los sudores de sus cuerpos, la tentación de querer gritar con la furia del mundo, las manos de Román, la piel de Román, la piel de Elvia, los sonidos de Román al bailar el danzón que él mismo había sintonizado en la radio. A Ramón no le inquietaban el silbido, tampoco la voz dentro de la grabadora, tú me querías decir, no sé qué cosa, Ramón tampoco sabía qué cosa le sucedía, sospecha que los silbidos de Elvia pretendía llegar a unos oídos y no eran los del profesor de literatura, Ramón evitó perderse demasiado, volvió a la junta, apretó varios dolores dentro de su cuerpo y continuó– linda canción… entonces compañeros, ¿qué opinan de la participación de las y los jóvenes en la caravana?
– Encuentro varios inconvenientes– Ernesto había alzado la mano mientras Ramón se perdía en el silbido de la secretaria– por un lado los jóvenes se convertirían en nuestra responsabilidad y para cómo están las cosas, no creo que sea lo mejor, sabemos muy bien que las autoridades en cualquier momento nos meten un susto y nos regresan a nuestros lugares, sabemos lo molesto que puede ser para el gobernador nuestra participación, imaginemos cómo se pondría al saber que los estudiantes se nos unen– ¡El gobernador!– el rostro de Atl se convertía en una máscara de gesto malvado– el gobernador puede pensar lo que quiera, no debemos detenernos por lo que diga ese señor
– No estoy tan de acuerdo compañero, sabemos los alcances que puede tener, sabemos también que nos tienen bien vigilados, hemos visto sus artimañas para querer incitar al alumnado, sabemos que nos prefieren con los ojos cerrados, las manos atadas a la espalda y la boca bien cerrada con cera caliente – el prefecto temía por los alumnos, también por la escuela, en ese momento, mientras se rascaba la frente y daba el último trago a su café, ya frío, recordó la visita cobarde que les hizo un grupo armado después de las manifestaciones en la Cabecera Municipal, le preocupaba la nota que habían dejado en la puerta de entrada: “No se quieran pasar de pendejos, póngase a estudiar y olviden la revuelta”
– ¿Pero entonces qué respuesta les damos a los alumnos?– cuando Ramón siente furia la piel le comienza a cambiar de tono hasta llegar al color del jitomate, después siente una humedad caliente en sus órganos vitales– ¿Que no pueden acompañarnos por miedo?, porque eso es lo que tenemos, miedo compañeros, me parece que es momento de discutir con seriedad la participación de los jóvenes, creo que si participamos como comunidad tal vez podamos tener más fuerza, mayor convocatoria para poder echar para atrás las modificaciones
– Comparto las dos maneras de ver el problema– Juan Pablo había bebido su primera taza de café, al terminar de hablar se levantará de su silla, abrirá la puerta de la sala y saldrá a servirse otra taza de brebaje, no le ofrecerá a los demás para no interrumpir la discusión– debemos, sí, debemos ser precavidos con la participación de los alumnos, no es tan fácil convocar y llevárnoslos, hay que plantear los riesgos, que son varios, para empezar sólo hay un camino hacia la autopista, en cualquier momento podrían interceptarnos y cometer cualquier tropelía en contra de la caravana; por otro lado, me parece muy importante la concientización de los alumnos, celebro que se hallan acercado al profesor Ramón, eso quiere decir que han perdido el miedo, que ya no se creen todas las mentiras que aparecen en el periódico, además, no creo que el gobernador esté en posición de ataque, en este momento no le conviene; y ya por último, nuestra camión no irá sólo, recuerden que también irán los compañeros de la escuela normal, los compañeros de la Universidad estatal y varios trabajadores que se han unido a la caravana después del mitin en la Cabecera. Me parece que es un buen momento para incluir a los más jóvenes, de que conozcan otros panoramas y de que sepan que no somos los únicos en querer frenar las modificaciones
– Pero entonces compañero Ernesto, propones dejar fuera a los estudiantes, no crees que eso puede generar divisiones en la escuela– Constantino observa a Juan Pablo abrir la puerta y regresar con un poco de café, piensa que es algo miserable por no ofrecer más bebida a los demás, pero se concentra en sus palabras, además, sospecha que Juan Pablo es algo despistado
– No propongo que se les deje fuera, tampoco que les expliquemos los peligros pues eso sin duda les sembraría mayor inconformidad, enojo y además se estaría perdiendo el centro de la discusión que por el momento son las modificaciones al plan de estudios, el retiro de apoyos a escuelas como la nuestra, las evaluaciones truqueadas, las cuotas que quieren imponer así como el recorte de las materias de historia y la eliminación de temas en los libros– Ernesto tiene buena relación con los alumnos, le consideran una persona de carácter rígido pero ninguno de ellos dudaría en contarle algún mal pues el prefecto jamás desperdigaba en chismes las palabras de los alumnos
– ¿Entonces compañeros?– Ulloa elevó la voz, se sentía satisfecho al no escuchar la presencia de la mosca, estiró sus brazos hacia el techo y bostezó para evadir la avalancha de somnolencia que sentía en su pecho – ¿Qué podríamos hacer para no parecer evasivos ni autoritarios, para comunicar nuestra preocupación y para integrar a las y los estudiantes en esta movilización, para iniciar un diálogo con ellos?– los maestros extraviaron sus miradas en la sala, en una fotografía del Cañón, en la pintura abstracta de tonos rojos y líneas finas, en la fotografía de la primera generación de profesores; Ulloa prefiere mirar su reflejo en la ventana, decide seguir pensando en el silbido
– Supongo que lo más conveniente será realizar una reunión informativa con los alumnos, – su respiración perseguía a la calma, Constantino se acomodó en la silla, recargó sus codos en la mesa, le dio un poco de libertad al movimiento de sus manos – una junta en donde se expongan los puntos de esta situación, hay que invitarlos a participar en esa toma de decisiones, no podemos ser nosotros quienes decidamos los movimientos de los estudiantes, estaríamos cometiendo un error, los incluimos y les motivamos a que se organicen, pero sólo les motivamos para que su organización pueda estar ajena a nuestros puntos de vista de maestros, una reunión en donde además se informe las problemáticas y las razones que nos llevan a movilizarnos, hay tiempo para hacerlo, la caravana es en dos semanas; ahora, la cuestión del gobernador me preocupa, pero me preocupa más poder estar organizados en nuestra escuela, trabajadores, alumnas y alumnos, maestros y maestras, para que los golpes no vengan desde nuestra misma fuerza
– Comparto la visión del compañero– Atl tenía un acento particular al hablar, entonaba de manera divertida las vocales, su manera de decir las palabras hacia pensar en la contradicción, su tono era más bien malvado, la presencia de un rayo al tronar– la organización puede ser favorable en cualquier sentido, entiendo la preocupación del gobernador, no perdamos los puntos fundamentales del problema y busquemos sumarnos a las causas compartidas, la idea de la reunión es ideal, los estudiantes quizá encuentren una posibilidad para tomar decisiones en equipo, decisiones que también les son de su interés– Si vamos a realizar la reunión entonces tendremos que organizarnos entre nosotros para saber qué informar, avisar al director y al subdirector; bien, digamos que con eso solucionamos la participación del estudiantado, ¿qué sucede con nuestra participación en la caravana, cuántos vamos a ir, llevaremos mantas, cuándo las haremos?– Juan Pablo reciente la segunda taza de café, pudo pedirle a Elvia un par de galletas, pero la encontró demasiado distraída con las noticias
– Con respecto a las mantas se acordó en la sesión pasada que se harían cuatro por cada división, sociales y humanidades, ciencias, deportes y trabajadores, las frases serán compartidas en la siguiente sesión, esa es tarea de Lorenzo, también nosotros podemos proponer, la cuestión es que cada división lleve cinco,– el compañero Ramón tiene siete años impartiendo clases, estudió en la misma escuela y después cursó literatura en la Universidad del estado– quisiera hacer un paréntesis, los víveres para el viaje los proporcionarán las tiendas del lugar, los compañeros de ciencias hicieron labor de convencimiento, el hospedaje en la Ciudad aún no se resuelve pero el director comentó en la junta del comité que él se encargaba, podemos preguntarle cuando se le comunique de la reunión informativa
– ¿Quién va a manejar el camión?– para Ernesto era importante saberlo, él podría conducir, era algo que le gustaba hacer, se va a enterar que alguien más lo hará, pero no le disgustará la idea, sólo sonreirá y asentirá– El compañero de vigilancia, él mismo se ofreció– liviano, el conserje y vigilante, le había dicho a Ramón que él quería aportar aunque fuera manejando, Ramón lo propuso en la junta de la coordinación y estuvieron de acuerdo – la gasolina la pagaremos los profesores y trabajadores– Entonces compañeros, ¿acordamos que se hace la reunión con los estudiantes, que los presentes vamos a la caravana, quedan claros los pormenores del viaje, alguna duda? – Ulloa lanza sus ojos a cada uno de sus compañeros, están de acuerdo, el amanecer también está de acuerdo y dibuja las sombras de los floreros colocados sobre el mueble de madera ubicado cerca de la ventana
– ¿Cuánto tiempo estaremos en la Ciudad?– a Constantino le preocupa la situación de su hija que desde algunos días forcejeaba con una fiebre necia, el profesor de matemáticas no quería estar tantos días fuera de casa, a partir de las repentinas fiebres su esposa le reclamaba las llegadas tarde a casa o cuando Constantino accedía a ser vocero en una junta o una reunión del comité de profesores; desde su llegada a la escuela, hace cuatro años, se ha comprometido de diversas maneras en el cotidiano de la preparatoria
– Llegaremos el viernes por la mañana y nos marchamos el domingo por la tarde,– Ramón sabe de la preocupación de Constantino, de ser posible propondría que llevará a su hija y esposa, pero eso no se iba a discutir en esa sesión, mucho menos iba a ser aprobado – a nuestra llegada nos estarán esperando varios integrantes del Consejo General, nosotros nos uniremos al contingente de los profesores de educación media de los estados, para el momento de la marcha les pedimos bastante organización y que lleven una playera blanca, ¿alguna otra duda?
– ¿Sólo marcharemos?, ¿o cuál es nuestra participación en el evento? – el prefecto Ernesto elevó su ceja derecha al masticar las últimas letras de su pregunta– La idea es apoyar la marcha, hacernos presentes y visibles, también escuchar lo que tengan que decir los organizadores de la marcha, por supuesto podemos aprovechar para informar nuestra situación y nuestra manera de proceder y trabajar; es un buen momento para aliarnos con otros grupos de profesores – Ramón tose después de hablar– Quisiera agregar – Atl deja de escribir en tinta negra sobre su libreta de pasta dura – que dependiendo de lo que decidan los alumnos, y si es que deciden acompañarnos, nosotros podemos buscar espacios en el mitin, o dentro de la marcha, para que las y los alumnos expongan sus preocupaciones
– Me sumo a esa causa, esperemos que el alumnado se decida y ya después podemos encontrar un momento adecuado– Juan Pablo rasca su pómulo izquierdo, al sentir sus dedos sobre el rostro se da cuenta que la han crecido las uñas, la piel de la cara se le enrojece un poco
– ¿Quedamos entonces conformes con lo acordado?– La sala se llenó de sol y de silencio, los ritmos de las respiraciones decían que sí– Prosigamos con el siguiente punto, por favor compañero Atl– Continuamos con las modificaciones al plan de estudios. En la última sesión acordamos que cada uno daría lectura a la propuesta que llegó de la Ciudad y nos compartiría sus observaciones, ¿alguno quiere comenzar?– el amanecer contestó la pregunta elevando dos grados la temperatura del ambiente– El propósito de discutir las propuestas de modificación es generar nuestra posición frente a estos movimientos en la educación
– Pues ya se han discutido bastante las propuestas, me parece que la mayoría de los profesores estamos absolutamente en contra de los cambios propuestos, no se puede reducir el temario de historia, mucho menos se pueden eliminar momentos importantes en el desarrollo de nuestro país, tampoco podemos permitir el cobro de cuotas a los alumnos, me parece que es sólo el primer paso para hacer privada nuestra educación, y eso en nuestra escuela no puede suceder, las propuestas son totalmente ciegas a la realidad de otros pueblos y lugares como el nuestro – Constantino ve en las modificaciones un intento de querer desaparecer las maneras en que se impartía la educación en distintos lugares del país
– De acuerdo compañero, pero qué sucede con el material y el equipo que hace falta en la escuela, el director dice que ya no hay presupuesto y los alumnos se están quedando relegados ante su presente, apenas tenemos una conexión a internet – Juan Pablo bebe a sorbos pequeños la segunda taza de café
– Pero el director sabe que hay presupuesto, que el gobernador tiene la obligación de apoyar y satisfacer las necesidades de la escuela– Chema revivió de su silencio, le preocupaba el tema de las modificaciones, a su llegada al lugar, hace tres meses, le impresionaron las propuestas totalmente ajenas a lo que se vivía en la escuela
– Compañero Chema, relájese, sabemos que quiere aportar pero de dónde saca que hay presupuesto, tenga cuidado con lo que está diciendo, el director es una persona de costumbre delicada – Atl trató de contestar con un tono de voz amable– Pero el director apoya la causa, no veo por qué no se pueda exigir un poco más – Chema miraba a los ojos al compañero Atl
– Compañero, las cosas son muy distinta aquí, el director y el gobernador tiene una relación bastante peculiar, podríamos decir que de cielo e infierno, sabemos muy bien los alcances y los intereses del gobernador, también sabemos que el director apoya la causa y se mantiene del lado de la escuela y quienes la integramos, pero de ahí a que podamos exigir más, no creo que sea prudente
– ¿Entonces cómo resolvemos el problema de las cuotas, cuál será nuestra propuesta, sólo rechazar las modificaciones?– Chema quería desquitarse del silencio que le tenía amarrados los labios
– Frente al tema de las cuotas no tenemos una propuesta concreta compañero Chema, pero sin duda es algo que no permitiremos que suceda –Atl había colocado su voz en los tonos de la molestia e incomodidad– aquí tenemos nuestras formas de proceder compañero, podemos compartirles nuestra preocupación al director para que él pueda gestionar otros fondos, pero no podemos comprometerlo e increparle que existen fondos que no se aplican en la escuela
– De acuerdo, – Chema habla y se siente con el deber de continuar alegando, sabe que su voz es poco escuchada, pero ese poco le bastaba, así se hacía presente entre sus compañeros, compartía sus preocupaciones, formaba parte de ellos – que en el tema de los cuotas se haga a la manera que se hace aquí, pero lo que es inaceptable es el recorte en el plan de estudios, las omisiones en los libros, frente a eso ¿qué haremos? No es posible una educación a medias, cortada, más si los recortes son arbitrarios – Chema decidió realizar su intercambio al lugar luego de la muerte de su abuelo, no quería estar cerca de su casa, de su familia, de los olores del abuelo, llegó con la intención de compartir sus conocimientos en letras hispánicas, pero tuvo que modificar sus saberes para impartir la clase de historia mexicana
– Lo que plantea Chema es cierto, no podemos estar de acuerdo con las cuotas, los reclamos se pueden hacer de otras maneras, pero no encarando al director, no es una batalla que podamos ganar,– Ulloa no dejó de mirar a Chema mientras hablaba – las omisiones que quieren que hagamos no tienen justificación, se quiere eliminar todo un periodo de desarrollo mesoamericano, información fundamental para el entendimiento de nuestra sociedad, de nuestra presencia, yo propongo que nos instalemos en la negativa desde un punto de vista académico y decir que no se puede obviar información, no podemos censurar el curso de la humanidad, no tenemos que quedarnos con la Historia, con mayúsculas, que quieren contarnos, pretenden que nos olvidemos de nosotros y de lo que fuimos, eso sin duda no podemos aceptarlo– Y, ¿sabemos lo que opinan los estudiantes?– Chema entrecerró los párpados y puso las palmas de sus manos sobre la mesa
– ¿Ahora quieres armar la revuelta?– La ironía envolvía las palabras de Atl– No sabemos qué opinan, pero estarán en contra– ¿Cómo estás tan seguro compañero?– Así son los alumnos Chema
–¿No crees que se les tendría que preguntar, conocer su opinión y no sólo informarlos y llevarlos en la caravana?– Los profesores sabían que era importante la opinión de los alumnos, pero no quería ser partícipes de su movilización, sabían que se podía provocar una incomodidad en la escuela y que podría desbordarse a los habitantes del lugar, las consecuencias serían la represión, el olvido, el despojo de bienes
– Se les tiene que preguntar, son ellos los que se verían afectados, más que nosotros – Ernesto acompaña sus palabras con varios recuerdos, son palabras que los alumnos le han compartido, sus vidas, sus posibilidades, sus problemas domésticos; el prefecto sabía que los alumnos merecían ser considerados en una postura que afectaban su futuro
– Compañeros, no perdamos suelo, tenemos que preguntarles, informarles, tenemos que sembrar al menos la preocupación, las propuestas no son más que avanzadas de algo que se puede poner mucho peor, nuestra libertad para impartir las clases, el diálogo que se realiza en las clases, van a cambiar muchas cosas compañeros, nos quieren hacer máquinas para trabajar, esa es una de las verdades y no le estamos prestando atención compañeros, también quieren aumentar las clases, pero solamente son pasos para un encuartelamiento, nos van a someter a planes en donde el alumno tendrá cada vez menos alternativas compañeros, los vamos a orillar al trabajo bajo las órdenes de la gran industria que nos está aplastando compañeros– Ramón manifestó su postura, aunque después consideró que no debió exasperarse tanto– Más relajado compañero Ramón– la voz de Atl trataba de calmar los caballos desbocados saliendo de la boca del profesor de literatura– es posible que sea una avanzada hacia circunstancias más preocupantes, pero de ahí a que vayamos a formar sólo robots, o maquinaria como le llamas, me parece que hay un camino amplio, pues estás olvidando a los profesores que se esfuerzan por generar diferentes opiniones en los alumnos, dices que nos van a arrebatar nuestra libertar en el aula, pero yo considero que eso es complicado, el aula se defiende compañero y desde ahí es desde donde tenemos que construir, con los alumnos, coincido con el compañero Chema, pero me alarma que un nuevo quiera integrarse en temas tan delicados
– Tranquilo compañero Atl, eso no tiene relación, o no sé por qué te alarmas tanto, me preocupa ese tema, me preocupa que los alumnos sepan las posibilidades que existen y que en todo caso sean parte de una consecuencia, siempre partiendo de la acción– Chema considera que está usando el tono de voz correcto, se lleva dos dedos a los labios y los acaricia con calma
– Bien compañeros, no demos más vueltas en cuestiones que se pueden volver personales, estamos de acuerdo en nuestro desacuerdo, sabemos que las modificaciones tienen otros intereses y sin duda debe existir oposición, la cuestión de las evaluaciones es nefasta, ya vimos que se nos quiere acorralar con esas pruebas, a nosotros también nos quieren volver robots; en esta junta lo que se pretende es armar un grupo que se organice para redactar un texto en donde se fundamenten las consecuencias que habrá si se aprueban las modificaciones, en un momento elegimos al grupo pues ahora surge el tema de los alumnos, por lo que se ha dicho también compartimos que tienen que participar y se les tiene que informar, eso, como se ha dicho aquí, se hará en la reunión informativa de la caravana, me parece que esa reunión puede dejar resultados positivos, es buen momento para reflexionar con los alumnos, entonces compañeros, ¿quiénes pueden formar parte del grupo que redacte el texto? Saldrá de aquí porque otros compañeros se están encargando de la logística de la caravana y los arreglos de fin de cuatrimestre, entonces pues…– Ulloa se confirmaba como el moderador de la reunión, tenía claro los objetivos, también su cansancio, deseaba una siesta en el sillón cercano a la ventana, su estómago le pedía alguna promesa de alimento, en la sala los maestros se propusieron para le redacción del texto, se apuntaron los nombres en una libreta, la de Atl, el texto tendría que ser entregado el viernes – Acordado esto, ¿algún tema que quieran agregar compañeros?– Atl dejaba grabados los últimos garabatos en su libreta
– Compañeros, sólo quiero avisarles que el siguiente ciclo de cine la dedicaremos a tres películas mexicanas, el ciclo se llama El dolor del país, será en la sala de usos múltiples, proyectaremos Heli de Amat Escalante, A los ojos de Michel Franco y Mezcal de Ignacio Ortiz, hoy realizaremos una proyección en la clase de las cuatro, proyectaremos un poco de cine de Nicolás Pereda, Donde están sus historias, si tienen tiempo y ganas les invitamos un café y una película interesante
– Muchas gracias compañero Chema, y ya que participa yo quería exponer una última preocupación, me ocupan las opiniones del compañero visitante, suele tener posturas en las diversas juntas, y al ser nuevo y ser de intercambio, me parece que deberíamos re considerar su participación en las reuniones– Atl leía el borde de la hoja en donde había escrito al inicio de la junta
– Pero compañero, me parece que no hay peligro alguno, las responsabilidades de Chema han sido ganadas, además su participación en estas juntas se consideró en la coordinación y después éste comité aprobó sus opiniones, no veo por qué le ocupe el tema– Ramón tose un par de veces para aclarar su voz
– Me parece que puede tener una visión externa que no es benéfica en muchos ámbitos de la escuela, no sé, me temo que estoy siendo exagerado, pero sólo consideró que debemos ser precavidos– Atl siente la mirada desconcertada de Chema– Pero compañero Atl, ¿qué es lo que quiere, convocar a una votación ahora mismo?, ¿discutir la participación de Chema en las juntas?– Ulloa exponía las posibilidades con ganas de acorralar al profesor de lenguas– La participación no se puede discutir, pues como comenta Ramón eso se discutió y aprobó en la coordinación, por otro lado, la participación, las propuestas y las posturas del compañero Chema en estas juntas han sido en calidad de oyente, si me disculpa, creo que esta exagerando compañero Atl, no hay que temer a lo externo, al menos no en este caso
– No quiero que se hagan votaciones compañeros, simplemente trato de tener el rigor de la confianza y también de conservar algo de confidencialidad entre nosotros, pero con esta misma confianza, confío en que quizá esté exagerando– ¿Alguien más comparte la preocupación del compañero Atl?– de nuevo el silencio frente al rostro de Ulloa, las palabras de Atl habían llenado la sala de incertidumbre, un momento peculiar, ningún profesor esperaba tales ecos
– Pues compañeros, no tendría por qué defenderme o responder, pero sólo quiero compartir que me desconcierta la preocupación, los meses que llevo aquí he tratado de ser discreto y respetuoso, si participo en las juntas es porque considero que es parte de una formación más horizontal, pero no puedo dejar de sentirme extraño, ajeno y entiendo un poco la preocupación del compañero– Chema detiene sus palabras y saliva con calma– Gracias compañero, entonces, pues compañero Atl, le invitamos a que despeje sus dudas, le agradecemos su confianza, entonces, ¿se repasaron los puntos, se llegaron a acuerdos?– Ulloa se levanta de la silla
– Se repasaron los puntos, llegamos a acuerdos, la minuta se redacta hoy y se comparte el día de mañana, Elvia dejará las impresiones en la mesa de la lista– Atl deja que su temperatura descienda, no fue un arrebato, en verdad le preocupa la presencia de Chema, es un truco de la vida, es una sensación que tuvo desde que lo vio llegar, eran sus ojos, su espanto, la forma y los tonos de sus iris
– De acuerdo compañeros, agradecemos su atención, sus palabras y comentarios, fue breve la junta porque se sabía del posible desvelo, quedamos en los acuerdos, se cierra la sesión después de una hora y media.

