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CANIJO

¿Has ido a Panti?
– Sí…
– ¿Conoces a la Güera?
– Sí…
– ¿Sí?
– Sí… la hice mi novia…
– ¿No?
– Sí, en serio…
– No la hiciste tu novia…
– Sí… no… pero le di mi número…
– ¿No?
– Sí, en serio, eso sí, le di mi número…
– No… No te creo, no, no…
– Sí…
– Jura…
– Juro… sí, en serio…
– No te creo… No… jura…
– Juro…
– Así, jura así, con la mano arriba, jura así…
– Así juro, mira…
– No, no te creo…

En la Ciudad, las voces se quejaban en vano, sin saber mucho del mañana, detestando su pasado, machacando con incoherencias su instante, las voces tan nocturnas, tan inagotables. El viento muy infame, muy desde la congeladora, manteniendo fríos los corazones, las respiraciones.

– ¿Y al final qué?, ¿qué pensaste?, ¿sí jalas o no?
– … Sí, sí jalo, sí voy, sí… al final, yo creo que está bueno…
– Bueno pues… y… ¿pa’ qué me preguntaste lo de Panti..?
– Ah… no, eso yo creo sí está más canijo…

Después de esas palabras mejor guardarse el silencio en las pupilas, añorar refugios mentales. El metro aceleraba dentro de la tierra perforada de esta Ciudad.

HJS

 

RESGUARDARSE

‘- Arreció el agüita…
– Sí…
– A resguardarnos pues…
– Sí… un rato…
– ¿Trabajas acá?
– Na… me estoy guardando de la lluvia…
– Pus sí… pero moja más aquí, pinche chingadera, esta lluvia ta’ más recia que la madre…
– Sí… una bañadita…
– Nuuuu… y ayer lavé esa chingadera… ya ni modo pues… y ahorita trae baja la llanta delantera, y pus no la puedo inflar así nomás, tengo que ir al taller pues, o algo… sí pues… ta’ chingadera…
– Pues sí…

De un segundo a otro el intenso llover se detuvo, minutos más tarde reanudó su insistente lamento. El señor calvo y de bigote tupido encendió un cigarrillo. El otro, el que estaba sentado, dio un sorbo a la botella de vidrio que sostenía entre las piernas. Un olor intenso a leña quemada les envolvió la existencia.

– Ta bueno pues… nos vemos compa…
– Buena tarde…

El ruido de la motorizada se alejó hasta perderse en la canción melancólica e infame que las nubes entonaban sin parar de llorar. El hombre dio un trago largo a la botella, la tapó y la guardó en un bolso de su pantalón; rencoroso, soltó un escupitajo al suelo y dio un golpe al aire que chocó con decenas de gotas de agua, murmuró travesuras y caminó sobre los charcos hasta perderse en las inundadas callejuelas del centro.

HJS

AHÍ VIENE

-¿Usté no es de acá, ve’a?
– No…
– Se le nota…
– ¿Por?
– Como habla… ¿es del sur?
– No… del centro…
– Ya… es muy fácil darse cuenta, ¡mmaa!… a nosotros nos reconoces pronto… rapidito… y por la coca… ¡mmaaa! Por la cocacola, nos encanta la cocacola, rapidito se dan cuenta, nos encanta la coca con pan, con todo, con todo la tomamos…
– Mmm….

Las insistentes gotas chocaban con el improvisado río que apresuraba su ritmo sobre la calle. Mujeres y hombres caminaban en las banquetas, de sus cabellos escurría el agua del mundo, el agua de la galaxia. El camión se iba a tardar, la lluvia, bien lo dicen, cambia el ritmo de la vida, la cadencia del existir se modifica cuando llueve, cuando la piel se eriza, cuando el ánimo se siente conmovido, desconcertado.

