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THE DEARS PRESENTACIÓN EN MÉXICO!

 

Fotos y texto: Gallo.

Comenzó a ganarme la noche. Los momentos por segundos se vuelven horas: demasiada incoherencia para una noche de jueves. No podría acontecer algo mejor antelándome al viernes que un concierto, una velada inesperada y por demás íntima, tal acecho de los cuerpos lo iba a proporcionar las dimensiones apretujadas del Pasagüero. Ya la noche tocaba la puerta y las pupilas en acto necesario, se dilataban. Garabatos extraños trataban de darme un mensaje en mi agenda: Jueves 6 de MAYO, Victoria Mil y The Dears se convertían en el objetivo. He escrito, a manera de revoltijo, la fecha, el lugar. Entonces, algo pasó:

Motilinia es de noche un espacio cordial, sensual y amigable. La fiesta suele acudir de vez en cuando a lugares ya conocidos por muchos. El metro es el transporte excelente, lo es para mí, que la locura de cuatro llantas y espejos retrovisores me vuelven cobarde. Soledad es palabra que mi garganta no extraña mencionar. CaminamoS por la calle vetada de horizontes laterales y nos fuimos por el riel de la calle. La puntualidad no acudió a nosotros: Victoria Mil se repartía en el escenario. El vocalista ocupaba más de una retina presente. La energía parecía haber sido dopada por los integrantes de la banda con gotas de parsimonia. Sonidos que invitaban a buscar en el ambiente alguna señal o motivo de vida. Algo de psicodelia me cantaba cosas del cotidiano, de amor y des amor, de desamor y amor. Las historias hostigaban mi calma. Me atraía, extrañamente, el ruido de los sintetizadores o teclados. La voz era imagen del hombre al micrófono, empataba su sonido con su expresión. Entonces, decidí salir del tumulto, algunos click al botón, y a buscar aire.

El público, un sector pequeño, coreaba las canciones, bailaban, porque también era momento de eso, pero al respecto, pocos lo hacían. Podría respirarse un tufo extraño, era expectativa, y The Dears eran los culpables, Victoria Mil, iba tras escenario, sin una “otra” que tocar.

THE DEARS. Lo dije bien, y creo también pude pronunciarlo de manera correcta. Fuera del lugar, porque salimos, Ella y yo, a respirar sentados en las baldosas silentes de Motolinia, seguía percibiéndose la espera. Algunos gritos y tradicionales silbidos, auguraban ambiente noble y quizá jacarandoso. Como es habitual, los cigarrillos sacaron a sus dueños y el humo fue saliendo de sus bocas, de ellos, los humanos. Perdida la nicotina, y encontrada más ansia, fueron desapareciendo y los gritos, por agregación, fueron aumentando.

The Dears: escenario totalmente ocupado: música de ritmo tranquilo: miradas, todas, atentas a los ejecutantes: las miradas de los ejecutantes un tanto variadas: de la emoción, jubilo y alegría, podía irse a la aparente “calma” y poca ventura de la única mujer en el escenario. Yo, intentaba fotografiar a los músicos. Algunos obstáculos me impedían hacer mi labor, para muchos molesta e incómoda: tropezones, “no me dejas ver”, caras de hastío, olores de cerveza rancia, pisotones: cuotas qué pagar para robar al tiempo un momento en el Pasagüero, para apropiarme de la luz y reciclarla en un artefacto que me servía de arma.

El toquín podría decir fue de mi agrado, en ese momento en que la calma absorbía mi entusiasmo. Por instantes la percusión de mis latidos parecía bajar y el guitarreo se ponía de acuerdo con mis párpados para danzar el mismo baile.

Para la noche de los presentes, la ejecución de los músicos fue buena, un buen jueves en que el viaje a casa se volvería melancólico, acaso tormentoso, posiblemente agradable, cada uno con su música en la mente, recordando. Dejo aquí un testimonio.

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