Se deshicieron las coordenadas del tiempo. Cada mente se repuso del cansancio, del estar atentos a la conversación, el querer atacar con un comentario. Los seis profesores se distraen, uno de ellos saca el teléfono móvil del bolso de su camisa color obscuro, desliza la yema de sus dedos sobre la pantalla del aparato, les muestra un video a sus compañeros que se acercan y rodean al dueño del teléfono para ver la pantalla, durante un minuto observan juntos el abuso de una autoridad en el poblado cercano, los profesores discuten de píe, el café se mantiene en sus venas, agita sus pesadumbres, conversan varios minutos más y se despiden. Comerán en distintos lugares, Chema esperará en la escuela, se alimentará con un guisado de pescado en el comedor de Licha ubicado a dos cuadras, beberá dos vasos de jamaica fría, también un café cargado, masticará un dulce de miel y regresará a la escuela a preparar la clase, antes de entrar saludará al profesor Atl, quien le mirará desde el verde agua de su desconfianza, sonreirán y esperarán verse al siguiente día. Ramón comerá el estofado de res con chile guajillo. Elvia esperará en la oficina, escuchará las noticias, se enterará de las visitas del presidente a dos países en el otro continente, del descubrimiento de agua en marte, las razones del gobernador luego de las abusos de las autoridades registrados en un video. Ulloa se irá caminando a casa, no desesperará el paso, se abotonará el saco y recordará varias palabras dichas por Atl. Constantino comerá en casa con su hermana que llegó para la fiesta de las flores, ella cocinará un humeante caldo de verduras, papas fritas y pechugas de pollo asadas al limón. Ernesto entrará a un restaurante, ordenará unas rosquillas de canela, un café negro, escribirá varias líneas después de leer el folder con los poemas. Chema discutirá con diez jóvenes la película, sentados en círculo expresarán sus dudas, sus comentarios, encontrarán sus explicaciones al mirar esas imágenes moviéndose en una pared del aula. Al terminar la sesión, cuando la noche bostezó sus melancolías, Chema percibió el calor de una sombra. La presencia estaba detrás de él, pudo observarla reflejada en el vidrio de la ventana del aula, no quiso caminar, se acordó de Genoveva, Chema escuchó sus latidos, intentó moverse, por cinco segundo no pudo hacer otra acción, sólo sentir una respiración cerca de su nuca, Chema recordó muchas miradas, muchas voces, muchas olores, intentó morderse un labio, quería reconocer el sabor de la sangre, miró la ventana, la aparición seguía detrás de él, tan cerca que podía ser él mismo, logró moverse, sintió una prisa en su cuerpo que le hacía actuar con torpeza, acalorado caminó por el aula, desconectó el proyector, acomodó las sillas, desconectó la computadora, se buscó en el reflejo de la ventana. Chema salió de la escuela caminando con un poco de prisa, sudoroso, buscando alguna explicación para aquello que no quería recordar, ni siquiera descifrar, Chema caminó, quería desaparecer la imagen, quería mutilar esa parte de sus memorias, quería desvanecerse, caminó y entró al restaurante en donde cinco horas antes había estado Ernesto, abrió la puerta de vidrio y madera, buscó una mesa disponible, escuchó la música que despedazaba el tiempo, se tranquilizó, sólo un poco.

Me dice algo que no quiere decirme, se equivoca y regresa a contarme otra cosa, me pierde en sus ritmos, en sus subidas de volumen, sus bajadas, su velocidad repentina, los agudos rasgando las ventanas del lugar atrapan a mis oídos, pelea, juega con mis pensamientos, me lleva al mar, me pierde en la superficie de la luna, me deja aturdido en el espacio, jala mis piernas para llevarme a la tierra, hace a mis pies danzar, precipita el ritmo de mi sangre, rodea mi corazón y lo acaricia con mañas extrañas, de noches extravagantes, voces rasposas.