-…ya llevo rato y no pasa… ¿usted cuál toma?… a ver… ¿ése qué dice?
– Margaritas…
– Ah no… no, yo estoy esperando el Villa… ya tardó el Villa…
– ¿Sí…?
– Sí, ya tardó pues, ¿ése qué dice?
– Péreme no veo… dice… dice Issste…
– No… menos… no… de regreso sí me queda, pero ahorita voy a trabajar….
– Mmm….
– Sí… pero ya voy tarde… es que esta lluvia nomás no deja… no deja… y pues tengo que ir a trabajar, antes sí me quedaba ir en el Issste, pero ya no…
– Mmm…
– Y la lluvia está calmita, ¡mmma!, con la inundación estuvo peor…
– ¿Mucho peor?
– Mucho… en mi casa pusimos los sillones afuera, nomás afuera, así, no nos quedamos con nada, con nada, nomás faltó tantito para que cubriera toda la casa… nos quedamos con nada…
– ¿Nada?
– Nada… deberían suspender las clases cuando llueve así, no cesa pues, no deja…nomás no deja…
– No pues sí…
– ¿Ése qué dice?
– Orita le digo… mmm… no, no es, pero el de atrás sí dice Villa…
– Bueno, pus como sea ya ahí viene…
– Pues sí… Ahí viene…

Infatigables sus respiraciones… ambos, abordaron el transporte. Plap, plap, plap, plap, plap, plapplapplapplapplapplapplapplap, la lluvia insistía con la tonada, la Ciudad intentó no ahogarse en sus húmedas penas.

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HJS

PREGUNTA


– ¿Por qué tan tristes?… ¿yo sé que vienen de la chamba, pero qué les pasó… no estén tristes… yo también vengo de la chamba y pues… también… pues unas, ¿qué no? —el ser pide permiso a un joven que seguro trabaja en alguna tienda de Perisur, el joven mueve su cuerpo hacia el pasillo del camión, el ser da dos pasos y se acomoda, cándido, en el asiento de rígido plástico gris, de la bolsa del oxxo que agarra con la mano derecha, saca una cerveza tecate de latón, también unas pringles de queso, habla, la noche se mira a sí misma en las ventanas del metrobús, el viento de Avenida Insurgentes llena los pulmones de ese ser que jala con fuerza el arillo de latón para abrir la cerveza, da un trago, uno inquietante, uno largo, uno quitased… sigue inventando el tiempo con palabras— ¿qué… ?…¿todos cotorreamos, no?, ¿o no se dan sus chelas…?… ¿entonces por qué me miran así?… ¿o qué no….?… se sacan de cuadro, ¿qué no?— el camión acelera sobre Insurgentes, de la luna sólo sabemos sus suspiros, el ser da otro sorbo a la cerveza, abre el bote de papas de harina, toma unas cuantas y las mete a su boca— ¿Quieren?….¿Quieres una…? vas… date….
– Gracias…
– Gracias chido…
– Chido… chido…
– ¿Cómo te llamas?….
– Áxel…
– Áxel… ¿y a qué te dedicas?
– Al comercio… al comercio, ya sabes, de aquí, de allá…
– ¿Y qué vendes?…
– De todo… pero ahorita ropa… ropa… sí, ropa de todo, es lo que más pega ahorita… —el ser, que ya nos dijo que se llama Áxel, le da otro sorbo a la cerveza, atrás de él, Insurgentes y sus edificios, sus personas caminando, sus mujeres taconeando y sus hombres respirando fuerte… Áxel no sabe si continuar con la charla o parar, no sabe si continuar o parar, pero continúa—entonces…—mejor para
– Noo, pues yo sí me echo mis unas mis dos, vengo de un evento medieval y mezcal, vino, chela…
– Sí, no… pues sí… yo con el jefe, bueno, cuando tenía un jefe, nos íbamos a su casa, allá en Morelos, y así, la alberca, el calorsito, unas chelas, me acuerdo que esa vez fueron varios cartones, de las caguamas… ¿pero por qué vienen tan tristes o qué?… ¿qué les pasó, qué les hicieron o qué?…y pues ya sí, pero pues ya nada más fuimos una vez… y pues ya no veo a mi jefe…
– Te hubiera dejado las llaves, Áxel…
– Sí, pues sí,no… no, no…
– ¿Y dónde vendes?
– En varios lados, en la Ciudad, en varios lados, así, ropa de todo…
– Ah… es que ando buscando unos tenis cafés, unos adidas, pero no…
– Uy, no, no, tenis sí no, casi no, más bien ropa,chamarras, pantalones….¿pero por qué tan tristes?

