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DUDA

-Tú vienes a decirme algo… es raro que vengas así como así… así…no… no es normal… no es normal que vengas…

El silencio petrificaba las intenciones más nobles. El momento atiborrado de insensateces, de reproches y conjeturas mal hechas, de viajes de la mente… En la habitación una persona, podrían ser más, pero queremos que sea una, para ponerle más sabor al caldo, para agregar un poco más de complicaciones humanas, de sin razones, de arrebatos. En las noticias aún se discutía la relevancia suprema de rescatar la industria petrolera nacional; después entrevistas a trabajadores que se manifestaban por despidos injustificados o falta de pagos, luego, un reportaje de la violencia contra las mujeres. Por algo llamado vortex los fríos en algunas zonas del mundo eran de muchos grados menos cero. Ante la fruición de la locura humana, ante su andar cotidiano, la persona sigue hablando, esperando que el té de jengibre le cure el dolor de garganta, habla, o le habla a un aparato de materiales metálicos, le habla a una pantalla brillante, al espejo obscuro- dice la serie de televisión- le habla a un instante, le habla a la fulgurante rutina que acontece frente a él mientras bebe otro trago, percibe el áspero sabor. Rasca su cabeza, despeina su melena y duda de sí mismo, duda de su existir, duda de esta Ciudad y su repentino calor infernal, duda, duda, y sobre todo, evade cualquier respuesta. El ruido de los aviones le distrae, en la calle alguien escucha una canción de Los Relámpagos del Norte, la Ciudad le entra a lo pantera y sin disgusto se deja querer por sus miles de millones de habitantes.

Dejó de hablarle al teléfono móvil. El té de jengibre reposaba en su estómago. Un malestar corporal habitaba su ser, su estar. Algo estaba por acontecer y él sabía lo terrible de la situación. Sin pensarlo tanto, se levantó del sofá, su puso un sombrero muy a lo chico del blues y se marchó de sí, de su espacio, de su casa, de su maldito recordar. Algo le iban a decir y no estaba dispuesto a esperar ahí, enconchado en su patetismo. Huyó de su espanto.

El enfado de la existencia le recriminó su decisión, el sol, agresivo, le embarró sus infamias mientras le recitaba poemas de Vásquez Aguilar. Caminó pretendiendo escapar del tiempo, de su caprichoso futuro.



HJS… sudando palabras desde la Ciudad del smog y el quévaallevargûerita…

DESAPARECER

La oficial número diecinueve ochenta y cuatro de la PBI revuelve por última vez con un palillo de plástico blanco su café capuchino mediano, la banca metálica del seven eleven aguanta sus nalgas frías. Da un primer trago para probar, se quema los labios, es clásico que le suceda eso, pero le gusta, le agrada sentir ese resquemor en su delicada piel. Sus compañeros de rondín revisan un par de hojas impresas con números y nombres, mientras dan lectura tachan y dejan rayones de tinta negra. La Oficial número diecinueve ochenta y cuatro mira su reflejo en el vidrio de la tienda de autoservicio, se observa cansada, se observa muy parecida a la persona que era ayer, parpadea y se mira distinta, es un ser diferente, una posibilidad de la vida, un encanto de la noche, se mira, no se reconoce, es una figura que pasma el entendimiento, es una criatura expulsada de los sueños más inquietantes.

– ¡Órale Ruth!… estás muy pasmada, ¿andas en piedra o qué?
– …
– Írala… ¡Ruth!… ¡Ruth!… Ire pareja, la Ruth se quedó pasmada… ire… ¡Ruth!
– Mmmmtaa… Ruth… Ruth… Ey, Ruth, compañera…. mmmm… Achis…
– Ire… le dije, le dije…
– Ruth… Ruth… Ruth…