Chema escucha música de John Coltrane, al dueño del café le gusta escuchar discos de vinilo, las bocinas las compró en un lugar de empeño, eran para la fiesta de despedida de su hija. Chema está distraído pero escribe en la libreta amarilla, la tinta negra se convierte en sus esquivos pensamientos, no quiere transmitir lo visto, quiere evitar sentirse atrapado, no quiere saberse enajenado, no quiere encontrarse, prefiere escuchar la música, prefiere oír el aullido del saxofón, los lamentos de la garganta de Coltrane, Chema ha escuchado esa música, en su habitación guarda una caja con varios discos, hay uno de portada negra, lo grabó su amigo Juan, supuso le vendría bien para los momentos de inspiración. El disco compacto tenía escrito en la superficie: Para perderse, en ese momento Chema se sentía perdido, ordenó un vaso de jamaica fría, muchos hielos y un poco de azúcar en el vaso, Chema estaba atento al correr de su sangre por las venas, llegó el vaso a su mesa, dio dos trago largos, intensos, limpió sus labios con el dorso de la mano izquierda, respiró con calma, intentó escribir pero no pudo, el dueño del café le otorgaba poca importancia a sus movimientos, Chema procuraba contener su desconcierto. Se sentía perseguido por la noche, por una necesidad de la naturaleza que le pedía su sangre, su energía, esperó sentado, la jamaica le tranquilizaría los nervios, o eso esperaba, la música todavía sonaba en el café, en la mente de Chema. Genoveva le había dicho que las apariciones solían comerse el alma de las personas. El maestro de intercambio presiente no tener su alma, trata de meditar, de tener una imagen bella en sus pensamientos, quiere evitar pensar en su reflejo, quiere evitar mirarse en cualquier superficie que le revele su condición, su presente. No se detiene, no quiere detenerse en él mismo, ha venido a este lugar a perderse, ha venido cabalgando en su cobardía, a esconderse, a quedar varado en esta situación, en esa noche de nubes obscuras y luces solares tiradas en el suelo, Chema conversa con sus miles de voces, le habitan, a cada segundo se encuentran mordisqueándole las neuronas. Levanta la mano derecha, observa a su brazo alzarse, observa su mano en el aire con el dedo índice erguido, el señor del restaurante lava un par de vasos en el fregadero, junto a la barra, el agua cae del grifo a las trastes, el señor enjabona, el agua quita las burbujas, se combina con otros líquidos, se hace viscosa, el señor termina de limpiar dos vasos, tres platos, de algún espejo le viene una imagen sospechosa, es el hombre de la jamaica fría, gira y lo busca en la mesa de la esquina, cerca de las ventanas, acomoda los trastes encima de una toalla negra, sale de la barra, camina entre los postes cubiertos por espejos rectangulares, esquiva un par de mesas, llega al lugar de Chema, que había corrido las cortinas de la ventana para obstruir su reflejo – Otra jamaica por favor– era un malestar de sus imaginaciones, no podía ubicar el dolor en alguna parte de su cuerpo– ¿podría subirle a su música?
– Otra jamaica…– el señor anota en una libreta de hojas rosadas– y sí, con gusto le ponemos más volumen, es buena hora, ¿le gusta la música?– Me gusta, ¿sabe qué es?
– Es un disco que me trajeron unos primos, me dijeron que era música norteamericana, me gusta, la verdad me gusta– A mí también me gusta, le agradezco

Es un pensamiento que se siente detrás del cerebro, es una mordida de un perro eléctrico. Me gustaría salir volando. Son una serie de pensamientos atrás de la cabeza, el río del amanecer. Sólo estoy encontrándome en otro cuerpo…

Cuando se acerca el señor, Chema detiene la escritura y cierra la libreta. Le dejan el vaso sobre la mesa, le retiran el vacío. Las tres agujas del reloj coincidían cuando la puerta del restaurante se abrió, Chucho entró primero, balbuceando varias palabras acerca de los hombres de la presa, Zanate iba detrás de él, adentro del restaurante le tomó del hombro y le dijo que bajara su volumen, casi se cierra la puerta y Nucú la detuvo con la mano izquierda, entró y reconoció la música, le gustaba, alguna vez le preguntó al señor quién emitía esos sonidos y qué instrumento era, el señor del restaurante le llevó el empaque del disco, Nucú lo leyó, deletreó el nombre en la portada, en la contraportada conoció el saxofón, se llevó una mano a los labios, se perdió en un silencio interno, repasó las curvas del instrumento que en la foto brillaba de manera insensata; Nucú sonríe cuando Zanate le pide a su amigo que relaje sus bríos. El señor del restaurante observa la entrada de los hombres, sus pantalones de mezclilla, las botas vaqueras, las camisas abotonadas hasta el penúltimo botón les delataban, les había atrapado el aroma de las flores, la fiesta aún vibraba en sus cuerpos, en sus miradas. Buscaron una mesa, sólo la esquina de Chema estaba ocupada, el cielo ya nocheaba y el jazz suspiraba para movilizar a dos nubes.

A Chema lo confundían con una mujer cuando era niño, la gente se disculpaba después de cometer el error, pero Chema no se acuerda, en una ocasión, desayunando omelete de jamón y té de manzanilla, su madre se lo contó con gran risa, Chema también se unió al humor de la anécdota. Se mira en el líquido del vaso y recuerda su espanto, trata de reinventarse, de ser un pequeño niño y encontrarse, se busca en los rincones de su mente, no quiere saberse con las ideas retorcidas, mira su rostro en el vaso y ahí está él, solo, no hay nada que le aseche, que le atosigue la calma, está ahí mirándose, recuerda un rostro, una mujer en el mercado, el hombre detrás de los tubos y las lonas en donde se ofrecían las verduras, la mujer de piel morena del otro pueblo, Chema vuelve a su reflejo en la ventana, quiere seguir en la misma imagen, persiguiendo a la misma mujer, descansa sus brazos sobre la mesa, recarga la mitad de su cuerpo en el respaldo de la silla, sigue a la mujer de sus pensamientos a ritmo de Coltrane, la mujer se escabulle entre los lonas y la gente vendiendo frutas, verduras, productos chinos, la mujer camina apresurada, detrás de ella un joven, detrás del joven él, la mujer se detiene, lo mira, Chema se mira en el vaso, regresa al restaurante, cierra los párpados y vuelve a la persecución, se escuchan algunas sonrisas, después el piar de unos pájaros matutinos, el cielo se ilumina y muestra unos tonos rosados, la mujer da pasos firmes hasta llegar a un cruce de caminos, está sola, el joven ha desaparecido, Chema sigue los pasos de la mujer, observa su espalda, sigue bajo la iluminación de un atormentado astro de fuegos internos, Chema en el restaurante aprieta los párpados, los dedos de sus pies, al seguir en su mente a la mujer evita hacer ruido, respira con la lentitud de la oruga que camina delante de él, la mujer se interna en el camino de los robles, varios aires le despeinan, camina, el aroma se apodera de sus pulmones, arrastra sus pies en la tierra húmeda, respira lento y su exhalar se escucha por todo la zona, los vientos emanan de los pulmones de la mujer, los aires se apoderan del cuerpo de Chema, de las intenciones que le han llevado hasta ahí, en esa memoria la mujer sigue su camino, desaparece de a poco el arrastrar de sus pies, el silencio se apodera de su existencia, Chema camina solo en sus pensamientos hasta encontrarse en una bifurcación, elige el camino de donde provienen los cantos de unas aves, le parece más seguro.

Se sentaron cerca de Chema, murmuraban con acento local, sus miradas estaban atrapadas en las flores, en los elixires de sus pétalos, arrastraron las sillas para sentarse, una vez cómodos esperaron al señor del restaurante; Nucú comenzó a golpear en la mesa con los dedos, intentaba seguir los ritmos emitidos por el saxofón, Zanate y Chucho no entendían con precisión lo que hacían en el lugar, su sudor despedía considerables razones para imaginar que no estaban ubicados en el tiempo, en las coordenadas de la tierra. Chema escuchó el ritmo de los dedos en contacto con la mesa, se distrajo, deseaba concentrarse en el sonido, en la respiración de otro ser, Chema respiró con calma, guardó la libreta y la pluma en el bolso de su chamara, dio un trago a la jamaica fría, su garganta agradeció el trago, con un sabor dulce en la lengua giró su cuerpo hacia la mesa de los tres hombres aletargados en el tiempo de las flores y dejó salir una pregunta de sus labios.

– ¿Señores, les molesta si compartimos mesa?
– Pero mira nada más compadre, si parece que tú vas a perder el alma esta noche– Nucú y su voz tersa
– Si no les molesta, me gustaría compartir este último vaso con ustedes– Chema, aún trastornado
– No me molesta y a mis amigos tampoco les molestará, pero díganos, ¿qué está bebiendo?– Nucú, algo sorprendido por el repentino encuentro
– Jamaica fría, quiero refrescar los sesos… Soy Chema, así me gusta que me digan
– Así le gusta que le digan, pero tiene un nombre, o nada más así, ¿Chema?
– Nada más así, Chema
– Sobres, pues como verás venimos buscando una batallita, algo para no llegar tan secos a casa, tal vez no es el momento de presentarnos, pero qué momento sino éste mismo,pue’, estos dos son el Zanate y el Chucho, el Zanate es el de bigotito, a Chucho le gustan los corridos de la revolución, a mí me dicen el Nucú, así nomás, y no sé si me gusta que me digan pero pue’ ya se volvió una marca para mí, los tres somos de por acá, anduvimos y andamos en la fiesta, nos gusta ver las luces del amanecer, ora pue’, ¿cuéntanos algunas cosas de ti?

El señor del restaurante se acercó a la mesa, en el camino desenfundó su libreta de hojas rosadas, tomó la pluma de su delantal, se detuvo frente a los hombres y subió las cejas, Nucú será quien hablará, el señor escuchará atento

– Buenas noches señor, ya llegamos de nuevo a llenarle de alegría el lugar, muy bonita la música por cierto… pue’ como se puede ver en nuestro estado necesitamos algo para perder, entonces tráiganos una jarra de jamaica caliente, a parte unos hielos y un poco de miel, y tráiganos cuatro vasos que aquí el compadre nos acompaña con unas dos
– No muchas gracias, yo estoy bien con este vasito
– No se preocupe, ya le dije, compadre, está usted de perder el alma, cuéntenos mejor

Les llevaron una jarra de loza rojiza, cuatro vasos de vidrio, un plato hondo con hielos, un frasco de miel y dos cucharas. El señor intentó servir el líquido en los vasos, Nucú no se lo permitió, tomó la jarra y comenzó a servir la jamaica en los vasos; humeante el líquido atrajo a los caballeros que recargaban sus codos en la mesa, se despeinaban queriendo entender quién era Chema, qué hacía en su mesa, el humo de la bebida les dio pistas, se acomodaron en las sillas, observaron a Nucú cuando vertía una cucharada de miel en los vasos, giraba varias veces la cuchara dentro del vaso, después con sus manos tomaba un cubo de hielo y lo dejaba caer en el líquido, Zanate tomó un preparado, Chucho repitió la acción pero con menor desesperación, Nucú dijo salud, los demás dijeron salud, Chema brindó con su jamaica fría, sonrió, dio un sorbo largo a su vaso frío

– Namás mírate, como que no estás, ¿ves a mis compadres? Así estás tú, igualito, y no hueles a flores, no se nota el aguardiente en los ojos, no estás peinado con el sudor del desvelo, algo traes compadre, algo grande, cuéntanos pue’
– Qué te cuento, no tengo qué contarte, puras mortificaciones, puras desventuras
– ¿No eres de acá verdad?
– No soy, trabajo en la escuela, vine a completar un intercambio, estoy como profesor adjunto, hacemos proyecciones de películas y platicamos
– Suena entretenido compadre, y, ¿por qué tan solo, por qué tan cobardón, ya cuéntanos, no nos quieres contar?
– No es nada, cuál cobardía, sólo quiero compartir, a mí también me gusta la luz de los atardeceres, me gusta sentirme en la noche, hace un momento estaba solo y sólo pensaba tonterías, quiero distraerme, además escuché que le gusta la música, a mí también me gusta, me mantiene quieto, pero salud, salud señores
– Salud compadre, aquí mis compañeros prefieren no hablar, pero pronto lo harán, ¿le gusta la jamaica caliente?
– No acostumbro tomarla, pero sabe bien, también he tenido mis experiencias, de terminar dormido en algún suelo y cuestiones de ése tipo, pero sí me gusta, ésta me gusta en éste momento
– No se diga más compadre, salud – Nucú habla desde su lado más amable, unos interiores inexplicables, una fiesta eterna, su piel morena ha visitado los burdeles más incógnitos del lugar, de los pueblos vecinos, en esta ocasión le toca ser el más sobrio, quien lleve a los demás a un lugar en donde dormir
– Salud– susurra Zanate, toma el vaso y le da un trago valiente al vaso
– Pues salusita – Chucho no se apresura, bebe poco, huele la pócima, parpadea lento, se imagina diferentes paisajes, colores aterciopelados
– Salud, la verdad ayer me quedé encerrado en mi cuarto mientras estaba la fiesta y tenía ganas de beber acompañado– Chema jugaba con el vaso vacío, el más grande, el vaso pequeño con la jamaica caliente estaba frente a él, seduciéndole con el humo, invitándole una noche colorada.

