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EN DONDE HUBIERON DE ESTAR THE MYSTERY JETS.

twodoorsdown300

De: ¡Pólvora! Miércoles.

a ti, porque mueves los píes.

Ruidos de neumáticos rechinando sobre un asfalto ardiente.

“Disculpe, ¿Dónde queda el Vive Cuervo Salón?”

Sin perdernos, sólo con problemas de ubicación. Los boletos habían sido obtenidos desde la primer noticia. No recuerdo si lo leí en alguna página de internet, o en el blog especializado en música sabrosa, o si me lo dijo algún amigo friqui. En cualquier caso la compra fue rápida y sin concesiones, nada se atravesaría entre el concierto de una de mis bandas favoritas y las ganas de enviarles sus tonadas entre toda la fanáticada presente en el concierto.

Dos. Mi colega y yo, (porque somos colegas, más que amigos, nosotros nos relacionamos mediante códigos empresariales, de producción, distribución y consumo: una chica, el verbo (producción), tiene una amiga, yo tengo un colega, tomemos unos tragos (distribución); vayamos a mi, o su apartamento dependiendo el caso y veamos qué pasa (consumo)), sospechamos el camino nos presentaría obstáculos: extremamos precauciones, con guía rojí en mano, direcciones, teléfonos, celulares con créditos, jarritos de piña y tamarindo, sangüiches de jamón y queso manchego, todo para buscar el lugar. Y sí, por imposible que parezca, no lo conocíamos.

“Pues mire, agarre todo derecho sobre esta hasta llegar a Moliere, y ahí está, seguro lo ven…”

“Gracias. Buen día, que la magia de la tarde le brinde una espléndida lluvia de energías positivas”.

El rostro del hombre lo dijo todo.

Llevábamos gran tiempo de ventaja y estábamos a un todo derecho de distancia, ya nada nos detendría. Viernes 21 de febrero, ocho treinta de la noche. Nada podía fallar.

7: 30 p.m. En mi reloj.

7: 45 p.m., en mi reloj y habíamos llegado. No compramos el pase de estacionamiento así que la búsqueda de un lugar, un hueco, un espacio al tamaño del pointer colorado se tornó ardua. Lo encontramos y decidimos alivianar nuestras ansias bebiendo los jarritos y degustando los emparedados. Procuramos guardar todas nuestras ganas de gritar y no pusimos los grandes éxitos de los Mystery mientras aguardamos; en remplazo, decidimos alebrestarnos con Can`t Stand Me Now, y la nostalgia nos vino entre ventarrones de imecas y brindamos en honor de The Libertines.

Nos sentimos un tanto nerdos y ñoños acabada la última gota del jarrito. Ocho en punto en nuestros relojes, una vinatería frente a nosotros, una cerveza oscura en nuestra mente, saliva debajo de nuestras lenguas.

Terminada la tercer cerveza y con las ocho menos veinte en la voz del locutor de radio nos alistamos para entrar al sitio. La gente ya se formaba en la entrada. Una fila considerable. Chicas considerables. Novios considerables. Consigna: pensar estrategias de ligue y nunca dejar de cantar, bailar, prender el cuerpo con la música de la banda, de ellos con todo el ímpetu de hacernos volar entre sus aires, de convertirnos en aves de su cielo musical.

Sabíamos lo prohibido de las cámaras fotográficas y los cigarros, en tal situación tuvimos que hacer uso de nuestros conocimientos de magia y escondimos, en la entrepierna, cerca, muy cerca de los huevos, mi cámara de ocho megapixeles, que seguro serán muchos y se verá bonito, todo con el afán, loco afán de presumir a mis coterraneos y pobresdiablos amigos mi asistencia al concierto de los Mystery. Con la cámara y los cigarrillos enhuevaos, nos anexamos a la fila.