No. No iba a despertar porque no estaba dormida, estaba atrapada, en sí misma, en una dimensión de ella que sólo Ruth conocía, esa Ruth, ahí sentada en la banca de metal y el capuchino enfriándose. La oficial no iba a parpadear otra vez. Su cuerpo de músculos rígidos sería llevado al hospital más cercano, los dos compañeros de rondín, y la muchacha que despechaba en el seven darían su testimonio a los paramédicos. Por la madrugada, en una habitación del Hospital Veinte de Noviembre, Ruth despertaría, lento, respirando sin prisa, acostada, mirando al techo, suspiraría unas palabras incoherentes. Alguien en otra dimensión, hablaba por ella…

-Ayuda, ayuda… vamos a desaparecer…

HJS

FRÍO

Los dos hombres calzan zapatos negros de piel y punta chata. El sol les obliga a entrecerrar los párpados. Caminan sobre una banqueta de esta Ciudad, uno de ellos mueve entre sus labios un mondadientes de madera; los dedos de los dos huelen a cilantro, cebolla y carne de cerdo frita, también hay un aroma a limón. El más alto de los dos lleva, ya un poco mal acomodada en su cuello, una corbata roja decorada con delgadas líneas azul marino; la corbata del otro es azul cielo; caminan y en el asfalto se dibujan unas sombras de gruesos y definidos bordes. Los dos visten sacos de tonos grises. El calor hierve las ideas, los pantalones, también grises, más obscuros, más calientes; los dos apresuraron su andar, automóviles, personas, máquinas y animales emitían su rutinario sonido…

– Qué frío…
– ¿Qué frío?… ¿Cuál frío?… ¡Qué vas a tener frío¡
– El de ayer… frío el de ayer… ¿qué por tu casa no hizo frío?
– Por mi casa no hizo frío… no hizo…¿Cómo vas a tener frío?… ¿No se te calentó el puerco con los de costilla?…
– ¡Mmmta!… Ora hasta me los vas a contar…
– … Yo nomás digo que cuál frío…

La oficina se encontraba a tres calles del puesto de tacos de carnitas, el edificio no provocaba emoción alguna con su arquitectura. Los dos hombres continuaron su caminata. La Ciudad reclamaba al mundo algún extraño mal de amor. Los hombres gastaron palabras para saldar la cuota de la supervivencia urbana…

– Me contestó con una carita así sonriendo…
– (Riéndose, conteniendo un eructo)… entonces ya fue mano, ya fue… olvídalo…
– Pues sí, de volada la capté, que le contesto #hastapronto #BFF
– ¿Eso qué?
– ¿Cómo qué?
– … bueno ya… Entonces… ¿vas a firmar?… Firma, firma y ya, con eso ya, ya la hiciste, ya chingamos…
– Sí, sí voy a firmar…
– Aista… no hay pierde… no hay pierde…
– … pues sí…

Traidora, la tarde le daba unos sorbos indiscretos al viento de febrero. Ambos lucían más viejos en las fotos de sus gafetes. Llegaron al edificio, con un movimiento de cabeza saludaron al guardia, acercaron su plástico de identificación laboral al torniquete de la entrada, siguieron su camino hacia la oficina mientras platicaban aún con el sabor a tacos en los dientes.

– Dicen que hoy también estará bueno el frío…
– Te digo…

HJS

TONADA

– Tengo frío…
– ¿Venías corriendo?…
– Sí…
– Pues sí… si no ya ves cómo me pongo… no, que siempre llegas tarde, bien impuntual, ya tengo un buen esperando…
– Pues sí…

Respirar en esos momentos doblegaba cualquier calor de los cuerpos. Abrigados, los trabajadores se mantenían despiertos acariciando algún recuerdo de tonos pastel. La luna no cesaba de ronronear su apasionante tonada. Las personas navegaban en sus complicados deseos, el amanecer se entintaba de un caprichoso azul coqueteando con morado. Buscando inmortalizarse en un gesto, una frase, una reflexión matutina, de las faltas de vitamina, de las que parecen ser dichas con las brasas de un poderoso fuego, las mujeres esperaban el fin de la madrugada.