Los hombres dispersaron sus miradas en el restaurante, Nucú miró el reloj, Chema extraviaba su atención en la pared, evitaba las superficies reflejantes, Chucho se quedaba pasmado observando el humo de la bebida, Zanate parpadeaba lento, sus ojos parecían desaparecer dentro de sus cuencas, la bebida de color rojo actuó, Zanate movió sus manos sobre la mesa, parpadeó lento para saberse en el lugar, ubicarse en el momento, miró su piel más morena que antes, más azúcar quemada, más ámbar obscuro, percibió una ausencia en su interior, se sintió elevado, su piel era aún más morena pero tenía un brillo peculiar, se acordó del día anterior, del desayuno en el mercado, las cervezas en la tienda, los tacos en el restaurante del muelle, del baile en el salón, de las mujeres cacheteando sus pómulos por observar tan cerca, de las risas, las máscaras de toros anaranjados, de caballos rosados, los collares en los cuellos de los hombres, los sombreros de multicolor, la música del tambor, la trompeta, el clarinete en los oídos de Zanate, se acordó de su abuelo sentado en una silla de madera observando la comparsa desde la puerta de su casa, la multitud buscaba la perdición, intentaban arrebatarle un poco de elixir a las flores, Zanate se talla los párpados con los dedos, se limpia la comisura de los labios, ubica el restaurante, a sus amigos, al hombre que estaba en el restaurante, bebe otro trago y escucha la voz ronca de Chema
– Y ustedes que son de por acá, ¿qué saben de las presencias?
– ¿Las presencias? De eso no se habla compadre, es muy temprano para andar haciendo esas preguntas, ¿no crees?– Zanate responde, su lengua se mueve con lentitud, en general su cuerpo permanece en un estado de letargo
– ¿Quién te dijo de las presencias o qué? ¿Cuánto tiempo llevas acá, no te dijeron que de eso casi no se habla?– Nucú comenzó a desconfiar del hombre sentado a su izquierda
– No me dijeron, sólo una mujer me habló de ellas, me contó varias cosas, pero no me dijo que estaba prohibido hablar de eso– Chema acerca el vaso, mira la bebida y se pierde en ella por tres segundos
– No está prohibido, pero la gente prefiere no hablar de eso, hay que estar muy seguro de lo que se dice cuando se habla de eso, si no se puede convertir en un lío, no te dijeron la historia del muchacho de por aquí, que sabía de una presencia y no se lo dijo a nadie, su mamá sospechó algo y encontraron su camioneta volteada al salir del puente, la mujer quería saber algo que no debía– Nucú cuenta la historia que un colega del rancho la contó
– La verdad es la segunda vez que platico de la presencia con alguien, es un tema que me da curiosidad– Chema siente dos segundos de calor intenso, su lengua se queda tiesa, sus pupilas le piden algo de obscuridad, se acomoda en la silla, se sujeta a ella para estar seguro de no elevarse, los hombres en la mesa también experimentan una sensación similar, sin importar el desconcierto beben otro trago rojizo, el hielo ha desaparecido, la miel permanece en sus gargantas– la mujer que me platicó no me lo dejó muy claro, no entendí muy bien
– Y no te tienes que preocupar por entender compadre, no te preocupes, ya irás conociendo un poco más, saber de una presencia es conocer una, saber a qué huele, cómo respiran, o cómo sobreviven– Nucú sorbe de su vaso, intenta platicar sin que sus palabras se distraigan por el sudor escurriendo en su frente
– No tienes que andar preguntando esas cosas, no andes hablando de eso así nomás porque sí, aquí en el restaurante o en cualquier lugar, ¿tú crees que estaríamos aquí si anduviéramos hablando de esas cosas, si estuviéramos preguntando a todo el que se nos atraviesa por eso que dicen que a veces pasa?– Zanate no estaba enojado, hablaba con gesto de molestia, pero no era molestia, era seriedad o pasmo ante el presente, no le importaba mucho si sus palabras se escuchaban, hablaba por hablar, para hablar, para dejarse en el exterior, para manifestarse en ese lugar, entre los tres hombres que tomaban la bebida caliente
– Tómele compañero, el sabor de la miel le aliviará el pecho– Nucú animaba a Chema, los ojos de éste último dejaron entrar más luz, sudaba, sentía su cuerpo fresco, aclimatado a la plática, los vasos estaban a la mitad
– Le tomo, pero, ¿qué, entonces no me van a contar nada?– Chema también comenzaba a hablar por hablar, para hablarse
– ¿Y tú qué nos vas a contar?
– ¿Qué les voy a contar?
– ¿Por qué quieres saber de eso?
– Para saber nada más, para tranquilizarme los nervios, para acompañar la llegada de la noche
– No tenemos nada qué contarte compadre, nomás venimos a seguir con el deseo vago en la sangre, nos queremos aturdir otro poco antes de cerrar el ojo y mandar nuestro cuerpo a los infiernos, no nos interesa andar tirando cuentos de aparecidos, menos cuando acaba de pasar la fiesta de las flores y por ahí andan los espantos nomás esperando a ver quién se deja– Nucú tiene ganas de pedir otra ronda de jamaica, pero mira los vasos de los hombres en la mesa y decide aguardar un momento, el señor del restaurante se acerca al tocadiscos colocado en un mueble, a un costado de la barra, mueve la aguja, quita el disco y lo voltea, un jazz acalambraba los nervios de los hombres en el restaurante
– Sí, namás venimos a eso, a seguir con el desbalague– Zanate trata de atrapar a dos seres invisibles que vuelan a su alrededor, Chucho ríe, acompaña la sonrisa con una inhalación de un aire repleto de incertidumbre, de olores de noche anaranjada, Chucho acaricia con la lengua su colmillo dorado, cierra un párpado, bebe del vaso
– No sé, es algo que siente mi cuerpo, es algo que me pregunta mi cuerpo– Chema comienza a desconfiar de sus palabras, de sus labios, no es él quien habla, es un impulso cruel, es su sangre queriendo hablar, deseando expresar un sentimiento obscuro
– ¿Tú cuerpo?, ¿cómo te hace preguntas tu cuerpo? Ya mejor cuéntanos qué haces acá, en este lugar
– Nucú espera la respuesta mientras mueve su pierna derecha con ritmo inclemente
– ¿A qué vine? Ya les dije, vine nada más a impartir unos cursos a los alumnos, soy adjunto en la escuela, podemos decir que soy maestro
– ¿Cuánto tiempo llevas acá?– Preguntó alguno de los tres hombres, en sus vasos reposaba un charco mínimo de jamaica
– Llevo poco acá, vivo en un cuarto cerca de la escuela, la luz del güero suele despertarme a las siete de la mañana… así es, vine a eso, nada más a eso
– ¿Por qué aquí, para qué aquí? A este lugar al que todo hombre viene a perderse, a sentirse menos solo pero acaba perdido en su interior, se trastornan, piensan en sus debilidades y las creen verdaderas, los hombre vienen a perderse en sí mismos, a desafiarse, a perder la batalla
– No puedo explicar cómo fue mi decisión, no puedo decir que fue una decisión, un día leí la propuesta en mi universidad y no lo pensé dos veces, mi presente estaba roto, mi cabeza estaba echa pedazos y lo primero que pensé fue irme de donde estaba, salir de inmediato
– ¿También estás escapando?
– ¿También?
– ¿ Hiciste algo tremendo o por qué esas ganas tan de desaparecer?
–…
– ¿Ahora el platicador se quedó sin plática? ¡Mira nada más!– Nucú masticaba sus preguntas, le sabían a miel, trataba de exprimir un poco de sarcasmo al dar una dentellada en las palabras nada más
– No es eso…
– Te comprendemos, no te preocupes, las personas tenemos invenciones, ideas que no se comparten, que están mejor guardadas en el pecho, cerca de donde se escucha la vida– Nucú se acercó al cuerpo de Chema, también lo hizo Zanate, los dos escondían la risa en sus labios, acercaban su rostro al pecho del maestro de intercambio tan sólo para escuchar su latir, su presencia en el lugar, Chucho acabó la bebida y llamó al señor del restaurante que al ver el brazo alzado preguntó desde la barra. ¿Otra ronda igual? Chucho movió la cabeza de arriba abajo mirando de frente al señor del restaurante. Zanate y Nucú se acercaron al torso de Chema, a dos centímetro de tocarlo con sus orejas reventaron en una risa e hicieron sus cuerpos para atrás, se acomodaron en la silla ante la mirada atontada de Chema
– No estoy escapando, no tendría por qué hacerlo, creo que me estoy haciendo a un lado, no quería estorbar en el sitio en donde estaba, creo que no había otra opción
– Eres puro creer compadre, no estoy seguro de que sepas a qué viniste, pero no soy quién deba reclamarte o algo así, nomás queremos saber qué te trajo a este lugar, a este recuerdo de la vida, a nosotros nos ha costado estar aquí, nos ha costado sobrevivir a los cambios, a las palabras de las personas que nos mira como a infectados
– ¿Infectados? ¿Pues a qué se dedican ustedes? Nada más a beber la jamaica caliente y ver seres invisibles…
– ¿Seres invisibles?– Zanate le pregunta a un ser invisible
– Ningún ser invisible compadre, nosotros nos dedicamos a lo que nos dedicamos, ya ves que todos tienen sus secretos en el pecho, pero en algo sí tienes razón, en la cosa de la jamaica, eso sí que nos gusta, ¿o no está buena?– Nucú observa al señor del restaurante, se acerca a la mesa con una charola sostenida por su mano derecha, cuatro vasos en la superficie de metal, otra jarra de loza, el señor se planta frente a los hombres, reparte los vasos y cuando está a punto de retirarse, Zanate le pregunta ¿No tiene algo para picar? El señor del restaurante mueve la cabeza y contesta, Tengo gorditas de hierba santa y butifarra, Zanate salivó al escuchar la segunda opción, tráiganos un poco de los dos, el señor se retiró, detrás de la barra cortó, frió, exprimió, condimentó los alimentos, los emplató y los llevó a los comensales, los cuatro agradecieron
– ¿Sientes como que flotas, no?
– ¿Que flotas? – Chema flotaba
– Con la jamaica, aunque estés sentado, flotas un poco, a mí me pasa eso– Nucú cierra los párpados al hablarle al maestro
– ¿También sientes que las manos se te van, se te mueven sin que lo hagas, no? Eso también me pasa– el rostro del hombre moreno ha recibido varios golpes, el primero fue en la secundaria, al salir de clases, un derechazo bien propinado en la ceja que ahora se rasca, cerca de la cicatriz, toma una tostada del plato, añade un poco de butifarra con los dedos, acerca el bocado a su boca
– No, todavía no me pasa lo de los brazos, pero tengo ganas de reírme. ¿está buena la botana?– Chema observa a los otros dos, están mirando las cortinas de la ventana que da a la calle, luego el plato de comida, el vaso lleno, sus manos, cuando miran sus manos les entran unas ganas incontenibles de hablar, Chucho las está mirando
– No, yo no siento nada de eso, pero díganos señor, o ¿cómo podemos decirle?, usted, ¿a qué se dedica?, ah ya nos dijo a qué se dedica, díganos señor, ¿a qué se supone que vino usted aquí, al restaurante, a qué carajo vino aquí a querer hablarnos?, ¿qué cosa le picó para querer estar en nuestra mesa, respirando nuestro aire, qué cosa quiere, de qué tiene miedo o qué?– Chucho está tenso, tiene los labios deformados pero se le entienden las oraciones que comparte; sí quiere saber qué hace ahí Chema, pero no está tan molesto
– Pérate, pérate, bájale alzado, espérate, aquí el compadre ya nos estaba contando, no te pongas alebrestado,– Nucú detiene el hablar arrebatado de su amigo, lo hace pronto porque Zanate suele seguir a sus amigos cuando alzan la voz con ganas de quebrantar ambientes, además aprovecha para preparar la jamaica, un hielo, una cucharada de miel– salud y bébanle que la noche atrapa y a nosotros todavía nos falta camino, salud compadre salud
– Salud– Chema dio el trago preciso, el interesante, su garganta le agradecerá la miel, su sangre sentirá la sustancia ácida de la flor, sus ojos comenzarán a lubricarse, la luz de los focos del restaurante se esparcirá por sus pupilas para hacerle ver las paredes más iluminadas, los rostros de los hombres en la mesa con más brillo, sus pieles del color del barro mojado del que estaba hecho el salero en la mesa
– Nosotros aguantamos tu secreto y tú aguantas los nuestros, así el trato, cada quien con sus ideas– entre vientos fríos los rumores de la luna les llegaban a los cuatro hombres
– ¿Esto ya se trató de secretos? Me gusta… que se trate de secretos y que cada quien se pierda en ellos, salud compadre– las palabras de Chema caían de su boca a la mesa, no alcanzaban una distancia mayor, el señor del restaurante escuchaba esos ruidos que le sonaban a una plática
– Cuando el sol se muere nosotros somos más felices– Zanate tenía los pómulos rosados, los párpados hinchados, los labios pintados con una fina capa de acuarela rojiza, los tres hombres a su alrededor rieron desde la dimensión en que se encontraban
– Somos más felices, vaya cosa, somos más felices– Chucho casi cantaba sus palabras, después de repetir tres veces somos más felices comenzó a chiflar una tonada, algo muy a lo Coltrane, salido de su más tremenda perdición, de su mareo ante la vida, Chucho se distrajo en unas luces que atravesaban apresuradas sobre su retina, su chiflido se perdió entre los vientos soplados por la luna
– Señores– Nucú buscó en las bolsas de su pantalón su teléfono celular, lo encontró y lo puso enfrente de su rostro, con torpeza intento encenderlo, los hombres en la mesa lo miraban, por fin encendió el aparato, miró la hora, también tenía dos mensajes de texto sin leer– vamos apurando la garganta que es tiempo de ser felices, aunque ya lo somos, no se me ofenda aquí mi compadre, ya lo somos, nos andamos yendo, se nos acabó el descanso, salud y credo– el hombre repitió unas palabras, dio un sorbo al vaso de cristal, cuando la bebida llegó a la panza, en el cerebro de Nucú un huracán revolvía las palabras, quería decir una oración pero no sabía cómo construirla, quería chiflar como lo hacia Chucho pero apenas abría lo labios sentía que la dentadura se le caía en la mesa, se sacudió la cabeza y miró a sus compañeros, sus ojos le dijeron que era el momento de irse, sin embargo no pudo hablar, fue Zanate quien animó la despedida
– Entonces cada quien sus secretos, pero no se apure, siéntase vivo de tenerlos
– ¡Pero cómo pesan!
– Pesan las reses muertas, los bultos de cemento, los costales de verdura, pesa la luz del sol, ¡qué van a pesar los secretos!– Nucú acaba la bebida de un sorbo, se levanta de la mesa y estira su brazo para despedirse de Chema, el maestro hace lo mismo con la bebida y se levanta, estira su brazo derecho y enlaza su mano con la de Nucú, se miran a los ojos y si pudieran decir alguna otra palabra lo harían, con el apretón de manos se transmiten cordialidad y respeto; Zanate y Chucho se levantan arrastrando las sillas, mastican los últimos bocados, Zanate muerde una gordita, la hoja santa le recuerda el caldo de camarón de su abuela, da otra mordida, se despide de Chema
– Hasta pronto señor y no ande preguntando lo que no se debe– Zanate le entrega la mano al maestro, un apretón y se sueltan dos segundos después, Chucho sólo estira su brazo, Chema enlaza su mano con la del hombre con menor estatura en el mesa; de píe, los cuatro dieron el último sorbo a la jamaica, el calor les invadió la boca, en el cuadrado de madera, Chema frente a Chucho, Zanate frente a Nucú, delante de sus sillas, los hombres creyeron oír un grito en la calle, un perro aullaba reclamándole varias mentiras a las estrellas, los tres amigos se alejaron de la mesa cuando el jazz estaba en una improvisación del saxofón, el señor del restaurante los miraba irse, lavaba los vasos que antes habían usado, Zanate se acercó a la barra y dejó un par de billetes verdes, le dijo, también va lo del maestro, el señor del restaurante lo miró a los ojos y movió la cabeza, siguió lavando los vasos, los hombres salieron, la puerta se azotó detrás de ellos, el jazz daba el turno a un solo de contrabajo.
– A esas personas no se les habla…
– ¿Cómo?– Chema buscaba en su mareo algún plan útil que le permitiera entender las palabras del señor del restaurante, el hombre se acercó después de ver alejarse a los tres hombres, decidió prevenir al maestro
– No se les habla, tenga en cuenta lo que le estoy diciendo
– Pero ¿por qué no se les habla?– Chema intentaba esconder la sensación en su ser, las vueltas de su cabeza, el acelerar de sus latidos, el andar apresurado de su sangre
– Así es señor, no se les habla, mejor mantenerse lejos de esos hombres, se confunden en la noche, mírelos nada más cómo van– el señor del restaurante y Chema giraron sus rostros hacia el vidrio de la ventana, los tres hombres caminaban atropellando varios espantos con sus cuerpos
– No sé por qué lo diga, pero como uno de ellos me dijo, cada quien tiene sus secretos– el señor del restaurante se mantenía de píe frente a la mesa, el aroma de los tres hombres aún daba vueltas en el lugar, el reloj disipó las manecillas sobre su superficie– cada quien tiene sus guardados
– Mejor pensar en su trabajo o en otras cosas que andar haciendo amigos como ésos– el señor del restaurante juntaba los vasos vacíos sobre la mesa, recogió los cuatro de la segunda ronda con una mano, se retiró hacia la barra, la aguja del tocadiscos estaba en la última gran grieta grande del disco, comenzaba un jazz desesperado.