Avanzaba lento y sospechábamos iba a tardar. Y tardó. Realizamos un malabar extraordinario para sacar de mi entrepierna un cigarrillo… La última bocanada y la fila no se había movido dos cuerpos. Todos presumían su emoción y trataban de despeinarse lo más posible. Yo evitaba no enamorarme de alguna mujer esbelta. Mi colega, despacio, echaba un vistazo desde el inicio de la fila, hasta el final: daba vuelta a la cuadra, el ánimo no cedía a la espera, desesperante espera. Ya no me preocupaba mi aliento alcohólico. Mascaba un trident de fresa.  La colilla del cigarro seguía inmóvil en el sitio en donde el colega la había desamparado. Las ganas de una tercer cerveza me inquietaban… comenzamos a caminar. Oportunamente, al ritmo del ocaso, los vendedores de recuerdos, extensiones de memoria, memorias fribolizadas, deseos de tener, comenzaban a llenar las banquetas. Debía prevenirme, por si acaso un quizás, un encuentro amoroso con una beba linda:

“Doñita, unos chicles, una tutsi y… ¿quieres algo?… nada más…¿cuánto es?”

Doñita, daba pasos lentos, cargando su cajón de madera bien ordenado, organizando los chicles por sabores, los cigarros por marcas, dulces, chocolates.

Pocos cuerpos antes de la entrada saqué el tesoro de mi chaqueta. Los boletos olían a cuero, síntoma de haber estado tanto tiempo guardados.

Entramos.

El fornidazo ni siquiera se dio cuenta de la cámara y los cigarros, el sitio de escondite resultó un éxito.

Adentro. Espacio oscuro. Zumbido de gente. Pasos de un lado a otro. Caja de resonancia emocionada. Alistados todos para el encuentro anhelado. Las nueve señaladas por la aguja de mi Casio clásico. Música de fondo. Música superficial que no entra en mis venas, que se queda en la piel, que rodea mis oídos y se mantiene dando vueltas en ese caracol de ciudad que son mis oídos de flamante humanoíde del sur. Música de fondo y algunos bailaban al ritmo Always Where I Need To Be, interpretada dulzonamente por The Kooks. Algunos abuchearon la selección en turno. La luz mostraba meros contornos, figuras de espanto, peinados explotados, brazos largos, ojos gatunos en constante expansión. Una guitarra, un pandero, la batería entraba sólida y los platillos animaban nuestros movimientos de pies, la voz nos chillaba que agitáramos los caderas, la guitarra se tornaba desquiciada, todos con la cabeza diciendo sí, un gran resorte en el cuello, algunas damas ejecutaban un sube y baja de hombros muy seductor al mismo tiempo que flexionaban su torso en dirección al suelo de duela, yo miraba, las puntas de mis pies coincidían en ritmo con las de mi colega, en el salón: Salute Your Solution, de, The Racounters.

Las luces fueron descendiendo hasta la oscuridad. Los chiflidos, “a ver a ver a quioras”, resonaban en los cuerpos cada vez más ardientes. Todos cada vez màs alerta, más vivos. Dudas. Las nueve en mi reloj. Las pequeñas fulguraciones de las luciérnagas celulares nos alumbraban un poco la penumbra. El ruido de los presentes bastaba para no oír con certeza lo dicho por el colega. Éramos miles, dosmiles posiblemente. Nuestra estatura mediana nos concedía la facilidad de ubicarnos a mitad del gran salón. Oscuridad aún. Aplausos, chiflidos, aires, babas chocando, saliendo de los labios del de junto, del de atrás, de todos. La música calló. Aplausos, gritos, tiempo congelado, piel erizada, ansias gallina. Ruidos. Murmullos. Chiflidos. No nos podían hacer esperar más. Un silencio involuntario entre nosotros, y reconocimos el inicio:

Entró ruido de sirena de ambulancia, de patrulla, reconocimos el sonido varias veces repetido en nuestros reproductores de música. Sintetizador abriendo pista, oscuridad aún, el bombo se escuchó se encendieron las luces y ellos estaban ahí, arriba del escenario Blaine Harrison con una extraña pose al frente de la agrupación; abajo todos brincando, siguiendo el bombo. Blaine nos comenzó a cantar, ya todos prendados a sus instrumentos, ya todos coreando: Hideaway, oeo eo eoooo... de todas las canciones, me parecía la más adecuada para iniciar el concierto. Los cabellos alebrestados del Blaine se mantenían así debido a su poca movilidad. Los demás actuaban, interpretaban la canción que ya terminaba. El colega y yo luchábamos para no ser aplastados entre el tumulto que nos tomó por asalto, todos arremolinados hacía el escenario, alzando las manos, desentendidos del espacio, la espera había terminado y la primer canción también. No hubo espacio para presentación y nuestros cuerpos se encendía, sacudíamos el tedio y gritábamos de emoción, todos, vueltos uno, un grito, un ruido inentendible y la voz completamente agradable de Blaine nos hizo estremecer, And he’s half in love with Elizabeth…gritamos, gritamos, gritamos, la conocíamos y acompañamos la frase, el coro. El bajo sonaba poderoso, fuerte, nos unía más, más; atentos. La batería con sus espasmos delicados nos hacía conmemorar el gran éxito de la banda, the bubble will (platillo agresivo sonando) burst the bubble will burst the bubble will burst the bubble will burst the bubble will burst the bubble will burst the bubble will burst the bubble will burst the bubble will burst the bubble will burst the bubble will burst the bubble will burst. Agresivamente rematábamos en nuestra tarola imaginaria ubicada en el viento... And he’s half in love with you.

Luces en el escenario. Un “gracias buenas noches” bastante averiado, aprendido unos minutos antes. Las demás palabras de bienvenida fueron en un inglés sin residuos de español. The next song….The boy who ran away. Unos pasos atrás. Toda la agrupación lista. Coros. Luces de escenario tenues. Nuestros movimientos eran más cadenciosos hasta la mitad de la canción en que todos bailamos con el coro la lalo lalo. Los instrumentos sonaban nítidos, los sonidos extraños de la guitarra me sorprendían y me provocaban una sonrisa. Los celulares al aire. Podía observar el concierto desde las pequeñas pantallas, la imagen se movía, recordé entonces la cámara en mis bajos y rápido y ágil la saqué, no me importó la prohibición y retraté a la banda en todo su esplendor. Todos debían saber de mi hazaña. Capturaba, dejaba entrar la poca luz por mi aparato electrónico, extensión de mi astucia y remembranzas… acababa la canción. Una pausa y ahora sí comenzábamos a reconocernos, dentro de ese espacio cada vez más reducido por los calores y los vientos áridos penetrando nuestras ropas. La insatisfacción de ser solo, de ser amigo, de ser colega, en ese momento se borraba, eran los Mystery Jets arriba del escenario.

Tomé mi celular. Ubiqué el número y lo alisté para el momento preciso, el ataque certero y mordaz, ella caería, debería decirme que sí, que era muy lindo mi gesto, que de haber podido hubiera venido.

Y ése no era el momento, ellos, arriba, con sus ánimos alimentados por nuestra fuerza lanzada desde nuestras pupilas, ellos, ellos tan esperados y rufianes. La batería redoblaba rápidamente, la guitarra acompañaba de maniática manera (nunca he sabido cómo llamarle a ese sonido de la guitarra; en tal caso, maniática me viene bien…) Don’t tell anyone

Don’t tell anyone
Don’t tell anyone

me gritaban, me ensuciaban el recato, me hacían mucho más bailador entre la gente. El sujeto del bajo se mantenía espasmódicamente apacible (buscaba ser más rimbombante para ser interesante). Las cuerdas del bajo iba y venían entre los dedos de Kai Fish. Platicaban entre ellos, muy a su manera, con ese lenguaje de ojos, de músicos, acercándose el uno al otro, o el otro al uno, restregándose los sudores jugando al coqueteo… hubieron de evitarlo al terminar la canción MJ con ese dramatismo (por no decir tono darky) que le impregna la voz y los instrumentos en una constante repetición de notas.