Avenida Insurgentes se sentía aun más interminable, los autos andaban en su aburrido ronroneo, las personas caminando en el estrecho espacio de sus melancolías, la noche, la noche de verdad insatisfecha, la noche desesperada, inquieta, traviesona, cínica, tan noche.


HJS

LA NOCHE DEL ALEBRIJE


El primer trago de mezcal no fue lo preocupante.

Ignacio miró el diminuto jarro de barro en donde le sirvieron la transparente bebida. Desde donde estaba, el aroma ahumado del destilado le engatusó el olfato. Los integrantes de su familia, sentados alrededor de una larga mesa rectangular de madera, bebían en caballitos de vidrio el espadín joven, además había refrescos, una jarra de agua sabor jamaica y otra de limón. En su familia acostumbraba echar dos flores de tono lila en el fondo de los vasos de los adultos, no importaba la bebida que se fuera a servir, algunos sacaban de inmediato la flor, otros, esperaban los efectos de aquella tradición. Las bebidas obtenían un saborsillo a miel. La lengua disfrutaba ese toque dulce, la sangre recorría con pasmo las venas del bebedor. Sin presentirlo, el cuerpo se alejaba de ellos.

Ignacio se acabó de un sorbo largo su bebida, se levantó de la silla mientras la reunión se animaba con cada trago, con cada palabra. ¡Pérate, orita te vas!, ¿pa qué te vas?, no te vayas pues… que te quedes un rato más, un traguito más… Las paredes escondían el color mamey en las sombras provocadas por los focos ambarinos. La figurilla de un santo patrono se asomaba entre la luz traviesa de una robusta veladora. Los muebles, de madera: la mesa, las sillas, la repisa de los trastes, el estante de la televisión, la alacena y el altar en donde reposaban las cenizas de la abuela Sara. Ignacio no hizo caso a las provocaciones de sus familiares y llevó su cuerpo flaco al taller; detrás de su ser la fiesta se animaba en cada carcajada. Mientras caminaba sentía la noche en sus músculos, se acercó al mueble en donde reposaba el polvo de su abuela, tocó con ternura la urna, pensó algunas palabras y se retiró. En ese instante sus venas resintieron el fluir del último trago de la bebida de tonos lila. La luz de una veladora danzaba inquieta mientras alumbraba el retrato de su abuela. Escuchó el eco de varias voces, alcanzó a reconocer algunas, cerró los párpados con fuerza, los sonidos estaban en su cabeza y se confundían con el barullo de la fiesta del comedor. Ignacio no supo qué dimensión habitaba; con las palmas de sus callosas manos se frotó el rostro, así, en su oscuridad momentánea, en su desorientado estado. Sacudió la testa para espantar a los demonios que le provocaban una extraña comezón, intentó peinarse la rizada cabellera y caminó, lento, hacia la fría puerta del taller.

Afuera, en las calles del Centro, los gritos, la música de trompetas, los tambores redoblando, los cánticos enervados intentaban ahuyentar las oscuras nubes que anunciaban un diluvio. Ignacio quería olvidarse del clima, de los emocionados gritos de las personas, pretendía no imaginar aquellos cuerpos danzando, arrastrando sus píes sobre el asfalto, deseaba estar solo, buscar las formas más incoherentes dentro de su cabeza. Adentro, en la vecindad, su familia brindaba y festejaba por otro aniversario más, otra conmemoración vital, aquella que les mantenía unidos a su tierra, a sus tradiciones. Continue reading LA NOCHE DEL ALEBRIJE