No tiembles y escribe. No temas, sólo escribe, decide tu noche, procura seguir el hilo de este pensamiento, no te pierdas en los ruidos, no prestes atención a la presencia, trata de sobreponerte al abrazo frío de esta obscuridad que te acecha, esta incertidumbre ante la vida, ante saberse algo en el presente, no pierdas el hilo del pensamiento, gira tu rostro, y abre la puerta, o quédate sentado; si quieres saber el siguiente paso, lo que sigue, lo que esperas saber, levántate y abre la puerta o quédate sentado y espera… ¿Qué es el reflejo, en qué dimensión está? No soy yo reflejado, no es la iluminación, es algo que no somos, es una no presencia, es el motivo para pensar que estamos encerrados en una gran poesía, reinventándonos, reflejándonos tantas veces sea posible, haciéndonos mentira. ¿Qué deseas de mí? ¿Para qué me quieres carne? ¿Para qué quieres mi vida? Aquí está, te la entrego pero dime qué es lo que desea de mí, que pretendes al tenerme aquí, perturbado, dímelo.

Chema deja caer su mano sobre la mesa, no suelta la pluma, con la otra mano masajea su frente, el señor del restaurante lo mira desde la barra, observa sus movimientos, sus acciones son las de un tipo que se confronta con la vida del lugar, se sacrifica, se libera y se entrega a sus miedos, está aturdido, se le ve aturdido, la bebida, la plática, la aparición, sus constantes atropellos mentales, la situación en la escuela. El señor del restaurante no sabe los males del maestro, sólo observa sus maneras, sus respiraciones y se da cuenta de la perversidad que le aqueja, el maestro guarda en su chamarra la libreta, la pluma la lleva en el bolso de la camisa, se talla la cara con las manos, se levanta de la silla, procura no hacer ruido, camina hacia el baño, el pasillo que le conduce le nubla los pensamientos, Chema camina y esquiva varios vientos, abre la puerta y entra, frente al escusado se sentirá mareado, intentará no orinar fuera del mingitorio, no lo hará, pensará en el obscuro pasillo, en las desesperadas ganas que tiene de salir del restaurante, en su latir apresurándole la vida, se vacía, sube el cierre, se enfrenta al espejo, mira sus ojeras, siente el respirar de una obscuridad traidora, abre la llave del agua fría, la palma de su mano presiona el botón del jabón, con el chorro de agua escurriendo se talla las manos, las enjuaga, cierra la llave, jala dos trozos de papel café para secarse las manos, evita mirarse en el espejo, evita ser ese alguien más, esa aparición, abre apresurado la puerta, camina por el pasillo, mira al señor del restaurante, el señor le devuelve la mirada, Chema pretende hablar.
– Señor, muchas gracias, ¿cuánto es?
– Nada, el moreno pagó lo tuyo, pero ándate con cuidado
– Me voy, me voy y me voy a andar, muchas gracias, le agradezco, nos vemos pronto, que tenga buena noche– Chema estiró el brazo sobre la barra, el señor lo miró y se despidió con un blando apretón de manos, Chema entrecerraba los párpados, percibía a los poros de su piel transpirar, un extraño pulpo habitaba su cerebro, le revolvía las ideas, el maestro azotó su antebrazo contra la puerta, salió del restaurante, la puerta se cerró a sus espaldas cuando el jazz se sostenía de una nota aguda, Chema respiró las rezos de una luna blancuzca.

No le hagas esto a tu mente, se repetía Chema mientras caminaba, no le hagas esto a tu mente, sus pasos se aseguraban de llevarlo a lo sin rumbo, la ruta de andar sería tan equívoca como sus palabras, en el lugar las calles permanecían en silencio, de alguna alcoba se escapaban los sonidos de un danzón, las noticias de la noche, el locutor del programa de radio enviando saludos a una señora de cuarenta años que vivía en el pueblo vecino y escuchaba el programa todas las noches, dos perros caminaban en busca de alimentos, sus ojos procuraban imágenes aterradoras a la mente de Chema, comenzó a caminar muy cerca de las paredes, la sensación de sentirse perdido le comenzó a secretear en la oreja derecha, los nervios se atemorizaron cuando los perros emitieron un ladrido, los animales querían manifestar su presencia en el lugar, los postes de metal colocados cada cincuenta metros sostenía unas farolas de luces de inquietante tono amarillento, los perros caminaron sin saber el rumbo, Chema hizo lo mismo pero en sentido contrario, caminó sintiendo un retortijón en el estómago, miró al cielo para saber si el clima le permitiría llegar a casa sin percance o algún diluvio repentino, caminó sabiendo que sus pasos le llevarían confiados a buen destino, se acordó de la presencia y prefirió pensar en la mujer del mercado, el caminar de Chema era acompañado por una tenebrosa orquesta del silencio, parpadeaba lento, las imágenes en su cabeza se deslizaban hacia sus ojos, los huesos le dolían de frío, una punzada en la espalda, un redoble tiránico en la columna vertebral, la mujer caminaba entre las lonas del mercado, de vez en cuando giraba su rostro para mirarlo, para invitarlo a seguirla, la siguió, su andar tropezaba con piedras, llegaron a un cruce de caminos, la mujer desapareció cuando Chema parpadeó para tratar de reconocer el lugar, giró la cabeza, buscó alguna señal, se supo confundido y reaccionó, sabía que no era el momento de saberse estúpidamente extraviado, sabía en dónde estaba, sabía que era el rumbo antiguo al río, sabía que la bifurcación llevaba a dos caminos, sabía que estaba en el sitio correcto, respiró, su cuerpo se relajó, la sangre disminuyó el trepidante fluir, el hombre se mostró impaciente, uno de los caminos le llevaba a la autopista, cerca de la caseta de la presa, cerca de la estación del camión, Chema volvió a sentir un intenso golpe de frío en sus huesos, la última farola quedaba a quinientos kilómetros del lugar en donde respiraba, la humedad del sitio le provocaba incomodidad, los árboles crujían para desesperar los movimientos de Chema, frente a él la presencia atrayéndolo al camino de entrañas frías, el que lo llevaría entre los manglares hasta el río; mientras Chema respiraba la aparición se confundió con la obscuridad, con el manto estelar, con la respiración del maestro, comenzó a caminar hacia el camino del río, varios grillos emitían un sonido hipnotizador, la luna observaba el andar del hombre entre las tinieblas, la luna sonriente, la luna exigiendo la vida, varias nubes se confabularon alrededor de la porción de mundo habitada por Chema, varios monos emitieron chillidos para saludar a los astros, para celebrar la ocasión, el maestro caminó tropezando con trozos de ramas, se dejó invadir por la humedad de la tierra, siguió el caminó de sus pasos torpes, siguió el caminó de sus divagaciones, siguió el camino de sus palabras, tropezó con una gran piedra y cayó, a su alrededor todo estaba en penumbra, ciego, escuchó a dos pájaros piar con nervios, se levantó para seguir caminando, llevó un poco de aire a sus pulmones y cantó para sí mismo “como en las noche de verano, que salía a matar, como esas noche de verano, llenas de felicidad… para ser bueno hay que hacer el mal, pero a escondidas, para ser bueno hay que hacer el mal, todos tendremos que carga la misma cruz, un suspiro antes de viajar”, su voz era un sonido más en la obscuridad del camino, anduvo entre varios mundos, entre sus diálogos, sus pensamientos, sus voces, su penumbra, caminó varios tiempos cantando, caminando, sofocando sus secretos hasta desaparecer.


DRN

SACRIFICIOS | DESAPARECER


I.

Sientes que el mundo te come. Ángel se ve aún más humano delante del paisaje, el río obscuro es obligado a resplandecer cuando una línea brillante del gran astro le dice que despierte, que es buena hora para saludar a los amigos. El Cañón le da fuerza al perfil de Ángel, es él y las paredes de la gran falla, del monumento natural, epitafio de lo desastroso. Varias nubes atraviesan la mente de Ángel, ahora sonríe y el aire condensado se mueve lento, el viento decide quedarse a escuchar sus palabras, es una manía esa del viento, una idea trasnochadora, una tentación incomparable; las palabras de Ángel son cadencia, pero también son las líneas trazando el paisaje, las rocas majestuosas, el río tranquilo, reflexionando tiempos remotos, aguas amansadas por imponentes paredes de concreto, la humanidad sabiéndose débil ante las consecuencias de una naturaleza en busca de su destino movimiento, concreto en donde se guarda la voz de Ángel. Un grito en el lugar, dos gritos, tres y otro más ejecutado por el perico, el Cañón se reía del coro, los llamados en decibeles altos buscaban a Paco. Paco remaba acariciando al río, acicalándolo, peinando a su niña de cinco años, consintiéndola, el río recibía las caricias y devolvía la tarea con un breve empujón, la lancha avanzaba, el ruido leve de su paso acarició las orejas de Ángel, pidió permiso al sol y entrecerró los ojos para buscar a Paco. Paco: perdido en una sonrisa. Ángel buscó al hombre, pero no iba a gastar más gritos, se repuso frente al barandal, el río dejó de suspirar para el momento, el sol no dejó de molestar.
– Sí pues, esperen cuando caiga la luna llena y verán, esto se ve grandioso. Cuando cae la luna llena no hace falta ninguna otra luz. Sí pues, esos días son los valiosos, me quedo aquí afuera hasta que me agarra el sueño, o hasta que los méndigos moscos me comen las piernas. Sí pues, si nada más espero esas noches para sentarme tantito y respirar lo mismo que respira el cañón, sentir la paciencia del agua, sí pues, el agua nomás está esperando, esperando deveras, tranquila, me contagia, me dice que debo esperar. Sí pues, no tengo otro remedio, o bueno sí, pero esos son más difíciles de encontrar…. Como les digo, cuando estás aquí a las tres, cuatro de la mañana, sientes que el mundo te come, si miras para adelante la obscuridad se lo traga todo, el río habla con alguna estrella, se escuchan los susurros, se alcanza a sentir una brisa, el cielo se convierte en una gran boca que comienza a comerte si no cierras los ojos, pero aunque los cierres el cuerpo no deja de sentir una temperatura baja, un cosquilleo en las piernas, en la cabeza. Me ha pasado varias veces, no me molesta, no me da miedo pero sé que el mundo me está comiendo poco a poco, en esas madrugadas no vengo a pensar, vengo a sentir la mordida de la noche, las picaduras de las estrellas más rojas.

¡Ah…! Si éste y yo no nos llevamos. La mano en esa pierna decía lo contrario. Pierna de Á., mano de Mariel, mano gruesa y calma, de tomar decisiones precisas en momentos inesperados, de encender el motor del carro a las dos cuarenta siete de la madrugada y salir a buscar a su padre, acelerar en el camino insultado con piedras y obscuridad, volver a girar la llave para arranca el viejo auto por quinta vez entre la bocanada de terror en donde la magia de una llamada le había puesto, una artimaña de su valentía, de ser una mujer capaz de mirar al reloj sin miedo, retándole, estableciendo una contienda invisible, una inagotable batalla. Se miran cuando Paco se acerca al muelle. Mariel y Á., recuerdan más de un una situación al mirarse de frente, al saberse platicando tema íntimos, acariciados por los tabiques de la casa, por las tejas del restaurante, Mariel platica y moldea sus anécdotas como escultura de barro, la conversación se hace tridimensional en sus palabras, entre su saliva, Á., la mira con respeto, algo perdido, buscando varios motivos para no reclamarle haberle dejado solo aquella vez en la lancha, sobre el río, Mariel en la isla con alguien, la lancha atada al muelle de madera, la tarde en colores rojizos, los vientos susurrándole calma al pequeño Á., que ahora se acuerda del momento, pero no puede reclamarlo, no sabe, no conoce el lenguaje para poder recriminar a Mariel esa situación.


Mariel ignora algo. Á. guarda el secreto detrás de la lengua, en un sitio de su boca en donde las palabras son retenidas por la vergüenza, por el temor.

– Mmm, la luna llena, ¡pura perdedera de tiempo! Nomás lo ven ahí todo quieto sin poner atención a nada, no se le puede molestar al señor porque mmm, pero pura perdedera de tiempo, dice que está pensando, pero puro ocio y tontería debe estar pensado, se ríe porque es cierto, nomás míralo…

Está sonriendo, Mariel también sonríe cuando habla, es un gesto amable, las palabras se reciben con mayor facilidad, se acaricia la cabeza, busca la mirada de Á., y cuando la encuentra un tanto resentida, le sonríe, Mariel no encuentra por el momento algún remordimiento, algo qué reclamarse, piensa y si puede lo dice cuando conversa, en su labor diaria, sus acciones han sido para salir, para despertar y no reclamarle al astro su brillante presencia. Á., le regresa la sonrisa, es gracioso el tono de Mariel cuando platica de él, eso le provoca risa, su capacidad de ser chistosa al contar cualquier tema, de engatusar la atención para esperar el siguiente comentario, la mueca precisa, las manos imitando a otra persona, eso provocaba la risa de Á., la mujer acaricia la pierna del hombre, le da un par de palmadas, cayeron las hojas de un árbol de mangos sembrado en la isla vecina, dos monos caminaban entre las ramas buscando alimentos.