– Me tuve que levantar a las tres y media, si no no llegaba, no llegaba… y ya tomé el camión a las cuatro y ya llegué…
– Así sí… así sí… tengo mucho frío…
– … ¿Nomás te saliste de bañar y que te vienes para acá verdad… ?
– Pues sí… pero me hubiera quedado en la cama, se me acurrucó el Ascención y me hizo piojito, se puso loquito, me hacía ruiditos y casi me quedo dormido, medio pestañié… se puso loquito…
– ¡Mírala!… conrazón… pero qué bueno que llegaste temprano… duérmete tantito si quieres, yo te despierto….

Tú mi chiquitita, finges no mirarme, ponte muy contenta, porque estoy aquí… Ascención tenía ganas de que se quedara dormida, le cantó al oído, secreteándole su deseo, no pudo logarlo, ella se levantó, se metió a bañar, se arregló y salió del departamento. La Ciudad siguió amaneciendo al ritmo de la tonada que aún rondaba en las ideas de Ascención.

HJS


AMANECER

– Que me dice... ¿son del ocho y medio?… me los llevo, dijo…. pero ¡naaaa!, nada más me los saló…
– Újules mano, pus no te pones trucha, no convences, no encantas, no enamoras… mejor prende y soprende, si no, sácate a la be grande de México
– Ah… caray, eso sí sonó grosero…
– No te aflijas, no te esponjes, no ronronees a lo gato con botas…
– Si nomás te estoy contando cómo se fue la venta… cómo te pones… mejor vas, atiza…

Alrededor, en la calle, se respiraba el vapor de la carne cruda y recién sazonada que se freía en varios litros de aceite; algunos comerciantes armaban las estructuras de sus puestos; un hombre olía sus manos y era el mismo olor a metal de cada domingo; una mujer gritaba que !no, no, no vamos a poner la lona, al rato, déjalo así!, así lo dejaban y nada más colocaron la lona roja que servía de techo; bajo esos tonos rojizos, algo naranjados, los comerciantes acomodaban su mercancia; un hombre flaco, moreno, con un delantal azul marino ajustado a su cuerpo, ofrecía desayunos, cafés, jugos de naranja y mandarina; la calle olía a los tacos de suadero, a los de tripa, a las quesadillas fritas y hamburguesas. El sol no pretendía fatigarse, disfrutaba mirar el movimiento de las personas, escuchar sus murmullos, sus secretos, sus dramas más chuscos…

– … ¡No inventes….!
– … No inventes tú mai, no inventes tú…
– … No es invención, es que así es el bistec, así la cosa, asi la necia… Pero ya te dije, así le hacemos y rápido…
– … Ora, eso sí sóno feo, ¿cómo que así le hacemos…? Con qué o qué…
– … Ohh… no te saques de cuadro, ya sabes, así, así me dijo, así, así le hacemos... igual que tú me quedé… ¿cómo qué así la hacemos?…
– … ¿Y luego qué pues….?…
– … Le dije que no, pero luego le dije que sí… así, legal, loques…
– … ¿Neta… a la Güera?
– Neta… así… loques…
– Eres oscuro inche Mocos…
– No me digas asi…
– Ah chinga por qué o qué…
– Porque no me late, no me vibra, no me acá, no te pases…
– Ta bueno mi mocos…
– Íralo… vete mucho a la be grande de México….

El sol comenzó con las intenciones traviesas, se asomó para calentar el asfalto de la Ciudad, en un puesto en donde colgaban discos de compilados de cumbia, guaracha y sonideros, respondían a las caricias del astro supremo con una salsa mañanera, muy en lo Eddie Santiago; un hombre viejo, de cabello cano, bigote bien delineado, cubriendo el labio superior, silbaba la melodía mientras empujaban el carrito en donde esa mañana había acomodado las pilas doble a, triple a y las lámparas de mano. Luz, la señora del puesto de tenis importado, cansada, pensando en qué se le antojaba desayunar, hacía bolas con el periódico del día pasado para meterlas dentro del calzado, las noticias contaban de alguna desgracia, incluida una horrible muerte. El olor de los tamales, el atole de guayaba y el champurrado, anunciaban otro amanecer en algún rincón de esta urbe desesperada.

HJS