Luces Tenues. Apestaba a romance. Solo. Mujeres a mi alrededor. Un reflector iluminaba el centro del escenario rectangular. Un banco de patas largas se observaba. Blain caminaba con un poco de esfuerzo hacia el banco. No se veía nada más, todos respetamos su paso. Cumplida la misión, el tiempo pasó entre un aroma de fragancia floral. Instrumentos acústicos se mostraban entre la penumbra, Ageless ya enamoraba a los presentes, brazos rodeando la cintura de damas delgadas, rechonchas, bien dotadas, brazos de hombre sosteniendo la incapacidad de ser vulnerables, falibles, ocurrentes. Se hizo pausa. Livianos. Cadencia.

Algo dijo el vocalista, no le entendí, mi inglés es malo, no pasa de chiclosear en la boca las letras, las palabras cantadas por esos sujetos flacos, son flacos, de atuendos raros, me enloquecen sus verdes, sus rojos, el saco amarillo del vocalista, los zapatos rojos del bajista. Estoy enajenado. Y sigo sin entenderle al vocalista, pero apenas escucho el bajo, muy familiar y me apresuro para marcarle…

Buscar contacto, nùmero, marcar, espera, entra la llamada, tono tono tono:  ¿bueno?, sólo escucha, esto es para ti…

Ni siquiera supe si esperó en la línea, yo coreaba, junto con los Mystery, para que me escuchara,

If I only knew your name

I’d go from door to door
Searching all the crowded streets
For the place that I once saw

El celular arriba, chocando con otros, reteniendo el momento, todos èramos felices, cómo no serlo con un ritmo tan deleitoso, One Night of Love

Nothing more nothing less (se aceleran mis latidos con la batería)
One Night of Love
To put my head in a mess
Is that you on the bus?
Is that you on the train?
(quisiera que estuviera aquí)
You wrote your number on my hand
And it came off in the rain
(espero escuche)

(tu tu tu tu tu tu tu tu tu tu tu…..)

No importó que no fuera con Laura Marling, igual, es la canción, el estribillo meloso me vuelca los sentimientos y se ponen solidarios con la desazón.

Esto está por terminar.

Tis is de last song, tenquiu, medio entendí entre todos los murmullos. Y los murmullos fueron acallados por un rico y sabroso ritmo, You Can`t Fool Me Dennis, en serio, no lo puedes hacer, no, es tu culpa, eres tú, fue por ti, fue sólo un pretexto, ese concierto, esa noche, lo sé, lo sabemos, los Mystery Jets parecían saberlo, lo suponía por su manera de dejarse francos en el escenario, pero esto no sólo trata de amor, no, no ese pasado con que te rememoré, esto que ahora cuento, esto, no es sino eso, un sino, mi sino, mi manera de quedarme prendado a ti, es la música, son los Mystery, es todo. No es de amor, es de decir  y hacer, es de todos, es, un poco de dementes.

Luces apagadas.

El público pedía otra, otra, otra… una estupenda y maravillosa interpretacion de Purple Prose terminó de hacernos inmortales por cinco segundos. Batería, batería, coros, coros, coros, voces, brincamos debíamos esforzarnos, estaba por terminar, debíamos gastar toda la energía, toda, toda, toda.

Luces encendidas, técnicos levantando instrumentos. Mystery Jets yendo tras escenario, alzando ambas manos, con la imagen clásica: botella de agua en mano derecha, toalla blanca en la izquierda y haciendo la señal de adiós.

Entre roces, calores llegamos a la puerta, algunos ebrios no dejaban de entretenernos con sus historias, con sus lloriqueos, con sus estuvo maravilloso, ahora puedo morir, y  el revólver de la noche nos ponía el cañón en la cabeza.

Subimos al auto. Éramos colegas. Debíamos buscar un bar. Una cerveza, un pretexto para olvidar que quizá eso pudo haber sido un sueño.