II.
Ángel se levanta de la mesa, atrás queda el río, los peces comiendo los desperdicios tirados por los turistas, Ángel camina, rechinan las tablas debajo de él, debajo de las tablas el agua se mantiene calma, la cadencia de sus movimientos acompañan sus pasos cuando él se siente más seguro, un poco más separado de su Mariel, más que el día anterior. Ángel agita su camisa para escurrir varios chorritos de sudor, camina y saluda con la mirada a los conocidos sentados en las mesas, recargando sus codos en los manteles repletos de flores y colores alegres, las personas le regresan el saludo, Ángel hace temblar sus pupilas verdosas cuando se aparece Julián, lo mira morder un pedazo de tortilla frita, la imagen se refleja en el verde dentro de los ojos de Ángel, saluda a Boni, a la señora de la cocina y sigue su paso sin detenerse, observa el río y le dedica varios pensamientos, treinta peces brincan alborotados, salen de la superficie y vuelven azotando su ser en las aguas mansas barnizadas con una capa fina de tonos oro, Ángel camina con la imagen del dorado sobre el río, sonríe, avanza hasta el perchero colocado en la pared y descuelga una sudadera oscura, se pone la prenda y mete las manos en sus bolsillos, sigue su camino, mira a la Vieja, el verde en las cuencas de Ángel se difumina, mueve el rostro y esconde un malestar en el páncreas, veloces sus parpadeos, su respiración de tan trepidante atropella sus pensamientos, recupera la calma cuando está por salir del lugar, aparta la mirada de la Vieja, baja la cabeza, cuenta sus pasos sin importar el orden: ocho, diez, once, uno, catorce, dos, ocho, cuatro, dos, uno, uno, dos, tres, ocho, diez, diez, diez. Caminó sin saber del sonido de los insectos pegados a las ramas de los arbustos, no supo de su canto del atardecer. El río se untaba una luz morada sobre sus colores anaranjados. Once, tres, doce, catorce, diez, diez, diez…

Inés. Su rostro sonriéndole a la luz azulosa que dominaba las tardes en la plaza del lugar. Inés detrás de una señora, sosteniendo una bolsa tejida con hilos de diversos colores, Inés y sus vestidos largos, corte a los hombros, la piel acaramelada, sus tonos tabaco y jamaica triturada, una rojiza melanina escondiéndose en su satinado exterior. Inés sin voz, con la mirada en las manos de los vendedores, frutas arrojadas a un recipiente de plástico, Inés y su voz piden una medida, mejor dos porque la señora le secretea tres palabras. Inés sin su nombre: una mujer en la plaza bajo las obscuras lonas sostenidas por tubos metálicos, una mujer y su aroma entre los olores de las verduras, de los filetes de atún recién rebanados, las vísceras del pescado, la piel del cerdo emanando humos al ser introducida en el aceite, el chicharrón crujiente goteando manteca. La mujer y la palma de su mano cuando la dama de canas y mandil azul le unta un poco de guacamole. La lengua de la mujer y el sabor del aguacate molido, el limón, el perejil, la sal, un trozo de cebolla. Inés pagando el kilo de papas, de zanahorias, el medio de limón, el cuarto de hongos, los tres pesos de ejotes, la lechuga y los tres jitomates.

Diez, cuatro, nueve, trece, ocho, ochenta, dos, diez, diez, diez. Ángel sale del restaurante, dos árboles se mueven molestos por la insistencia de un viento arrepentido que busca esconderse entre su follaje, Ángel camina por el empedrado siguiendo el surco hecho por el agua en los meses de lluvia. Flotando llegan aromas del río a su nariz ancha, respira, los pulmones se atascan de ese olor combinación de sal, escamas de mojarra y combustible. El muchacho moreno ha dejado de contar sus pasos, ahora mira al suelo, observa sus tenis deportivos, el pantalón de mezclilla recibido en navidad durante el intercambio sorpresa, recuerda que esa sudadera se la regaló su tía de la Ciudad, la misma mujer a quien el corte de cabello de Ángel le parecía coqueto, coqueta era esa palabra, el muchacho de cabello corto y tonos castaños sonrió al recordar a su tía riéndose al regalarle la palabra, al interactuar con él más de dos minutos, el muchacho se sentía solo, pero no lo estaba, eran sus ganas de recriminarle a su familia sus malos humores, sus peleas diarias por el trabajo, por la falta de agua, el mal genio de Boni, el misterio en la mirada de la Vieja. Observa una ráfaga de viento entre el polvo, la vereda le averda las imágenes que tiene en la cabeza, las historias que se está contando, los diálogos que está repitiendo, las escenas de su vida, las más molestas; decide imaginar un momento a solas con Mariel, piensa que no debería estar pensando en eso; se acuerda de la última ocasión en la cima del Cañón, en la parte más elevada, extraviado en sus palpitaciones, atento a los pasos de Inés, a su cuerpo recargado en un árbol, dos líneas delgadas de luz dorada cruzaban su cuerpo; Inés camina, esquiva una roca, brinca desde otra, se ensucia de tierra los pantalones, lodo en sus tenis. Ángel llega a la penúltima casa que delimita el lugar, las luces están embarrando de amarillo el rostro de Jonás: recarga su cabeza larga en el alféizar de la pequeña ventana, la silueta es de ochenta años, huele a estofado de pulpo, a humo de canela quemada; cuando la silueta emite algún sonido por la noche, un silbido, un grito sin pena, una palabreja, las nubes se alejan, dos estrellas refulgen hasta arder, tres astros se acercan lentos a la superficie de la tierra y se mueven a una distancia prudente, el cielo toma licuado de moras y espeso observa las explosiones y la iluminación, Jonás llena sus ojos de luz, acerca sus pensamientos a la Coyolxauhqui.

Ángel mira a Jonás encuadrado en su ventana de bordes anchos, le regala un movimiento con la cabeza, el hombre en la silueta es estatua, Ángel mete la mano derecha al bolsillo de su pantalón, siente las llaves, después mete la mano izquierda en su otro bolsillo, agarra su celular, lo mira sin dejar de caminar, deja atrás la silueta, en la pantalla del teléfono realiza una figura con la yema de los dedos para quitar el candado, después revisa sus aplicaciones y no tiene mensajes, desliza su dedo por la pantalla, escoge el reproductor de música, mueve el índice sobre la superficie del celular, elige una canción, comienza con unos timbales, después una batería, la voz de una mujer se derrite en los audífonos, sube el volumen, guarda su celular en un bolso de la sudadera, las hojas de los árboles sudan restos de algún astro explotado, la galaxia sopla sobre su ser para aliviar el calor.

Muerde la uña de su dedo índice, arrastra el paso, los tenis se raspan, se desgastan al ritmo de los ánimos lentos de Ángel, anda por la tierra, del bolso de la sudadera extrae un pan relleno de jamón envuelto en papel gris, había preparado el bocado justo antes de sentarse a platicar con nosotros, el bolillo aún estaba caliente, lo tomó cuando el bollero exponía cuatro docenas en el tablón obscuro de la cocina, el jamón era de pierna de pavo, del que vendían en la tienda de la esquina, a Mariel le gustaba comprar ahí porque la señora de la tienda le hacía la plática, también porque se pasaba un poco de rebanadas gruesas que nunca cobraría como extra. Ángel dio un mordisco, aún crujía el bolillo, tuvo tiempo de untar algo de aderezo de chipotle, un poco, ahora siente en su paladar el sabor del picante, los aderezos los preparaba la Vieja y su ayudante; el jamón se entierra en un diente del joven que no detiene su andar, el polvo se mantiene manso escuchando varias cuentos del suelo, de la superficie pisada con desgano por Ángel, varios zanates relatan obscuras historias, las nubes se acercan a escuchar y se colocan sus cobijas azuladas, los ojos del joven se llenan de verdor, respira la vegetación, los perfumes de las plantas se quedan apelmazados en su cerebro, animan historias, el joven envuelve el bocado mordido, lo guarda en la bolsa de la sudadera, mastica y detiene la tarea para sonreírle a dos mujeres que caminan por la vereda, ellas le sonríen, él sigue masticando, camina lento, las plantas a su alrededor crecen sin prisa, los ojos del joven miran hacia arriba, el cuerpo no se detiene, la boca sigue masticando los últimos pedazos, los brazos colgados: péndulos cómplices del caminar borroso del joven. Sus labios ofrecen las últimas moronas a la boca, Ángel mira el azul obscuro arrastrado por tres pájaros grises con su aleteo, los pensamientos del joven se quedan atrapados en una telaraña viscosa tejida entre dos troncos macizos. Los árboles se estremecen al sentir un roce altanero del viento, Ángel está fuera de su lugar, en las fronteras con el poblado vecino, mira hacia delante, la tarde se ha conseguido varios tonos morados y los combinó con el rosa, al joven le extraña el color anaranjado, una línea delgada pintando varias nubes alargadas, la música continua en los audífonos, ninguna alerta de mensaje, hasta el momento él está en una de sus caminatas cotidianas, el camino se hace amplio, dos anuncios verdes aparecen frente a él, lee sus letras blancas aunque ya conoce su ruta, la carretera de polvo holgazán se partirá a cincuenta metros, una y griega se formará, los pasos arrastrados tomarán el lado izquierdo, el del anuncio con el nombre más corto, varios árboles de frondoso follaje y flores púrpura le regalarán una entrada seductora, respirará las últimas fragancias del verdor, arriesgará su camino, millones de hojas le absorberán.

III.
No tengo otra opción, a veces se me pone rejego. Detrás de ella el cañón con sus facciones verdes; nubes soñadoras tranquilizaban las ideas, el río hablaba quedito acariciado por la luz de un astro inquieto. Mariel detenía sus palabras en la lengua por unos segundos, trataba de contarnos algún secreto, Mariel era un secreto parlante, un contenedor de incógnitas, de palabras guardadas, de culpas y remordimientos de la gente del restaurante, de Boni descansando los huesos en la mecedora, arrepintiéndose de su pasado, relatando historias a una Mariel de ojos quietos; las palabras de Boni eran conservadas por la mujer en la silla de madera con el delantal azul amarrado de forma tímida detrás del cuello, las manos rozaban su rostro cuando sentía que Boni exageraba en sus cuentos y sólo quería atención, las palabras del viejo solían ser crueles, acomodado en la mecedora buscaba la mirada de tonos cambiantes de Mariel, el viejo aprovechaba los momentos con la mujer para mirarle el rostro y conservar en sus pupilas el color de su piel bañada por una capa de ámbar obscuro, Boni procuraba no hacer evidente su admiración, prefería platicar sus reproches, Mariel escuchaba. Escuchaba a la Vieja mientras preparaban la comida para los trabajadores, Mariel recargada en el tablón obscuro de brazos cruzados, sin el delantal puesto, la luz azul coloreando la madrugada, la Vieja confesando sus insatisfacciones, esquivando varias lágrimas para no dejar de ser la Vieja, quejándose de los olores del lugar, de la cebolla picada a medias, los vasos con una mancha, los jitomates aplastándose en las cajas, las puertas del refrigerador abiertas, el pescado echándose a perder, los gritos de la Vieja, de la mujer, los oídos de Mariel recibiendo los sonidos, la canción quejosa interpretada por una voz antaña, el aceite hirviendo en el sartén, el agua evaporándose en la olla de peltre, las hornillas calentando los tabiques, tiznando la rústica estufa, el fuego anaranjado alrededor de las cacerolas, la Vieja platicando uno de sus tantos sufrimientos, de sus tantas maneras de saberse fuerte y no perderse para salir adelante, para estar ahí; cuántas veces tuvo que ir fuera del pueblo, al lugar de una palabra, a perderse entre las hojas de flores violetas, cuántas veces caminó ese pasillo de aromas dulces, empalagosas sensaciones en el cuerpo; sin embargo era un sitio para estar ahí y seguir caminando, mareada, con el sonsonete de los insectos golpeando su corazón, acelerando su sangre consciente del siguiente acontecimiento, los demonios en su cabeza, las invenciones de otra historia, otro espacio, el rocío de las flores, el aroma, la caricia de terciopelo en la piel. Mariel cortando en cubos pequeños el jitomate, exprimiendo limones en un recipiente de metal, la Vieja y sus recuerdos del pueblo vecino, Mariel parpadea lento, agacha la cabeza, deja el cuchillo sobre la tabla y respira el perfume del que habla la Vieja.

Ángel inhala lo más lento posible, cuenta las exhalaciones, se concentran en mantener por dos segundos el aire avioletado del ambiente, la sangre del joven está en su actitud más arriesgada: río queriendo alcanzar apresurado la luna llena, Ángel va en busca de una mujer que vive detrás de las rocas, detrás de la presa. Andar por el camino de flores violetas le parece cada vez más pesado, el cansancio se apodera de sus pensamientos, de sus energías, preferiría sentarse a esperar un momento, Ángel mira hacia el suelo sin detener su paso, observa a un animal dormido, respirando a ritmos lentos, con los párpados cerrados, un animal de cuatro patas, Ángel dirá que era un caballo, su respiración le pide pausa, en la garganta se le atora un dulce sabor, no es molesto, sólo le propone irse a dormir, el joven sabe que son pocos metros para ver las primeras luces, con los dedos de la mano derecha se talla los párpados, camina esforzando las inhalaciones, exhala con mayor precaución, el aire del lugar obliga a querer tenerlo en el cuerpo, se hace peligrosa la tarea de respirar, el joven se acuerda de la música, lento, casi torpe, se acomoda los audífonos, consigue presionar el botón de reproducir, suena generosa una canción de bajo sexto tenebroso.

