10/19/2021

THE SPACE FARM

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MY FATHER’S EYES

Por Jorge

Era un niño, 8 o 9 años. Mi hermana Erika me dejó en casa solo. Era de noche un cinco de enero. Me permitió quedarme  en casa  (ella me cuidaba, ya que los padres trabajaban) y no acompañarle a la Iglesia, donde la mayor parte de la veces me solía quedar dormido, con la condición de que le acompañara a la esquina. Ella iría sola, entonces la acompañé y de regreso mi diminuta persona se vio asaltada por un perro que había brincado desde una azotea que no era muy alta. El perro mordió mi rodilla y sólo recuerdo haber sido zarandeado brutalmente durante no sé cuánto tiempo hasta desfallecer. Lo siguiente que recuerdo son mis gritos, mi llanto y el espanto de estar auxiliado por las personas dueñas del perro (que ya había sido encerrado) “No tengas miedo, todo va a estar bien, pequeño” me decía una mujer grande que me sostenía en sus brazos (fue un sentimiento cercano a lo maternal de su parte, pero muy extraño, porque su paciencia y alivio era prolongado para que yo estuviera en verdadera confianza). Pero yo estaba en total pánico y me pusieron una cosa que nunca había oído mencionar, “agua oxigenada”. Fui llevado al hospital y ahí fue mi madre a recogerme, que ya estaba enterada de todo. De su parte no recuerdo ningún remordimiento hacia las personas del perro.  Me cosieron mi rodilla y fui traído a casa. Estaba amaneciendo y los niños con juguetes nuevos en la calle me miraban con curiosidad. Mientras pensaba qué significaba todo aquello, la emoción de la víspera por la llegada de los reyes magos y ahora ésta mordida que no me dejaba andar. Dormí y a la tarde estaban algunos primos ahí con sus juguetes tratando de animarme. Sin ningún resultado. Al ver mis regalos cambié un poco el gesto: un carro de bomberos, algo de ropa, un par de billetes y otro par de patines. Todo estaba bien pero los patines tendrían que esperar. Sólo pude ver a mis primos jugar e incluso alguno quiso usar los patines, pero alguien se lo impidió. Los siguientes diálogos fueron sobre el gran acontecimiento que significaría usarlos una vez recuperado. Cuando se fueron me volví a la cama con mis muletas y tomé la carta de los Reyes que estaba a un lado, entre otras cosas decía que “sabían lo que me había ocurrido y que de cualquier forma ahí estaban los patines para el día que me recuperara.”
Cuando llegó mi padre le pregunté que quiénes eran esos tales Reyes magos y cómo sabían todo. Me levantó de la cama y me pidió que lo acompañara afuera con las muletas. Dijo que los reyes sí sabían cómo se portaban todos los niños y todo lo que les pasaba. Que aunque no los podía ver en persona ellos siempre vigilaban, como otros papás pues. Señaló al cielo, había tres estrellas alineadas, magníficas. Solo así se dejaban ver, a través de esa oscuridad, porque siempre estaban ocupados regalando juguetes y ropa a otros niños de otros lugares. No recuerdo, pero debo de haber sonreído. Porque yo ya sabía esa versión de la identidad de los Reyes, pero también porque me gustaba oírla de él. Bostecé. Porque los grandes (re) descubrimientos, siempre fatigan. Y lo miré a los ojos, porque a veces sabía que no era palabra alguna necesaria para decir lo que quería decir, sólo una mirada. Y me llevó dentro y dormí. En algún momento de ese año pude estrenar los patines y sabía que los Reyes no mentían. Pero también en otro momento me avisaron que mi padre había muerto. Pero no me acuerdo haber relacionado de ninguna manera a los Reyes magos con aquello indefinido que me explicaba que no lo vería más. Los Reyes magos eran regalos y lo otro, quién sabe…
Hoy hace años de eso, veinte quizá. En México hoy llegan los Reyes con sus regalos. Yo, en Montréal miro al cielo sin estrellas, parece que mañana va a nevar. De repente una canción me lleva a otra. Una que me recuerda a mi padre. Es de Eric Clapton y dura ocho minutos en vivo, pero la versión en estudio es más corta. “My father’s eyes” (los ojos de mi padre) se llama.
Una coincidencia, la canción me ha llevado a estas líneas. Estoy mal de un ojo y me repito que, como la rodilla aquella vez, sanará en algún momento, pero eso es otra historia. Praying for the healing rain, To restore my soul again. When I look into my father’s eyes…