A Inés le gritaron asesina en la calle, ella giró el rostro molesta, aunque días después pensó que no debió voltear porque ella no era una asesina, no tendría que obedecer a esa palabra; cuando volteó observó al dueño del grito, le dedicó tres segundos de mirada fija y se marchó. Le gritaron asesina porque en el periódico local se publicó una falsa noticia: Poca Madre: Ahogado, mutilado por su progenitora. La foto de Inés dentro del ministerio público estaba colocada al final de la nota. Inés llegó al pueblo vecino después de la época de desesperación en la Ciudad. Inés no buscaría desmentir la noticia, el día que llegó a su departamento la escena estaba dispuesta, su cerebro sentiría una severa mordida en la parte frontal, no soportaría la luz, la sangre en la tina, la bañera, la tensión invadiendo el cuerpo de la mujer, sus labios partiéndose hasta la sangre, los dientes queriendo reventar al crujir unos con otros, la época de la desesperación y sus escrúpulos corruptos hicieron de la escena el trucaje perfecto para enviar un mensaje a los habitantes, la época de la desesperación necesitaba castigos ejemplares, Inés desmayó después de mirar el cuadro de la realidad que jamás olvidará, algún oficial de Seguridad la esposó, dos hombres le tomaron fotografías, siguieron la escena, la foto que tomó Rolando se publicó en el diario y se puso a disposición en las agencias de información, el editor del diario local del pueblo vecino eligió la foto en donde Inés tiene el gesto de espanto que aún conserva en el rostro, las grises ojeras, el cabello castaño amarrado en cola de caballo, el vestido largo, los labios cincelando seductores gestos. Esa historia sólo la conoce la persona del grito, ha perseguido a la mujer hasta el pueblo vecino, Inés caminó aquel día con los músculos de sus piernas estirándose hasta provocar dolor, la persona dueña del grito fue arrestada, dos puñetazos en la cara, sangre escurriendo de ambos orificios nasales, el ser identificado como un extranjero problemático fue expulsado de inmediato, se le dejó ante el camino de flores violetas. Inés no quiere recordar ese momento, cuando su máscara fue arañada, en la acuarela de su rostro habían escupido líquido corrosivo, Inés lloró después del grito, ardían sus zonas lagrimales, siguió su camino.

Ángel mueve sus dedos al ritmo de la canción, aún respira la dulzura, parpadea, frente a él la primera casa; la neblina morada comienza a desaparecer, el joven avanza para no tener la tentación de regresar, camina sin saludar a los vecinos, varios reconocen al forajido, Sara, Esther, acostadas en las hamacas a la entrada de la casa gris, compartían un gesto para darse por enteradas del recién llegado. Al caminar, Ángel procuraba confundirse con los habitantes, la sombra constante del pueblo vecino le permitía andar como un paisano más, conocía las calles, los vericuetos. Al pueblo vecino le obscurecía el abrazo de la presa, era fácil saber de la llegada de un ajeno, Ángel estaba expuesto, aún con los audífonos puestos dejaba sus pasos por el lado derecho del camino, escuchaba la canción, escuchaba también sus recuerdos, las palabras, la situación en que se ha metido, la toma de decisiones, el horror de sentirse en una encrucijada, el joven se tira en el precipicio de su pensamiento, nada entre las imágenes más frescas de su cerebro, afuera de él la espalda de la presa, las casas blancas, techos largos, focos de luces ambarinas en las puertas, faroles lamiendo el polvo, las piedras del camino, las nubes observando curiosas, entrometidas, detrás de ellas un azul en donde la galaxia se confundía con ese mundo, con esa porción de obscuridad, ese fondo en toda taza de café.

Ángel empuja la puerta de madera, el restaurante se abre, las imaginaciones del joven se postran en una situación policroma, los cuadros acomodados en las diversas paredes azulonas le llevaban a otros lugares, camina dentro del lugar, se acerca a la barra, saluda al hombre detrás de ella, el hombre le responde mirándolo a los ojos.– Deberías irte, no tienes qué hacer aquí, a la gente de por aquí no le agradas– Algún día, algún día dejaré de venir, usté sabe qué día y no sé por qué quiere asustarme, sé muy bien lo mal visto que soy aquí… pero ni eso detiene mi andar, usté sabe a lo que vengo, no tengo por qué estarlo discutiendo, usté sabe en dónde estoy en esta historia, usté y nadie más lo sabe, usté me dijo ese día, ¿no se acuerda?, me dijo con sus mismos bigotes, con la misma mirada de no creerme, que mirará bien adentro de mí… lo hice… sin saber cómo…– ¡Ya vas a empezar con esas cosas de nuevo! No vas a convencerme con tus cosas muchacho, despierta, no debes estar aquí, lo que yo diga son idioteces, no deberías estarlas tomando como cosa seria– Estoy aquí…–…
– No me voy hasta darme cuenta, hasta saber de qué se trata esto, de todas esas imágenes que veo…– Puras tonterías, puras tonterías, nomás te imaginas, nomás lo que ves en las noches de sueño profundo, puras mentiras… no te las creas muchacho, vete y no vuelvas…

El café servido durante la plática tardaba en enfriarse, Ángel bebía lento de la taza azul, el hombre del restaurante daba sorbos a un té de buganvilia y limón, su mirada se llenaba de rencor, sus palabras intentaban engañar al muchacho, deseaban desviarlo de su camino, de lo que Ángel había construido como su destino. El hombre estaba detrás de la barra, el cuerpo del joven se acomodaba para moverse poco durante la charla, presentía un abismo en las palabras del hombre.
– No muchacho, no te hagas tontas ideas, no creas todo lo que piensas, no te pierdas en todas tus babosadas.

El hombre encendió la radio para desesperar un poco al silencio en los labios de Ángel. El aparato emitía una canción desconsolada, la voz sufría por algún amor, por un hombre indeciso, por una manía extraña de querer amar la distancia.

– Mmm… ya estás como la canción, nomás divagando pura tristeza, pura tontería… ya no vengas muchacho, ya no vengas, este pueblo no te necesita

– No vengo porque me necesiten, no me importa el pueblo, usté lo sabe, no importa la gente, usté sabe que tengo que estar ahí, tengo que verla partir, tengo que esperarla, usté sabe que van a volver por ella, lo sabe, usté me lo dijo, acuérdese, ¿no se acuerda?

La radio estaba cerca del hombre que sudaba por el encerrado calor del restaurante. Las manchas en las bisagras de su camisa blanca reclamaban algo de aire fresco, el hombre se desabrochó el cinturón, las palabras de Ángel le provocaban incomodidad, sabía de lo que hablaba el muchacho, se sentía responsable de su constante viaje al pueblo, pero no podía permitir su regreso, sus ojos cafés se amargaban al querer convencerlo, detrás del bigote canoso guardaba preocupación y temor, atrapaba las palabras con sus delicadas manos dedicadas a la cosecha del grano de café; las orejas aún servían para rebotar las palabras de Ángel, para convertirlas en misiles que explotaban dentro de su cerebro.
– No, Ángel, no me acuerdo y no quiero acordarme de tus tonterías, de todas tus invenciones… bebe ya ese café que se hace tarde y están por llegar los trabajadores.

El muchacho no terminó el café, dio un sorbo breve y dejó la taza sobre la barra, sus ojos embadurnados de miel observaban cierta traición en las palabras del hombre. Se despidieron esperando no volver a tener una conversación en esos tonos, el hombre deseaba no volver a ver al muchacho, no ahí, en el pueblo vecino. Se despidieron con las miradas.

Ángel cerró la puerta del café y caminó bajo la sombra del lugar. Dos nubes intentaron distraerle de la conversación, las personas a su alrededor secreteaban infamias al ver al muchacho que caminaba y sentía a la vida despedazarle sus esperanzas, pero él estaba consciente de las esperanzas nulas, no se trataba de esperanza, la historia estaba contada y él creía tener una labor, un fin en ella. Un paso tras otro y al muchacho la vida le caía en la cabeza. Bajo las sombras el calor desesperaba, Ángel se limpiaba el sudor con la manga de la sudadera. Él sabía que ella le necesitaba para algo, él debía estar ahí, ella no podía seguir sin él, no debía seguir sin él, Ángel lo sabía, o creía saberlo. Dudaba si ese mismo instante era parte de su sueño, si el presente era sólo una porción de sus imaginaciones, dudó estar vivo, dudó de sus respiraciones, dudó de la vida en que se creía atrapado, se frotó los párpados, el sudor estaba por entrarle a los globos oculares, se limpió el agua salada de las mejillas, movió la cabeza y decía que no, se decía que no, él debía estar ahí, caminando, pensando en las dimensiones en donde podía habitar. Caminó cuando los recuerdos de aquel sueño le envolvieron las neuronas.

Era él y el hombre del café dentro de una cueva. La obscuridad les acariciaba la piel. El hombre de los bigotes canos le decía un secreto, Ángel se esforzaba para escucharlo. Varios perros ladraban en la lejanía, una luna inmensa respiraba precipitada, dos aves congelaban la calma con sus cantos, la arrogancia del cielo le decía que no debían sufrir. Van a venir por ella, susurraba el hombre del bigote van a venir por ella, el muchacho, que no era él, era una combinación de zorro, de zarigüeya, de extraño ser de la noche, se esforzaba para oír las palabras del hombre, van a venir por ella, y el cielo, la luna, las estrellas, sobre todo las estrellas, repetían una a una las palabras, insistían para que el muchacho, el ser de la noche, no las olvidará, van a ve nir por ella, van-a-ve-nir. No entendía, trataba pero no podía comprender qué quería decir con eso, quién vendrá, de quién habla, de qué se trata todo esto. Ángel se dio cuenta de que no era él, él estaba en otro sitio, quizás en la galaxia observando la situación, escuchando las palabras del hombre.

Él me lo dijo, lo olvida, no quiere acordarse, tiene miedo de que las tierras vuelvan a estar tan secas como en los días en que no existía la presa, tiene miedo de que este lugar desaparezca en la sombra, se lo coman los gusanos, tiene terror de las aves negras, las traicioneras, pero no se acuerda, él me lo dijo casi como advertencia, casi como obligación, sus ojos me lo dijeron, sus ojos exprimiendo sudor, me lo dijo aquella noche pero no quiere acordarse, quiere confundirme con eso de mis tonterías, de mis sueños, pero son más que sueños, él me lo dijo, fueron sus palabras, tiene miedo de que aquí no exista más cosecha, que las plantas se mueran, que quede todo muerto como en los días de la obscura tristeza, tiene miedo de eso, de la tristeza en su piel, en los ojos de las señores, en el sabor de su café, tiene miedo de que ella ya no despierte más o que un día no esté, pero cómo no va a estar, cómo no va a regresar si yo estaré, ella sabe que yo estaré ahí para esperarla, para verla partir y sentir el frío en las plantas de los pies. Él no lo sabe, se lo he dicho pero no quiere creerme, es como si el mundo te comiera, no quieres estar ahí, quieres dejar de existir cuando ella se va, cuando emite ese sonido lento, rasposo, es como si el mundo te comiera la existencia, como si te sacara el aliento a la fuerza para aventarlo por ahí, y nadie quiere creerlo, nadie quiere sentir eso, porque saben lo que es, lo han visto en los gestos de los conductores arrumbados en sus asientos, estrellados en los parabrisas, tienen miedo de eso, de quedarse congelados en el terror.

Ángel camina recriminándole a los habitantes del pueblo vecino su cobardía, lleva las dos manos adentro de los bolsillos de su pantalón, arrastra los píes para generar una nube brumosa en donde pueda confundir su ser, pero no lo logra, la gente sigue sus pasos, saben que ese muchacho ya no debe andar por ahí, saben sus motivos. Pero Ángel no da marcha atrás, no se atemoriza porque él es el monstruo entre ellos, él es quien apacigua la sed de la tierra, y se siente egoísta, pesan sus pensamientos, le lastiman, el cuerpo del joven se mueve con disimulo entre la obscuridad del pueblo, trata de entender la incómoda situación, no encuentra una entramado lógico, no sabe en qué momento se supo caminando entre el polvo, dudando de esos mismos pasos, reviviendo un sueño, inventándose soluciones. Camina hasta encontrar la casa detrás de las dos rocas. Descendía la temperatura y los pulmones de Ángel le proponía una respiración lenta.


IV.
Una y otra vez, repeticiones, las mismas sensaciones, el silencio apretujando los labios de Ángel. La misma escena se repetiría, se repetirá para evitar las culpas, para encontrar varios motivos de sorpresa, para vivir en el secreto. Los brazos del joven le pesarán de la misma manera, sentirá las hormigas apresuradas dentro de su piel, se creerá dentro de un sueño. Ángel sabrá, además, los motivos de su andar, de su rostro sin gesto, de labios finos y nariz amplia, de cejas tupidas, se reconocerá en sus manos, en sus movimientos, en los sonidos en donde prefiere perderse y pensar en la luna. Llegará a la casa, la música en sus audífonos desaparecerá. Esperará encontrarla dormida, dará media vuelta para perderse en la vista del pueblo vecino, desde esa altura la panorámica se desvanecía entre las pupilas hasta formar una acuarela emborronada de diversos tonos de azul. Entrará a la casa y esperará hasta el último suspiro, la despedida del ensueño. Ángel se acercará a la habitación, empujará la puerta y ahí estará la mujer; con la mirada cansada ella asentará para que el joven pase el umbral, él le acercará una toalla, calentará una combinación de hierbas en la parrilla de dos hornillas conectada a un pequeño tanque de gas, el joven servirá el líquido en una taza, la mujer se levantará para beber la infusión, le devolverá la toalla escurriendo sudor, el silencio entre los dos será interrumpido por una breve tos de la mujer, Ángel ayudará a Inés a recostarse de nuevo, a respirar lento, a salirse de ella. De nuevo Coyolxauqui les soplará en el instante adecuado, un intenso calor en la habitación, un extraño amanecer en la noche, ahí, en la choza, la piel de la mujer se iluminará, Ángel saldrá de la habitación, mirará detrás de la puerta, respirará la misma sensación de pérdida, de no saberse en el lugar correcto, de querer salir de la choza y gritarse sus dudas, Ángel esperará hasta que esa luz incandescente desaparezca y se escuchen los murmullos, las voces de los muertos, de los asaltados por el destello, por la imagen espantosa, por la luz mortal, el cuerpo de la mujer quedará tendido en la cama, sin fuerza, blando, pálido, Ángel entrará a la habitación, un tenebroso abrazo de frío, los murmullos en las paredes; en el espejo del buró de Inés se reflejará una bruma y los rostros cambiantes de los desaparecidos, Ángel esperará sentado en la silla de mimbre colocada a un costado de la cama, las voces, las imágenes perturbadoras rondarán cerca de su cabeza, Inés no estará, no existirá ahí, en esa cama, el muchacho esperará el tiempo necesario, el suspiro, el último, de nuevo la tierra recibirá gotas de sangre, la mujer arrebatará la luz al humano, el sol se acordará de que existe un lado detrás del muro de concreto.

La radio en random cambia de estaciones a ritmo desquiciado. Mariel pretende no poner atención al aparato, acelera y el motor de la camioneta le responde. La mujer busca al muchacho que se ha perdido en un sueño, en una tontería. Mariel conduce tranquila, la Vieja le dijo el camino y ella conoce muy bien los alrededores. Presiona el acelerador y piensa en el muchacho, en sus ganas de perderse, de ser un cuerpo extraño siguiendo un sueño, un pensamiento podrido. Mariel presiona el embrague con calma, hace la maniobra adecuada para avanzar en tercera velocidad, la camioneta le responde sin reclamar, Mariel se mira en el espejo retrovisor, es ella y sus ganas de abrazar al muchacho, de decirle que deje de hacer lo que hace, son sus ojos sin lágrimas, esas las había gastado en el velorio de su padre el asesinado, el despojado, el arrebato de la tierra. Mariel no quiere recordar más de aquellos momentos, deja de mirarse, presiona el volante sin desesperación, acelera, el embrague le tiene en tercera velocidad, los sesenta kilómetros por hora impiden que las piedras del camino se incruste en las llantas, Mariel sabe la ruta, y aunque la desconociera sabría llegar, olería al muchacho, encontraría la manera de llegar, no se quedaría inmóvil, no frenaría, jamás daría media vuelta, no podría aguantar los pensamientos de reproche, de saber que pudo hacer algo. Acelera, baja el volumen de la radio, escucha las llantas arrastrarse en las piedras, acelera sin saber el rumbo, acelera, es el momento de hacerlo. La mujer no se siente parte de ninguna historia, es conmovida por sus impulsos, por la incomodidad del sudor en su frente, acelera porque debe hacerlo.

Acelera hasta alcanzar los setenta kilómetros por hora, pisa el embrague con rencor y lleva la palanca a cuarta velocidad, la noche no presta atención a los ruidos, no quiere presenciar la escena y guarda silencio, se esconde; los faros de la camioneta iluminan el camino, de pronto piedras, más piedras y mucho camino de terracería, la mujer acelera sin percibir la velocidad, acelera, pierde su camino, se desentiende de la geografía, de su ubicación, acelera, observa las piedras y acelera, entre polvo llega hasta la autopista del estado, sin percibirlo había avanzado cincuenta y siete kilómetros, la camioneta entra al asfalto de la carretera, las indicaciones confunden la visión de la mujer, acelera con mayor facilidad, conduce tensa, las dos manos en el volante, la noche en sus ventanas, los árboles, su respiración, el motor de la máquina, las señales en amarillo, las líneas resplandeciendo alguna imagen fantástica, acelera hasta los cien kilómetros, baja los ánimos del motor al entrar en la curva, los anuncios avisan que descienda su velocidad, se acalora al sentir su respiración, acelera, el aviso le indica un túnel a cincuenta kilómetros, acelera, abre sus párpados y piensa en varias imágenes de su pasado, un ruido le arrebata el pensamiento, una aparición repentina, una luz deslumbrante, un rostro sin forma, los huesos petrificados de Mariel, su cuerpo congelado, la luz ocupando su cerebro, el destello reventando sus neuronas, sus pulmones, sus pensamientos. La camioneta se desvía hasta el barranco, los vidrios revientan en miles de pequeños pedazos. La sangre de la mujer comenzó a gotear sobre la tierra. La luna observaba vaga y misteriosa

Mariel manejaba, el ser volátil le atrapó en un gesto, le congeló, le dejó petrificada.


V.
Nada más cuento lo que me dijeron. Me dice a mi regreso al pueblo, su voz trata de ser verdadera, lo es. Bebemos café corto, ella prefiere agregar un gustito de licor de avellana, su aliento me enamora, las mesas del café del pueblo no han dormido, el día de ayer la fiesta de las flores fue una escena de celebración a galope desbocado, varios vientos cansados se filtraban silenciosos por los callejones del centro, confeti, serpentinas, algunas máscaras de papel, figuras de animales grotescos tiradas en el suelo, coloreando las calles del pueblo. Me cuenta lo que le dijeron, yo quiero saber quién, por qué, cómo se le dijeron. Me dice que fue ese mismo día que yo estaba aquí, cuando usted vino y estaba con ellos platicando ahí, al pie del lago, cuando usted estaba diciendo puras cosas del atardecer y la luz en el lago, ese día fue, nomás se fueron ustedes… Bueno, pero eso no me lo dijeron, eso yo lo vi, yo estaba ahí ese día en el restaurante, yo los vi irse a todos y me quedé esperando ahí en la cocina, picando chiles y cebollas, lavando el pescando, asando las salsas. Dicen que la mujer nació en una madrugada de luz morada, que siempre llevaba una manifestación atrás, que le observaba, el muchacho debió sentirse atraído por el resplandor de sus ojos, o por su gesto de tristeza, nadie lo sabe. Bebí un poco de café, me mantenía contento, el viaje aún provocaba dolores en mi espalda, la madrugada y sus colores violetas intentaban provocarme el sueño, ella seguía hablando, en una pausa le pregunté quién le había dicho eso, me contestó que eso se sabía, entrecerré los párpados y estuve pensando en otra pregunta, ¿y él a qué iba, por qué iba? Eso no se sabe, nadie te lo dirá, es como si el muchacho se sintiera poseído, como si una voz le engarrotará la vida, nadie te lo dirá, eso sí es más que un secreto, algo que no se sabe, que es mejor no saber. Me rasqué la cabeza, subí las pestañas y un escalofrío me pellizco la entrepierna. La mujer no iba a poder hacer nada mijito, nada, así tenía que pasar, algún día debía terminar esa malicia de los astros, esa quejosa broma clavada en nuestros ojos… no mijito… nadie te lo dirá, nadie tendrá respuesta, ella tenía que ir por él, no le avisó a nadie, pero ella tenía que ir. Por tercera vez sorbe de la taza, el iris de sus ojos se confunde con el tono del líquido en el fondo del recipiente, el sabor etílico de la avellana le tuerce las palabras, su saliva se hace aún más dulce, el amanecer trata de acostumbrarse a sus movimientos de manos, un despertar extraviado en los morados de la madrugada, de algún extraño sueño volvía el astro dorado, el máximo, el inalcanzable. El muchacho se enteró después, lo leyó en una nota del periódico, se le hicieron conocidas las placas, de todas maneras nosotras nos enteramos ese día en la noche. Te digo que así tenía que ser pues. Y yo te digo nada más lo que me contaron, el muchacho se enteró y se quedó dormido en el camino de las flores, dicen que lo encontraron tiempo después, todavía respirando pero ido. No, joven, no quiera saber más, llega usted tarde, pero llega en buen momento, la cosecha se puso chula en el pueblo vecino y ahora sí le puedo preparar un guisado de verduras para que despierte, para que se le olviden sus dolores del viaje. No, si Mariel no podía hacer nada. Dejé que su aliento me perturbara la calma, me desespere al no entender y sentí la mordida del mundo en mis venas. Eso sí, namás le digo lo que me contaron.


DRN

SACRIFICIOS | SÍGUEME

Nanahuatzin, pronuncian sus labios y no puedo dudar, no debo dudar, lo dice y es imposible no creerle, quiero creer, lo haré porque es un ser en quien tengo que creer, lo haré en cada encuentro que tengamos, creerle me hace estar en la tierra, encerrado en esta esfera que flota a ritmo insólito, por eso tengo que creerle, para no sentirme así, insólito a merced de cualquier mal cálculo de la galaxia, de lo desconocido, le creo para estar con alguien sin sentir estar perdido.

Somos de los colores más claros de la naturaleza, estamos iluminados en tonos dorados, una luz se difumina en nuestros rostros, el auto avanza, su voz me dice verdades en donde se sigue posando mi absoluta credulidad, corrompo toda maldad en mí cuando las luces decoran mis pupilas: lienzos de un mural de acuarelas interminables, me pierdo en el viento detrás de nuestros cabellos, entre ellos, tras de nosotros, queriendo alcanzar nuestras verdades, nuestras ardientes sinceridades, las montañas abajo, esnifando varias nubes grisáceas de azules escondidos, nuestras voces jugando con el viento, trotando en porciones de ensueños verdes, extraviándose entre vericuetos de altas rocas, la cima de una falla de la naturaleza, una inmensa pared manchada de vida, de secretos incontenibles.

Yo soy Nanahuatzin… por supuesto, debo creerlo, ¿cuál será mi castigo por hacerlo? La nave avanza sin prisa, las ramas acarician la carrocería, la niebla y el frío entran por las ventanas, a la altura de las nubes los secretos rondan queriendo ser contados. Aún envueltos en los abrazos neblinosos de la carretera comencé a sentir algo de fuego en mi estómago, prefiero seguir creyendo, mirar el entorno, estar seguro de que seguimos avanzando, perdiéndonos en sinceridades; dos habitantes caminan a paso lento para desaparecer entre la neblina, el auto sube entretenido con los vahos de los montes, los bordes del cañón. La carretera suda de frío. Sus palabras me dicen más verdades. Debajo de nosotros, entre los árboles, esperan tranquilas las aguas profundas, somos pequeños instantes ahí, nosotros, escuchándonos, contándonos lo poco comprobable, lo instantáneo, estamos ateridos a la perdición, encimados en una de muchas de nuestras capas, de nuestras dimensiones, somos una insignificancia, un pequeño auto viajando entre las grietas hechas por el hombre a una gigantesca falla de la naturaleza, un motorizado haciéndole cosquillas a la vida, la vida enorme. Estamos en nuestras verdades, rodeados de lo impredecible.

Sonríe para convertir el momento en tiempo sucediendo. Cuando el verde nos dijo silencio, entonces fuimos ojos, fuimos naturaleza en nuestros nervios, fuimos de nuevo insignificancia. Sonríe cuando bajamos por una curva. En un pueblo cercano una cerveza es bebida por el señor de gesto mudo, de esperanza muda, no eran gafas obscuras, eran sus ojos y la sombra de la noche debajo de ellos convirtiendo su rostro en una escena de terror, la cerveza fría, las nubes arriba, el señor de gesto mudo da un sorbo a la cerveza, nos mira sin moverse, sentado en la jardinera de la tienda de abarrotes.

Renacemos, el auto avanza, las nubes atrás, arriba el cañón siente las caricias de los neumáticos. Yo soy Nanahuatzin. Sonrío, me hago tiempo.

Acalorado, vuelvo a mi sitio, arriba, desde donde observo, desde la inmensidad en donde también soy vulnerable, soy el astro y no sé de mí más allá, de mis incandescentes posibilidades, más allá de mi luz no sé más. Soy el sacrificio, lo siento en mi estómago, en mis pulmones, me presiento ancestral. Soy tan frágil como los planetas y las estrellas a mi alrededor, me tardo en darme cuenta, me siento inmenso, con ganas de abrazar al Cañón, de lavarme la cara en las profundidades del río, dar un sorbo repleto de mojarras, extenderme en las nubes, acompañarlas en su metamorfosis eterna. Mi sacrificio debe ser disfrutado, me revuelvo en los cúmulos, me sé sacrificado, me siento sacrificado, estoy en la cima de un dolor, de una historia en donde no debió estar nadie, sólo yo, yo aquí con mis decisiones, con mis dolores de humano, mis mal formaciones, mi cuerpo de llagas, mi cuerpo entero ardiendo. Me acaricia una inseparable masa de cirrostratos, siento la humedad chocar contra mi cuerpo y desaparecer al instante, expelo un vapor caliente. La carretera se empina, el auto deja de acelerar, la máquina avanza, atrás van quedando las sombras, esperan, no desaparecen, atrapan a quien atraviese sus caminos, las sombras y las grandes nubes, las inmensas en donde la luz de los planetas se entretiene un poco, se detiene a mirar las diversas formas de los gases, las criaturas detrás de cada movimiento del viento. La máquina avanza. ¡Yo soy Nanahuatzin!

Tiemblo. Es un calor parecido al explotar de una estrella. Revienta cerca del corazón. Se dispersa por todo el cuerpo, está en los huesos, ahora en los músculos, llega a la piel, lo respiro, lo veo, es el calor o yo soy el calor, no lo sé, es una sensación de incandescencia, de irradiar hasta agotarse, expandirse en la luz. Miro hacia abajo, siento la necesidad de arrojarme al vacío. Una de sus verdades me convence de que no lo haga, de esperar, de aspirar más de mil veces el extracto de las nubes. Respiro leve. El calor descansa, brasa todo mi cuerpo. Ruge algo dentro de mí, no soy yo, no es hambre, no es ningún malestar, es el efecto de sus palabras en mí, escuchar y tragar aire. El auto avanza. Atrapados en una escena de colores difuminados buscando retratar el instante, más que el instante, las sensaciones de la escena, las vibraciones, los cuerpos, los objetos no importan mucho en esta escena, tampoco la fuerza en las miradas, importa el andar del tiempo, la pincelada acuosa, alargados brochazos, combinaciones de tonos hablando del instante, las sinceridades, la posibilidad de estar perdidos en uno mismo y buscar la retribución en el otro, una retribución que no es contrato, no es acuerdo, es colocarse en el instante, saberse con los pulmones trabajando. Me alcanza la galaxia, me toca de manera inusitada, me hace desaparecer, soy brillo, siento las llagas en mi piel, soy imperfecto, soy la verdad más imperfecta, la verdadera, sin fin, que se construye en cada avance de las estrellas, en cada palabra dicha, en el tiempo en donde somos, soy imperfecto, horroroso, siento el calor, aumenta, se intensifican las ganas de querer explotar, de ser brillo, resplandor, me alcanza la galaxia, alcanzo a decirle en cada avance de las estrellas, en el viento en donde somos, soy imperfecto, horroroso, siento el calor, aumenta, se intensifican las ganas de querer explotar, de ser brillo, resplandor, me alcanza la galaxia, alcanzo a decirle, yo soy Nanahuatzin. Me abandono. Soy presencia. Calor. Resplandor.

Sígueme, le dijo Nanahuatzin.


DRN

ENTREVISTA | ANTE HUESOS

La noche de nuevo, la noche en el sur… la música escondida en las calles empedradas, las voces de las personas y sus delirantes susurros, la inercia de las galaxias invitando rock… Va un #hongo más, va la entreva con la banda, se llaman Ante Huesos, son de la Ciudad de México, aquí su feis… Date la charla… dale play… disfruta… nos vemos pronto 😉 Saludos al Yoshua que se nos va al Sur muy Sur… (nos traes algo :* )

ENTREVISTA DE ANTE HUESOS EN thespacefarm.com San Ángel, Ciudad de México Enero 2019 Música: Ante huesos – Sangre a contraluz (Live Session) Ante huesos – 100 años (Live Session)